miércoles, 26 de noviembre de 2014

APARCAMIENTOS

Suelo llegar al trabajo poco después de las ocho de la mañana. La hora oficial de entrada son las ocho y media, pero siendo el encargado de la sección de Conceptos Generales, quiero dar ejemplo, y que mis subordinados me encuentran en mi sitio cuando lleguen. Somos funcionarios, y hay una tendencia evidente a cumplir nuestro cometido sin poner nada de nuestra parte, pero yo quiero cambiar esa falta de consideración hacia el contribuyente, que, después de todo, es quien nos paga. Sé que entre mis subordinados abundan los que me tienen manía, e incluso quienes me consideran un tirano, pues saben que por mucho que nos esforcemos, la Administración no nos va a pagar ni un céntimo más, y no les parece justo Me duele que piensen así, y que el dinero sea el único acicate de sus vidas. Pero soy intransigente, y a las ocho y media les quiero como clavos en sus puestos. A pesar de todo, en algunas ocasiones en las que los veo alicaídos, no puedo remediar acercarme a ellos, y tratar de motivarles hablándoles de la satisfacción del deber cumplido y cosas por el estilo. Algo que la mayoría de las veces no surte ningún efecto, y hace que, por el contrario, opinen de mí lo apuntado más arriba. Para ser más concreto, el otro día López, un trabajador incansable y un hombre cabal donde los haya, perdió los estribos y me dijo “¡No te jode, Julián, para ti es muy fácil, casado con una marquesa, y con una renta vitalicia de diez mil euros mensuales por un campo con cinco mil olivos!”. No tendré en cuenta su falta de consideración ni sus modales. Es un buen hombre, y sería inútil tratar de convencerle que para mí el dinero es lo de menos.


Entro en el aparcamiento, cuyo acceso, por cierto, no es nada sencillo. Su trazado es como el de una escalera de caracol con peralte, aunque afortunadamente sin escalones. Cuando por fin logro aparcar después de haberme dejado los bajos del vehículo en la bajada, pienso de inmediato en acudir a la cabina de control para exponer una queja razonada. Sin embargo, cuando estoy a punto de abrir la puerta para salir, me entra un sueño tremendo, y decido dar una cabezadita para que mis argumentos parezcan razonables, y no fruto del sopor que con frecuencia suscitan ciertos opiáceos. Cuando me despierto consulto el reloj, y para mi asombro compruebo que han pasado dos horas, lo que me deja muy preocupado pensando si me sucede algo grave, o en adelante debo prepararme para sufrir ataques de narcolepsia (que no es moco de pavo). Durante al menos quince minutos sigo dándole vueltas al asunto, y cuando por fin me decido a salir, veo para mi asombro una mano de mujer que se posa en mis rodillas, y al levantar la vista, a su propietaria al completo, que se dirige a mÍ con una voz aterciopelada recomendándome calma. Soy tu ángel de la guardia, dice, y en esos momentos ya puedo contemplarla por completo, dándome cuenta que aunque efectivamente tiene manos, no tiene sujetador ni nada que se le parezca. Su mano, sin embargo no parece satisfecha, y continúa una exploración que me hace cerrar los ojos y olvidar por completo quien soy y que hago en aquel lugar a esas horas. Poco después, olvido también la queja que pensaba presentar, y al subir de nuevo la rampa de salida, me hago la firme promesa de acudir con frecuencia a aquel aparcamiento subterráneo, donde al parecer a los clientes se les recompensa con generosidad, aunque enseguida deban hacer una visita a la tintorería.

martes, 25 de noviembre de 2014

INSTRUCCIONES PARA NAVEGAR

Si usted vive en el desierto del Sahara abandone toda esperanza y ponga su ilusión en otra cosa. Claro que lo mismo podría sucederle si vive en el desierto de Gobi. O en los de Namibia, Atacama, Kalahari, Australiano o Arábigo, por mencionar solo unos cuantos. Navegar, tal como lo entiende la mayoría de la gente, necesita algo más que arena, un pedregal o una tierra yerma. Aunque si hay que decirlo todo, gran parte de estos lugares estuvieron en otra época cubiertos por el océano y fueron propicios para las ballenas y los tiburones. Pero ya no es el caso, y sería un tanto inútil intentarlo. Puede no obstante probar en un oasis, donde la laguna central a pesar de sus reducidas dimensiones quizás le ofrezca un mínimo de agua que lo haga posible. Son, además, lugares de una belleza arrebatadora que bien merecen una vela. Y digo vela por mencionar uno de los artificios más antiguos de los que se ha servido el hombre para alejarse de la costa. Queda así suficientemente claro que navegar en el sentido tradicional de la expresión, consiste en hacerlo sobre una superficie líquida, aunque no se nos escapa que a estas alturas, hay quienes llevados por una pasión deportiva o aventurera, se inventan artefactos más o menos insólitos para hacerlo por la arena del desierto o el césped de las praderas, con poco más que un patín y una vela.
Claro que si para empezar hablamos de “navegar”, estamos en cierta medida empezando la casa por el tejado, pues para ello son imprescindibles don condiciones previas, definidas por los verbos flotar y deslizar. Toda navegación necesita una sustentación sobre un fluido (aquí descartamos la navegación aérea, objeto de otro artículo), y tal cosa se la proporciona como el agua, cuya densidad, ya se trate de la salada o la dulce, le permite hacerlo ateniéndose como es bien sabido al principio de Arquímedes, por más que en ocasiones no tengamos la certeza de que un trasatlántico de hierro de 250 metros de eslora y catorce cubiertas,  sea capaz. Pero hay que creérselo, puesto que los vemos amarrados a los muelles o navegando, y en ambos casos repletos de turistas. Pero ya que hemos hablado de velas, habrá que convenir que no es el único medio de propulsión (aunque sin duda sí el más poético), pues ahí están los remos (ya utilizados desde antiguo por las flotas mediterráneas del Mundo Antiguo), la propulsión mecánica a base de petróleo y la atómica, tan socorrida desde  la II G.M. en los submarinos, con sus hiroshimas en potencia. La profesión de remero no era nada aconsejable, teniendo en cuenta que debían remar en condiciones desastrosas, dirigidos, vigilados y castigados si no lo hacía bien, por un tipo con malas pulgas dotado de un tambor para marcar el ritmo y un látigo aficionado a sus espaldas. Y con frecuencia, amarrados a la bancada, donde se sentaban (“Amarrado al duro banco de una galera turquesca…” como dicen los famosos versos de don Luis de Góngora y Argote).
Así pues, como hemos visto poco más arriba, la condición sine qua non para navegar es que la embarcación, sea del tipo que sea, flote, ateniéndose a las leyes de la física, que el sabio griego descubrió con total independencia de que por entonces Platón hablase de un mundo ideal que nadie percibía, y Aristóteles afirmara que el firmamento consistía en siete círculos de estrellas que rodeaban a la Tierra. A la larga, de todo ello, lo que él dijo resultó ser lo único verificable. Por otro lado, para comprobar que cualquier objeto sólido flota, basta con introducirlo en el agua. Si se va al fondo, podremos afirmar con todas las de la ley que el artefacto en cuestión no flota, si se hunde pero no llega al fondo tendremos a un aprendiz de submarino, muy eficaz en las guerras modernas, y si se queda en la superficie, deberemos alegrarnos: flota. Si no tiene nada a mano para llevar a cabo el experimento, puede utilizar su propio cuerpo, siendo una piscina cubierta el lugar ideal si estamos en invierno y la latitud en la que habitamos ronda los 45º N. Se recomienda hacer la plancha o el muerto, porque la flotabilidad aumenta con la superficie de rozamiento, como usted debe saber si terminó el Bachillerato Superior. Si se hunde recuerde que no tiene branquias, cierre la boca y acérquese al borde lo antes posible.
El segundo factor imprescindible para que un objeto navegue, es que pueda deslizarse sobre la superficie de un líquido, para lo cual son necesarias dos condiciones añadidas, la primera que la densidad del mismo sea la idónea, y la segunda, que su estructura le permita hacerlo. Afortunadamente la primera de ellas es la que impera en todo el mundo, pues que se sepa no abundan los mares de mercurio ni de puré de guisantes, que harían el deslizamiento más trabajoso, como sin duda se comprende. La segunda condición requiere que la parte de delante del mencionado artefacto le permita hacerlo con facilidad, razón por la cual la proa de los barcos suele ser afilada (de hecho en nomenclatura marinera se llama tajamar). Sobre todo no lo olvide si, llevado de sus aficiones, decide construirse un yate para pasar las vacaciones de verano. Si a pesar de su buena voluntad, le sale la proa muy ancha, no se preocupe, dé la vuelta al artefacto y ya tiene la popa. Hay que ser prácticos. Teniendo todo lo anterior en cuenta, hay sin embargo que considerar que no todo lo que flota y se desliza sobre el agua, navega. Usted, por ejemplo, si es un hombre joven, y se mete en el agua de cualquier playa en pleno verano, para a continuación adentrarse en el mar vigorosamente, no podrá decir que “navega”, sino que “nada”, diferencia que puede tener su razón de ser en el hecho de que los barcos no tienen brazos. Algo no obstante un tanto discutible si se tiene en cuenta que aún existen embarcaciones a remo, que no teniéndolos, lo parece. Estas nociones tan elementales, no lo son tanto para los niños de determinado país de la cuenca mediterránea, en el que, cuando sus mamás les enseñan un barco, les suelen preguntar, por raro que parezca, “si tienen piernas” (*), a lo que estas suelen contestar en plan afirmativo para no contrariarles o meter en sus tiernas cabecitas conceptos demasiado abstractos. Son niños muy delicados, aunque al crecer no hayan dudado en organizar revoluciones que han pasado a la historia.
Con lo dicho con anterioridad creo que ya es suficiente para que usted pueda embarcarse en un barco de recreo, un buque de la Armada o un yate de lujo, sin que forzosamente tenga que hacer el ridículo. No obstante, a continuación se añade un apéndice que esperamos pueda ayudarle a mantener un nivel discreto ante los consumados lobos de mar que uno se encuentra con frecuencia en ciertos pantalanes, y en casi todos los bares de copas de cierto nivel de la capital de España.
APENDICE:    NOMENCLATURA MARINERA MÍNIMA

PROA: Parte delantera de un barco.
POPA: Parte de atrás.
COSTADOS: ambos lados.
BABOR: Parte izquierda del barco cuando este avanza.
ESTRIBOR: Parte derecha del mismo en esa situación.
AMURA: Cualquiera de los costados del barco próximas a la proa.
ALETA: Lo mismo en su parte próxima a la popa
ESLORA: Longitud del barco.
MANGA: Anchura máxima del mismo (Manga por hombro no tiene nada que ver).
OBRA VIVA: Parte del barco por debajo de la línea de flotación.
OBRA MUERTA: Lo mismo por encima de la línea de flotación
OJO DE BUEY/ TAPACOÑOS y CONDÓN DEL OBISPO: Ver wikipedia.
CABECEO: Movimiento del barco en sentido longitudinal.
BANDAZO: Movimiento lateral del mismo.

En las embarcaciones a vela
CEÑIR: tomar el viento por cualquiera de las dos amuras para que el barco avance (también ORZAR)
NAVEGAR DE BOLINA. Navegar cara al viento de proa (caso extremo de ceñir).
NAVEGAR VIENTO EN POPA: Sin comentarios.
NAVEGAR A OREJAS DE BURRO: En algunas embarcaciones de recreo o deportivas, navegar con dos velas desplegadas, una por cada banda (como las orejas, de burro o similar, siempre que sean grandes).

Otros:
ENTRAR POR OJO: Dícese de las embarcaciones que naufragan al meter la proa en el agua y seguirla el resto de la estructura hacia el fondo. Suele darse con la mar de proa, al coincidir el cabeceo (machetazo) con el seno de una ola enorme. No es recomendable.
CAPEAR EL TEMPORAL: Arte marinera que consiste, cuando hay temporal, en desplegar una vela de poca altura entre varios palos y arriar el resto, para que, perdiendo rumbo, el barco al menos no naufrague.
ETCÉTERA.


(*) Canción francesa infantil muy conocida, que trata de una conversación en la cual un niño pregunta a su mamá si los barcos tiene piernas, a lo que esta le responde que desde luego, porque de otra manera no podrían avanzar. “Maman, les p’tis bateaux ont-ils des jambes?” dice el niño.  « Mais oui ! mon grand bêta, car s'ils n'en avaient pas, ils ne marcharaient pas » responde la madre. ¡Pura lógica !

viernes, 21 de noviembre de 2014

PORRAS

-José Manuel, el terapeuta, me dice que seguir de esta manera es inútil, pues para mi curación es preciso que yo adopte otra actitud. Me ve muy negativo, y considera que solo si estoy dispuesto a colaborar con él, tengo alguna esperanza de recuperarme y volver a ser aquel adolescente feliz del que le hablo, y del que él, sin embargo, no ha tenido noticia en todo este tiempo. Le digo que precisamente en eso estriba mi dificultad, y que tal es el motivo de que haya venido a su consulta. Me dice  que eso es demasiado fácil querer que otro te soluciones tus problemas sin poner nada de tu parte. Le respondo que los doscientos euros que le pago por sesión podían ser un buen acicate para buscar soluciones al dilema, a lo que a su vez me responde escueta pero claramente que “por los cojones”. Ante su forma de abordar mis problemas (esa incapacidad para moverme o esos ataques de pánico repentinos), le aseguro que está llegando el momento en el que me voy a ver obligado a tomar otras medidas que pueden acabar siéndole poco agradables, entre las que se baraja la posibilidad de no pagarle un céntimo o levantarme y partirle la cara allí mismo. Permanece entonces en silencio, y cuando me levanto del diván, veo detrás de mí a un tipo totalmente desconocido de dos metros de altura, bien musculado, con una porra en sus manos y cara de pocos amigos.


-Mari Nieves siempre está muy preocupada por mí, aunque no venga a cuento. Pase lo que pase, siempre me pregunta: ¿pero tú estás bien? No lo entiendo, porque si hay algo que me distingue es mi capacidad para sentirme feliz y ver siempre la parte buena de cualquier situación, aunque acaben de decirme que solo me quedan unos días de vida (lo que afortunadamente no es el caso). Supongo que de tal manera pretende que me de cuenta de cuanto me quiere y lo pendiente que está de mí. Pero lo cierto es que pasado cierto tiempo en el que su actitud me hacía gracia, y hasta lograba enternecerme, me está cargando, pues tengo la impresión de que en el fondo es una manera de hacerme responsable de su diligencia, y culpable de no estar pendiente de ella de la misma manera. He pensado que, cambiando radicalmente de actitud, en delante voy a contestarle cualquier inconveniencia, del tipo “estoy de puta madre, precisamente ahora voy a tomarme unas copas con los amigos para celebrarlo”, o algo por el estilo. No sé cual será su reacción, acostumbrada como está a mis buenas palabras y a los mimos. Quien sabe si en el fondo su comportamiento solo obedece a una culpabilidad inconfesada, y es una manera de hacerme creer que me tiene presente mientras espera la llegada de quien realmente le interesa.

LATINES

Eduardo confiesa que ha sido muy feliz, que su vida ha estado colmada de dicha, y que puestos a elegir algo, lo mejor ha sido el simple hecho de poder hablar. No se imagina la tragedia que podría haber sido en su caso no poder hacerlo; y en su opinión, los mudos son los seres más desgraciados de La Tierra. Manifiesta, sin embargo, un pesar, que a sus años considera ya irreparable: le hubiera gustado hablar en latín. Pero puntualiza que no solo hablar, sino haberlo hecho de forma habitual. Dirigirse a su mujer, sus hijos y amistades en la lengua del César, o como sin duda lo habían hecho las legiones romanas cuando se aprestaban a conquistar Egipto. O Lucio Anneo Séneca cuando conversaba con su discípulo Nerón. Hablar español, catalán o gallego, siempre le pareció un triste remedo de la lengua del Imperio. Y lo mismo le hubiera resultado hablar en francés, inglés o alemán, lenguas todas ellas venidas a menos.
Por eso, su última voluntad, ahora que el momento se aproxima, es ser enterrado en Roma, cerca del Coliseo o las termas de Caracalla. Y en caso de que tal cosa no fuera posible, se conformaría con una tumba en el más modesto de los cementerios de Roma.

 Opción 1) El vehículo de la policía se detuvo al lado del mío en el semáforo. El guardia me dijo que bajara la ventana y de inmediato me advirtió: “acaba usted de realizar un giro prohibido ¿me escucha o prefiere que se lo diga por escrito?” Le contesté que no me había dado cuenta, y que de hecho la señal de prohibición la había interpretado referida a la calle anterior, que transcurría en paralelo a la nuestra. “Ándese con ojo la próxima vez que ustedes los abuelos me tiene harto”. Le dije que desde luego y que perdonara mi despiste. “Ande, ande, que no quiero volver a verle” me contestó acelerando en plan Fórmula uno y dejándome atrás boquiabierto.


Opción 2) El vehículo de la policía se detuvo al lado del mío al llegar el semáforo, uno de los agentes me hizo un gesto enérgico ordenándome que bajara la ventanilla. “Oye, abuelo, tú es que haces lo que se te pone en los cojones? me dijo. Le respondí que no sabía a qué se refería. “El puto Alzheimer, cabrón, ya no deberías conducir” me contestó, al tiempo que se mesaba los cuatro pelos que le quedaban en la cabeza. No se había afeitado y daba la impresión de tener dos copas encima, y de repente sentí que no tenía que disculparme, sino atacar para que aquel desgraciado se viera sorprendido y no pensara que el hecho de ser un agente de la autoridad le permitía actuar como le saliera de los cojones con un ciudadano que paga a Hacienda y, como norma, respeta la ley. Le llamé hijo de puta, y salí zumbando con el semáforo en rojo. Me traía sin cuidado lo que pudiera pasarme en ese momento y estaba decidido a meterme en la M-30 y hacer una gymkhana con aquellos retrasados. Por el retrovisor vi que me seguían con las luces giratorias y la sirena. Estaba dispuesto a morir y demostrarles que me importaba un huevo su uniforme y su cara de suficiencia, después de todo de alguna manera hay que morir y aquella situación podía tener algo de heroico. ¡No te jode el guindilla que se cree Napoleón! Se va a enterar, y si me cogen tengo un cuchillo en la guantera. A ver quien acaba diciendo la última palabra. Cabrones.

OLAS

Este verano está haciendo un tiempo horroroso, y después de dos días con sol llevamos una semana con el cielo encapotado, e incluso a ratos lloviendo a mares. Silvia y yo hemos decidido que no vamos a volver por aquí; es todo muy bonito y aprovechamos el mal tiempo para visitar algunas iglesias románicas de los alrededores y comer como es debido (incluso más), pero el balance no es positivo. Luego el invierno en casa es terrible, y echamos de menos el sol que es lo que de verdad nos gusta. A pesar de todo hoy hemos decidido arriesgarnos y vamos a bajar a la playa. Hay muchas nubes y la televisión incluso pronostica lluvia en el Cantábrico. Nos da igual, y vamos a meternos en el agua para volver con un poco de color con el viento, el yodo y todas esas cosas tan saludables. He logrado convencer a Silvia de que se tire de cabeza por debajo de las olas, que con la marejada hoy deben ser poco menos que gigantes. Es una ingenua, y aunque apenas sabe nadar estoy convencido que me hará caso. Tiene una fe ciega en mí, y tengo que aprovecharlo y poner algo de mi parte si es preciso. No es descartable un accidente, y con el tiempo que hace es seguro que nos llamarán locos. Bueno, me lo llamarán a mí, porque desgraciadamente ella ya no estará ahí para contarlo. Es cruel, pero Teresa me dijo que ya no aguantaba más, y que si a la vuelta no había tomado una decisión, no quería volver a verme. No hará falta.


Papá ha desaparecido, y Julia y le buscamos muy inquietos desde que le hemos echado en falta esta tarde. Es un hombre muy mayor (acaba de cumplir noventa años), viudo, pero con espíritu juvenil irreductible, que en ocasiones nos hace pasar malos ratos. Por ejemplo, cuando vuelve a casa a las tantas, o se emborracha y tenemos que recogerlo en cualquiera de los bares de la zona harto de vino. Dice que la edad está solo en la cabeza, y que la suya no tiene más de veinte años. Y es inútil decirle que desgraciadamente el cuerpo no es solo la cabeza, porque es peor y acaba desnudándose para mostrarnos el suyo. En un estado bastante lamentable, todo hay que decirlo, pero no hay manera, y sigue presumiendo de él, en su opinión asombro de los vestuarios cuando fue campeón del peso welter de Castilla la Vieja. “Me veían y mis rivales no querían subir al ring”, afirma llevado de su euforia, y Julia y yo ayudados por algún voluntario, nos las vemos y nos las deseamos para subirle a casa. Hemos pensado en una residencia donde puedan controlar sus movimientos, y tenga que atenerse a un horario estricto que no le permita volver a la hora que le da la gana, pero se niega en redondo. A las nueve, después de investigar por los alrededores, avisamos a la policía y volvemos a casa esperando tener alguna noticia pronto. A las dos de la madrugada recibimos una llamada, en la que nos indican que una casa de alquiler de automóviles les ha avisado de que un tipo muy mayor (pero con el carnet de conducir en regla) había alquilado esa tarde un BMW de 200 caballos, que tenía que devolver a medianoche. No lo ha hecho y están preocupados. Se trata efectivamente de papá, y nuestra inquietud se ha hecho aún mayor cuando la policía nos ha advertido que cuando dicho individuo salió con el coche, les dijo a los de la casa de alquiler que podían llamarle Juan Luis Fangio.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

COLEGIOS

-Salgo a la calle temprano por la mañana y me encuentro con una sorpresa. Donde antes existía un edificio de seis pisos con balcones, hay ahora un colegio del que no llego a ver el nombre. A su entrada se apiñan muchos niños (no niñas) organizando una algarabía poco corriente, pues gritan y se pegan con cierta ferocidad. Mi primer impulso es dirigirme a ellos y tratar de calmarles, pero lo pienso un poco mejor y prefiero quedarme observando la situación desde el otro lado de la calle. Algunos más que chicos son ya adolescentes, y si llego a intervenir podría correr peligro, son grandes y fuertes. De repente se abre una puerta (por cierto bastante estrecha para tal cantidad de niños) y un tipo con pinta de animal con un vozarrón enorme, les ordena ponerse en fila. Lo hacen de inmediato, sin duda impresionados por la pinta de gorila del que imagino que debe ser el conserje. Ya en fila, observo que un chico mayor está maltratando a otro mucho más pequeño que está delante, le das coscorrones y le acaba pateando. El ujier o lo que aquel tipo sea, se acerca rápidamente con cara de pocos amigos, y tras observar detenidamente la escena se retira y acaba sentenciado: ¡bien hecho, aquí no queremos maricas!


- El lunes Germán ha salido temprano a la calle como en él es habitual cuando va al trabajo, pero esta vez se queda en la acera al lado de la puerta del edificio. La situación es sorprendente, y todos los vecinos nos extrañamos sabiendo sus costumbres. Además su actitud es un tanto extraña, o para ser más preciso, absolutamente extraña. Está en pijama, sin afeitar y con todo el aspecto de no haberse aseado en absoluto, algo inverosímil teniendo en cuenta que se trata de un tipo extremadamente pulcro, que en ocasiones podría ser llamado cursi con todo merecimiento. Después de echar un vistazo como si quisiera cerciorarse de donde se encuentra, se sienta en una silla de enea que llevaba sujeta por el respaldo y se sienta. Según salimos, el resto de vecinos le contemplamos con asombro pero no nos atrevemos a decirle nada, porque la situación parece tan ridícula que preferimos no molestarle, y dejar que los acontecimientos den algún sentido a ese momento tan extraño. Finalmente acabamos haciendo un corro a su alrededor, intrigados por su comportamiento y a la espera de que él mismo nos diga que le pasa, pero no dice nada y al rato se retira sin abrir la boca. A la mañana siguiente se repite el mismo escenario, solo que ahora a Germán se le han unido Javier y Teodosio. Y al otro día ya son siete los sentados, y el jueves la mayoría de vecinos ocupan la acera con la misma actitud. El viernes me uno yo, que era el único que quedaba sin hacerlo. El sábado llegan los bomberos y el domingo las ambulancias.

PERSUASIONES

Cuando me dirijo a Clodoveo para preguntarle algo que en estos momentos no recuerdo, me responde en un lenguaje ininteligible  que, sin embargo, él parece dominar a la perfección. Debe de extrañarse de mi cara de perplejidad, porque de inmediato se hace evidente que trata de esmerarse abriendo y cerrando la boca exageradamente, como si se tratara de alguien que se dirige a un niño o a un extranjero. La situación es ridícula porque él parece poner toda su buena voluntad para hacerse entender. Debe estar mal de la cabeza o sufrir algún tipo de enfermedad de la que no parece ser consciente, aunque finalmente caigo en la cuenta de que por épocas a aquel hombre le gusta tomar el pelo a la gente, pues está dotado de unas cualidades interpretativas fuera de lo común. Se me ocurre que lo que quería saber verdaderamente no tiene la menor importancia, y a partir de ese momento me dedico a imitarle con algunos matices, como rascarme y agitar la cabeza descontroladamente. Al cabo de ciertos minutos Clodoveo parece tranquilizarse y termina hablando en perfecto castellano, para a continuación entrar en una fase de ataraxia aguda y acabar dormido en el suelo.


Vamos a ver José Antonio, el hecho de que te llames como te llamas, no justifica tu actitud de querer pegar fuego al teatro de la Comedia, porque las cosas no han resultado como tú querías. El hecho de que te encante ponerte camisa azul y adores detenerte en las esquinas para arengar a la gente y recordarle que España es un país a la deriva, no es cosa mía. Puedes hacer lo que te venga en gana, después de todo en Londres como bien sabes está instaurado un sistema parecido, donde la persona que tiene algo interesante que decir se sube a una peana (o no) y se dirige a los paseantes para contarles todo lo que se le viene a la cabeza. Deberías viajar a Londres y preguntar por el Speaker`s corner, aunque a ti eso de los idiomas nunca se te dio demasiado bien. Podías aprender maneras, que creo definitivamente es lo que te falla, porque una cosa es tratar de que te escuchen (y lo que tú quieres decirles es sin duda importante, incluso trascendental), y otra sacar del bolsillo una pistola, y acabar apuntándoles si no te dan la razón o no están absolutamente de acuerdo contigo. Debes aprender, y ya no voy a cansarte más, la importancia de las formas y el matiz. La eficacia es en buena medida deudora de la razón y la capacidad de persuasión, y convencerte de que lo que tú digas no tiene que ser aceptado por cojones.