sábado, 30 de marzo de 2013

TRÁNSITOS


El tránsito no ha sido fácil, pero no debo quejarme. Al parecer, otros en mis circunstancias lo han pasado aún peor y no pudieron terminar el viaje. Debe ser frustrante tan larga espera para tan magros resultados, o falta de ellos, para ser más preciso. La distancia es corta, esa es la pura verdad, pero no es esa la única variable que ha de contemplarse en este tipo de itinerarios. Existe una tendencia generalizada, en considerar la longitud del camino como un criterio prácticamente definitivo en la evaluación del esfuerzo a realizar y los peligros que acechan, pero tal cosa no siempre es exacta. Piénsese, por ejemplo, la escasa distancia a la cima del Alpe d’Huez  en la famosa etapa del Tour de Francia, y lo endiablado sin embargo de su pendiente y sus terribles revueltas. Pues bien, no teniendo ni punto de comparación, desde luego, algo así supuso mi llegada a este mundo o mi descenso, oh paradoja, pues mi madre siendo una persona estrecha de caderas, se las vio y se las deseó para llevarme a buen término. Ya estoy, pues, aquí, entre vosotros, muchos en buena medida ignorantes de estas dificultades, que solo la comadrona fue capaz de evaluar en sus dimensiones exactas, teniendo en cuenta que mamá en esos momentos apenas era consciente. “Este es mundo raro y agresivo”, creo que fue el primer comentario que se me ocurrió, poco después de los vapuleos a que fui sometido de inmediato, una vez libre de la placenta y cortado el cordón ese, con el que casi me ahogo, y que estuvo también el origen de mi infausta arribada. Estoy aquí por los pelos. Pero bueno, ahora que ya me siento algo más tranquilo y estoy rodeado como es menester de lacitos y organdíes dentro de un serón de una pulcritud extrema, lo que me ha llamado la atención al poco tiempo de llegar, ha sido la aproximación de unas caras enormes con unos ojos desorbitados, que parecían auscultarme con mucho detenimiento, y que al poco de hacerlo irrumpían en una serie de sonidos extraños que deben corresponderse con lo que supuestamente piensan que es lo adecuado para mí, cuando hubiera preferido que me dejaran en paz y se mantuvieran en silencio. No puedo entender como les puede gustar  mi enorme cabeza y mi rostro con indudables rasgos mongoloides, que sin embargo parecen entusiasmar a esos besugos, pues tal es lo que me parecen quienes se aproximaban a mí en esos momentos. Claro que lo que ellos no saben es que con independencia de mi apariencia más o menos normal (al ser el canal del parto más estrecho de los habitual, mis facciones dejan bastante que desear, incluso solo teniendo en cuenta el modelo standard), soy un bebé superdotado, pues a través de un mecanismo que ya trataré de aprender cuando tenga más pelo, resulta que en mi cerebro ya se han producido millones de sinapsis que me hacen tener un concepto de cuanto me rodea muy precoz, prácticamente el de un adolescente, por lo que debo confesar que toda esta situación que me rodea me produce ya cierto rubor, casi desnudo de mano en mano. Supongo que dadas estas circunstancias, debo tratar de ser razonable y ceñirme al rol que se supone de mi en estos momentos, pues otra cosa sería inquietarles de mala manera, y tampoco es cuestión de que lleguen a suponer que me sucede algo raro. La vida, con la poca experiencia que tengo, no me parece nada que pueda entusiasmarme en el futuro, teniendo sobre todo en cuenta que procedo de un lugar en donde estaba divinamente. Habrá que apechugar con las consecuencias y tratar de dar una orientación a mi existencia lo más positiva posible. No debo olvidar que mis padres son dos personas muy religiosas, muy cristianas exactamente, y no es cuestión de que me manifieste de inmediato con todas mis potencialidades, pues creo no equivocarme si llego a afirmar que una vez llegada la situación a ciertos límites, no dudarían en llamar al exorcista.

miércoles, 20 de marzo de 2013

FUNCIONARIOS


Soy funcionario. Siempre lo he sido. De hecho no recuerdo ninguna época de mi vida en que no lo fuera. Ya sé que puede parecer una exageración, pues a nadie se le puede pasar por la cabeza que uno pueda serlo siendo un niño o un adolescente. Pero tal es mi caso. Al menos yo tengo esa impresión. Quizás la razón consista en que a lo largo de mi vida tal oficio ha constituido para mí una categoría, y no un simple trabajo del que uno se sirve para ganarse la vida, como, a su manera, pueden serlo un albañil o un fontanero. O, con los matices que se quiera, un ingeniero de caminos. Y estoy orgulloso de ello, aunque afirmar eso en estos momentos no venga a cuento, pues que duda cabe que existen otras profesiones tanto o más dignas, pero, después de todo, que cada cual que se alegre con lo que le ha tocado vivir, ya sea por propia voluntad o porque el azar lo ha querido así.  En mi caso he de decir que desde muy pequeño, según me contó mamá ya mayor, siempre fui un chico ejemplar, siempre a la espera de sus menores deseos para satisfacerla y verla contenta, aunque, en su opinión, no tenía la seguridad de que tal cosa redundara en mi propio beneficio, pero me asegurara un lugar a la derecha de Dios Padre, y aquí hay tengo que confesar que mi madre era extremadamente piadosa. Decir beata me avergüenza, y además, si he de ser sincero, ni siquiera lo considero cierto, porque en el fondo, a pesar de sus rosarios, misas y oficios religiosos de todo tipo, siempre me pareció guardar una distancia evidente con el clero, como si el misterio del que al parecer se trataba en tales ceremonias no necesitara para ella intermediarios. De todas maneras, sea como fuere, el hecho es que yo desde que el uso de razón me lo permitió, he sido una persona de orden, y ser funcionario ha supuesto el paradigma de lo que yo considero una vida virtuosa. Ya sé que de ninguna de las maneras he sido un oficinista de una oficina de patentes en Berna ni un  gris empleado de otra en Praga, que en tal caso otro gallo me hubiera cantado, pero no por eso me siento menos orgulloso, a pesar de no haber descubierto la teoría de la relatividad ni escrito la azarosa vida de un insecto en su casa paterna. Mi misión en este mundo no ha requerido de otros trabajos que el cumplir diariamente con las mínimas pero rigurosas tareas de la administración, consistentes, en líneas generales, en acarrear escritos de una mesa a otra durante veinticinco años. Mis jefes, sin embargo, siempre se mostraron satisfechos con mi labor, y nunca me recriminaron el no haber alcanzado las cotas a las que otros llegaron, por cierto, hurtando horas a su labor profesional, algo que posiblemente no se ha tenido suficientemente en cuenta en sus biografías. Los últimos tiempos sin embargo resultan para mí un tanto azarosos, pues acostumbrado al papel, el mero hecho de tener que prescindir de él, anulado por los discos duros de los ordenadores y toda esa parafernalia electrónica, ha supuesto un duro golpe para mí y mi eficacia como administrativo distinguido. No obstante, la superioridad me permite, como cosa propia, llevar un registro paralelo en un armario viejo, en donde ubico los oficios y escritos, que me sirven de acicate para seguir trabajando con el mismo entusiasmo, esperando que la nueva tecnología no suponga el derrumbe de una estética que con tanto primor cultivaron los amanuenses y escribanos. Nadie sin embargo podrá reprocharme nada, pues mi actividad doble no supone ningún incordio, teniendo en cuenta que mis trabajos de esa índole los llevo a cabo fuera de las horas de oficina, y que yo mismo pago el dispendio en papel y tinta. Es cierto, sin embargo, que mi vida tan metódica y ordenada no siempre ha contado con la aquiescencia de todo el mundo en mi departamento, y ha habido sin duda alguna quienes ni siquiera me han dirigido la palabra a lo largo de tantos años, movidos dicen ellos por un carácter, el mío, bordeando lo obsesivo, incapaces sin duda de entender el amor que le profeso al orden y la geometría. En resumidas cuentas, no pueden soportar mi puntualidad y costumbres metódicas que ellos toman por manías. ¡Qué les importará, me digo para mis adentros, que llegue a la oficina exactamente a las ocho y veinticinco, y que mi pausa matinal para desayunar sea precisamente de ocho minutos! Por cierto, no sería la primera vez que encuentro mi mesa manga por hombro, acción sin duda debida a quienes no pueden soportar la eficacia de mi meticulosidad, pero ni aún así han conseguido desmoralizarme y para mi satisfacción, como ya he dicho más arriba, siempre he contado con el beneplácito de mis superiores. Cierto es que la jubilación que se aproxima va a suponer para mí un duro golpe, teniendo en cuenta que mi esposa no es tan aficionada como yo a obrar de esta manera, incluso creo que en ocasiones me toma el pelo por mi afán de que nuestra casa esté limpia como una patena y todo en su sitio, pero sé que después de tantos años, me tiene un cariño que dudo mucho que me profesara si fuese un Adán. Si ella se incomoda y no me deja que le ayude en el hogar, siempre me quedará la calle, donde a poco que uno permanezca despierto, reina una confusión que hace la vida mucho más desagradable. El tráfico alocado, la suciedad de los edificios y el trasiego desordenado de los peatones, creo que tienen fácil arreglo si me dejan intervenir. Quien sabe si en esos momentos el Ayuntamiento podría sacar todavía de mí algunas ideas. Abogo, por ejemplo que las aceras sean solo vías de dirección única, con lo que se suprimirían esos desagradables encontronazos, inevitables cuando uno se apresura a llegar puntualmente a su trabajo, como fue en algunos momentos mi caso.

lunes, 4 de marzo de 2013

CARACTERÍSTICAS

Al poco de llegar me di cuenta de que era objeto de una atención que no creía merecer. Sin duda soy una persona con unas cualidades sobresalientes, según me dicen mis amistades y allegados, pero en aquel barucho infecto nadie podía estar al corriente de mi excelencia ajedrecística, o de que tuviera dos costillas menos de lo normal, aunque esto último más que una cualidad se trata de una característica de mi esqueleto de la que no voy aquí a vanagloriarme. Solo diré que me permite una flexibilidad que para sí quisieran algunos contorsionistas, pero nada más. Es posible que a los parroquianos del lugar les llamara la atención mi indumentaria, un traje gris marengo de buena factura, una camisa azul pálido y una corbata con los colores de la enseña nacional. Los zapatos, unos Sebago, que no estaban nada mal. Quizás en aquel sitio de mala muerte, solo frecuentado por camioneros y desgraciados buscando trabajo, tal hecho fue considerado una provocación, estando más cerca su ideología de los puntos de vista de Carlos Marx que de José María Aznar. Quien sabe. Lo cierto es que a los pocos minutos, al tiempo que desayunaba un café con leche y churros, me di cuenta de que la concurrencia seguía con los ojos clavados en mí, y haciendo comentarios que poco a poco ganaron en volumen, pudiendo mis oídos distinguir algunas palabras que no dejaban lugar a dudas, entre las que destacaba por su frecuencia una expresión muy común en el solar patrio: “hijo de puta”, concretamente. La situación hizo que de inmediato me pidiera dos carajillos bien cargados y una ginebra Larios, tratando de esta manera que se dieran cuenta que estaba con ellos, aunque mi atuendo pareciera separarnos, pues no siempre la vestimenta es una metáfora fácilmente interpretable. Con el tercer carajillo, cuando los clientes ya habían iniciado una aproximación a mi mesa con la evidente intención de romperme la cara, me levanté súbitamente y grité “¡viva la revolución proletaria! y ¡trabajadores del mundo uníos!”, dando entrada a continuación al himno de la Internacional Comunista. Los parias del mundo presentes se detuvieron frustrados, incapaces todavía de captar la ironía con la que les había sorprendido, y a partir de ese momento el lugar se transformó en una fiesta en la que lo único que se echó de menos fue la presencia de Vladimir Illich Ulianov “Lenin”, aunque el importe de la misma me salió por un ojo de la cara.

ESCABECHINAS


Abrió la puerta y me preguntó qué se me ofrecía, a la antigua usanza, algo que yo en mi fuero interno agradecí, pues de tal manera se identificaba como alguien de mi generación, en la que las formas todavía cuentan. Le dije que era un vendedor de comercio, representante de una conocida editorial de Barcelona, y que mi objetivo era darle la oportunidad de adquirir una nueva colección sobre la historia de España, contada de una forma absolutamente imparcial por los más afamados historiadores nacionales y algunos europeos, especialmente británicos. Al oírlo me pidió de inmediato que entrara y me sentase, pues era algo que siempre le había interesado, a pesar de poseer ya varias colecciones sobre tema, pero en su opinión nunca había que perder la esperanza de hallar algo nuevo que le pudiera dar la clave de las múltiples escabechinas que se habían organizado en el solar patrio en los dos últimos siglos, especialmente la originada por el celebérrimo Alzamiento del 18 de Julio. Como es natural, yo de inmediato traté de convencerle de la oportunidad que se le presentaba dado su precio reducido (considerando que yo me llevaba el treinta por ciento, algo que lógicamente no le comuniqué), y, por supuesto, a pagar en cómodos plazos. Pronto, sin embargo, me di cuenta de que aquel individuo no iba a ser fácil de convencer, en primer lugar porque era un entendido en la materia, y en segundo, porque empezó a hacerme una serie de preguntas que me cogieron totalmente desprevenido. En el cursillo  al que los vendedores habíamos asistido previamente, nadie nos habló de la posible relación de las primeras invasiones bárbaras con el hombre del neandertal, al parecer muy frecuente en la península ibérica tiempo atrás, que era lo que al parecer más le interesaba a aquel tipo. En su opinión, tales individuos, siendo tan inteligentes como el homo sapiens, del que todos procedíamos, tenían muy malas pulgas, y en trataban de solucionar el menor conflicto por la vía rápida, mediante el empleo virtuoso de los instrumentos de los que ya por entonces se servían para cortar los filetes de la caza de la que subsistían. Su pregunta apuntaba a una posible influencia de tal especie (los neandertales), en el mal humor del que nuestros antepasados habían hecho gala para solucionar sus problemas. Después de este preámbulo, Juan Luis, que así se llamaba el hombre, me preguntó mi opinión sobre la posible influencia de tal destemplanza en la expulsión de los judíos, la conquista de América y las guerras carlistas y aunque a esas alturas de nuestra charla empecé a sospechar que aquel tipo desvariaba, no quise permanecer con la boca cerrada, y le dije con toda la convicción de la que fui capaz, que en mi opinión, siendo un darwinista convencido, era más que posible que la conducta de los homínidos a través de las generaciones, tuvieran mucho que ver con la selección natural, y que por lo tanto, seguramente el hombre celtibérico tuviera un adn cargado de derivas belicosas. Pareció satisfecho con mi respuesta, y hasta un punto sorprendido, como si hasta ese momento hubiera estado esperando un fallo garrafal por mi parte para ponerme en la calle. Sin embargo no fue así, y poco después se disculpó y desapareció pasillo adelante durante varios minutos, apareciendo al cabo de los mismos con un batín casero bajo el que se adivinaba el pijama. Me quedé un tanto sorprendido, aunque pensé de inmediato que más valía aceptar los hechos según iban presentándose, pues, después de todo, uno en su propio domicilio está en su perfecto derecho a vestirse como le venga en gana. La conversación continuó durante unos momentos en el mismo tono que antes, aunque yo tenía la sensación que a Juan Luis empezaba a tenerle sin cuidado la adquisición de su enésima enciclopedia de la historia de España, y por sus gestos y posturas, estaba más bien pendiente de otras aficiones, que debía cultivar en su tiempo libre. Tal cosa me fue pronto confirmada cuando, sentándose a mi lado en el sofá, me dijo que después de todo la historia solo la escriben los vencedores, y que en su opinión, podíamos pasar a otros asuntos más interesantes, para los cuales, si no me parecía mal, sería muy adecuado que me fuera poniendo cómodo, instante en el que amagó con quitarme los zapatos,  y en el que yo sentí perder definitivamente un treinta por ciento del precio en origen de los libros en cuestión, al no estar dispuesto a otras transacciones que las puramente comerciales, pudiendo todavía oírle antes de cerrar la puerta en mi huída: “eres una estrecha”.

lunes, 25 de febrero de 2013

EMPEÑOS


Voy a dedicarme, en la medida de lo posible, a burlar a la teoría de la evolución, y que conste que a mi Darwin siempre me ha caído bien. Quiero con esto decir que no voy a tratar en absoluto de desdecirla (hoy en día prácticamente irrefutable a pesar de un buen número de aventados que creen otras cosas mucho más inverosímiles), sino que, en lo que a mí respecta, voy a poner todo mi empeño en desvirtuarla y hacerla inútil. Sin duda mis congéneres y las demás especies seguirán implicadas en el proceso de selección natural para la supervivencia de los más aptos, etc, pero eso es algo que a mis años ya me tiene sin cuidado. Quiero decir que voy a intentar que todas mis actividades se hallen situadas al margen de las necesarias para que tal proceso ocurra, y por lo tanto, ni voy a intentar traspasar mis genes a mis supuestos futuros descendientes (¡qué ingenuidad!), ni a incidir en cualquier otra actividad que tenga un sentido cara a un futuro que, entre nosotros, me tiene sin cuidado. Voy a dedicarme al estudio en profundidad de las técnicas del ballet de las coreografías de Georges Balanchine, y al estudio detallado de la variedades del claqué en los Estados Unidos de la posguerra, algo que ni los genes más enrevesados tendrán ninguna necesidad de pasar a las generaciones venideras, solo interesadas en tener algo que llevarse a la boca y en los métodos de reproducción no asistida.

 

Me gusta lo diminuto, lo increiblemente pequeño, para lo cual, como es natural, me he hecho con una lupa de muchos aumentos en una tienda de viejo de los alrededores, y me he puesto a trabajar con ahínco desde que amanece hasta que el sol se pone, en averiguar la estructura de lo que normalmente nos pasa desapercibido. Puede parecer una sandez a aquellos que solo disfrutan con una pantalla panorámica y los cielos abiertos, pero no para quienes como yo creen que lo verdaderamente bello e interesante se halla en las cosas de pequeño formato. Y si no me cree, le podré convencer recurriendo a la esfera de lo meramente práctico. Aviados estaríamos a estas horas si don Louis Pasteur, sin ir más lejos, no se hubiera decidido a aplicarle el microscopio (una lupa sofisticada, no nos engañemos) al hongo Penicillium. No hubiéramos superado ni siquiera la apendicitis. Y llegado aquí quizás debiera callarme, pues los escépticos como usted no suelen estar dispuestos al empleo de la nanotecnología en la industria de nuestros días, por no mencionar su aversión a la física de partículas, con la que se entretienen los técnicos del acelerador de partículas de Lausana, Suiza. Atrévase, dé un paso adelante y aplique la lupa (que estaré encantado de prestarle) para contemplar, por ejemplo, la estructura íntima de las tejas, le aseguro que desde ese momento en adelante tendrá una opinión muy diferente del tejado de su propia casa.

 

Gómez desarrolla todas sus actividades con el mismo empeño que pondría en aferrarse al alféizar de la ventana de su casa, si un día por casualidad diera un traspié y estuviera a punto de precipitarse por la ventana cuando limpiaba sus cristales, teniendo en cuenta, sobre todo, que vive en un quinto piso. Tal actitud le tiene absolutamente exhausto, y en él el jadeo permanente ha sustituido a la respiración, por lo que no es demasiado atrevido decir que a pesar del afecto que sus vecinos le profesamos, no nos queda mucho tiempo de alegrarnos de su presencia entre nosotros. Será una lástima, y no tanto porque sea una persona especialmente interesante, inteligente o divertida, sino porque su agitación permanente siempre nos ha tenido en ascuas, a la espera de su último suspiro que, sin embargo, se resiste a exhalar. Quien sabe si en el fondo de si mismo, es consciente del espectáculo que nos ofrece y no quiere defraudarnos. En tal caso, deberíamos estarle profundamente agradecidos, pues no es corriente que alguien prolongue su agonía para contento de los demás, que a mi parecer, es lo que Gómez viene haciendo desde tiempo inmemorial. ¡Suéltate! estoy a punto de decirle todos los días, pero no quiero que me tome por un desconsiderado, aunque por otro lado, tengo casi la certeza de que con tal de no privarnos de su presencia estimulante, será capaz de echarse a volar, y no obstante, seguir jadeando.

 

 

domingo, 24 de febrero de 2013

MORADAS


Hola Emeterio,

Vivo en una casa que yo mismo construí con mis propias manos cuando salí del penal. Había heredado una parcela de terreno al pie de la sierra, y no se me ocurrió otra cosa mejor que hacer. Yo soy un hombre de ciudad, para que vamos a engañarnos, pero me convenía quitarme de en medio una temporada, y después de todo Zamora no queda tan lejos. Y con esto no quiero afirmar que Zamora sea exactamente una ciudad, pero lo intenta. Después de unos meses llegué a construir una casa de una planta como buenamente pude, con la supervisión de un tipo del ayuntamiento sin cuyo permiso al parecer no podría haberlo hecho. Es lo más sencillo que uno se pueda imaginar, teniendo en cuenta que no tengo ni idea de albañilería, pero afortunadamente me echó una mano alguien de por allí que tampoco sabía demasiado, pero con quien pude al fin levantarla con la ayuda de una plomada y una burbuja de esas. En la planta baja está el salón, mi habitación, la cocina y el cuarto de baño, y la alta, una buhardilla de buenas dimensiones y un cuarto diminuto que yo llamo “el de la plancha” en recuerdo a uno parecido que había en casa de mis padres cuando era un crío. Paso gran parte del día, como se puede fácilmente imaginar, en la planta de abajo, que es donde tengo instalada la televisión, delante de la cual me paso las horas muertas. A mi modo de ver es muy instructiva y se pueden aprender muchas cosas, además si debo ser sincero, a mi lo de leer y oír música no se me da bien y se me hace muy pesado. Cuando me aburro salgo afuera y me doy paseos por los alrededores, a veces subo la cuesta hacia la montaña que es endemoniadamente empinada, y en otras ocasiones me meto en la maleza que hay en dirección a la carretera, y con frecuencia me siento entre los juncos e imagino que estoy en una selva de Birmania o algo parecido. Te parecerá una majadería y una pérdida de tiempo con la cantidad de cosas que se pueden hacer en esta vida, pero créeme si te digo que me resulta muy relajante, y no hecho nada de menos el ajetreo de la ciudad, aunque por lo que te dije al principio pudiera parecerte lo contrario. Debe ser que estoy cambiando. Otra cosa de la que me acuerdo con cierta nostalgia es de la cárcel, aunque te parezca mentira, al cabo de los años me había acostumbrado, y además éramos ya un grupo de reclusos muy bien avenidos, que nos lo pasábamos en grande en el patio charlando de nuestras cosas y en un apartado que nos dejaban los vigilantes para que echáramos la partida. Menudas timbas se organizaban. Claro que a pesar de esa nostalgia, tampoco es cuestión de que me acerque al pueblo y haga cualquier salvajada para que me vuelvan a ingresar. Además es posible que me mandaran a otro lugar y la cosa cambia. Finalmente, cuando ya me harto del cañaveral y de los sapos que abundan por allí, me vuelvo a casa y veo un poco más la tele o pongo la radio que esa sí que no me incomoda. Todavía me acuerdo cuando en el 59 en Radio Nacional oí el triunfo de Bahamontes en el Tour de Francia, aún me emociono al recordarlo. Poco antes de acostarme subo al primer piso, quiero decir al único piso, y me recojo un rato en el cuarto de la plancha. Allí tengo una especie de jergón de paja y me paso un buen rato mirando al techo, que aunque no lo creas, tiene su intríngulis. Ya te explicaré. Ayer, sin ir más lejos pude ver paseándose tranquilamente a una araña gorda y peluda que para mí que era una tarántula de esas. Otros días, en lugar de meterme en ese cuarto (la verdad es que a veces me deprime), entro en la buhardilla y evoco los felices días de mi infancia en los que me peleaba con mis hermanos en la de mis queridos padres, que en paz descansen. Me gustan las telarañas y los pavos. Ya sé que no tienen nada que ver entre ellos, pero no se me ocurre nada mejor para despedirme, Emeterio. Las cosas de la vida, ya sabes.

CAIDAS


-Hay momentos en los que lo más adecuado es aceptar que las cosas son como son y no como quisiéramos que fueran. Puede ser doloroso en la medida en que intentamos que el mundo se ciña a nuestra voluntad, como si, de hecho, fuéramos una especie de demiurgos a los que todo nos es debido, ya que la fantasía es libre, y en ese sentido tendríamos toda la razón. Sucede sin embargo que la realidad, por mucho que nos empeñemos en extender los brazos asomados a la calle desde la azotea tratando de volar, se impone, y la gravedad seguirá cumpliendo inexorablemente las leyes que la han instituido como una de las fuerzas elementales de la naturaleza. Y, o bien ocurre un milagro, o poco instantes después, por mucho que agitemos las extremidades, algunos, los más morbosos, se acercaran a nuestros restos sobre la acera o el asfalto, y otros huirán presurosos, conscientes de que el hallazgo no será más que el previsible para los objetos sólidos en caída libre desde una altura aproximada de veinte metros sobre el nivel del suelo.

 

-La reunión transcurrió tranquilamente, aunque si debo decir toda la verdad, al final nos animamos más de la cuenta y una alegría descontrolada se apoderó de los presentes. Éramos los habituales, es decir, los amigos de siempre, que con frecuencia buscamos una disculpa para celebrar el mero hecho de estar vivos, como si no nos fuera suficiente con nuestras actividades habituales, y el mundo se mereciera algo más que la rutina de todos los días o las diversiones con las que procuramos despistarnos los fines de semana. Me despedí en lo alto de las escaleras mientras ellos no aceptaban todavía que todo hubiera terminado y que poco después el sol saldría de nuevo, y la normalidad les apearía de su sueño. No sé verdaderamente lo que fue, si un resbalón infortunado o el exceso de estimulantes con el que habíamos tratado de olvidarnos, solo sé que cuando me recogieron al pie de la escalera tuve que agradecer al arquitecto que los peldaños solo fueran de madera. La piedra puede resultar muy ingrata cuando deja de ser un objeto decorativo.

 

Asciendo como un globo y me alejo del puro suelo con la facilidad que me proporciona un contenido que, sin ser helio, tiene una densidad, al parecer, inferior al aire que disfrazado de viento o de éter, con tanta emoción tantas veces han cantado los poetas. Subo pues, a pesar de mis esfuerzos por buscar un asidero en las copas de los árboles, y lentamente, la tierra que hasta ese momento me ha albergado, se convierte en un mapa. No lo acepto, y trato en los primeros instantes de alcanzar una densidad que me resulta ajena, a pesar de la gravidez con la que trato de investir a mi esqueleto. Es inútil, y apenas cuando empiezo a aceptar la inexorabilidad de mi ascensión, atravieso las primeras nubes, unos cúmulos desprovistos de agua e inútiles por tanto para lograr mi objetivo. Asciendo, y aunque pronto empiezo a respirar con dificultad, soy consciente de que el planeta se ha convertido en ese mundo azul que nos enseñan con frecuencia los satélites. Luego alcanzo la estratosfera, en la que el índice de oxigeno se hace casi nulo, pero donde puedo verificar con alborozo, que respiro por un sistema alternativo del que no tenía noticia hasta esos momentos. El frío comienza a hacerse intenso, pero  una cápsula que desconozco, me protege y sigo ascendiendo en dirección a los confines del sistema solar. ¡Qué experiencia tan increíble! me digo cuando logro evitar la gravedad de los planetas exteriores, a pesar de casi rozar los anillos de Saturno. Tengo de repente miedo a la caída, y me imagino entrando en la atmósfera de Júpiter, Urano o Neptuno, tan ingrata para quien no está acostumbrado al metano ni al ácido sulfúrico. Me encomiendo pues al dios de los espacios siderales, y cuando ya me alejo de Plutón, tan desprestigiado hoy en día, me preparo para acercarme a Andrómeda. Después de todo, un rayo de luz no tardaría más de dos millones de años en alcanzarla.