jueves, 21 de diciembre de 2017

PROSAS GAMBERRAS - Creencias



2.- Creencias.

Creo en un dios creador de todo lo existente, ubicuo, omnipotente, omnisciente y personal. Y en este último sentido, equiparable al ser humano, hecho a su imagen y semejanza pero menos guapo, eso fijo. Creo en su pertenencia al sexo masculino aunque no ejerza, añadiendo en cualquier caso, que por su carácter y actitud, no tiene nada que envidiar de las virtudes que adornan al femenino, pues incluso puede llegar a parecer coqueto. Este ser o como quiera llamarse, se creó mediante un proceso autogenerativo en el principio de los tiempos que, sorprendentemente, también fueron creados por él mismo, desdoblándose hacia atrás mediante un retroceso de difícil explicación para los profanos en física cuántica y saltos de trampolín. Y poco más puede decirse de esta creencia mía, tan íntima que casi me da pudor hacer pública. Quizás solo añadir que este dios es muy celoso de su status,  y exige ser reconocido tanto en la fortuna como en la adversidad, situación dura esta última, para la cual sin embargo dispuso la creación del Cuerpo de bomberos y las salas de urgencias de los hospitales de cierta entidad. A él personalmente, dada su categoría, las dificultades de sus súbditos le importan tres cojones.

Creo en un ser incognoscible que, sin embargo, puede ser representado bajo cualquier forma o advocación, y que por lo tanto, está en el origen de lo que se ha dado en denominar panteísmo, que lo mismo puede hacerse evidente en la descarga de electrones de un rayo en un día de tormenta, que en una simple patata, kartofen en Centroeuropa. Este ser, sin embargo, no tiene nada que ver con el mundo físico, que solo puede ser considerado como una emanación de su verdadera sustancia. Noúmeno para los antiguos griegos. Su actividad principal se manifiesta a través de las cuatro grandes fuerzas de la naturaleza, especialmente de la menos significativa de ellas, la fuerza nuclear débil, principio, no obstante, creador de la energía nuclear y por ende de la bomba atómica, de la que dice sentirse muy orgulloso. Y eso es todo. Si acaso valorar finalmente su humildad, pues si puede representarse con propiedad en un artículo de lujo de Loewe o similares, no pone ninguna objeción en hacerlo de la misma manera en una baratija de bisutería que cualquiera pueda llevar en el bolso, la mariconera o el bolsillo de los vaqueros sin el mínimo desdoro. Puestos a elegir, es algo a tener en cuenta.

Creo en la energía oscura, elemento dinamizador del universo que hace que este se desplace ad infinitum  a una velocidad muy superior a la de la luz, por raro que esto pueda parecer a los estudiantes de Física de primer curso. Esta energía, concebida en un principio por error por un sabio alemán apellidado Einstein, no puede ser captada sino en sus manifestaciones más evidentes, al hacer que las galaxias se alejen unas de otras a mayor velocidad cuanto más lejos estén del punto desde donde son observadas. No sé si me explico. En cualquier caso, no confundir este principio generador de la expansión ilimitada del cosmos, con la materia oscura que se limita a actuar en el interior de las galaxias, dotándolas de una masa impensable, observadas a ojo de buen cubero. La energía oscura se caracteriza por lo tanto por su velocidad desorbitada, y en ese sentido, equiparable a nivel casero con el famoso velocista jamaicano Usain Bolt, aunque no le importaría tampoco ser considerada cono un doble de Bob Marley, pero sin rastas.

Creo en la física cuántica aunque no la entienda de ninguna de las maneras, siendo en ese sentido un fiel seguidor de Niels Bohr, que afirmó que quien diga que la entiende es que no ha entendido nada. Yo, en ese sentido, ni lo intento. Dentro de ella me pirra  el principio de indeterminación de Heisenberg y el gato de Schrodinger, científicos que después de tirarse de los pelos durante muchos años, llegaron a darse cuenta de que venían a decir lo mismo, aunque no se me pregunten a mí en qué consistía tal cosa. Creo también en Max Planck, descubridor ad originem de la teoría de los cuantos, paquetes de energía de los que pueden tener noticia en cualquier texto elemental de esta bonita pero enrevesada asignatura. Creo asimismo en la equivalencia entre onda y partícula, asunto para cuya comprensión/no comprensión remito al texto mencionado con anterioridad. En ambos casos podrán verificar que ni por esas. Creo asimismo en un fenómenos sorprendente llamado entrelazamiento, mediante el cual un átomo situado en las inmediaciones de Cañada Real a la salida de Madrid por la carretera de Valencia, está íntimamente relacionado con otro ubicado en la constelación de Orión, en plena Vía láctea, pero a miles de años/ luz. Creo en resumidas cuentas en la física de partículas que subyace modestamente bajo la tosca apariencia de una mesa de madera, o en la etérea acrobacia de un saltador de altura en su fossbury más elaborado, pongamos para no ser machistas, que se trata de Ruth Beitia. Y que conste, no obstante, que cuando me inunda un fervor desbordante no tengo ningún inconveniente en postrarme de hinojos ante cualquier dios del Olimpo griego, ante Alá, Yahvé o Brama. O sus representantes en este planeta.

PROSAS GAMBERRAS - Actividades



1.-Actividades

Llegados a este punto tengo que confesaros lo siguiente: supongamos que estoy viendo tranquilamente la televisión, por ejemplo, y de repente me dan por la cabeza así como unas corrientes que me dejan estupefacto y agitado. Y que como reacción inmediata, me incorporo y me pongo a pasear a lo largo y ancho del salón para tranquilizarme, o me tiro boca arriba en el suelo esperando la hora definitiva en forma de electrocución o afines. No creo que os sea difícil imaginar el panorama. Pasado sin embargo un rato, soy consciente de que no se trata de eso, me levanto y me asomo a la ventana buscando un aire que comienza a faltarme. La noche (porque este fenómenos siempre tiene lugar después del crepúsculo) es negra como boca de lobo, y apenas llego a atisbar los edificios colindantes y la calle aledaña, estando sus farolas apagadas por orden del ayuntamiento enajenado por una concepción mal entendida del ahorro energético. Al poco rato vuelvo a sentarme en el sofá a la espera de la siguiente descarga, pero suele ser en vano, pues estas corrientes solo aparecen  cuando menos se las espera. Decidme ahora que lo sabéis, si puede uno imaginar un porvenir más desasosegante.

En el colegio la actividad extraescolar de fútbol se desarrolla siguiendo un protocolo mal definido, que bien podría expresarse de la manera que se apunta a continuación. Los chicos salen de las clases con una evidente euforia al abandonar la labor más odiada de sus cortas vidas.  A saber: el mero hecho de tener que estudiar para el día de mañana llegar a ser unos hombres y mujeres de provecho y no unos simples mandriles, lo que, sin embargo, si lo confesaran con sinceridad, sería su aspiración más noble y profunda. O gorilas, en caso de tratarse de los más energéticos o bigardos. Una vez en el patio que hace las veces de terreno de juego, los equipos se sitúan a su aire, enfrentados unos a otros a lo largo del perímetro del lugar, con varias porterías y balones. Nunca menos de cinco de ambos artefactos, para hacer más prolífica la cosecha de goles, teniendo en cuenta que por cada una de las primeras puede haber dos porteros, y que los balones nunca deben pesar menos de tres kilos por unidad. El partido se juega sin reglas, o lo que es lo mismo: todos a por todas y maricón el último. A la media hora, tiempo que dura el recreo, los equipos se retiran satisfechos de haber colmados sus anhelos, a la espera de que sus componentes comiencen a echar pelo para transformarse en ingenieros de caminos puertos y canales, o técnicos informáticos a gusto del consumidor y satisfacción, en cualquier caso, del Mercado. Lo mismo puede decirse de las chicas, a ver si uno va a ser considerado un machista irredento, y tal no es el caso.

La actividad que desarrolla Leonor consiste en acuchillar el parquet de su casa los días pares y encerarlo los impares o viceversa, que no tengo información precisa al respecto, y verdaderamente no tiene demasiada importancia. El problema de Leonor, no obstante, es que realizar tal faena en una casa de apenas cien metros cuadrados (es la media), no le lleva más allá de quince días, por lo que cada mes aproximadamente debe comprarse otra para continuar su trabajo. El problema es menor del que podría uno imaginar, porque dicha señora es rica y su cuenta corriente lo suficientemente holgada como para comprar tantas casas como le salga del coño. Si Leonor fuera simplemente una cajera de Carrefour, Alcampo o el Corte Inglés y viviera de ello, estaríamos hablando de algo diferente, y con seguridad de una afición frustrada. Y lo mismo sucedería en el caso de fregar escaleras o ser una camarera de habitaciones de un hotel de cinco estrellas, incluso el Ritz o el Waldorf Astoria. Podría, sin embargo, atenuar su dolor si aún así, fuera propietaria de un pequeño apartamento con suelo de losetas en el barrio de Orcasitas. O donde cojones pudiera vivir, que no va a estar una al corriente de tantos detalles. Y aquí me callo, porque cuando hablo de este tipo de actividades tan estrambóticas, me asalvajo mucho y empiezo a soltar todo tipo de barbaridades.

Si fuéramos buenos, es posible que no llegásemos a morir y viviéramos por siempre jamás. Ad aeternum, como diría el clásico latino. Tal es la conclusión a la que han llegado un grupo de científicos del Laboratorio de Inventos Raros de Silycon Valley en California, Estados Unidos. No obstante, se sabe que tal supuesta felicidad acarrearía innumerables problemas a tales buenos, especialmente en sus momentos de ocio y asueto, que prácticamente serían todos, puesto que no debe olvidarse que la mayoría de los óbitos se producen después de la jubilación. La contemplación del cosmos es una posibilidad con ciertas ventajas, al ser este prácticamente infinito, pero temen los científicos a los que se ha hecho referencia, que tal hecho acabe aburriendo a los espectadores y se establezca entre ellos un hastío insoportable con las consecuencias que son de imaginar. Otra posibilidad que se abre para esta gente son los juegos de pelota indiscriminados (solo hay que considerar la infinidad de ellos con los que el común de los mortales se idiotiza a diario mientras aún respiran). Es posible que, más bien pronto que tarde, la confusión sea de tal calibre, que la mayor parte de esos buenos inmortales comenzarían a cometer todo tipo de tropelías para dejar de serlo, y poder  descansar en paz definitivamente. Creo que se me entiende. No se descarta no obstante que surjan verdaderos adictos al aburrimiento y el dolce far niente. Auténtico colgados que, con independencia de su apego a los teléfonos móviles, no pongan el menor inconveniente en pasar los milenios e incluso los eones que les queden por delante, papando moscas.

lunes, 18 de diciembre de 2017

LA LANGOSTA




Hola, llego tarde…
Da igual. La hora era aproximada.
Ah, bueno… ¿hay langosta de segundo plato?
No, venía con los entremeses, pero ya no quedan.
Entonces me voy. Lo mío es la langosta.
Era la langosta, querrá decir.
Eso. Bueno, adiós
Por decir algo.


Hola, llego tarde…
Sí. Exactamente media hora.
El tráfico era tremendo.
Es una disculpa demasiado manida. E incluso de mal gusto si se considera la polución asfixiante.
¿Puedo sentarme?
Coja una banqueta. No quedan sillas.
Entonces pagaré menos: la comodidad cuesta.
Ya se verá porque aún queda la langosta, que es lo más caro.
En ese caso pagaré lo que haga falta. Mi alma incluida.


Hola, llego tarde…
Sí. Es una costumbre impropia de un verdadero caballero.
Nunca me tuve por tal. Y menos por caballo, claro está.
Un hombre lo que se dice corriente.
En efecto, pero no de la plebe.
Llover no llueve nada.
Lástima de paraguas. Sobra.
Lo traje por si las moscas.
Es una metáfora mal traída. Y langosta no queda.
Sin ella todo es inútil y abandono.


Hola, llego tarde…
Pida disculpas. Es lo menos.
Pido disculpas y beso las manos de las señoras.
Haga el favor de sentarse. Llega a los postres.
Pero puedo pronunciar el discurso de despedida, si lo tienen a bien.
Lo aceptamos siempre que haga alusión a su impuntualidad.
Disculpen mi falta de puntualidad. Siempre he sido un desastre para las citas protocolarias. España, sin embargo, es una gran nación y sin duda la más antigua de Europa. Y sus langostas las mejores. Y ni que decir tiene que todos le deseamos un brillante provenir Sr. Palazuelos.
Siéntese. Ya es suficiente. Su mensaje ha calado profundamente en todos nosotros. Ahora váyase a tomar por el culo como mínimo.
Muy agradecido en cualquier caso, aunque la langosta me ha sabido a poco.
 

Hola, llego tarde…
Mejor que no lo haga.
Imposible. Es una realidad: ya estoy aquí.
Pues intente disimular.
Pero no soy transparente.
Pues sería una oportunidad magnífica para ello.
Creo que lo he conseguido.
Efectivamente. Transparente no. Pero sí translúcido, que ya es algo.
Lucido también.
Eso es algo más complejo y requeriría un jurado.
Guarda.
Efectivamente. Y le advierto que se servirá buey de mar en lugar de langosta. A la larga resulta más sabrosa y hace las digestiones más llevaderas.
Es de agradecer aunque lo mío sea la langosta.


Hola, llego tarde…
…………………..
Llego tarde, insisto. Y me disculpo.
Disculpas aceptadas ¿Va usted a comer langosta?
Prefiero cigalas de tronco, si no es mucha molestia.
Bogavantes o carabineros: es la última opción.
¿O quizás gambas de Huelva?
Los cojones. Va usted a comer lo que haya. Incluidas las sobras. O con preferencia. Es el pago por su tardanza.
Aquí el que sobra soy yo y abandono.


Hola, llego tarde…
Se equivoca, en estos momentos procedíamos a tomar asiento.
Me puedo sentar, por lo tanto.
Proceda.
¿La langosta es gallega o subsahariana? Pregunto.
No ha lugar. Siguiente pregunta.
No tengo otras. Solo me interesa la langosta.
En ese caso, serán 200 euros. IVA aparte.
 

Hola, llego tarde…
Pero usted no estaba invitado.
Cuando se trata de langosta no respeto el protocolo.
En ese caso, sea usted bienvenido al club de los gorrones.
Pero me habían dicho que se trataba de langosta.
Nunca hay que descartar las aves.
En ese caso, bueno.

jueves, 14 de diciembre de 2017

TRAPECISTAS



Los trabajadores arreglan la pared del edificio de enfrente: sus ventanas, terrazas y balcones. Al menos eso es lo que yo supongo desde una calle próxima apostado en la acera más alejada. Digo que deben estar arreglándola porque esa es la impresión que me producen, aunque quizás me equivoque y no haya que hacerme demasiado caso, no ando muy bien de la vista y mi observatorio no es el más adecuado. Hay árboles y setos enormes que hacen que cada dos por tres tenga que moverme para no perderles de vista, pues para más inri con una frecuencia absurda pasan unos autobuses altísimos que jamás había visto con anterioridad.
   La visión casi podría denominarse espectáculo, pues por razones que no puedo precisar dada mi escasa visibilidad, los albañiles, que también podrían ser pintores, se balancean en el vacío, suspendidos en sus arneses bajo en las cuerdas que cuelgan del voladizo del tejado. En estas circunstancias, tampoco sería demasiado descabellado suponer que se trata de trapecistas. O incluso de escaladores o alpinistas en prácticas. Hoy en día las posibilidades en una ciudad son casi infinitas. Posiblemente un  niño de corta edad supondría que cualquiera de estas opciones sería la más natural. Hasta la adolescencia, los chicos tienen una visión de la realidad más bien fantástica y un conocimiento escaso del mundo laboral, y posiblemente les parecería ridículo que unos señores se arriesguen a permanecer colgados en el vacío, con una posibilidad nada despreciable de romperse la crisma, solo para que la pared parezca más limpia. La belleza y el orden son conceptos que aún no han anidado en sus inocentes cabezas. Afortunadamente.
   En cualquier caso, como o tengo nada más importante que hacer, permanezco observándoles un buen rato, a decir verdad, prácticamente toda la mañana. Me resulta entretenido y por un proceso natural, mi mente me trae recuerdos de cuando siendo un crío asistía con cierta frecuencia al circo instalado cerca de casa, al tiempo que me permite dar ciertos paseítos por la acera para no perderlos de vista, teniendo en cuenta los obstáculos que mencioné más arriba. Ellos, los supuestos artistas quiero decir, están muy concentrados en los suyo, pues debe tratarse de una tarea que requiere toda su atención, y lógicamente no parecen haberse dado cuenta de mi presencia, que en estos momentos debe ya prolongarse más de dos horas desde que salí de desayunar del bar donde habitualmente lo hago en las inmediaciones de mi domicilio. Hay que decir, sin embargo, que a pesar de su aparente concentración, los tipos con frecuencia se gritan unos a otros dándose instrucciones o consejos, y se pasan ciertos objetos que no puedo distinguir con claridad, aunque supongo que se trata de utensilios de trabajo: brochas, martillos, llanas, buriles, botes de pintura y cosas por el estilo. Una de ella se la pasan con más frecuencia de lo habitual, y yo juraría que se trata de una botella de vino o de licor, pues, desde luego, se la llevan a la boca inmediatamente. Espero por su bien que no se trate de tal cosa sino solo de agua o algún tipo de refresco, aunque si debo decir la verdad, de calor en estos momentos, nada de nada.
   Ya pasadas las tres horas de mi presencia en el lugar, me doy cuenta de que estaba equivocado y que me habían visto, aunque a decir verdad no lo entiendo demasiado bien, pues soy un individuo de lo más corriente. De talla media, con un vulgar traje de calle,  y de edad avanzada y con pelo (aunque a decir verdad ya hace tiempo que empezó a ralear). En resumen, nada llamativo, pero lo cierto es que en un momento dado, todos se quedan inmóviles en sus arneses y me señalan como si pretendieran algo de mí. Yo  no puedo acercarme a ellos para averiguarlo porque los coches no dejan de pasar, por lo que hago los gestos típicos de alguien que pregunta a otros desde la distancia si necesitan algo. Luego chillo inútilmente porque el ruido del tráfico es demasiado intenso, y a decir verdad nunca he sido un prodigio de voz (aunque bien timbrada, al menos eso me dijo siempre mamá). Así que a partir de ese momento, hago también los gestos habituales de quien se ve incapaz de comunicarse, sobre todo llevándome la mano a una oreja repetidamente. En esos momentos, da la impresión de que ellos se divierten y charlan animadamente, hasta que poco después, no sé si en un momento en que el tráfico es menos intenso y por lo tanto menos ruidoso, o que el viento les es favorable, me llega con toda nitidez una voz diciéndome: “¡Vago, maricón, a ver si te largas, y dejas de hacer el pasmarote mientras los demás trabajan!”.
    Me siento de inmediato muy dolido. Vejado, incapaz de demostrarles el afecto que había sentido por ellos recordando el tiempo cuando siendo un niño, me maravillaba contemplando a los trapecistas. Me alejo del escenario con una tristeza difícil de imaginar a mis años. Desgraciadamente, la carpa está vacía.
  

lunes, 9 de octubre de 2017

DECANTACIONES



Quien eres tú si no eres Lisboa. Tal es el caso.

Tu presencia se diluye: los hospitales existen.

Un inconmensurable amor. He ahí lo no manifestado.

Esto sí, pero todo lo demás tampoco.

El análisis precede a la síntesis quien sabe.

Amanece pero los árboles, sin embargo, fuera.

La virtud prevalece ante el pecado y viceversa.

Comprender en un segundo la aniquilación no fue un dilema.

El azul, el azul. El mar no siempre es verde.

Las siete en punto de la mañana. La noche existe, no obstante.

La posibilidad es otra. Las enredaderas trepan.

Cae la lluvia mansamente sobre el Peloponeso al fin.

No todos los hospicios albergan el furor.

El pelo y la piel, pero también las estructuras.

La puñalada: ahíto mi corazón de tu acero.

El inveterado afán de coherencia proboscidia.

Los taxis son automóviles y viceversa en absoluto.

La voluptuosidad de los gerundios me interfiere.

El desmedido frenesí de los procesos aleatorios no caóticos.

Los tornillos, las tuercas, los alicates. Las tenazas aparte.

Volverán las oscuras golondrinas. Los ánades son otra cosa, pero vuelan.

Habla un destilado de idiomas extinguidos: tal es su drama.

Todo llega y todo pasa, pero tú te quedaste, Manuel.

La amistad, esa rara característica de algunos invertebrados.

lunes, 18 de septiembre de 2017

AEROPUERTOS otro




UNO
 


- Conocí a Adela cuando era una niña de once años, guapísima y muy divertida, pero, al parecer, también frágil y delicada, que cuando nadie la veía todavía jugaba con muñecas, y parecía muy lejos de una pubertad que se le venía encima a pasos agigantados.
- La volví a ver precisamente a los quince años, cuando era evidente que ya tenía poco que ver con aquella niña que había conocido poco antes. Su cuerpo y su mirada apenas recordaban a los de la Adelita que mantenía en mi recuerdo, pues parecía haberse alejado del paraíso de la infancia definitivamente.
- Luego pasaron los años, aunque cuando me encontré casualmente con ella en el aeropuerto apenas debía tener treinta. Y lo que vi apenas podía creérmelo. Se trataba de una mujer joven, que duda cabe, en cuyo rostro aún se apreciaban los rasgos de una belleza antigua pero prematuramente ajada, que me sorprendió. Enseguida me presentó a su marido, un hombre mucho mayor que la acompañaba, y de inmediato, como salidos de la nada, a ocho críos, que la rodearon gritando, y que lógicamente eran sus hijos.
- Estuvimos hablando unos breves momentos en los que me comentó cuanto había cambiado su vida por unos acontecimientos que ya me contaría en cuanto tuviese más tiempo, pues apenas lo tenían para llegar al avión. Al despedirnos casi lloré de emoción, pero al verlos alejarse hacia la sala de espera,  no pude evitar sentir en el pecho una punzada de miedo, casi de pánico.

DOS

-Conocía a José Luis desde que éramos niños e íbamos juntos al colegio de las monjas y poco después al de los curas. Además vivíamos cerca y nos veíamos con frecuencia jugando en el parque, y en algunas ocasiones poco después, cuando nos acercábamos al río cercano para pescar pizcos, unos peces diminutos, pero los únicos que había por aquellos parajes.
-Luego en el instituto ambos nos pusimos pantalones largos al mismo tiempo, y salimos una temporada con unas compañeras, Yoli y Geli, dos chicas de Baracaldo. Lo pasábamos bien con ellas y nos contábamos nuestras relaciones con entusiasmo y cierto detalle.
-Terminamos el bachillerato al mismo tiempo, y nos seguimos saliendo juntos hasta que él se fue a Madrid a estudiar Ingeniería industrial, y yo a Oviedo para hacer Derecho, aunque seguimos viéndonos en vacaciones y nos poníamos al corriente de nuestras vidas. Al poco de terminar la carrera nos casamos con dos chicas del pueblo que, mira por donde, se parecían bastante a las vascas que conocimos en el bachillerato. Él se fue pronto a trabajar a Seattle en Estados Unidos y yo a Salamanca.
- Perdimos el contacto durante varios años, pero ayer nos hemos vuelto a ver casualmente en el aeropuerto y todo ha resultado muy confuso. Tiene un acento americano muy marcado y me ha parecido más rubio, como si se hubiera teñido. En resumidas cuentas, su aspecto físico casi me lo ha hecho irreconocible y si no llega a ser porque ha sido él quien se ha dirigido a mí, yo hubiera pasado posiblemente de largo.
-Hemos charlado de pie un buen rato cerca de la puerta del avión que le llevaba a París, y durante todo ese tiempo he estado tratando de verificar que efectivamente se trataba de José Luis, algo que debe haber percibido porque finalmente nos hemos despedido con ciertas prisas, como si nuestro encuentro se estuviera prolongando más de lo conveniente. Sus últimas palabras aumentaron mi asombro, pues fueron para decirme que “no sabía cuanta suerte tenía de poder vivir en una ciudad tan bonita como Zamora”. Que no está lejos, es cierto, pero que no tiene demasiado que ver con Salamanca. Nos hemos alejado en direcciones contrarias, y creo no equivocarme si afirmo que ambos hemos apretado el paso.

viernes, 8 de septiembre de 2017

AEROPUERTOS



Algunas tardes a última hora me acerco en automóvil al aeropuerto. Se puede hacer por varias carreteras, pero yo lo hago intencionadamente por una pequeña que sobrevive milagrosamente a la invasión de edificaciones de todo tipo que invaden la zona. Alguien me ha dicho que es una antigua carretera nacional que nadie quiere deshacer por asuntos administrativos complicados. A lo largo de ella, que acaba desembocando en la R7, desde donde se accede directamente al aeropuerto, tengo la impresión de sumergirme en el tiempo, cuando de niño paseaba en bicicleta por las inmediaciones de la casa de mis padres, en pleno campo. Ya en esos primeros momentos me invade una honda sensación de melancolía, como si aquellos tiempos que añoro, se filtraran en la realidad trasladándome a un lugar y un momento que nada tienen que ver con los de hoy. Vivo en una ciudad de tipo medio, y por lo tanto el aeropuerto no es muy grande, casi podría decirse que también es de otro tiempo, en el que los acompañantes de los viajeros pueden tranquilamente ver como los aviones aterrizan y despegan de las pistas. Y a eso es a lo que me dedico después de dejar el coche en un aparcamiento que todavía tiene dimensiones humanas. No espero a nadie ni he venido a despedirme de nadie, pero sin embargo, cuando veo a las aeronaves despegando, tengo la sensación que algo mío se va con ellas, aunque en su interior nadie me conozca. Supongo que en esos momentos la melancolía de la que he hablado se apodera de mí, y cuando el avión se aleja, se lleva una parte de mí que siento irrecuperable. Después de todo, me digo, la vida, casi desde el principio es una serie continuada de adioses que nos parecen un tanto incomprensibles. Hace tiempo que no fumo, pero en esos instantes, busco el lugar idóneo para hacerlo, y envolverme en una atmósfera a la que el humo le presta la nostalgia de la niebla que parece envolver mi pasado. Sé que allí mismo hay otros como yo, que solo vienen a formar parte de esta liturgia que al parecer unos cuantos compartimos, como si ello nos hiciera cómplices en esas tardes en las que, poco después, volveremos a casa con el corazón encogido, pero al mismo tiempo con la extraña alegría de habernos puesto en contacto con una parte de nosotros mismos que habitualmente queremos ignorar. Otros días en los que me siento más perezoso, me acerco andando a la estación del ferrocarril donde a esas horas salen los trenes que pronto se perderán en la oscuridad de la meseta, llevando con ellos las lágrimas de una despedida reciente ó la euforia de un destino que se anhela. Paseo por los andenes y suelo acercarme los vagones con menos viajeros. Veo en los gestos y los ademanes de algunos de los que se van cierta resignación, una especie de desamparo, como si fueran conscientes que nada pueden hacer contra el destino, que ahora determina que deben desprenderse de algo que aprecian ó incluso aman. Pasean a lo largo de los vagones ó se arremolinan cerca de la puerta, unos tratando de prolongar el instante, y otros deseando que se produzca ya la despedida. Les miro a los ojos furtivamente, y por un momento me rebelo contra ese desgarro que se produce, ese abandono de si mismo, del que al parecer están hechos tantos instantes de nuestra vida, posiblemente imprescindibles para seguir viviéndola, pero tan crueles cuando se producen. Luego el tren se aleja y se percibe en la mirada de todos, la resignación de lo inevitable, y la tristeza por la pérdida de lo que en el fondo, no se está seguro de recuperar. Luego, paseo un rato por los andenes tratando de empaparme de esa atmósfera especial del lugar, en la que, sin embargo, aquí y allá proliferan voces y miradas que poco tienen que ver con el lugar, como si al tiempo de la evidencia del dolor de la ausencia que se avecina, quisiera imponerse su banalidad. Luego vuelvo de nuevo andando hasta casa, y agradezco que el tiempo haya refrescado, ó incluso que chispee un poco y se haya levantado algo de aire. Mi corazón se siente así más acompañado, como si agradeciera que el tiempo comprendiera mis sentimientos y de alguna forma le acompañara de esa manera.