lunes, 20 de enero de 2014

CADERAS


A.- Al fin lo han conseguido. La cadera ha sido su coartada, pero yo sé que se trata de otra cosa. Es duro tener que decirlo, pero en muchas ocasiones, y esta es una prueba más, los acontecimientos se desarrollan de una forma muy diferente de lo que hubiera sido previsible. Nunca pensé que vivir en un segundo piso sin ascensor pudiera ser la causa de mi exilio, que esa es mi realidad a poco que se piense. O la cárcel, mejor me lo pones. Pero una cárcel especial solo hecha para viejos, no nos andemos con eufemismos, cuando yo no entro estrictamente en esa categoría, siendo, a pesar de mis años y achaques, un hombre en plena forma. Y si no, que se lo pregunten a la chica que hace las habitaciones, que cada vez que habla conmigo siente un arrobo que se hace evidente en su tartamudeo y sus mejillas.

 

J.- Me han metido en la habitación a un tipo nuevo sin ni siquiera preguntarme. De un día para otro. Lo acepto como algo irremediable en esta residencia a la que al final he venido a parar. Siempre tengo problemas en estas instituciones que, al parecer, no solo aceptan a viejos sino a viejos “normales”, ya se me entiende. Yo sé que soy una persona especial, siempre lo he sido, pero parece que la democracia les tiene sin cuidado y al menor indicio te discriminan. Y yo, digan lo que digan, aquí me estoy comportando divinamente. El nuevo parece un tipo con clase, y desde luego hace unos años debió ser un hombre guapo en el que yo me hubiera fijado sin la menor duda.

 

M.- Por fin hemos conseguido meter a papa en una residencia. Ha sido una dura batalla porque el hombre se ha resistido hasta el límite de sus fuerzas. Pero por una vez hemos ganado, y después de hacer toda su vida lo que le ha dado la gana, hemos logrado que acabe aceptando lo irremediable. No va a ser fácil, pero a la larga esto será lo mejor para todos. Sobre todo para mí que soy quien verdaderamente se ocupaba de él.

 

R.- Me da pena papá. No sé cuanto va aguantar ahí metido. Estoy convencido que no tardará mucho en armar una buena, en lo que incluyo la posibilidad de una fuga.

 

A.- Cada vez se me hace más difícil aguantar al tipo este de la habitación con el que me han metido. Con todo lo que cobran ¿es que no tienen habitaciones individuales? Me parece increíble que mi pensión y quinientos euros de los chicos no den para más. Debo tener paciencia, aunque como ya he dicho el carcamal este que me ha tocado me solivianta y es posible que pronto deje de hablarle. Si no me ponen enseguida en una solo para mí, voy a acabar comprando un biombo para hacer de pared entre las dos camas. Cada cual en su mundo.

 

L.- Papá por fin en una residencia. Se acabaron las complicaciones. Allí le cuidarán bien y estará controlado. Le ingresamos cerca del mediodía y nos quedamos con él a comer (fue una excepción, según nos dijeron, pues no está permitido habitualmente). A las cuatro ya estábamos en casa. Al día siguiente le llamé por teléfono, pero no se puso, sin que pudieran darme explicaciones. Mariví, sin embargo si lo logró y dice que está bien. Me alegro.

 

J.- Desde que llegó Antonio he intentado ser comedido y que no se me vea el ramalazo de una forma ostensible. Tampoco hay que exagerar. Y además quien sabe como puede reaccionar. Casi no me habla y tiene con frecuencia unos gestos de indiferencia y hasta desdén que me inquietan un poco. De todas formas, esta noche cuando nos acostemos no me voy a privar de hacer lo habitual, que tampoco es cuestión que una deje de ser quien es por un intruso.

 

A.- Lo que faltaba, ahora resulta que el individuo con el que estoy es marica perdido. Ayer noche, sin ir más lejos cuando nos metimos en la cama, sacó del cajón de su mesilla de noche lo que en principio tomé por un peluche o algo así, y ante mi asombro resultó ser un pelucón rubio enorme, que se colocó sobre los cuatro pelos que le quedan  para de inmediato ponerse encima una redecilla diciéndome “no sabes, si no lo hago, se me destroza, con todo lo que me muevo”. Estuve a punto de tener un ataque y ponerme a gritar llamando a las monjas, pero al final me contuve, aunque no pude dormir hasta las tres de la mañana.

 

J.- Creo que el nuevo está empezando a aceptar que tiene a un compañero especial en su habitación. No me habla en absoluto, pero en mi opinión empieza a aceptar los hechos consumados. Me parece que se lo ha dicho a una de las monjas encargadas de nuestra área, pero tengo la impresión de que su queja no ha surtido el efecto que él esperaba, porque lo único que ha conseguido es que sor Gabriela me diga que no sea malo porque ese señor está bastante trastornado.

 

M.- Nos hemos acercado todos a ver a papá después de quince días de su ingreso. Primero hemos comido juntos en el pueblo en un restaurante que viene recomendado en la guía gastronómica de la región. Ha sido una comida maravillosa y no me extrañaría que este local pronto tuviera una estrella Michelín. Rosa y Luis parecían contentos de que por fin papá encuentre un lugar adecuado para él en la residencia. Luis tan pragmático como siempre, pensando en los horarios, las comidas y los entretenimientos de los ancianos, y Rosa, para no variar, tan sentimental muy en su línea, pensando que papá puede sentirse muy solo en ese sitio. A veces me saca de quicio. A ella quisiera yo haberla visto haciéndose cargo de él durante años. Así es muy fácil.

 

L.- Papá nos ha recibido en silla de ruedas, de la que no se ha levantado durante las dos horas que hemos estado con él. Hacia las seis nos hemos ido cuando nos ha dado la impresión de que ya tenía suficiente y no ha vuelto a abrir la boca. Hemos llegado a casa hacia las siete menos veinte. Mariví parece preocupada y Rosa, como una mater dolorosa, ha llegado a decir que estar allí de esa manera debe ser muy duro, y que si tuviera más tiempo y dinero se lo llevaría a su casa. Cuando nos fuimos, para sorpresa de todos, papá se ha levantado de la silla y nos ha dicho adiós agitando un pañuelo y dándose una carrerita por la acera.

 

J.- No entiendo a este hombre que en ocasiones se pasea delante de mí simulando estar estuviera en plena forma, y hoy, sin embargo, ha recibido a su familia sentado en una silla de ruedas como si fuera un tullido. Ni que decir tiene que nada más irse se ha levantado, y se ha pavoneado delante de los demás delante de la tele con paso atlético y mirada desafiante. Tengo la impresión de que tiene un problema grave con los suyos y mantiene ante ellos una actitud de víctima para que se sientan culpables o algo parecido. A mí, si he de ser sincero, no me importa. Me lo imagino como el adolescente guapísimo que debió ser, y todo lo demás me tiene sin cuidado. Cuando tengamos un poco más de confianza le voy a pedir que me enseñe algunas fotos de cuando era joven. Debió ser una bellezón. No me ha gustado nada la actitud del marido de su hija mayor (creo que se llama Mariví), que le echa unas miradas de admiración (o al menos eso me parece a mí) que casi me hacen sentir celos.

 

R.- Pobre papá, la cadera no le deja vivir, a pesar de que le pusimos una prótesis de titanio de las mejores y más caras. Nos ha recibido en silla de ruedas y al verle no he podido evitar echarme a llorar.

 

A.- Me duele que se vayan y me dejen aquí solo, pero por mí no se van a enterar de mis debilidades. Estar más de dos horas en la puñetera silla no me ha sido nada grato, sobre todo, porque al cabo del rato me acaba doliendo la espalda. Me he emocionado al ver a Rosita que no ha podido disimular y se ha echado a llorar. Siempre ha sido una infeliz, y esto hace que ahora me preocupe por su futuro, soltera y sin que nadie se ocupe de ella. Mariví es otra cosa, aunque siempre he tenido la impresión de que de alguna forma disimula, y no es para nada tan fuerte e independiente como trata de aparentar. Su marido, por otro lado, es un memo, del que tengo la impresión que siempre me la ha tenido guardada. No debe gustarle nada que su mujer, es decir, mi hija, me haga más caso a mí que a él mismo.

 

G.- Los de la habitación veintiséis me preocupan. No parecen llevarse nada bien. Supongo que Antonio debe estar haciendo de las suyas, tratando de provocar a su acompañante, que por cierto también se llama Antonio, lo que no facilita para nada el trato con ambos ni la cuestión administrativa. Antonio el mariquita, para que vamos a andarnos con rodeos, me ha dicho en privado, que teniendo ambos el mismo nombre, lo lógico seria que yo le llamara por el segundo, María, a lo que yo me he negado en redondo, y le he dicho que para nosotras las monjas y el personal adjunto, esa casualidad no supone ningún problema, pero que si insiste, le llamaremos por su apellido, es decir, Jiménez, a lo que se ha negado porque le parece horrible.

 

J.- Sor Caridad se niega a llamarme María, como le había pedido para distinguirme de Antonio, mi compañero el guapetón. Ha sido una oportunidad perdida para sentirme como la mujer que siempre quise ser, pero tampoco es cuestión de ponerse dramática. El mundo es a veces cruel y no quiere reconocer que las cosas son como son y no como sus habitantes pretenden. Pero no es cuestión de enemistarse con la Iglesia y sus representantes que, al fin y a la postre, son quienes tienen la sartén por el mango. Dicho sea esto sin doble sentido, por cierto.

 

L.- Creo que visto lo visto, con el viejo más vale mantener una actitud respetuosa pero distante. Después de todo ya Mariví y Rosa se preocupan por él. Su decisión de vernos en silla de ruedas, creo que es la expresión firme su actitud beligerante por haberle metido en una residencia, y la forma de decirnos a su manera que no está de acuerdo y que hemos sido crueles. Paciencia. El tiempo todo lo cura. Me voy pronto a la cama. Mañana tengo que estar en el trabajo a las siete de la mañana, pero no voy a quejarme. Los que ocupamos puestos de dirección tenemos que estar decididos a aceptar este tipo de sacrificios. Bastante nos ha costado llegar a nuestro nivel, aunque, pensándolo bien, a esas horas ya el metro debe estar atestado de curritos camino de su trabajo.

 

R.- Mañana volvemos a ver a papá. Me siento emocionada y me cuesta aceptar que está en un sitio tan horroroso acompañado de unos seres espantosos que no le llegan ni a la suela  de sus zapatos.

 

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