miércoles, 25 de noviembre de 2020

OJOS TRES

 Queridos alumnos, hoy continuaremos con la investigación que desde hace unos días estamos llevando a cabo sobre el culo, ese yo inverso que nos habita por más que queramos ignorarlo. Una característica que ustedes habrán podido deducir de lo que han oído, es que por tal sitio tiene lugar el tránsito hacia el exterior de determinados materiales inútiles para nuestra existencia, y en ese sentido absolutamente de acuerdo con la evolución darwiniana: lo que no sirve para sobrevivir, sobra. Creo que eso está suficientemente claro ¿Qué diremos en tal caso de aquellos que aprovechen dicho agujero no solo para expeler los sobrantes sino para introducir por el mismo artilugios a todas luces inútiles de acuerdo con los criterios hasta ahora estudiados, esencialmente el de la supervivencia. Oséase: ¿para qué introducirse por salva sea la parte cualquier tipo de cacharro? O hablando en plan académico al que hacen alusión los libros de anatomía, el llamado ano? ¿Es posible que con tal hecho alguien encuentre algún tipo de ventaja o satisfacción? Al parecer los gay sí, contraviniendo de tal modo lo que la madre naturaleza organizó en sentido contrario. Introducir por el culo un artilugio sea cual sea su función no deja de ser un contrasentido, máxime si al que venimos llamando culo le da precisamente por llevar a cabo su función auténtica, cuya conclusión sería que la llamada concretamente mierda, tenga algo que decir en el asunto, contradiciendo de esta manera su tendencia natural a ver la luz del sol. Este es un tema del que se habla poco, pero que sin duda está en el imaginario de quienes ven en este tipo de aficiones algo contra natura. Aunque, oigan, para gustos se hicieron los colores y allá cada cual con el uso que haga de su ojete. Otro nombre que con cierto sentido del humor y yo diría que casi de afecto, viene a corroborar lo dicho sobre la posible utilización del a estas alturas celebérrimo culo.

En próximos días para ir terminando con este tema apasionante (les recuerdo que cada cual puede ponerle los adjetivos que le gusten), daremos un giro radical a los puntos de vista que hemos mantenido hasta ahora, casi estrictamente fisiológicos, y relacionaremos el objeto de nuestros desvelos con el desarrollo de la psique humana, en donde desde determinadas áreas del conocimiento el culo tiene su importancia, pues lo mismo podría conducirnos a obtener un premio Nobel en cualquiera de la materias que se estudian en la universidad, que a llevarnos de cabeza al hospital psiquiátrico provincial

martes, 24 de noviembre de 2020

OJOS CUATRO

 Buenos días, queridos ami…perdón porque a estas alturas de la exposición he estado a punto de llamarles amigos, algo que a pesar de todo supongo que ustedes me perdonarían, ya que cuando uno habla de forma reiterativa de temas tan íntimos, puede caer en el desliz de calificar indebidamente las relaciones. Aunque, créanme si les digo que a pesar de nuestra diferencia de edad, nuestros culos- el de ustedes lógicamente y el mío- no se diferencian tanto, por ejemplo, como el número de pelos en nuestras cabezas, y como todos ustedes tienen ojos en la cara no tendré que dar más explicaciones. Bien, hoy me voy adentrar siguiendo nuestros conocimientos quasi exhaustivos sobre el culo, en un tipo de consideraciones que supongo que a ustedes por su edad pueden coger por sorpresa. Me refiero al punto de vista psicoanalítico sobre la función del culo en el desarrollo de la mente humana. Para ello echaré mano de algo de lo que tengo la certeza que para ustedes no será totalmente desconocido, y me refiero como norma general a la satisfacción que unos siente en los instantes posteriores del puro hecho de cagar ( o como dice la jerga popular “poner un huevo” o “plantar un árbol”). O lo que es lo mismo de decir adiós a los excedentes. Seamos sinceros ¿Quién no se demora al menos unos instantes tras el acto sentado cómodamente en el trono? Y quien incluso minutos después, arrellanado ya en el sofá o disfrutando al aire libre, no guarda consigo la agradable sensación a la que nos venimos refiriendo? Si son sinceros creo que estarán de acuerdo conmigo. Pues bien, esa sensación es una reminiscencia de nuestros años infantiles, cuando aproximadamente a los tres todos disfrutamos del contento de poder manejar a nuestro antojo los esfínteres, y como consecuencia de poder disfrutar de nuestras caquitas a nuestro antojo. ¡Ah felicidad de la inocencia que nos permitía jugar con ellas en soledad cuando nuestras mamás dejaban de vigilarnos, y éramos capaces de construir terracotas que posiblemente no sería muy diferentes de las esculturas minimalistas de algunas exposiciones de vanguardia!

Y después de dicho esto, es cuando definitivamente me voy a dedicar a lo que les anuncié el día anterior, es decir, la importancia del manejo en tal sentido del culo de acuerdo con las “tópicas” freudianas y el desarrollo psicosexual del infante humano, y por lo tanto de él mismo se hallara donde se hallara a lo largo de la historia. Por ejemplo, en las cuevas de Altamira o en los campos de batalla de Austerlitz.

lunes, 19 de octubre de 2020

GUERMANTES

 Me preocupa este desasosiego matinal que me sorprende como una boa constrictora al doblar una esquina en Manhattan. Como ella me aprisiona y aovilla, sabedor de que es en esos primeros momentos donde todo se juega. Tengo aún opciones para escapar, es cierto, pues el dribbling y el gambeteo siempre fueron dominados por una piernas, las mías, hechas para el regate en corto. Que no se me pidan, sin embargo, galopadas a lo largo de la banda que para eso ya con otros fue suficiente. Elegidme, si tal fuera necesario para el ingenio breve y fulgurante, esa capacidad para parecer lo que no se es, o siéndolo, parecerlo aún más. Ya sé que puestos a ello cada cual es capaz de buscar alternativas, y los itinerarios pueden rectificarse cuando se sabe que el peligro acecha detrás de una esquina. Se desprecia a mi modo de ver, el paso lento y mesurado, como si solo la velocidad y no la amplitud de zancada fuera lo importante, aunque ya sé que el compás no siempre puede abrirse todo lo que uno desearía. El aprendizaje de la lentitud es algo en general poco considerado, se olvida esa íntima satisfacción, casi deleite, de detenerse y apreciar el paisaje, urgidos por una prisa que solo nos conducirá al despeñadero. Dada la boa y las esquinas, no haríamos mal en suponer a priori que toda precaución es poca, pues con la primera es inútil eternizarse en divagaciones, teniendo tales seres como único argumento el aumento de la presión por centímetro cuadrado, y con las segundas ser conscientes de la opacidad del 95% de los materiales sólidos habituales en las esquinas y chaflanes. Si actuamos como alguien que sabe apreciar la importancia de los razonamientos, es más que posible que permanezcamos a una distancia racional de la, digamos, fiera, y que incluso podamos pasear a su alrededor tranquilamente, y observar las maravillas de la madre naturaleza puede conferir a los seres vivos, anden naden o vuelen. O como es el caso se arrastren por el suelo. Los ofidios nos pueden enseñar la importancia de la lentitud a la que más arriba se aludió, pues es bien sabido que por mucho que se apuren, nunca podrán competir con un antílope, ni, guardando las distancias, con las arañas tejedoras, aunque resulten netamente superiores a las tortugas. Prevenido pues por sustos precedentes, tomo la calle de amanecida en el preciso momento en que los servicios municipales de limpieza recitan las últimas estrofas de los poemas que Federico García Lorca dedicó a Nueva York, cuando las boas deciden por fin regresar a las alcantarillas, donde mantienen una relación ambivalente con las ratas, pues lo mismo confraternizan con ellas que se las tragan sin decir ni siquiera esta boca es mía. Duro y bello oficio este de paseante que nunca alcanzará en este lugar del mundo la belleza europea de Guermantes, y para nada recordará a los paseos y ensoñaciones de Jean Jacques Rousseau, cuando estimaba en un rapto de melancolía y abandono que se hallaba solo en el mundo, sin más hermano, amigo ni sociedad que él mismo

C.I. (i.q.)

 Hablaremos de todo lo divino y lo humano. Y de lo estrictamente alienígena llegado el caso.

No tener dientes no es señal de falta de apetito. Chupar los hace inútiles, y ese es tu caso en lo que a mí respecta hablando del tema que nos ocupa, y que no es cuestión de hacer público.

Su temperatura corporal apenas oscilaba entre los 36.5 grados Celsius y los x grados Farenheit Si murió de fiebre es sin duda por culpa de este último, salvan sean las equivalencias.

¿Quieres saber en realidad quién eres con tu escaso uno sesenta de estatura? Te lo diré de inmediato para que no te equivoques. De entrada olvida los espejos y no participes en formularios con la pretensión de hallar tu C.I. No se trata en absoluto de nada que tenga que ver contigo mismo, aunque mirar al horizonte y decir basta tampoco sería una solución acertada. Déjate estar, en eso puede consistir tu propio ser, aunque nunca se sabe.

¿De qué se trata entonces si afirmas con toda contundencia que el tema que nos ocupa no es lo que parece? ¿Debemos suponer antes de nada que lo primero sería la posibilidad de un hic et nunc que ni siquiera pueda definirse? Por mi parte, allá tú y tus latinajos, dicho sea esto con todos los respetos.

Escribía novelas de pequeño formato, ni siquiera nívolas unamunianas. Algo del estilo “Nació y tuvo una infancia feliz a pesar de la muerte prematura de sus progenitores y varios asesinatos no resueltos. Murió sin embargo en paz”. O también “Adoraba la alacena por razones que nunca supo explicar, no se trataba de ninguna manera, según propias manifestaciones, de su forma levemente alabeada ni la textura un tanto rugosa de su madera. Fue un misterio hasta el mismo día que la prendió fuego. O la tiró por el balcón, que la memoria es corta. Quizás se trata de ambas cosas consecutivamente”.

El ventilador ventila, qué duda cabe. Pero ventila poco, y esta capacidad mermada podría convertirlo además de un aparato vagamente eólico en función de la definición de la RAE. O quizás en un armatoste que para qué, según la mía. Quizás solo se trata del vago rumor de las olas rompiendo contra la playa. Cerca del mar no sería sorprendente

Adenda para groseros sin prejuicios.

La fuerza de la gravedad, sea esta lo que sea (la atracción de los cuerpos sólidos situados a cierta distancia o la estructura del espaciotiempo cuando un cuerpo pesado lo deforma), me importa tres cojones. Y hablando del escroto puedo manifestar que a mis setenta y pico años, debido a cualquiera de ambas posibilidades, hay días que me llega prácticamente hasta las rodillas. Y no digo nada si estoy muy relajado: digo a media pantorrilla y me quedo corto.

domingo, 17 de mayo de 2020

RASCACIELOS

Anduvieron por Nueva York como si se tratara de una ciudad cualquiera. Habían decidido que era absurdo considerarla con unos criterios diferentes, y que la única forma de valorarla en su justa medida, era verla con la misma mirada con la que uno contempla una capital de provincia en Castilla-León, por ejemplo. En ese sentido, estuvieron de inmediato de acuerdo en que su gigantismo les retrotraía a visitas ya perdidas en el tiempo, como cuando se quedaron anonadados contemplando las pirámides de Gizah o las esculturas gigantes de Karnak. A Ismael tal desproporción no le agradaba, y le producía casi de inmediato un fenomenal dolor de cabeza con palpitaciones, como si aquellos gigantescos edificios se le hubieran metido en la cabeza, y desde adentro pugnaran por salir haciendo fuerza sobre el cráneo. Era absurdo, y se cuidaba mucho de darle tales detalles a Ingrid, porque creía que iba a pensar que estaba mal de la cabeza. A ella, sin embargo, que era una mujer imponente de casi dos metros de altura, la situación era la contraria, tenía complejo de gigante, lo que no distaba mucho de la realidad, y verse minúscula entre aquellos enormes armatostes de acero y hormigón, la devolvían a una proporción mas adecuada, lo que la reconfortaba mucho, y hacía que se pasara el rato extasiada y sonriente en su recién adquirido reino interior de Liliput.
Tenían pues aquí un desacuerdo básico, que sin embargo no se comunicaban, por lo que ambos se veían forzados a aceptar el punto de vista del otro con pequeñas matizaciones, lo que llevaba a Ismael a minimizar su dolor de cabeza, y a Ingrid a contener su euforia. Ismael no podía evitar comparar aquellos monstruos con los edificios de su ciudad natal, Valladolid, e incluso con algunas de las torres más altas de Madrid donde ahora vivía. Se decía que era absurdo, pero en relación al Empire State, la torre de la Plaza de España le parecía una construcción familiar, casi íntima, a la que evocaba con nostalgia al pasear por la Quinta Avenida, aunque desde luego no se lo dijera a Ingrid. Para ella, que también era de la noble ciudad castellana, verse literalmente sepultada bajo aquellas inmensidad de acero y cristal, la devolvía a su primera adolescencia, donde aún era una chica dentro de los cánones habituales, y paseaba por el paseo de Zorrilla y el Campo Grande, con el reconfortante convencimiento de ser semejante en todos los aspectos a sus amigas de entonces. Contemplaba a los pavos reales y las grullas del parque, con la satisfacción de compartir el mismo mundo, algo que se truncó poco después, cuando al dar el estirón definitivo hacia los diecisiete años, todas las aves del lugar se convirtieron para ella en gallinas. Suponía para sus adentros que su estatura se la debía a su madre, que siendo la típica mujer española más bien bajita, deseó que su hija no heredada sus reducidas dimensiones, para lo cual le puso de nombre Ingrid, pensando que por una especie de milagro, la estatura de las vikingas se hiciera realidad en el cuerpo de su hija, algo que sucedió con creces cuando ya empezaba a perder la esperanza.
Para más INRI, se enamoró de Ismael, un hombre pequeño, con lo que su sensación de gigantismo se hizo todavía más evidente, algo que sin decírselo le reprochaba, obligándole a
llevar zapatos o botines de doble alzada. Existía pues en la pareja una asimetría evidente, aunque ambos optaran por mantenerla oculta, enmascarándola con buenas maneras, a pesar de provocar en algunas ocasiones cierta hilaridad en los más íntimos, que sin embargo trataban de que no fuera evidente, teniendo en cuenta que su diferencia provocaba algo más que una sonrisa, y no era cuestión de reírse delante de ellos a carcajadas. En Nueva York, debido a los rascacielos y la diferente impresión que causaban en los dos, supieron que se dilucidaba algo definitivo, y que en adelante nada sería igual. Como en otras ocasiones, sabían que tenían que recurrir a algún tipo de estrategia que al menos les reconciliara hasta su vuelta a territorio nacional, y dado que ninguno estaba muy dotado para la oratoria ni las sutilezas semánticas, decidieron recurrir a lo que sus cuerpos quisieran expresar para convencer al otro de que a pesar de todo, su matrimonio merecía la pena.
En el dormitorio de un hotel en el piso cuarenta y ocho, se sometieron a una terapia sensual intensiva, que fue desde la embriaguez de los palillos de incienso y la música oriental, pasando por masajes balsámicos y el estímulo moderado del Moët Chandon, hasta los rituales eróticos inclusivos de posiciones aventajadas del Kama Sutra y artilugios estimulantes y sofisticados, sin descuidar ejercicios gimnásticos que, para sonrojo de Ismael, no dejaba de incluir lo que ella llamaba no sin cierto sarcasmo el botijo. Los resultados no se hicieron esperar, y concluidas con eficacia las aproximaciones nocturnas durante toda la semana en pleno corazón de la city, el regreso al solar patrio supuso para la pareja la tranquilidad de lo ya conocido, aunque con ello volvieran las disensiones internas debidas a la distinta percepción que cada uno de ellos tenía de su lugar en el mundo, algo que sin embargo superaron paseando algunos atardeceres por el parque del Oeste, donde el horizonte difícilmente podría brindarles las alturas de Manhattan.

RUTINAS

Me despierto hacia las ocho. Sensación de estar relajado y haber dormido bien. Recuerdo vagamente un sueño, pero no logro concretarlo. Después de la primera sensación de relajamiento, me invade otra de sopor y cansancio. Hago un esfuerzo y me visto. No tiene sentido volver a la cama. Hacia las diez llamo al psiquiatra, que me responde serio y dando la sensación de sentirse molesto, que en esos momentos no puede atenderme porque está ocupado. Le pregunto si le puedo ver mañana, y me dice que me tome valium y espere a la sesión del día que me toca, el jueves. Siempre me dice lo mismo: no debo dejarme vencer por la angustia. Pero no se como, a no ser, efectivamente, con los tranquilizantes. Salgo al bar de la esquina y me tomo un café y un churro. Soy incapaz de tomar algo más, y el churro ya me ha supuesto un esfuerzo. Vuelvo a subir a casa. Llamo a X y le pido que venga, que me siento mal. Siempre le digo lo mismo y siempre viene. Cinco minutos después le vuelvo a llamar y le digo que me encuentro mejor y que voy a intentar pasar el trago solo. Me dice que no le importa, que ya estaba preparada, le digo que no, y como se pone pesada, le cuelgo. Soy injusto, pero no puedo soportar sentirme como un enfermo o un crío desvalido.
Al rato me llama y le digo que de verdad estoy mejor, y para que se lo crea le cuento un chiste, se ríe, pero me conoce lo suficiente para saber que es mentira y que no estoy bien. De todas maneras se lo agradezco. Paseo por casa, no sé que hacer, echo un vistazo a lomos de los libros de la habitación del fondo, son casi todos de medicina, sobre todo de psiquiatría, donde con frecuencia trato de buscar mis síntomas o las cosas que pienso para ver si tengo remedio. Ya no me dicen nada nuevo, se han convertido en una rutina en los momentos de mayor agobio. El valium y medio que tomé empieza a hacerme efecto, soy casi un drogadicto. No, soy un auténtico drogadicto, no podría vivir sin él. Mientras pienso esto, me peso: 75 kilos, no está mal, casi no he adelgazado y eso me reconforta, es como un baremo que me dice que lo mío no es tan grave, sobre todo teniendo en cuenta que como poco. Además no quiero que los demás se den cuenta de que ando así. Me echo un momento en la cama.
Trato de pensar algo, pero soy incapaz, solo veo el techo encima de mí, me fijo en la estructura de la pintura al gotelé y no recuerdo cuando fue la última vez que pinté la casa. Me gusta el gotelé, me parece el único detalle artístico en mi habitación,
desprovista de cualquier otra cosa que no sean revistas y libros viejos, por cierto bastante desordenados. Tengo que hacer algo, y aunque un tanto somnoliento hago un esfuerzo y me levanto. Voy al salón y miro hacia la calle a través del ventanal, desde dentro se percibe el frío y se nota una ligera brisa que mueve la copa de los árboles cerca de casa. Hay un pino, pero no tengo ni idea del nombre de los demás. Tengo que enterarme, toda la vida ahí y soy incapaz de decir a que especie pertenecen. También hay algunos arbustos y a lo lejos un ciprés, ese es demasiado especial para no conocerlo. Lógicamente casi de inmediato me acuerdo del monasterio Silos y su famoso árbol y de J.M. Gironella, un escritor catalán que rememoró la Segunda República y la guerra civil en tres libros que acabaron teniendo mucho éxito, el primero de ellos “Los cipreses creen en Dios”(*).
Acabo sentándome en el sofá y me quedo un rato mirando hacia adelante por encima del televisor, y poco después sacudo la cabeza tratando de volver a la realidad. Pero no sé qué significa para mí verdaderamente la realidad. La realidad que vivo no me gusta, pero no sé vivir otra. Me siento triste, aunque no exactamente triste, sino algo que debe andar entre la depresión y la tristeza. Más que depresión yo diría que melancolía. Me gusta ese nombre terrible, quizás porque se lee con frecuencia en la literatura romántica. Pienso en Machado y recuerdo en alta voz “melancolía de lluvia tras los cristales”. Oigo mi propia voz resonando y perdiéndose pasillo adelante.
Me decido a poner música. No quiero una música que me saque de este estado. Al contrario, quiero una música que ahonde en él, que lo traiga a la superficie. Una música que me ponga en contacto con lo que rechazo pero que sé que está ahí adentro, siempre a la espera. Por fin pongo la obertura de Las Hébridas de Félix Mendelssohn., La cueva de Fingal. Es profunda, imponente, desgarradora, impetuosa. El mar batiendo sordamente contra los acantilados. Soy yo, me digo.
Por fin puedo llorar.

(*) Pude acordarme de “La sombre del ciprés es alargada” Miguel Delibes pero no se me ocurrió. Debe ser porque detesto la caza.

sábado, 4 de abril de 2020

CENÉFORAS (DENEGACIÓN DEL COVID-19)


Las cenéforas se fingen elegantes quizás porque no saben que la laxitud no necesita de onomatopeyas. Creen y así lo afirman,  que el hecho  de ser simplemente esdrújulas les otorga cualidades que niega a otros su condición de no-cenéforas. Y posiblemente ahí resida la importancia de la disimilitud, esa característica, por mínima que sea , que establece más que puentes o  vados, abismos intransitables, en los que ni siquiera sería eficaz un aerostato o  un zeppelín, pues la diferencia de presión origina en altura vórtices tormentosos que dificultan la navegación aérea. Ni serían posibles, aunque nos pusiéramos a ello,  transiciones exclusivamente mentales, pues un muro de cristal se alza mediado el cauce alcanzando altitudes inverosímiles y denegadoras. Pero si dura es la hazaña que debe ser realizada, más dura será aún la abdicación del deseo, que no sabe de impedimentos y que apenas sobrevive a negaciones por evidentes y razonables que nos parezcan. Surge en ese momento la canoa o  el bote de remos como alternativa,  aunque sea a  un nivel estrictamente a ras de suelo, pues el ímpetu de la corriente solo admite traslaciones en longitud y no al bies ni en anchura. Llegados aquí, podemos vernos tentados a dejarlo caer, y admitir que hay empresas que más vale descartar al poco de registradas, pero nos equivocaríamos, porque el solipsismo como la masturbación inveterada, solo incide en afluentes de sí mismo, devanándose en remolinos de difícil desistimiento. Téngase en cuenta que el centro del planeta mantiene temperaturas muy superiores a la media en el Ecuador, lo que haría que a poco que el agua penetre se transforme en geisers, fumarolas que apenas levantadas sobre la superficie caerían con un estruendo que solo las derrotas admiten. Llegados pues a impasses y culs de sacs de difícil resolución,  no tendremos otro remedio que inventarnos nuevas dimensiones dónde, por ejemplo,  los cuerpos sólidos sean perfectamente vulnerables al tránsito. Hagamos caso pues de trigonometrías futuras,  pero que mentes enfebrecidas serían capaces de crear a base de jengibre y, al parecer, de ajonjolí, por raro que pueda parecer al no experimentado. Pues de eso se trata, evolucionar no se limita a  utilizar el pico como los pinzones de las Galápagos en relación al medio ambiente para la supervivencia del más apto, sino hacerlo en función de fantasías que pueden acecharnos en cualquier momento o a ideaciones apenas al alcance de los bonobos. Henos pues en una situación difícil que, si se me permite divagar, las acota, pues la eficacia nunca ha sido cuestión de peroratas ni de sortilegios que, como los espejismos, siendo algo concreto, se disuelven cuando ya los labios creían subsumirse en la engañosa charca. Puro légamo en ese momento, arena casi incandescente que desdice ensoñaciones hechas para sobrevivir, o  como mucho para hacer poesía. Esa es la verdad, y debiéramos aceptar lo que nos alcanza como una flecha llegada de no se  sabe dónde,  pues no he visto el carcaj que la contuvo, ni el curare abunda en esta región olvidada de la mano de Dios, si es que tal existe. Pero persiste el problema: el otro lado está ahí, pues mis ojos, hechos para horizontes precisos aunque atacados de presbicia,  nunca me engañan, ni me engañan mis manos tendidas cerca de la otra orilla que me llama, no sé si Sirenas, Circe, Scilla o  Caribdis. Infiernos y paraísos revueltos en un sinfín de circunvoluciones que nos acosan desde ubicaciones que escapan a la estricta geografía. Árboles aún no talados que se recortan sobre un cielo vespertino,  cuando creíamos que toda vegetación es poca y que pocos son los minerales que valgan la pena, hechos como norma de calcitas de escasa consistencia y de pechblenda, que nada tienen de auríferos. Ese afán de ir más allá de lo fácilmente imaginable a poco que nos decidamos a pensar lo que hoy por hoy nos parece inaccesible. Pero lo inaccesible como lo incomprensible también llega: los tábanos existen.