lunes, 13 de enero de 2014

SOLO EN OSLO


No tengo nada que decir. Nada. Escribir, por lo tanto, es una forma de engañarme y matar el tiempo. En cierta medida una añagaza para no sentirme abrumado por la inanidad de mi existencia. Ciertamente podría hacer otras cosas, pero en el fondo vendría a ser lo mismo, maneras para no ser consciente de un tiempo que me parece excesivo. La tarde, sin embargo, es plácida, todo hay que decirlo, y podría se feliz contemplando el lento deambular de los paseantes por la acera frente a la terraza de este café de Oslo. Qué duda cabe que cuanto observo, visto con otros ojos, tendría un encanto indudable. Se trata de una tarde de verano en la que todo el mundo en esta ciudad parece haberse echado a la calle. Sin duda, aquí los días soleados se pueden contar con los dedos de la mano, y la gente no quiere perdérselos quedándose en casa. Aunque pensándolo bien, también eso me tiene sin cuidado. Pero debo una vez más reconocer que la tarde es muy agradable, y que los rayos de sol sobre mi piel me transmiten una sensación a la que debería abandonarme y olvidar así el simple hecho de no tener nada que decir. Disfrutar de tener un cuerpo que me transmite sensaciones placenteras, y no pensar obsesivamente en una noche que se aproxima cargada de oscuros presagios. Es llamativo, y de esto sí quiero dejar aquí constancia, la sorprendente actitud de los viandantes, que parecer discurrir frente a mí a cámara lenta, como si más que caminar, se deslizaran sobre el pavimento, al estilo de una película con pretensiones esteticistas, pongamos que Visconti. Claro que este es un lugar especial, donde en su día algunos escritores trastornados deambulaban de aquí para allá haciendo aspavientos y hablando consigo mismos, algo que, después de todo, se parece a lo que, más discretamente, yo hago en estos precisos momentos. Me llama la atención no solo ese ritmo pausado de los paseantes, sino su atuendo perfectamente conjuntado e idóneo para  la estación. Me refiero a la abundancia de camisas de manga corta de tonos claros y calzado informal a juego, que es posible que sea el causante de la sensación de lentitud que me transmiten. Al mismo tiempo no dejo de ser consciente de la proliferación de sombreros de tela o paja en los varones y de pamelas de colores llamativos en las mujeres, sin que falten tampoco los parasoles, que inesperadamente añaden a la atmósfera que me rodea un indudable toque oriental y decimonónico. Al caer la tarde se levanta una brisa fresca que hace que los transeúntes se apresuren camino a casa, lo que rompe el encantamiento previo y hace que todo adquiere de repente el carácter de una realidad que parece presagiar al otoño ya en ciernes. Es hora de volver al hotel, y por razones que desconozco pero que de alguna forma intuí con anterioridad, me asalta el temor de una sorpresa desagradable. Mi habitación, sin embargo es muy confortable y desde la ventana puedo ver un paisaje muy bello de la ciudad con el fiordo y los muelles al fondo. No sé lo que temo, pero me siento inquieto. No es bueno sin duda sentirse así. Solo en Oslo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario