El tránsito no
ha sido fácil, pero no debo quejarme. Al parecer, otros en mis circunstancias
lo han pasado aún peor y no pudieron terminar el viaje. Debe ser frustrante tan
larga espera para tan magros resultados, o falta de ellos, para ser más
preciso. La distancia es corta, esa es la pura verdad, pero no es esa la única
variable que ha de contemplarse en este tipo de itinerarios. Existe una
tendencia generalizada, en considerar la longitud del camino como un criterio
prácticamente definitivo en la evaluación del esfuerzo a realizar y los
peligros que acechan, pero tal cosa no siempre es exacta. Piénsese, por
ejemplo, la escasa distancia a la cima del Alpe d’Huez en la famosa etapa del Tour de
Francia, y lo endiablado sin embargo de su pendiente y sus terribles revueltas.
Pues bien, no teniendo ni punto de comparación, desde luego, algo así supuso mi
llegada a este mundo o mi descenso, oh paradoja, pues mi madre siendo una
persona estrecha de caderas, se las vio y se las deseó para llevarme a buen
término. Ya estoy, pues, aquí, entre vosotros, muchos en buena medida
ignorantes de estas dificultades, que solo la comadrona fue capaz de evaluar en
sus dimensiones exactas, teniendo en cuenta que mamá en esos momentos apenas
era consciente. “Este es mundo raro y agresivo”, creo que fue el primer
comentario que se me ocurrió, poco después de los vapuleos a que fui sometido de
inmediato, una vez libre de la placenta y cortado el cordón ese, con el que
casi me ahogo, y que estuvo también el origen de mi infausta arribada. Estoy
aquí por los pelos. Pero bueno, ahora que ya me siento algo más tranquilo y
estoy rodeado como es menester de lacitos y organdíes dentro de un serón de una
pulcritud extrema, lo que me ha llamado la atención al poco tiempo de llegar,
ha sido la aproximación de unas caras enormes con unos ojos desorbitados, que
parecían auscultarme con mucho detenimiento, y que al poco de hacerlo irrumpían
en una serie de sonidos extraños que deben corresponderse con lo que
supuestamente piensan que es lo adecuado para mí, cuando hubiera preferido que
me dejaran en paz y se mantuvieran en silencio. No puedo entender como les
puede gustar mi enorme cabeza y mi
rostro con indudables rasgos mongoloides, que sin embargo parecen entusiasmar a
esos besugos, pues tal es lo que me parecen quienes se aproximaban a mí en esos
momentos. Claro que lo que ellos no saben es que con independencia de mi
apariencia más o menos normal (al ser el canal del parto más estrecho de los
habitual, mis facciones dejan bastante que desear, incluso solo teniendo en
cuenta el modelo standard), soy un bebé superdotado, pues a través de un
mecanismo que ya trataré de aprender cuando tenga más pelo, resulta que en mi
cerebro ya se han producido millones de sinapsis que me hacen tener un concepto
de cuanto me rodea muy precoz, prácticamente el de un adolescente, por lo que
debo confesar que toda esta situación que me rodea me produce ya cierto rubor,
casi desnudo de mano en mano. Supongo que dadas estas circunstancias, debo
tratar de ser razonable y ceñirme al rol que se supone de mi en estos momentos,
pues otra cosa sería inquietarles de mala manera, y tampoco es cuestión de que
lleguen a suponer que me sucede algo raro. La vida, con la poca experiencia que
tengo, no me parece nada que pueda entusiasmarme en el futuro, teniendo sobre
todo en cuenta que procedo de un lugar en donde estaba divinamente. Habrá que
apechugar con las consecuencias y tratar de dar una orientación a mi existencia
lo más positiva posible. No debo olvidar que mis padres son dos personas muy
religiosas, muy cristianas exactamente, y no es cuestión de que me manifieste
de inmediato con todas mis potencialidades, pues creo no equivocarme si llego a
afirmar que una vez llegada la situación a ciertos límites, no dudarían en
llamar al exorcista.
sábado, 30 de marzo de 2013
miércoles, 20 de marzo de 2013
FUNCIONARIOS
Soy funcionario.
Siempre lo he sido. De hecho no recuerdo ninguna época de mi vida en que no lo
fuera. Ya sé que puede parecer una exageración, pues a nadie se le puede pasar
por la cabeza que uno pueda serlo siendo un niño o un adolescente. Pero tal es
mi caso. Al menos yo tengo esa impresión. Quizás la razón consista en que a lo largo
de mi vida tal oficio ha constituido para mí una categoría, y no un simple
trabajo del que uno se sirve para ganarse la vida, como, a su manera, pueden
serlo un albañil o un fontanero. O, con los matices que se quiera, un ingeniero
de caminos. Y estoy orgulloso de ello, aunque afirmar eso en estos momentos no
venga a cuento, pues que duda cabe que existen otras profesiones tanto o más
dignas, pero, después de todo, que cada cual que se alegre con lo que le ha
tocado vivir, ya sea por propia voluntad o porque el azar lo ha querido así. En mi caso he de decir que desde muy pequeño,
según me contó mamá ya mayor, siempre fui un chico ejemplar, siempre a la
espera de sus menores deseos para satisfacerla y verla contenta, aunque, en su
opinión, no tenía la seguridad de que tal cosa redundara en mi propio
beneficio, pero me asegurara un lugar a la derecha de Dios Padre, y aquí hay
tengo que confesar que mi madre era extremadamente piadosa. Decir beata me
avergüenza, y además, si he de ser sincero, ni siquiera lo considero cierto,
porque en el fondo, a pesar de sus rosarios, misas y oficios religiosos de todo
tipo, siempre me pareció guardar una distancia evidente con el clero, como si
el misterio del que al parecer se trataba en tales ceremonias no necesitara
para ella intermediarios. De todas maneras, sea como fuere, el hecho es que yo
desde que el uso de razón me lo permitió, he sido una persona de orden, y ser
funcionario ha supuesto el paradigma de lo que yo considero una vida virtuosa.
Ya sé que de ninguna de las maneras he sido un oficinista de una oficina de
patentes en Berna ni un gris empleado de
otra en Praga, que en tal caso otro gallo me hubiera cantado, pero no por eso
me siento menos orgulloso, a pesar de no haber descubierto la teoría de la relatividad
ni escrito la azarosa vida de un insecto en su casa paterna. Mi misión en este
mundo no ha requerido de otros trabajos que el cumplir diariamente con las
mínimas pero rigurosas tareas de la administración, consistentes, en líneas
generales, en acarrear escritos de una mesa a otra durante veinticinco años. Mis
jefes, sin embargo, siempre se mostraron satisfechos con mi labor, y nunca me
recriminaron el no haber alcanzado las cotas a las que otros llegaron, por
cierto, hurtando horas a su labor profesional, algo que posiblemente no se ha
tenido suficientemente en cuenta en sus biografías. Los últimos tiempos sin
embargo resultan para mí un tanto azarosos, pues acostumbrado al papel, el mero
hecho de tener que prescindir de él, anulado por los discos duros de los
ordenadores y toda esa parafernalia electrónica, ha supuesto un duro golpe para
mí y mi eficacia como administrativo distinguido. No obstante, la superioridad
me permite, como cosa propia, llevar un registro paralelo en un armario viejo,
en donde ubico los oficios y escritos, que me sirven de acicate para seguir
trabajando con el mismo entusiasmo, esperando que la nueva tecnología no
suponga el derrumbe de una estética que con tanto primor cultivaron los
amanuenses y escribanos. Nadie sin embargo podrá reprocharme nada, pues mi
actividad doble no supone ningún incordio, teniendo en cuenta que mis trabajos
de esa índole los llevo a cabo fuera de las horas de oficina, y que yo mismo
pago el dispendio en papel y tinta. Es cierto, sin embargo, que mi vida tan
metódica y ordenada no siempre ha contado con la aquiescencia de todo el mundo
en mi departamento, y ha habido sin duda alguna quienes ni siquiera me han
dirigido la palabra a lo largo de tantos años, movidos dicen ellos por un
carácter, el mío, bordeando lo obsesivo, incapaces sin duda de entender el amor
que le profeso al orden y la geometría. En resumidas cuentas, no pueden
soportar mi puntualidad y costumbres metódicas que ellos toman por manías. ¡Qué
les importará, me digo para mis adentros, que llegue a la oficina exactamente a
las ocho y veinticinco, y que mi pausa matinal para desayunar sea precisamente
de ocho minutos! Por cierto, no sería la primera vez que encuentro mi mesa
manga por hombro, acción sin duda debida a quienes no pueden soportar la
eficacia de mi meticulosidad, pero ni aún así han conseguido desmoralizarme y
para mi satisfacción, como ya he dicho más arriba, siempre he contado con el
beneplácito de mis superiores. Cierto es que la jubilación que se aproxima va a
suponer para mí un duro golpe, teniendo en cuenta que mi esposa no es tan
aficionada como yo a obrar de esta manera, incluso creo que en ocasiones me
toma el pelo por mi afán de que nuestra casa esté limpia como una patena y todo
en su sitio, pero sé que después de tantos años, me tiene un cariño que dudo mucho
que me profesara si fuese un Adán. Si ella se incomoda y no me deja que le
ayude en el hogar, siempre me quedará la calle, donde a poco que uno permanezca
despierto, reina una confusión que hace la vida mucho más desagradable. El
tráfico alocado, la suciedad de los edificios y el trasiego desordenado de los
peatones, creo que tienen fácil arreglo si me dejan intervenir. Quien sabe si
en esos momentos el Ayuntamiento podría sacar todavía de mí algunas ideas.
Abogo, por ejemplo que las aceras sean solo vías de dirección única, con lo que
se suprimirían esos desagradables encontronazos, inevitables cuando uno se
apresura a llegar puntualmente a su trabajo, como fue en algunos momentos mi
caso.
lunes, 4 de marzo de 2013
CARACTERÍSTICAS
Al poco de llegar me di cuenta de que era
objeto de una atención que no creía merecer. Sin duda soy una persona con unas
cualidades sobresalientes, según me dicen mis amistades y allegados, pero en
aquel barucho infecto nadie podía estar al corriente de mi excelencia
ajedrecística, o de que tuviera dos costillas menos de lo normal, aunque esto
último más que una cualidad se trata de una característica de mi esqueleto de
la que no voy aquí a vanagloriarme. Solo diré que me permite una flexibilidad
que para sí quisieran algunos contorsionistas, pero nada más. Es posible que a
los parroquianos del lugar les llamara la atención mi indumentaria, un traje
gris marengo de buena factura, una camisa azul pálido y una corbata con los
colores de la enseña nacional. Los zapatos, unos Sebago, que no estaban nada
mal. Quizás en aquel sitio de mala muerte, solo frecuentado por camioneros y
desgraciados buscando trabajo, tal hecho fue considerado una provocación,
estando más cerca su ideología de los puntos de vista de Carlos Marx que de
José María Aznar. Quien sabe. Lo cierto es que a los pocos minutos, al tiempo
que desayunaba un café con leche y churros, me di cuenta de que la concurrencia
seguía con los ojos clavados en mí, y haciendo comentarios que poco a poco
ganaron en volumen, pudiendo mis oídos distinguir algunas palabras que no
dejaban lugar a dudas, entre las que destacaba por su frecuencia una expresión
muy común en el solar patrio: “hijo de puta”, concretamente. La situación hizo
que de inmediato me pidiera dos carajillos bien cargados y una ginebra Larios,
tratando de esta manera que se dieran cuenta que estaba con ellos, aunque mi
atuendo pareciera separarnos, pues no siempre la vestimenta es una metáfora
fácilmente interpretable. Con el tercer carajillo, cuando los clientes ya
habían iniciado una aproximación a mi mesa con la evidente intención de
romperme la cara, me levanté súbitamente y grité “¡viva la revolución
proletaria! y ¡trabajadores del mundo uníos!”, dando entrada a continuación al
himno de la Internacional Comunista. Los parias del mundo presentes se
detuvieron frustrados, incapaces todavía de captar la ironía con la que les había
sorprendido, y a partir de ese momento el lugar se transformó en una fiesta en
la que lo único que se echó de menos fue la presencia de Vladimir Illich
Ulianov “Lenin”, aunque el importe de la misma me salió por un ojo de la cara.
ESCABECHINAS
Abrió la puerta
y me preguntó qué se me ofrecía, a la antigua usanza, algo que yo en mi fuero
interno agradecí, pues de tal manera se identificaba como alguien de mi
generación, en la que las formas todavía cuentan. Le dije que era un vendedor
de comercio, representante de una conocida editorial de Barcelona, y que mi
objetivo era darle la oportunidad de adquirir una nueva colección sobre la
historia de España, contada de una forma absolutamente imparcial por los más
afamados historiadores nacionales y algunos europeos, especialmente británicos.
Al oírlo me pidió de inmediato que entrara y me sentase, pues era algo que
siempre le había interesado, a pesar de poseer ya varias colecciones sobre
tema, pero en su opinión nunca había que perder la esperanza de hallar algo
nuevo que le pudiera dar la clave de las múltiples escabechinas que se habían
organizado en el solar patrio en los dos últimos siglos, especialmente la
originada por el celebérrimo Alzamiento del 18 de Julio. Como es natural, yo de
inmediato traté de convencerle de la oportunidad que se le presentaba dado su
precio reducido (considerando que yo me llevaba el treinta por ciento, algo que
lógicamente no le comuniqué), y, por supuesto, a pagar en cómodos plazos.
Pronto, sin embargo, me di cuenta de que aquel individuo no iba a ser fácil de
convencer, en primer lugar porque era un entendido en la materia, y en segundo,
porque empezó a hacerme una serie de preguntas que me cogieron totalmente
desprevenido. En el cursillo al que los
vendedores habíamos asistido previamente, nadie nos habló de la posible
relación de las primeras invasiones bárbaras con el hombre del neandertal, al
parecer muy frecuente en la península ibérica tiempo atrás, que era lo que al
parecer más le interesaba a aquel tipo. En su opinión, tales individuos, siendo
tan inteligentes como el homo sapiens, del que todos procedíamos, tenían muy
malas pulgas, y en trataban de solucionar el menor conflicto por la vía rápida,
mediante el empleo virtuoso de los instrumentos de los que ya por entonces se
servían para cortar los filetes de la caza de la que subsistían. Su pregunta
apuntaba a una posible influencia de tal especie (los neandertales), en el mal
humor del que nuestros antepasados habían hecho gala para solucionar sus
problemas. Después de este preámbulo, Juan Luis, que así se llamaba el hombre,
me preguntó mi opinión sobre la posible influencia de tal destemplanza en la
expulsión de los judíos, la conquista de América y las guerras carlistas y aunque
a esas alturas de nuestra charla empecé a sospechar que aquel tipo desvariaba,
no quise permanecer con la boca cerrada, y le dije con toda la convicción de la
que fui capaz, que en mi opinión, siendo un darwinista convencido, era más que
posible que la conducta de los homínidos a través de las generaciones, tuvieran
mucho que ver con la selección natural, y que por lo tanto, seguramente el
hombre celtibérico tuviera un adn cargado de derivas belicosas. Pareció
satisfecho con mi respuesta, y hasta un punto sorprendido, como si hasta ese
momento hubiera estado esperando un fallo garrafal por mi parte para ponerme en
la calle. Sin embargo no fue así, y poco después se disculpó y desapareció
pasillo adelante durante varios minutos, apareciendo al cabo de los mismos con
un batín casero bajo el que se adivinaba el pijama. Me quedé un tanto
sorprendido, aunque pensé de inmediato que más valía aceptar los hechos según
iban presentándose, pues, después de todo, uno en su propio domicilio está en
su perfecto derecho a vestirse como le venga en gana. La conversación continuó
durante unos momentos en el mismo tono que antes, aunque yo tenía la sensación
que a Juan Luis empezaba a tenerle sin cuidado la adquisición de su enésima
enciclopedia de la historia de España, y por sus gestos y posturas, estaba más
bien pendiente de otras aficiones, que debía cultivar en su tiempo libre. Tal
cosa me fue pronto confirmada cuando, sentándose a mi lado en el sofá, me dijo
que después de todo la historia solo la escriben los vencedores, y que en su
opinión, podíamos pasar a otros asuntos más interesantes, para los cuales, si
no me parecía mal, sería muy adecuado que me fuera poniendo cómodo, instante en
el que amagó con quitarme los zapatos, y
en el que yo sentí perder definitivamente un treinta por ciento del precio en origen
de los libros en cuestión, al no estar dispuesto a otras transacciones que las
puramente comerciales, pudiendo todavía oírle antes de cerrar la puerta en mi
huída: “eres una estrecha”.
lunes, 25 de febrero de 2013
EMPEÑOS
Voy a dedicarme,
en la medida de lo posible, a burlar a la teoría de la evolución, y que conste
que a mi Darwin siempre me ha caído bien. Quiero con esto decir que no voy a
tratar en absoluto de desdecirla (hoy en día prácticamente irrefutable a pesar
de un buen número de aventados que creen otras cosas mucho más inverosímiles),
sino que, en lo que a mí respecta, voy a poner todo mi empeño en desvirtuarla y
hacerla inútil. Sin duda mis congéneres y las demás especies seguirán
implicadas en el proceso de selección natural para la supervivencia de los más
aptos, etc, pero eso es algo que a mis años ya me tiene sin cuidado. Quiero
decir que voy a intentar que todas mis actividades se hallen situadas al margen
de las necesarias para que tal proceso ocurra, y por lo tanto, ni voy a
intentar traspasar mis genes a mis supuestos futuros descendientes (¡qué
ingenuidad!), ni a incidir en cualquier otra actividad que tenga un sentido
cara a un futuro que, entre nosotros, me tiene sin cuidado. Voy a dedicarme al
estudio en profundidad de las técnicas del ballet de las coreografías de
Georges Balanchine, y al estudio detallado de la variedades del claqué en los
Estados Unidos de la posguerra, algo que ni los genes más enrevesados tendrán
ninguna necesidad de pasar a las generaciones venideras, solo interesadas en
tener algo que llevarse a la boca y en los métodos de reproducción no asistida.
Me gusta lo
diminuto, lo increiblemente pequeño, para lo cual, como es natural, me he hecho
con una lupa de muchos aumentos en una tienda de viejo de los alrededores, y me
he puesto a trabajar con ahínco desde que amanece hasta que el sol se pone, en
averiguar la estructura de lo que normalmente nos pasa desapercibido. Puede
parecer una sandez a aquellos que solo disfrutan con una pantalla panorámica y
los cielos abiertos, pero no para quienes como yo creen que lo verdaderamente
bello e interesante se halla en las cosas de pequeño formato. Y si no me cree,
le podré convencer recurriendo a la esfera de lo meramente práctico. Aviados
estaríamos a estas horas si don Louis Pasteur, sin ir más lejos, no se hubiera
decidido a aplicarle el microscopio (una lupa sofisticada, no nos engañemos) al
hongo Penicillium. No hubiéramos superado ni siquiera la apendicitis. Y llegado
aquí quizás debiera callarme, pues los escépticos como usted no suelen estar
dispuestos al empleo de la nanotecnología en la industria de nuestros días, por
no mencionar su aversión a la física de partículas, con la que se entretienen
los técnicos del acelerador de partículas de Lausana, Suiza. Atrévase, dé un
paso adelante y aplique la lupa (que estaré encantado de prestarle) para
contemplar, por ejemplo, la estructura íntima de las tejas, le aseguro que
desde ese momento en adelante tendrá una opinión muy diferente del tejado de su
propia casa.
Gómez desarrolla
todas sus actividades con el mismo empeño que pondría en aferrarse al alféizar
de la ventana de su casa, si un día por casualidad diera un traspié y estuviera
a punto de precipitarse por la ventana cuando limpiaba sus cristales, teniendo
en cuenta, sobre todo, que vive en un quinto piso. Tal actitud le tiene
absolutamente exhausto, y en él el jadeo permanente ha sustituido a la
respiración, por lo que no es demasiado atrevido decir que a pesar del afecto
que sus vecinos le profesamos, no nos queda mucho tiempo de alegrarnos de su
presencia entre nosotros. Será una lástima, y no tanto porque sea una persona
especialmente interesante, inteligente o divertida, sino porque su agitación
permanente siempre nos ha tenido en ascuas, a la espera de su último suspiro
que, sin embargo, se resiste a exhalar. Quien sabe si en el fondo de si mismo,
es consciente del espectáculo que nos ofrece y no quiere defraudarnos. En tal
caso, deberíamos estarle profundamente agradecidos, pues no es corriente que alguien
prolongue su agonía para contento de los demás, que a mi parecer, es lo que
Gómez viene haciendo desde tiempo inmemorial. ¡Suéltate! estoy a punto de
decirle todos los días, pero no quiero que me tome por un desconsiderado,
aunque por otro lado, tengo casi la certeza de que con tal de no privarnos de
su presencia estimulante, será capaz de echarse a volar, y no obstante, seguir
jadeando.
domingo, 24 de febrero de 2013
MORADAS
Hola Emeterio,
Vivo en una casa
que yo mismo construí con mis propias manos cuando salí del penal. Había
heredado una parcela de terreno al pie de la sierra, y no se me ocurrió otra
cosa mejor que hacer. Yo soy un hombre de ciudad, para que vamos a engañarnos,
pero me convenía quitarme de en medio una temporada, y después de todo Zamora
no queda tan lejos. Y con esto no quiero afirmar que Zamora sea exactamente una
ciudad, pero lo intenta. Después de unos meses llegué a construir una casa de
una planta como buenamente pude, con la supervisión de un tipo del ayuntamiento
sin cuyo permiso al parecer no podría haberlo hecho. Es lo más sencillo que uno
se pueda imaginar, teniendo en cuenta que no tengo ni idea de albañilería, pero
afortunadamente me echó una mano alguien de por allí que tampoco sabía
demasiado, pero con quien pude al fin levantarla con la ayuda de una plomada y
una burbuja de esas. En la planta baja está el salón, mi habitación, la cocina
y el cuarto de baño, y la alta, una buhardilla de buenas dimensiones y un
cuarto diminuto que yo llamo “el de la plancha” en recuerdo a uno parecido que
había en casa de mis padres cuando era un crío. Paso gran parte del día, como
se puede fácilmente imaginar, en la planta de abajo, que es donde tengo
instalada la televisión, delante de la cual me paso las horas muertas. A mi modo
de ver es muy instructiva y se pueden aprender muchas cosas, además si debo ser
sincero, a mi lo de leer y oír música no se me da bien y se me hace muy pesado.
Cuando me aburro salgo afuera y me doy paseos por los alrededores, a veces subo
la cuesta hacia la montaña que es endemoniadamente empinada, y en otras
ocasiones me meto en la maleza que hay en dirección a la carretera, y con
frecuencia me siento entre los juncos e imagino que estoy en una selva de
Birmania o algo parecido. Te parecerá una majadería y una pérdida de tiempo con
la cantidad de cosas que se pueden hacer en esta vida, pero créeme si te digo
que me resulta muy relajante, y no hecho nada de menos el ajetreo de la ciudad,
aunque por lo que te dije al principio pudiera parecerte lo contrario. Debe ser
que estoy cambiando. Otra cosa de la que me acuerdo con cierta nostalgia es de
la cárcel, aunque te parezca mentira, al cabo de los años me había acostumbrado,
y además éramos ya un grupo de reclusos muy bien avenidos, que nos lo pasábamos
en grande en el patio charlando de nuestras cosas y en un apartado que nos
dejaban los vigilantes para que echáramos la partida. Menudas timbas se
organizaban. Claro que a pesar de esa nostalgia, tampoco es cuestión de que me
acerque al pueblo y haga cualquier salvajada para que me vuelvan a ingresar.
Además es posible que me mandaran a otro lugar y la cosa cambia. Finalmente,
cuando ya me harto del cañaveral y de los sapos que abundan por allí, me vuelvo
a casa y veo un poco más la tele o pongo la radio que esa sí que no me
incomoda. Todavía me acuerdo cuando en el 59 en Radio Nacional oí el triunfo de
Bahamontes en el Tour de Francia, aún me emociono al recordarlo. Poco antes de
acostarme subo al primer piso, quiero decir al único piso, y me recojo un rato
en el cuarto de la plancha. Allí tengo una especie de jergón de paja y me paso
un buen rato mirando al techo, que aunque no lo creas, tiene su intríngulis. Ya
te explicaré. Ayer, sin ir más lejos pude ver paseándose tranquilamente a una
araña gorda y peluda que para mí que era una tarántula de esas. Otros días, en
lugar de meterme en ese cuarto (la verdad es que a veces me deprime), entro en
la buhardilla y evoco los felices días de mi infancia en los que me peleaba con
mis hermanos en la de mis queridos padres, que en paz descansen. Me gustan las
telarañas y los pavos. Ya sé que no tienen nada que ver entre ellos, pero no se
me ocurre nada mejor para despedirme, Emeterio. Las cosas de la vida, ya sabes.
CAIDAS
-Hay momentos en
los que lo más adecuado es aceptar que las cosas son como son y no como
quisiéramos que fueran. Puede ser doloroso en la medida en que intentamos que
el mundo se ciña a nuestra voluntad, como si, de hecho, fuéramos una especie de
demiurgos a los que todo nos es debido, ya que la fantasía es libre, y en ese
sentido tendríamos toda la razón. Sucede sin embargo que la realidad, por mucho
que nos empeñemos en extender los brazos asomados a la calle desde la azotea
tratando de volar, se impone, y la gravedad seguirá cumpliendo inexorablemente
las leyes que la han instituido como una de las fuerzas elementales de la
naturaleza. Y, o bien ocurre un milagro, o poco instantes después, por mucho
que agitemos las extremidades, algunos, los más morbosos, se acercaran a nuestros
restos sobre la acera o el asfalto, y otros huirán presurosos, conscientes de
que el hallazgo no será más que el previsible para los objetos sólidos en caída
libre desde una altura aproximada de veinte metros sobre el nivel del suelo.
-La reunión
transcurrió tranquilamente, aunque si debo decir toda la verdad, al final nos
animamos más de la cuenta y una alegría descontrolada se apoderó de los
presentes. Éramos los habituales, es decir, los amigos de siempre, que con
frecuencia buscamos una disculpa para celebrar el mero hecho de estar vivos,
como si no nos fuera suficiente con nuestras actividades habituales, y el mundo
se mereciera algo más que la rutina de todos los días o las diversiones con las
que procuramos despistarnos los fines de semana. Me despedí en lo alto de las
escaleras mientras ellos no aceptaban todavía que todo hubiera terminado y que
poco después el sol saldría de nuevo, y la normalidad les apearía de su sueño.
No sé verdaderamente lo que fue, si un resbalón infortunado o el exceso de
estimulantes con el que habíamos tratado de olvidarnos, solo sé que cuando me
recogieron al pie de la escalera tuve que agradecer al arquitecto que los
peldaños solo fueran de madera. La piedra puede resultar muy ingrata cuando
deja de ser un objeto decorativo.
Asciendo como un
globo y me alejo del puro suelo con la facilidad que me proporciona un
contenido que, sin ser helio, tiene una densidad, al parecer, inferior al aire
que disfrazado de viento o de éter, con tanta emoción tantas veces han cantado
los poetas. Subo pues, a pesar de mis esfuerzos por buscar un asidero en las
copas de los árboles, y lentamente, la tierra que hasta ese momento me ha
albergado, se convierte en un mapa. No lo acepto, y trato en los primeros
instantes de alcanzar una densidad que me resulta ajena, a pesar de la gravidez
con la que trato de investir a mi esqueleto. Es inútil, y apenas cuando empiezo
a aceptar la inexorabilidad de mi ascensión, atravieso las primeras nubes, unos
cúmulos desprovistos de agua e inútiles por tanto para lograr mi objetivo.
Asciendo, y aunque pronto empiezo a respirar con dificultad, soy consciente de
que el planeta se ha convertido en ese mundo azul que nos enseñan con
frecuencia los satélites. Luego alcanzo la estratosfera, en la que el índice de
oxigeno se hace casi nulo, pero donde puedo verificar con alborozo, que respiro
por un sistema alternativo del que no tenía noticia hasta esos momentos. El
frío comienza a hacerse intenso, pero una cápsula que desconozco, me protege y sigo
ascendiendo en dirección a los confines del sistema solar. ¡Qué experiencia tan
increíble! me digo cuando logro evitar la gravedad de los planetas exteriores,
a pesar de casi rozar los anillos de Saturno. Tengo de repente miedo a la caída,
y me imagino entrando en la atmósfera de Júpiter, Urano o Neptuno, tan ingrata
para quien no está acostumbrado al metano ni al ácido sulfúrico. Me encomiendo
pues al dios de los espacios siderales, y cuando ya me alejo de Plutón, tan
desprestigiado hoy en día, me preparo para acercarme a Andrómeda. Después de
todo, un rayo de luz no tardaría más de dos millones de años en alcanzarla.
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