Por fin me
decidí y me puse en camino aunque no tenía muy claro con qué objetivo. Después
de todo, allí adonde me dirigía no se me había perdido nada. Fue sin embargo
una idea que empezó a fraguarse en mi cabeza la semana anterior a mi partida,
un día que me dio por echar un vistazo a un mapa de carreteras de España.
Quería ir a un lugar que no me dijera absolutamente nada. Que ni siquiera
pudiera relacionarlo fácilmente con la comarca, provincia o región donde
estuviera situado. Ni con la ciudad más próxima, que no podría hallarse a menos
de cien kilómetros. Se trataba por lo tanto de algo parecido a ir a la luna sin
salir de la península ibérica, para lo que en principio se me ocurrieron
determinados lugares que en ese sentido gozan de una fama merecida. A saber: el
desierto de Tabernas en Almería, los Monegros en Aragón y las Bardenas Reales
en Navarra. Finalmente me decidí por este último por hallarse más cerca de casa
y por la posibilidad, aunque remota, de ser atacado por aviones de la Fuerza
Aérea española durante sus ejercicios con fuego real, que tienen lugar en aquel
lugar. Aunque no creo que me cayera esa breva, al escasear últimamente la
munición debido a la falta de presupuesto. Ya sé que estas posibilidades
parecían contradecir en principio los criterios que había supuesto para su
elección, pero yo no tengo la culpa de hollar el suelo patrio hace más de seis
décadas, haber sido un alumno con nota superior al aprobado en mi lejano
bachillerato, y que nuestro país no alcance las dimensiones, es un decir, de la
extinta Unión Soviética, y tener por lo tanto una vaga idea de su geografía. No
quise darle más vueltas. Llegué a mi destino después de un viaje bastante
accidentado, no por el estado de las carreteras, sino debido a mis titubeos por
mi indeterminación a la hora de tomar un rumbo definitivo. En cualquier caso,
en cuatro horas estaba allí, algo más de la media nacional en las distancias
desde la capital del país, teniendo en cuenta que las ciudades más alejadas,
Huelva, la Coruña y Gerona apenas quedan a siete. Eso sí, sin descansos
intermedios ni levantar el pie del acelerador, y sin sobrepasar la velocidad
máxima en autopista. Una vez sometido a un somero reconocimiento sobre el
terreno, aquel lugar me llenó de felicidad. Se trataba de un hotel de cinco
estrellas situado en la cima de un altozano, que por sus características me
subyugó de inmediato. El edificio en cuestión se levantaba sobre una planta
rectangular con cuatro alturas, cuyo primer piso estaba dedicado a lo que en
líneas generales puede considerarse como ocio y los otros tres al alojamiento,
a razón de catorce habitaciones por planta. Afortunadamente a su alrededor se
extendía una extensión indeterminada pero suficiente de terreno para equiparlo,
a falta de más pesquisas, con el desierto del Sahara, el de Atacama o el del
Gobi, según opiniones, dada la proliferación de arena y terreno pedregoso
alternativamente. El primer piso, según pronto pude enterarme en una primera
ronda de reconocimiento, estaba íntegramente dedicado a las actividades
recreativas de los clientes, y consistía en las siguientes secciones: gimnasio,
sauna, spa, sala de musculación, piscina cubierta, paddle y squash, además de
una sala de estar con bar, en donde se suponía que los deportistas podrían
relajarse con lecturas varias y la posibilidad de compensar su esfuerzo con
aguas carbonatadas, tónicas y multivitaminadas, estando prohibido el alcohol, aunque
se disponía de cerveza sin. En plan confidencial, alguien me confesó que, no
obstante, no eran pocos los clientes que en sus bolsas deportivas incluían
petacas con licores que no bajaban del 40%. La administración del hotel hacía
la vista gorda, a pesar que no era infrecuente que algunos clientes abandonaran
las instalaciones en un estado que dejaba mucho que desear. El exterior del
edificio recordaba vagamente a la plaza de toros de Las Ventas y era por tanto
neomudéjar, algo también frecuente en la ciudad de Teruel, de donde era natural
el propietario. Antes de adentrarse en la zona estrictamente desértica, o lo
que es lo mismo en las propias Bardenas Reales, la empresa había querido
mostrar a sus habituales la posibilidad de un oasis, y para ello había
construido tres piscinas olímpicas rodeadas de un amplio palmeral que para nada
tenía que envidiar al de Elche, sin ir más lejos. Además, como un homenaje a
las montañas Lebombo en el Parque Nacional de Kruger y a André de Saint Exupery
(por razones obvias), había plantado varios baobabs que daban al lugar un
exotismo inesperado y un tanto surrealista. En resumidas cuentas, y a fuer de
ser sincero, era algo que no esperaba, ansioso como estaba de un lugar oculto a
la mirada de los demás y lo más parecido posible a un cenobio o un convento de
clausura. Afortunadamente, poco después de preguntar en Recepción me sentí
aliviado, pues toda aquella exhibición, no se correspondía con lo que verdaderamente
ocurría allí. Por de pronto, baste decir que aquella suntuosa residencia no
tenía clientes, o para ser más exactos, contaba con uno por planta, que, según
pronto me informaron, cumplían una función exclusivamente metafórica en el
sentido de que representaban a los ausentes que, en ese sentido, resultaban
redundantes. Cabe decir, sin embargo, que las actividades del hotel se llevaban
a cabo como si estuviera al completo, por lo que todos los servicios
funcionaban a pleno rendimiento, aunque sus actividades resultaban como bien
puede entenderse absolutamente superfluas. Las habitaciones se hacían a diario,
con cambio de ropa de cama y toallas incluido, y la lavandería, secadora y
servicios diversos no daban a basto. En las proximidades del lounge del hotel
las tiendas abrían diariamente y la cafetería, peluquería, restaurante y sala
de fiestas tenían todo su personal al completo, por lo que mi estancia es aquel
lugar se presentaba como una orgía de placidez, valga la antinomia o el
oxímoron, que no las tengo todas conmigo. Aquí, sin embargo es de justicia
reseñar que el personal solo estaba disponible para situaciones de emergencia
en caso de que los tres clientes (conmigo cuatro) tuvieran una necesidad
ineludible. Se puede por lo tanto decir aquí que también ellos cumplían una
función simbólica, queriendo de tal manera el propietario del hotel dejar bien
claro que el deber está por encima de la necesidad. La señorita de Recepción me
informó en plan confidencial (que me rogó no transmitiera a nadie) que allí, en
su opinión, todo tenía una función meramente representativa y que, en realidad,
nada era lo que parecía. En ese sentido, añadió que solo el señor D. Braulio
Senantes, el propietario, podía dar información fidedigna de lo que había
pretendido, aunque al parecer -y aquí su voz se hizo casi inaudible- no andaba
muy bien de la cabeza, pues ya en dos ocasiones se había intentado quitar de en
medio arrojándose de una de las torres del Pilar de Zaragoza. Como la
conversación con tan agradable señorita estaba resultando muy interesante (con
independencia de aquellas informaciones inquietantes), le dije si nunca había
pensado que quizás la verdadera finalidad del hotel podría ser su destrucción
mediante el fuego amigo de la aviación nacional, a lo que me contestó que nunca
se le había pasado por la cabeza, pero que en esos momentos que yo se lo sugería,
le parecía coherente, cobrando así sentido el que durante la noche todo el
edificio y zonas colindantes permanecieran iluminadas. “Como un verdadero
blanco”, añadí yo al despedirme casi eufórico y darme cuenta que mi visita a
aquella estepa desolada cobraba un sentido que no supe calibrar cuando inicié
el viaje. En aquel momento fui consciente de que toda vida humana es
teleológica, reafirmándome de esta manera en mi fe en el principio antrópico y
en Teilhard de Chardin. Estaba convencido de la importancia de mi existencia en
el universo y quise celebrarlo de inmediato, por lo que subí a la habitación,
me serví un whisky doble bien cargado del mueble bar, me tumbé placidamente en
la cama sin quitar la colcha, y encendí un cigarrillo, observando ascender sus
volutas de humo. Los fuegos artificiales estaban al caer.
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