domingo, 24 de febrero de 2013

CAIDAS


-Hay momentos en los que lo más adecuado es aceptar que las cosas son como son y no como quisiéramos que fueran. Puede ser doloroso en la medida en que intentamos que el mundo se ciña a nuestra voluntad, como si, de hecho, fuéramos una especie de demiurgos a los que todo nos es debido, ya que la fantasía es libre, y en ese sentido tendríamos toda la razón. Sucede sin embargo que la realidad, por mucho que nos empeñemos en extender los brazos asomados a la calle desde la azotea tratando de volar, se impone, y la gravedad seguirá cumpliendo inexorablemente las leyes que la han instituido como una de las fuerzas elementales de la naturaleza. Y, o bien ocurre un milagro, o poco instantes después, por mucho que agitemos las extremidades, algunos, los más morbosos, se acercaran a nuestros restos sobre la acera o el asfalto, y otros huirán presurosos, conscientes de que el hallazgo no será más que el previsible para los objetos sólidos en caída libre desde una altura aproximada de veinte metros sobre el nivel del suelo.

 

-La reunión transcurrió tranquilamente, aunque si debo decir toda la verdad, al final nos animamos más de la cuenta y una alegría descontrolada se apoderó de los presentes. Éramos los habituales, es decir, los amigos de siempre, que con frecuencia buscamos una disculpa para celebrar el mero hecho de estar vivos, como si no nos fuera suficiente con nuestras actividades habituales, y el mundo se mereciera algo más que la rutina de todos los días o las diversiones con las que procuramos despistarnos los fines de semana. Me despedí en lo alto de las escaleras mientras ellos no aceptaban todavía que todo hubiera terminado y que poco después el sol saldría de nuevo, y la normalidad les apearía de su sueño. No sé verdaderamente lo que fue, si un resbalón infortunado o el exceso de estimulantes con el que habíamos tratado de olvidarnos, solo sé que cuando me recogieron al pie de la escalera tuve que agradecer al arquitecto que los peldaños solo fueran de madera. La piedra puede resultar muy ingrata cuando deja de ser un objeto decorativo.

 

Asciendo como un globo y me alejo del puro suelo con la facilidad que me proporciona un contenido que, sin ser helio, tiene una densidad, al parecer, inferior al aire que disfrazado de viento o de éter, con tanta emoción tantas veces han cantado los poetas. Subo pues, a pesar de mis esfuerzos por buscar un asidero en las copas de los árboles, y lentamente, la tierra que hasta ese momento me ha albergado, se convierte en un mapa. No lo acepto, y trato en los primeros instantes de alcanzar una densidad que me resulta ajena, a pesar de la gravidez con la que trato de investir a mi esqueleto. Es inútil, y apenas cuando empiezo a aceptar la inexorabilidad de mi ascensión, atravieso las primeras nubes, unos cúmulos desprovistos de agua e inútiles por tanto para lograr mi objetivo. Asciendo, y aunque pronto empiezo a respirar con dificultad, soy consciente de que el planeta se ha convertido en ese mundo azul que nos enseñan con frecuencia los satélites. Luego alcanzo la estratosfera, en la que el índice de oxigeno se hace casi nulo, pero donde puedo verificar con alborozo, que respiro por un sistema alternativo del que no tenía noticia hasta esos momentos. El frío comienza a hacerse intenso, pero  una cápsula que desconozco, me protege y sigo ascendiendo en dirección a los confines del sistema solar. ¡Qué experiencia tan increíble! me digo cuando logro evitar la gravedad de los planetas exteriores, a pesar de casi rozar los anillos de Saturno. Tengo de repente miedo a la caída, y me imagino entrando en la atmósfera de Júpiter, Urano o Neptuno, tan ingrata para quien no está acostumbrado al metano ni al ácido sulfúrico. Me encomiendo pues al dios de los espacios siderales, y cuando ya me alejo de Plutón, tan desprestigiado hoy en día, me preparo para acercarme a Andrómeda. Después de todo, un rayo de luz no tardaría más de dos millones de años en alcanzarla.

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