-Hay momentos en
los que lo más adecuado es aceptar que las cosas son como son y no como
quisiéramos que fueran. Puede ser doloroso en la medida en que intentamos que
el mundo se ciña a nuestra voluntad, como si, de hecho, fuéramos una especie de
demiurgos a los que todo nos es debido, ya que la fantasía es libre, y en ese
sentido tendríamos toda la razón. Sucede sin embargo que la realidad, por mucho
que nos empeñemos en extender los brazos asomados a la calle desde la azotea
tratando de volar, se impone, y la gravedad seguirá cumpliendo inexorablemente
las leyes que la han instituido como una de las fuerzas elementales de la
naturaleza. Y, o bien ocurre un milagro, o poco instantes después, por mucho
que agitemos las extremidades, algunos, los más morbosos, se acercaran a nuestros
restos sobre la acera o el asfalto, y otros huirán presurosos, conscientes de
que el hallazgo no será más que el previsible para los objetos sólidos en caída
libre desde una altura aproximada de veinte metros sobre el nivel del suelo.
-La reunión
transcurrió tranquilamente, aunque si debo decir toda la verdad, al final nos
animamos más de la cuenta y una alegría descontrolada se apoderó de los
presentes. Éramos los habituales, es decir, los amigos de siempre, que con
frecuencia buscamos una disculpa para celebrar el mero hecho de estar vivos,
como si no nos fuera suficiente con nuestras actividades habituales, y el mundo
se mereciera algo más que la rutina de todos los días o las diversiones con las
que procuramos despistarnos los fines de semana. Me despedí en lo alto de las
escaleras mientras ellos no aceptaban todavía que todo hubiera terminado y que
poco después el sol saldría de nuevo, y la normalidad les apearía de su sueño.
No sé verdaderamente lo que fue, si un resbalón infortunado o el exceso de
estimulantes con el que habíamos tratado de olvidarnos, solo sé que cuando me
recogieron al pie de la escalera tuve que agradecer al arquitecto que los
peldaños solo fueran de madera. La piedra puede resultar muy ingrata cuando
deja de ser un objeto decorativo.
Asciendo como un
globo y me alejo del puro suelo con la facilidad que me proporciona un
contenido que, sin ser helio, tiene una densidad, al parecer, inferior al aire
que disfrazado de viento o de éter, con tanta emoción tantas veces han cantado
los poetas. Subo pues, a pesar de mis esfuerzos por buscar un asidero en las
copas de los árboles, y lentamente, la tierra que hasta ese momento me ha
albergado, se convierte en un mapa. No lo acepto, y trato en los primeros
instantes de alcanzar una densidad que me resulta ajena, a pesar de la gravidez
con la que trato de investir a mi esqueleto. Es inútil, y apenas cuando empiezo
a aceptar la inexorabilidad de mi ascensión, atravieso las primeras nubes, unos
cúmulos desprovistos de agua e inútiles por tanto para lograr mi objetivo.
Asciendo, y aunque pronto empiezo a respirar con dificultad, soy consciente de
que el planeta se ha convertido en ese mundo azul que nos enseñan con
frecuencia los satélites. Luego alcanzo la estratosfera, en la que el índice de
oxigeno se hace casi nulo, pero donde puedo verificar con alborozo, que respiro
por un sistema alternativo del que no tenía noticia hasta esos momentos. El
frío comienza a hacerse intenso, pero una cápsula que desconozco, me protege y sigo
ascendiendo en dirección a los confines del sistema solar. ¡Qué experiencia tan
increíble! me digo cuando logro evitar la gravedad de los planetas exteriores,
a pesar de casi rozar los anillos de Saturno. Tengo de repente miedo a la caída,
y me imagino entrando en la atmósfera de Júpiter, Urano o Neptuno, tan ingrata
para quien no está acostumbrado al metano ni al ácido sulfúrico. Me encomiendo
pues al dios de los espacios siderales, y cuando ya me alejo de Plutón, tan
desprestigiado hoy en día, me preparo para acercarme a Andrómeda. Después de
todo, un rayo de luz no tardaría más de dos millones de años en alcanzarla.
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