Al poco de llegar me di cuenta de que era
objeto de una atención que no creía merecer. Sin duda soy una persona con unas
cualidades sobresalientes, según me dicen mis amistades y allegados, pero en
aquel barucho infecto nadie podía estar al corriente de mi excelencia
ajedrecística, o de que tuviera dos costillas menos de lo normal, aunque esto
último más que una cualidad se trata de una característica de mi esqueleto de
la que no voy aquí a vanagloriarme. Solo diré que me permite una flexibilidad
que para sí quisieran algunos contorsionistas, pero nada más. Es posible que a
los parroquianos del lugar les llamara la atención mi indumentaria, un traje
gris marengo de buena factura, una camisa azul pálido y una corbata con los
colores de la enseña nacional. Los zapatos, unos Sebago, que no estaban nada
mal. Quizás en aquel sitio de mala muerte, solo frecuentado por camioneros y
desgraciados buscando trabajo, tal hecho fue considerado una provocación,
estando más cerca su ideología de los puntos de vista de Carlos Marx que de
José María Aznar. Quien sabe. Lo cierto es que a los pocos minutos, al tiempo
que desayunaba un café con leche y churros, me di cuenta de que la concurrencia
seguía con los ojos clavados en mí, y haciendo comentarios que poco a poco
ganaron en volumen, pudiendo mis oídos distinguir algunas palabras que no
dejaban lugar a dudas, entre las que destacaba por su frecuencia una expresión
muy común en el solar patrio: “hijo de puta”, concretamente. La situación hizo
que de inmediato me pidiera dos carajillos bien cargados y una ginebra Larios,
tratando de esta manera que se dieran cuenta que estaba con ellos, aunque mi
atuendo pareciera separarnos, pues no siempre la vestimenta es una metáfora
fácilmente interpretable. Con el tercer carajillo, cuando los clientes ya
habían iniciado una aproximación a mi mesa con la evidente intención de
romperme la cara, me levanté súbitamente y grité “¡viva la revolución
proletaria! y ¡trabajadores del mundo uníos!”, dando entrada a continuación al
himno de la Internacional Comunista. Los parias del mundo presentes se
detuvieron frustrados, incapaces todavía de captar la ironía con la que les había
sorprendido, y a partir de ese momento el lugar se transformó en una fiesta en
la que lo único que se echó de menos fue la presencia de Vladimir Illich
Ulianov “Lenin”, aunque el importe de la misma me salió por un ojo de la cara.
lunes, 4 de marzo de 2013
ESCABECHINAS
Abrió la puerta
y me preguntó qué se me ofrecía, a la antigua usanza, algo que yo en mi fuero
interno agradecí, pues de tal manera se identificaba como alguien de mi
generación, en la que las formas todavía cuentan. Le dije que era un vendedor
de comercio, representante de una conocida editorial de Barcelona, y que mi
objetivo era darle la oportunidad de adquirir una nueva colección sobre la
historia de España, contada de una forma absolutamente imparcial por los más
afamados historiadores nacionales y algunos europeos, especialmente británicos.
Al oírlo me pidió de inmediato que entrara y me sentase, pues era algo que
siempre le había interesado, a pesar de poseer ya varias colecciones sobre
tema, pero en su opinión nunca había que perder la esperanza de hallar algo
nuevo que le pudiera dar la clave de las múltiples escabechinas que se habían
organizado en el solar patrio en los dos últimos siglos, especialmente la
originada por el celebérrimo Alzamiento del 18 de Julio. Como es natural, yo de
inmediato traté de convencerle de la oportunidad que se le presentaba dado su
precio reducido (considerando que yo me llevaba el treinta por ciento, algo que
lógicamente no le comuniqué), y, por supuesto, a pagar en cómodos plazos.
Pronto, sin embargo, me di cuenta de que aquel individuo no iba a ser fácil de
convencer, en primer lugar porque era un entendido en la materia, y en segundo,
porque empezó a hacerme una serie de preguntas que me cogieron totalmente
desprevenido. En el cursillo al que los
vendedores habíamos asistido previamente, nadie nos habló de la posible
relación de las primeras invasiones bárbaras con el hombre del neandertal, al
parecer muy frecuente en la península ibérica tiempo atrás, que era lo que al
parecer más le interesaba a aquel tipo. En su opinión, tales individuos, siendo
tan inteligentes como el homo sapiens, del que todos procedíamos, tenían muy
malas pulgas, y en trataban de solucionar el menor conflicto por la vía rápida,
mediante el empleo virtuoso de los instrumentos de los que ya por entonces se
servían para cortar los filetes de la caza de la que subsistían. Su pregunta
apuntaba a una posible influencia de tal especie (los neandertales), en el mal
humor del que nuestros antepasados habían hecho gala para solucionar sus
problemas. Después de este preámbulo, Juan Luis, que así se llamaba el hombre,
me preguntó mi opinión sobre la posible influencia de tal destemplanza en la
expulsión de los judíos, la conquista de América y las guerras carlistas y aunque
a esas alturas de nuestra charla empecé a sospechar que aquel tipo desvariaba,
no quise permanecer con la boca cerrada, y le dije con toda la convicción de la
que fui capaz, que en mi opinión, siendo un darwinista convencido, era más que
posible que la conducta de los homínidos a través de las generaciones, tuvieran
mucho que ver con la selección natural, y que por lo tanto, seguramente el
hombre celtibérico tuviera un adn cargado de derivas belicosas. Pareció
satisfecho con mi respuesta, y hasta un punto sorprendido, como si hasta ese
momento hubiera estado esperando un fallo garrafal por mi parte para ponerme en
la calle. Sin embargo no fue así, y poco después se disculpó y desapareció
pasillo adelante durante varios minutos, apareciendo al cabo de los mismos con
un batín casero bajo el que se adivinaba el pijama. Me quedé un tanto
sorprendido, aunque pensé de inmediato que más valía aceptar los hechos según
iban presentándose, pues, después de todo, uno en su propio domicilio está en
su perfecto derecho a vestirse como le venga en gana. La conversación continuó
durante unos momentos en el mismo tono que antes, aunque yo tenía la sensación
que a Juan Luis empezaba a tenerle sin cuidado la adquisición de su enésima
enciclopedia de la historia de España, y por sus gestos y posturas, estaba más
bien pendiente de otras aficiones, que debía cultivar en su tiempo libre. Tal
cosa me fue pronto confirmada cuando, sentándose a mi lado en el sofá, me dijo
que después de todo la historia solo la escriben los vencedores, y que en su
opinión, podíamos pasar a otros asuntos más interesantes, para los cuales, si
no me parecía mal, sería muy adecuado que me fuera poniendo cómodo, instante en
el que amagó con quitarme los zapatos, y
en el que yo sentí perder definitivamente un treinta por ciento del precio en origen
de los libros en cuestión, al no estar dispuesto a otras transacciones que las
puramente comerciales, pudiendo todavía oírle antes de cerrar la puerta en mi
huída: “eres una estrecha”.
lunes, 25 de febrero de 2013
EMPEÑOS
Voy a dedicarme,
en la medida de lo posible, a burlar a la teoría de la evolución, y que conste
que a mi Darwin siempre me ha caído bien. Quiero con esto decir que no voy a
tratar en absoluto de desdecirla (hoy en día prácticamente irrefutable a pesar
de un buen número de aventados que creen otras cosas mucho más inverosímiles),
sino que, en lo que a mí respecta, voy a poner todo mi empeño en desvirtuarla y
hacerla inútil. Sin duda mis congéneres y las demás especies seguirán
implicadas en el proceso de selección natural para la supervivencia de los más
aptos, etc, pero eso es algo que a mis años ya me tiene sin cuidado. Quiero
decir que voy a intentar que todas mis actividades se hallen situadas al margen
de las necesarias para que tal proceso ocurra, y por lo tanto, ni voy a
intentar traspasar mis genes a mis supuestos futuros descendientes (¡qué
ingenuidad!), ni a incidir en cualquier otra actividad que tenga un sentido
cara a un futuro que, entre nosotros, me tiene sin cuidado. Voy a dedicarme al
estudio en profundidad de las técnicas del ballet de las coreografías de
Georges Balanchine, y al estudio detallado de la variedades del claqué en los
Estados Unidos de la posguerra, algo que ni los genes más enrevesados tendrán
ninguna necesidad de pasar a las generaciones venideras, solo interesadas en
tener algo que llevarse a la boca y en los métodos de reproducción no asistida.
Me gusta lo
diminuto, lo increiblemente pequeño, para lo cual, como es natural, me he hecho
con una lupa de muchos aumentos en una tienda de viejo de los alrededores, y me
he puesto a trabajar con ahínco desde que amanece hasta que el sol se pone, en
averiguar la estructura de lo que normalmente nos pasa desapercibido. Puede
parecer una sandez a aquellos que solo disfrutan con una pantalla panorámica y
los cielos abiertos, pero no para quienes como yo creen que lo verdaderamente
bello e interesante se halla en las cosas de pequeño formato. Y si no me cree,
le podré convencer recurriendo a la esfera de lo meramente práctico. Aviados
estaríamos a estas horas si don Louis Pasteur, sin ir más lejos, no se hubiera
decidido a aplicarle el microscopio (una lupa sofisticada, no nos engañemos) al
hongo Penicillium. No hubiéramos superado ni siquiera la apendicitis. Y llegado
aquí quizás debiera callarme, pues los escépticos como usted no suelen estar
dispuestos al empleo de la nanotecnología en la industria de nuestros días, por
no mencionar su aversión a la física de partículas, con la que se entretienen
los técnicos del acelerador de partículas de Lausana, Suiza. Atrévase, dé un
paso adelante y aplique la lupa (que estaré encantado de prestarle) para
contemplar, por ejemplo, la estructura íntima de las tejas, le aseguro que
desde ese momento en adelante tendrá una opinión muy diferente del tejado de su
propia casa.
Gómez desarrolla
todas sus actividades con el mismo empeño que pondría en aferrarse al alféizar
de la ventana de su casa, si un día por casualidad diera un traspié y estuviera
a punto de precipitarse por la ventana cuando limpiaba sus cristales, teniendo
en cuenta, sobre todo, que vive en un quinto piso. Tal actitud le tiene
absolutamente exhausto, y en él el jadeo permanente ha sustituido a la
respiración, por lo que no es demasiado atrevido decir que a pesar del afecto
que sus vecinos le profesamos, no nos queda mucho tiempo de alegrarnos de su
presencia entre nosotros. Será una lástima, y no tanto porque sea una persona
especialmente interesante, inteligente o divertida, sino porque su agitación
permanente siempre nos ha tenido en ascuas, a la espera de su último suspiro
que, sin embargo, se resiste a exhalar. Quien sabe si en el fondo de si mismo,
es consciente del espectáculo que nos ofrece y no quiere defraudarnos. En tal
caso, deberíamos estarle profundamente agradecidos, pues no es corriente que alguien
prolongue su agonía para contento de los demás, que a mi parecer, es lo que
Gómez viene haciendo desde tiempo inmemorial. ¡Suéltate! estoy a punto de
decirle todos los días, pero no quiero que me tome por un desconsiderado,
aunque por otro lado, tengo casi la certeza de que con tal de no privarnos de
su presencia estimulante, será capaz de echarse a volar, y no obstante, seguir
jadeando.
domingo, 24 de febrero de 2013
MORADAS
Hola Emeterio,
Vivo en una casa
que yo mismo construí con mis propias manos cuando salí del penal. Había
heredado una parcela de terreno al pie de la sierra, y no se me ocurrió otra
cosa mejor que hacer. Yo soy un hombre de ciudad, para que vamos a engañarnos,
pero me convenía quitarme de en medio una temporada, y después de todo Zamora
no queda tan lejos. Y con esto no quiero afirmar que Zamora sea exactamente una
ciudad, pero lo intenta. Después de unos meses llegué a construir una casa de
una planta como buenamente pude, con la supervisión de un tipo del ayuntamiento
sin cuyo permiso al parecer no podría haberlo hecho. Es lo más sencillo que uno
se pueda imaginar, teniendo en cuenta que no tengo ni idea de albañilería, pero
afortunadamente me echó una mano alguien de por allí que tampoco sabía
demasiado, pero con quien pude al fin levantarla con la ayuda de una plomada y
una burbuja de esas. En la planta baja está el salón, mi habitación, la cocina
y el cuarto de baño, y la alta, una buhardilla de buenas dimensiones y un
cuarto diminuto que yo llamo “el de la plancha” en recuerdo a uno parecido que
había en casa de mis padres cuando era un crío. Paso gran parte del día, como
se puede fácilmente imaginar, en la planta de abajo, que es donde tengo
instalada la televisión, delante de la cual me paso las horas muertas. A mi modo
de ver es muy instructiva y se pueden aprender muchas cosas, además si debo ser
sincero, a mi lo de leer y oír música no se me da bien y se me hace muy pesado.
Cuando me aburro salgo afuera y me doy paseos por los alrededores, a veces subo
la cuesta hacia la montaña que es endemoniadamente empinada, y en otras
ocasiones me meto en la maleza que hay en dirección a la carretera, y con
frecuencia me siento entre los juncos e imagino que estoy en una selva de
Birmania o algo parecido. Te parecerá una majadería y una pérdida de tiempo con
la cantidad de cosas que se pueden hacer en esta vida, pero créeme si te digo
que me resulta muy relajante, y no hecho nada de menos el ajetreo de la ciudad,
aunque por lo que te dije al principio pudiera parecerte lo contrario. Debe ser
que estoy cambiando. Otra cosa de la que me acuerdo con cierta nostalgia es de
la cárcel, aunque te parezca mentira, al cabo de los años me había acostumbrado,
y además éramos ya un grupo de reclusos muy bien avenidos, que nos lo pasábamos
en grande en el patio charlando de nuestras cosas y en un apartado que nos
dejaban los vigilantes para que echáramos la partida. Menudas timbas se
organizaban. Claro que a pesar de esa nostalgia, tampoco es cuestión de que me
acerque al pueblo y haga cualquier salvajada para que me vuelvan a ingresar.
Además es posible que me mandaran a otro lugar y la cosa cambia. Finalmente,
cuando ya me harto del cañaveral y de los sapos que abundan por allí, me vuelvo
a casa y veo un poco más la tele o pongo la radio que esa sí que no me
incomoda. Todavía me acuerdo cuando en el 59 en Radio Nacional oí el triunfo de
Bahamontes en el Tour de Francia, aún me emociono al recordarlo. Poco antes de
acostarme subo al primer piso, quiero decir al único piso, y me recojo un rato
en el cuarto de la plancha. Allí tengo una especie de jergón de paja y me paso
un buen rato mirando al techo, que aunque no lo creas, tiene su intríngulis. Ya
te explicaré. Ayer, sin ir más lejos pude ver paseándose tranquilamente a una
araña gorda y peluda que para mí que era una tarántula de esas. Otros días, en
lugar de meterme en ese cuarto (la verdad es que a veces me deprime), entro en
la buhardilla y evoco los felices días de mi infancia en los que me peleaba con
mis hermanos en la de mis queridos padres, que en paz descansen. Me gustan las
telarañas y los pavos. Ya sé que no tienen nada que ver entre ellos, pero no se
me ocurre nada mejor para despedirme, Emeterio. Las cosas de la vida, ya sabes.
CAIDAS
-Hay momentos en
los que lo más adecuado es aceptar que las cosas son como son y no como
quisiéramos que fueran. Puede ser doloroso en la medida en que intentamos que
el mundo se ciña a nuestra voluntad, como si, de hecho, fuéramos una especie de
demiurgos a los que todo nos es debido, ya que la fantasía es libre, y en ese
sentido tendríamos toda la razón. Sucede sin embargo que la realidad, por mucho
que nos empeñemos en extender los brazos asomados a la calle desde la azotea
tratando de volar, se impone, y la gravedad seguirá cumpliendo inexorablemente
las leyes que la han instituido como una de las fuerzas elementales de la
naturaleza. Y, o bien ocurre un milagro, o poco instantes después, por mucho
que agitemos las extremidades, algunos, los más morbosos, se acercaran a nuestros
restos sobre la acera o el asfalto, y otros huirán presurosos, conscientes de
que el hallazgo no será más que el previsible para los objetos sólidos en caída
libre desde una altura aproximada de veinte metros sobre el nivel del suelo.
-La reunión
transcurrió tranquilamente, aunque si debo decir toda la verdad, al final nos
animamos más de la cuenta y una alegría descontrolada se apoderó de los
presentes. Éramos los habituales, es decir, los amigos de siempre, que con
frecuencia buscamos una disculpa para celebrar el mero hecho de estar vivos,
como si no nos fuera suficiente con nuestras actividades habituales, y el mundo
se mereciera algo más que la rutina de todos los días o las diversiones con las
que procuramos despistarnos los fines de semana. Me despedí en lo alto de las
escaleras mientras ellos no aceptaban todavía que todo hubiera terminado y que
poco después el sol saldría de nuevo, y la normalidad les apearía de su sueño.
No sé verdaderamente lo que fue, si un resbalón infortunado o el exceso de
estimulantes con el que habíamos tratado de olvidarnos, solo sé que cuando me
recogieron al pie de la escalera tuve que agradecer al arquitecto que los
peldaños solo fueran de madera. La piedra puede resultar muy ingrata cuando
deja de ser un objeto decorativo.
Asciendo como un
globo y me alejo del puro suelo con la facilidad que me proporciona un
contenido que, sin ser helio, tiene una densidad, al parecer, inferior al aire
que disfrazado de viento o de éter, con tanta emoción tantas veces han cantado
los poetas. Subo pues, a pesar de mis esfuerzos por buscar un asidero en las
copas de los árboles, y lentamente, la tierra que hasta ese momento me ha
albergado, se convierte en un mapa. No lo acepto, y trato en los primeros
instantes de alcanzar una densidad que me resulta ajena, a pesar de la gravidez
con la que trato de investir a mi esqueleto. Es inútil, y apenas cuando empiezo
a aceptar la inexorabilidad de mi ascensión, atravieso las primeras nubes, unos
cúmulos desprovistos de agua e inútiles por tanto para lograr mi objetivo.
Asciendo, y aunque pronto empiezo a respirar con dificultad, soy consciente de
que el planeta se ha convertido en ese mundo azul que nos enseñan con
frecuencia los satélites. Luego alcanzo la estratosfera, en la que el índice de
oxigeno se hace casi nulo, pero donde puedo verificar con alborozo, que respiro
por un sistema alternativo del que no tenía noticia hasta esos momentos. El
frío comienza a hacerse intenso, pero una cápsula que desconozco, me protege y sigo
ascendiendo en dirección a los confines del sistema solar. ¡Qué experiencia tan
increíble! me digo cuando logro evitar la gravedad de los planetas exteriores,
a pesar de casi rozar los anillos de Saturno. Tengo de repente miedo a la caída,
y me imagino entrando en la atmósfera de Júpiter, Urano o Neptuno, tan ingrata
para quien no está acostumbrado al metano ni al ácido sulfúrico. Me encomiendo
pues al dios de los espacios siderales, y cuando ya me alejo de Plutón, tan
desprestigiado hoy en día, me preparo para acercarme a Andrómeda. Después de
todo, un rayo de luz no tardaría más de dos millones de años en alcanzarla.
lunes, 18 de febrero de 2013
TEMBLORES
Tiemblo
inexplicablemente esta tarde de verano al pasear tranquilamente a lo largo del
paseo marítimo. La temperatura, sin embargo, es agradable, y la gente que pasa
a mi lado va en manga corta. El sol que comienza a aproximarse al horizonte
todavía debe calentar bastante, algo normal teniendo en cuenta que estamos en
el hemisferio norte a finales del mes de Junio. De repente, tengo la impresión
de que este mundo no está hecho para mí, y sin dejar de temblar, decido
confirmar la dureza de la corteza terrestre, golpeando las losetas de la acera. Me siento ajeno
totalmente a esta orgía de granito y hormigón en la que parece haberse
convertido cuanto me rodea. Sólo me queda el mar a unos metros que, él sí,
parece conservar la blanda consistencia de su naturaleza. Quizás soy un animal
marino, me digo cuando por fin bajo a la playa y me acerco a la orilla. El agua
rompe con mansedumbre sobre la arena, y me hace recordar el día que mis padres
me llevaron a ver el mar por primera vez, desde la ciudad tierra adentro en la
que entonces vivíamos. Me detengo cuando ya las olas acarician mis pies. Sigo,
sin embargo, temblando a pesar del alivio que me proporciona la proximidad del
agua que, para mi espanto, cambia súbitamente de consistencia y se transforma
en un líquido grisáceo y viscoso que bien podría ser plomo fundido o mercurio.
Me doy la vuelta angustiado, y avanzo con dificultad sobre la playa con los pies
hundidos hasta los tobillos en la arena. Recorro así la escasa distancia que me
separa del asfalto del que instantes antes había huido con precipitación. Me
cuesta aceptarlo, pero a pesar del temblor que no cesa, soy consciente de que
solo me queda una salida. Abro los brazos cuanto puedo, y al instante una
ráfaga de aire cálido me eleva aunque no sepa en absoluto hacia donde me
conduce. Al fin soy libre y dejo de temblar. El hecho de ser un pájaro es lo de
menos.
domingo, 17 de febrero de 2013
SALUDOS
El sueño
consistía en lo siguiente: yo iba andando por la calle, y de repente, sin una
razón clara, me detenía y saludaba levantando un brazo y agitando la mano. Eso,
dentro del propio sueño me dejaba perplejo, pues no veía a nadie ni tenía la
impresión de haber sentido nada que me hiciera adoptar tal actitud, por lo que
casi de inmediato empezaba a mirar en todas direcciones un tanto desconcertado.
Sin embargo, era evidente que tal hecho debía responder a algún tipo de
estímulo, aunque también era posible que estuviera programado para obedecer a
una secuencia desconocida, y no tenía más remedio que actuar de esa manera.
Algo parecido a un automatismo, como cuando tratamos de quitarnos una mosca
cerca de la cara y damos un manotazo al aire. Pero sin mosca, claro. Pensándolo
a posteriori, lo más lógico es que alguien me hubiera saludado a cierta
distancia, aunque, dadas las características del sueño, no recordase ni su voz
ni su aspecto. Además, puestos ya a elucubrar, es muy posible que se tratara de
alguien próximo o bastante conocido, pues tales familiaridades no se suelen
tener más que con aquellos que nos son cercanos, o con quienes mantenemos una
relación personal. Los días siguientes a ese primer sueño, que se repitió con
pocas variantes durante un tiempo, estuve muy atento a percibir cualquier pista
que aclarara la situación, pero fue inútil y en ningún momento se añadió nada
significativo. Quizás lo único reseñable fue que en algunas ocasiones llevaba
puestos diferentes tipos de sombreros, y que en función de tal circunstancia
saludaba de una u otra manera. Los días en los que llevaba sombrero de copa o
bombín, lo hacía ceremoniosamente, ciñéndome así a lo que la prenda de cabeza
parecía sugerir, mientras que los días en los que usaba sombrero de ala ancha
en sus diferentes modalidades (incluido el tirolés), parecía hacerlo de un modo
más desinhibido, como si tuviera la certeza de que el otro no iba a sentirse
vejado por mis maneras desenvueltas. Todo esto no tendría ninguna importancia,
si se hubiera visto reducido a una de tantas situaciones oníricas inexplicables,
que experimentamos a lo largo de nuestra existencia, pero empezó a suponer un
problema en el momento que cuando paseaba en mi vida real, empecé a tener la
necesidad de saludar aleatoriamente cada cierto tiempo, viniera o no a cuento,
como si lo soñado se estuviera convirtiendo en un modus operandi habitual, al
que no podía faltar. Tal situación, como bien puede comprenderse, empezó a
llamar la atención de mis vecinos, y en general, de las personas que se
cruzaban conmigo, y se veían compelidas a imitarme por aquello de los buenos
modales, aunque en el fondo no entendieran la razón. Fui pronto consciente de
esta desazón, pero durante cierto tiempo me sentí incapaz de actuar de otra
manera, por lo que alguien cercano, me llegó a advertir que mi actitud estaba
sumiendo a no poca gente en una perplejidad que en cualquier momento podía
tornarse en animadversión, pues a nadie le gusta sentirse forzado a hacer lo
que no quiere, y a tal cosa es a lo que yo estaba llegando. Afortunadamente,
meses después de empezar esta situación, se me ocurrió que debía interpretar mi
sueño como una metáfora que nada tenía que ver con la realidad, algo que me
alivió y me hizo cavilar sobre el posible significado de tal actitud. De
entrada, yo jamás llevaba sombrero, por lo que el hecho de su presencia,
suponía un añadido, una suerte de impostación a mi verdadera forma de ser, que
pronto interpreté como algo superfluo, de lo que yo debía servirme en mi
relación con los demás, quizás una actitud poco natural, que iba desde un
cierto aristocratismo diletante cuando me tocaba con sombrero clásicos, a una
familiaridad un tanto infatuada los días en los que como si fuera un aventurero
o un vaquero del farwest, me ponía los de ala ancha (afortunadamente nunca me
vi con el de charro ni con la teja de un cura de pueblo, pues en cualquiera de
ambos casos, la interpretación se hubiera complicado). Esta interpretación me
hizo ver que en mi relación con los demás tenía una tendencia exagerada a
quedar bien con todo el mundo, una necesidad de ser apreciado con independencia
de mis auténticos sentimientos, por lo que a partir de ese momento me propuse
ser más auténtico y ceñirme a lo que verdaderamente sentía, ateniéndome a las
consecuencias, pues no todos lo iban a entenderlo, ya que las personas con las
que me unía cierta amistad no pasarían de la media docena. Puesta en práctica
mi nueva actitud, sé que muchos no comprendieron mi cambio radical al quedarse
con la palabra en la boca o con el brazo semi alzado, aunque si he de ser
sincero, tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no levantarlo yo, porque en
mi fuero interno seguía sintiendo lo mismo. Tuve que empezar a frecuentar
determinados lugares donde tal gesto no estuviera mal visto, por lo que desde
entonces soy un asiduo de las estaciones de trenes y autobuses de larga
distancia, así como de los mítines de los partidos políticos de orientación
fascista y las paradas militares, donde tal actitud es vista con indudable
simpatía. Así, mi extraño sueño se ha convertido en una manera de relacionarme
con los demás, y quien sabe si, a poco que me esmere, con un poco de tiempo
pueda ser una forma honrada de ganarme la vida y elevar mi status social.
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