viernes, 10 de enero de 2014

ESTEPAS


Por fin me decidí y me puse en camino aunque no tenía muy claro con qué objetivo. Después de todo, allí adonde me dirigía no se me había perdido nada. Fue sin embargo una idea que empezó a fraguarse en mi cabeza la semana anterior a mi partida, un día que me dio por echar un vistazo a un mapa de carreteras de España. Quería ir a un lugar que no me dijera absolutamente nada. Que ni siquiera pudiera relacionarlo fácilmente con la comarca, provincia o región donde estuviera situado. Ni con la ciudad más próxima, que no podría hallarse a menos de cien kilómetros. Se trataba por lo tanto de algo parecido a ir a la luna sin salir de la península ibérica, para lo que en principio se me ocurrieron determinados lugares que en ese sentido gozan de una fama merecida. A saber: el desierto de Tabernas en Almería, los Monegros en Aragón y las Bardenas Reales en Navarra. Finalmente me decidí por este último por hallarse más cerca de casa y por la posibilidad, aunque remota, de ser atacado por aviones de la Fuerza Aérea española durante sus ejercicios con fuego real, que tienen lugar en aquel lugar. Aunque no creo que me cayera esa breva, al escasear últimamente la munición debido a la falta de presupuesto. Ya sé que estas posibilidades parecían contradecir en principio los criterios que había supuesto para su elección, pero yo no tengo la culpa de hollar el suelo patrio hace más de seis décadas, haber sido un alumno con nota superior al aprobado en mi lejano bachillerato, y que nuestro país no alcance las dimensiones, es un decir, de la extinta Unión Soviética, y tener por lo tanto una vaga idea de su geografía. No quise darle más vueltas. Llegué a mi destino después de un viaje bastante accidentado, no por el estado de las carreteras, sino debido a mis titubeos por mi indeterminación a la hora de tomar un rumbo definitivo. En cualquier caso, en cuatro horas estaba allí, algo más de la media nacional en las distancias desde la capital del país, teniendo en cuenta que las ciudades más alejadas, Huelva, la Coruña y Gerona apenas quedan a siete. Eso sí, sin descansos intermedios ni levantar el pie del acelerador, y sin sobrepasar la velocidad máxima en autopista. Una vez sometido a un somero reconocimiento sobre el terreno, aquel lugar me llenó de felicidad. Se trataba de un hotel de cinco estrellas situado en la cima de un altozano, que por sus características me subyugó de inmediato. El edificio en cuestión se levantaba sobre una planta rectangular con cuatro alturas, cuyo primer piso estaba dedicado a lo que en líneas generales puede considerarse como ocio y los otros tres al alojamiento, a razón de catorce habitaciones por planta. Afortunadamente a su alrededor se extendía una extensión indeterminada pero suficiente de terreno para equiparlo, a falta de más pesquisas, con el desierto del Sahara, el de Atacama o el del Gobi, según opiniones, dada la proliferación de arena y terreno pedregoso alternativamente. El primer piso, según pronto pude enterarme en una primera ronda de reconocimiento, estaba íntegramente dedicado a las actividades recreativas de los clientes, y consistía en las siguientes secciones: gimnasio, sauna, spa, sala de musculación, piscina cubierta, paddle y squash, además de una sala de estar con bar, en donde se suponía que los deportistas podrían relajarse con lecturas varias y la posibilidad de compensar su esfuerzo con aguas carbonatadas, tónicas y multivitaminadas, estando prohibido el alcohol, aunque se disponía de cerveza sin. En plan confidencial, alguien me confesó que, no obstante, no eran pocos los clientes que en sus bolsas deportivas incluían petacas con licores que no bajaban del 40%. La administración del hotel hacía la vista gorda, a pesar que no era infrecuente que algunos clientes abandonaran las instalaciones en un estado que dejaba mucho que desear. El exterior del edificio recordaba vagamente a la plaza de toros de Las Ventas y era por tanto neomudéjar, algo también frecuente en la ciudad de Teruel, de donde era natural el propietario. Antes de adentrarse en la zona estrictamente desértica, o lo que es lo mismo en las propias Bardenas Reales, la empresa había querido mostrar a sus habituales la posibilidad de un oasis, y para ello había construido tres piscinas olímpicas rodeadas de un amplio palmeral que para nada tenía que envidiar al de Elche, sin ir más lejos. Además, como un homenaje a las montañas Lebombo en el Parque Nacional de Kruger y a André de Saint Exupery (por razones obvias), había plantado varios baobabs que daban al lugar un exotismo inesperado y un tanto surrealista. En resumidas cuentas, y a fuer de ser sincero, era algo que no esperaba, ansioso como estaba de un lugar oculto a la mirada de los demás y lo más parecido posible a un cenobio o un convento de clausura. Afortunadamente, poco después de preguntar en Recepción me sentí aliviado, pues toda aquella exhibición, no se correspondía con lo que verdaderamente ocurría allí. Por de pronto, baste decir que aquella suntuosa residencia no tenía clientes, o para ser más exactos, contaba con uno por planta, que, según pronto me informaron, cumplían una función exclusivamente metafórica en el sentido de que representaban a los ausentes que, en ese sentido, resultaban redundantes. Cabe decir, sin embargo, que las actividades del hotel se llevaban a cabo como si estuviera al completo, por lo que todos los servicios funcionaban a pleno rendimiento, aunque sus actividades resultaban como bien puede entenderse absolutamente superfluas. Las habitaciones se hacían a diario, con cambio de ropa de cama y toallas incluido, y la lavandería, secadora y servicios diversos no daban a basto. En las proximidades del lounge del hotel las tiendas abrían diariamente y la cafetería, peluquería, restaurante y sala de fiestas tenían todo su personal al completo, por lo que mi estancia es aquel lugar se presentaba como una orgía de placidez, valga la antinomia o el oxímoron, que no las tengo todas conmigo. Aquí, sin embargo es de justicia reseñar que el personal solo estaba disponible para situaciones de emergencia en caso de que los tres clientes (conmigo cuatro) tuvieran una necesidad ineludible. Se puede por lo tanto decir aquí que también ellos cumplían una función simbólica, queriendo de tal manera el propietario del hotel dejar bien claro que el deber está por encima de la necesidad. La señorita de Recepción me informó en plan confidencial (que me rogó no transmitiera a nadie) que allí, en su opinión, todo tenía una función meramente representativa y que, en realidad, nada era lo que parecía. En ese sentido, añadió que solo el señor D. Braulio Senantes, el propietario, podía dar información fidedigna de lo que había pretendido, aunque al parecer -y aquí su voz se hizo casi inaudible- no andaba muy bien de la cabeza, pues ya en dos ocasiones se había intentado quitar de en medio arrojándose de una de las torres del Pilar de Zaragoza. Como la conversación con tan agradable señorita estaba resultando muy interesante (con independencia de aquellas informaciones inquietantes), le dije si nunca había pensado que quizás la verdadera finalidad del hotel podría ser su destrucción mediante el fuego amigo de la aviación nacional, a lo que me contestó que nunca se le había pasado por la cabeza, pero que en esos momentos que yo se lo sugería, le parecía coherente, cobrando así sentido el que durante la noche todo el edificio y zonas colindantes permanecieran iluminadas. “Como un verdadero blanco”, añadí yo al despedirme casi eufórico y darme cuenta que mi visita a aquella estepa desolada cobraba un sentido que no supe calibrar cuando inicié el viaje. En aquel momento fui consciente de que toda vida humana es teleológica, reafirmándome de esta manera en mi fe en el principio antrópico y en Teilhard de Chardin. Estaba convencido de la importancia de mi existencia en el universo y quise celebrarlo de inmediato, por lo que subí a la habitación, me serví un whisky doble bien cargado del mueble bar, me tumbé placidamente en la cama sin quitar la colcha, y encendí un cigarrillo, observando ascender sus volutas de humo. Los fuegos artificiales estaban al caer.

 

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