domingo, 8 de mayo de 2016

A PORTA GAYOLA

Si a estas alturas de la vida tiene usted aún dificultades para imaginarse en situaciones que le hagan estar satisfecho de habitar el ancho mundo, permítame que le diga que estamos aviados. No obstante quizás me he precipitado, porque para ser sincero, no tengo la menor idea de que edad tiene usted, y he dicho lo anterior siguiendo la costumbre de suponer que quien me escucha es mi otro yo, o en todo caso, alguien de mi edad. En cualquier caso, si usted es capaz de leerme se acerca como mínimo a la edad de la razón, aquella en que ya habrá perdido sin duda su inocencia natural y se dejará domesticar como a todos nos sucedió en su día. Es posible, por lo tanto, que ya haya sobrepasado los ocho años, y aún más probable que esté en plena adolescencia, esa edad proclive a la curiosidad, que hace que busquemos con insistencia los misterios ocultos de un mundo que se nos va abriendo. Los libros, y en general la escritura, siempre ha sido un lugar donde husmear a la búsqueda de emociones, que empiezan a surgir en nosotros de forma vehemente acompañadas de ciertas urgencias, por llamarlo de alguna manera. Con toda franqueza le diré que puede usted tener tan solo los mencionados ocho añitos y leerme, que no por eso me voy a cortar. Camino que tendrá usted recorrido sin tener que pasar por el agridulce sabor de la experiencia. Mire usted, a esa edad, yo ya empecé a darme gusto entre los maizales frente a mi casa del pueblo, y ya era recompensado con un calambrillo final, que desde entonces no ha dejado de acompañarme prácticamente todos los días de mi vida. Esa enorme facilidad con que la madre naturaleza nos ha dispensado por el mero hecho de tener manos. Haga la prueba, en cualquier postura no forzada, y verá la facilidad del acceso sin mayores complicaciones.
Hacia los doce años, el pájaro canoro, ya está listo para entonar su canción más bella. Hacia los quince si no recuerdo mal, aquello ha tomado unas proporciones, y no me refiero exclusivamente a las físicas, que nos hacen saber con certeza, que estamos en posesión de un juguete que nos acompañará el resto de nuestros días, y que será nuestro compañero de fatigas. El único además que siempre nos será fiel y vendrá en nuestra ayuda en algunos momentos aciagos de nuestra biografía, acudiendo al rescate de forma infatigable, y con una gallardía inigualable. Cuántas veces hemos sido rescatados, aunque solo haya sido durante unos minutos, de las garras de la desesperación, cuando entre jadeos, hemos visto al ya crecido artilugio entonar su canción más bella y oleosa. Levantar acta de las actividades relacionadas con el instrumento a partir de esos años, sería una labor para la que pocas secretarias se presentarían de forma voluntaria, pues sería un trabajo ímprobo, donde la dactilografía y la estenotipia serían procedimientos demasiado arcaicos para la velocidad requerida. Las poluciones nocturnas, seguidas de un intenso sentimiento de culpa, debido al adoctrinamiento religioso, constituían en aquella época incidentes reiterados, en los que los lamparones formaban parte de los acontecimientos vergonzantes que nos acompañaron algunas tardes de los fines de semana. Usted, si es de otra generación, vaya trazando su recorrido paralelo, pues siendo esta de la procreación, una ley de la naturaleza con tanta ó mayor entidad que la fuerza de la gravedad, estoy seguro que tendrá su equivalente.
Pajas de los veinte años que no tienen nada de compulsivas, ni siquiera de antidepresivas ó terapéuticas, sino debidas exclusivamente a la fuerza bruta de la naturaleza, que nos invade como un Amazonas caudaloso y potente, que por algún lado tiene que descargar la violencia de sus aguas. Pajas monumentales concentrando toda nuestra furia contra la pequeña herramienta, que no tiene más remedio que darse por vencida, y ofrecer al ancho mundo lo único que puede darle, su abundante caudal, capaz en los momentos más ardientes de sobrepasar el pecho e incluso de la cabeza y pasar a formar parte del decorado del cabecero de la cama. Pajas reiterativas desfogando el ardor juvenil y escupiendo en la cama o donde mejor le venga, un furor desatado, al que solo podría poner freno una epicondilitis severa. Esa primera mano que se cuela temblorosa bajo el pantalón y encuentra al que tiene vida propia, dispuesto a recibir las caricias que le son debidas, con el agradecimiento inicial de una tiesura que es su primera forma de manifestarse y demostrar su contento. Gratitud del ente cilíndrico, jamás desagradecido para los que lo manejan con el cariño que necesita, y que encuentra en situaciones estimulantes un lustre que para sí quisieran los limpiabotas. Ya en aquella época se nos hacía evidente, a pesar de las explicaciones en contra, que la anatomía evolutiva podía haber buscado soluciones más simples al hecho del instinto de supervivencia, que dotarnos de un sistema reproductor tan aparatoso. Tardes estivales para no olvidar, en las que uno aprende a apreciar la justeza combinada del ritmo y la intensidad del agarre, que en determinados momentos requerirá el brío del crescendo final de no pocas sinfonías en su cuarto movimiento, y la firme delicadeza con la que se sujeta a un pajarillo en otros interludios para no dañarle, pero que tampoco se nos vaya de las manos. Todo a la espera de ese momento paroxístico que todo lo resume. Época aquella también en que el aprendizaje nos despertaba la inteligencia, y sugería formas que no habrán pasado a la historia de la literatura, pero que seguramente emplearon los que utilizaron las más famosas plumas.
Para empezar, la paja moruna, pasando el antebrazo por debajo del muslo para asir con vehemencia la aguja de marear, y proceder al conocido movimiento de émbolo. Puede resultar fatigosa y solo adecuada para los habituales del gimnasio con tendencias esteticistas, que son capaces de sacrificar la simpleza de lo meramente eficaz, por una dificultad sobreañadida un tanto inútilmente, pero que con la práctica debida, puede ayudarles en la consecución de un bíceps voluminoso. Una advertencia final para estos últimos: deberían dedicar al otro brazo un rato diario de atención con ejercicios compensatorios, sino quieren acabar como una especie de bogavante asimétrico, una boca de la isla (*) ó un Rod Laver del tenis. Una variante sofisticada, es la que en la primera época de la pubertad quien más quien menos, ha dedicado, aunque solo haya sido una vez, a la mosca en la bañera. Ese ejercicio que quien me lea no necesita de más explicaciones, y que consiste en sumergirse en el agua dejando que solo el periscopio sea evidente por encima, al tiempo que una mosca inhabilitada para la aviación, se pasea sobre el mismo frenéticamente al no estar dotada para la natación, produciéndonos un efecto del que ella misma no tardará en enterarse, y que se la llevará por delante a poco que se descuide. Creo que está bastante claro. Luego está la gallarda habitual, que obvio reproducir aquí por demasiado conocida, aunque dentro de su rutina, admite variantes en función de las características del protagonista, pues no todas las pollas son iguales, ni los brazos, las manos ni los dedos. Los de pollón grueso y crecido, tratarán de asirla con la firmeza de un martillo, rodeándola de todos losdedos; los de tamaño medio, alternarán la palma abierta y el efecto pinza entre el pulgar y el índice más el dedo medio, y los decididamente colibríes optarán sin duda por esta última, una vez que hayan aceptado en su caso la inutilidad de la tenaza. Los estudiantes de arte alternarán las posturas, los ángulos de ataque y las inclinaciones, teniendo siempre en cuenta que en un momento dado, en los primeros tiempos tal cosa pretende pegarse a la barriga venciendo todos los obstáculos, como un muelle ó fleje bien tensado. Después llegarán tiempos en que incluso en la cama con la pareja, la mano busque con disimulo al pajarito e intentará darle alpiste, procurando que quien nos acompaña no se dé por aludida, y se ponga celosa inútilmente.
Gayolas que acompañarán toda la vida incluso a los padres de familia numerosa, y que nos harán solventar los malos momentos de toda relación con cierto desahogo, y con las que se nos harán más soportables los suspensos de los chicos ó su mala conducta, cuando empiecen a sufrir la transformación que dio origen a este escrito. No importa cuan delicado parezca el venerable anciano que da de comer a las palomas, sentado a nuestro lado en un banco del parque, ni lo serio e imponente que se presenten ante usted el profesor de Metafísica ó el refinado violinista de la Orquesta Sinfónica Nacional. Todos ellos han dedicado o dedican diariamente un rato a un instrumento, mira por donde que solo se toca en la intimidad, pero que por nada del mundo ignoraríamos. Míreles a los ojos profundamente, y verá que no me equivoco.

ARISTÓTELES

Por la mañana, nada más abrir la puerta de la calle para salir, me asalta una avalancha de ideas nuevas. Hasta ese instante dentro de casa, todo ha transcurrido, sin embargo, con la normalidad habitual, incluso con cierta desgana por mi parte, que me ha hecho transitar de aquí para allá con una lentitud impropia de quien frecuenta el gimnasio, como es el caso. Quizás se trata de que de alguna manera percibo que se avecina unas batallas ya demasiado conocidas. Pero en cuanto salgo y me arriesgo a la disyuntiva de la escalera o el ascensor (vivo en un segundo piso, por eso dudo), el mundo exterior se abalanza sobre mi sin haber sido invitado. Debía estar esperándome agazapado en el rellano.
Por otro lado, no se trata de una invasión originada por los objetos y enseres del lugar, sino por conceptos que solo parecen definirse y tomar forma en ese preciso momento. Por ejemplo, yo no frecuento la filosofía griega, para qué nos vamos a engañar, pero debo reconocer que lo primero que pienso de un tiempo a esta parte es en Aristóteles. Y casi de inmediato en Demócrito de Abdera. Supongo que tiene que ver con el hecho de que de vez en cuando, para compensar los efectos de la crisis y no tener un concepto negativo de los griegos, releo un viejo libro de filosofía antigua que mi hijo abandonó en casa cuando terminó el bachillerato, o como ahora se llame a la enseñanza secundaría. Pero lo sorprendente del caso es que tales pensamientos no me trasladan a las ideas de tan ilustres personajes, sino que en el primer caso, pronto se me vienen a la cabeza María Callas y Jacqueline Kennedy, y en el segundo, Anatolia y Estambul, otrora Constantinopla. No se me escapa que mi mente ha hecho una transposición inmediata de papeles, y ha atribuido el nombre del famoso sabio al multimillonario con el mismo patronímico, que después de todo también tuvo algún tipo de sabiduría, que si afortunadamente no le llevó a enunciar la teoría de las esferas de cristal en la bóveda celeste, sí le proporcionó la cantidad de dracmas suficientes para validar la hipótesis de la erótica del poder, llevándose a la cama sin solución de continuidad, si no recuerdo mal, a la mejor soprano de la historia y a la ex primera dama de los Estados Unidos. “¡Ahí queda eso!” pensaría el tipo mientras las paseaba en uno de sus yates por el mar Egeo o el océano Pacífico. ¡Qué cosas no habrán oído las islas griegas o los mares del Sur de la boca de damas tan distinguidas. Desde los gorgoritos desatados de la diva hasta los secretos más recónditos de la política de EEUU, yacentes ya entonces en un mausoleo del cementerio de Arlington! Se ha comentado mucho al respecto, y hay quien afirma que en ambas ocasiones, cuando el archifamoso naviero griego ponía todo su empeño, obligaba a ambas a que llegado el momento culminante, fueran capaces de emplear sus mejores recursos. En el caso de la Callas, al parecer, la exigía un alarido equivalente a un do de pecho, lo que hacía que la tripulación ocupara sus puestos para la emergencia de “abandono de buque”. Con Jacqueline, a pesar de ser todo más sosegado por la falta de decibelios de su voz, se cuenta de buena tinta que era exigida en otros menesteres casi de igual rango, pues llegado el momento, debía de recitar de memoria el preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos, lo que no por breve deja de ser meritorio cuando se tiene la cabeza en otras actividades.
En cuanto a Demócrito, se trata de un error que por las razones que sea ha arraigado en mi masa gris, y del que no soy capaz de desembarazarme. Tal individuo, que ha pasado a la historia, por así decirlo como el “inventor del átomo”, nació efectivamente en Abdera, ciudad costera de Tracia, en Macedonia, al norte de Grecia, que yo sitúo obstinadamente al otro lado del Bósforo, cerca de Estambul, lo que me lleva de inmediato a ensoñaciones turcas de todo tipo, entre las que destacan el Gran Bazar, La Mezquita Azul y Santa Sofía, para, dando un salto, situarme en Capadocia. De aquí derivo, dadas mis lecturas divulgativas de física, al átomo según la interpretación de Copenhague, lo que hace que al llegar a la calle mi cabeza sea lo más parecido a un confuso amasijo de electrones saltando de órbita en órbita. No sería la primera vez que tengo que volver a casa, pero normalmente suelo vencer al malestar que me invade recordando a Niels Böhr y Alfredo Einstein, aunque este último me dirige inexorablemente a otro Alfredo. El famoso Di Stéfano. Creo que necesito ayuda.

TACONES

No puedo entender lo que sucede ahí arriba, aunque supongo que las razones no deben ser demasiado complejas. Después de todo, hay fenómenos y situaciones muy simples que ignoramos por la sencilla razón de no habernos preocupado en conocer sus fundamentos. En este sentido, y no quiero entrar en detalles y ser demasiado prolijo, es muy posible que mucha gente no sepa la razón por la que, existiendo la fuerza de la gravedad, la luna no se derrumba sobre la Tierra, o por la que al pulsar un interruptor se enciende una bombilla. Por eso digo que la situación que causa mi desasosiego buena parte del día, puede tener una causa de lo más elemental, pero que de momento desconozco las razones. Vayamos de todas maneras por partes. Decir lo que he dicho al empezar estas líneas no se ajusta a lo que verdaderamente he querido expresar, pues no es que no sepa lo que pasa, sino que lo que realmente no sé es por qué pasa. Me explicaré: desde que hace unos meses los nuevos inquilinos han ocupado el piso de arriba, el ruido de unos tacones (o lo que sea) desplazándose a todas horas sobre mi cabeza, está a punto de trastornarme. Creo que así quedan las cosas suficientemente claras. Para tratar de solucionarlo, podría ir al grano directamente y preguntarles el motivo del suplicio chino a que me tienen sometido, pero hasta el momento soy una persona lo suficientemente discreta como para dejar que los acontecimientos se sucedan, y justifiquen por sí mismos lo que acontece, por lo que me he dado un tiempo prudencial para resolver el asunto. De todas maneras, y de buenas a primeras, se me ocurre que la señora del sexto (mi piso, obviamente, es el quinto) usa zapatos de tacón continuamente, por más que a mí me resulte sorprendente que no dé un respiro a sus pies después de torturarlos con unos casi de aguja que utiliza normalmente cuando sale a la calle (en el portal la he visto con ellos varias veces). Esa, a mi parecer, es la posibilidad más factible. Por las razones que sea, eso es otra cuestión sobre la que volveré, ha decidido no cambiarse de calzado al volver a casa, o si lo hace se pone otro de un tipo bastante parecido. De no ser esto así, pudiera suceder, que ya en su domicilio, no utilice el calzado confortable al uso, sino que por alguna querencia o hábito insustituible, se calce una especie de zapatillas especiales con alzas, parecidas a las que utiliza el personal sanitario en los hospitales y centros de salud, una variante de los zuecos, pero más agresivas. Esta segunda opción parecería más lógica, pues andar por casa con zapatos de tacón no debe resultar muy cómodo, ni se le debiera escapar al usuario, a no ser que haya sido informado en otro sentido, que el vecino de abajo no está sordo, lo que diría muy poco del sentido que tiene de la buena vecindad. El primer caso no sería de extrañar, dado que dicha mujer, aunque es joven debe ya andar rondando los cuarenta, y es posible que intente por todos los medios que la tersura de sus piernas y glúteos se prolongue en el tiempo al llegar a esa edad fronteriza, en la que comienzan los temores a la acción persistente de la fuerza gravitatoria (o la curvatura del espaciotiempo, que viene a ser lo mismo). En el segundo, a mi parecer, se trataría de una adaptación bastante ramplona del calzado sanitario, del que ella debe pensar que proporciona algún beneficio en el mismo sentido. O quizás es enfermera, todo es posible. Otras consideraciones en el primer sentido, los tacones de aguja, me sugieren fantasías que sin embargo nunca fueron mis preferidas, pues lo que puede suceder es que, lisa y llanamente, el matrimonio practica la disciplina inglesa (tiene un marido bastante enclenque y con pinta de sumiso), en la que lógicamente ella actúa como ama, lo que justificaría en buena medida su taconeo al trasladarse de un lado para otro, buscando los perfiles adecuados para hacer restallar al látigo sobre las magras carnes del esposo. Me los imagino y me quedo frío, al tiempo que me preocupa, pues estos tipos de perversiones tienen difícil arreglo. De todas maneras, ella, con la altura y formas que tiene, y con la cara angulosa y muy pintada, debe dar miedo llena de cueros y herrajes. Pero es posible que esté exagerando, y que solo se trate de pases de lencería íntima, que el marido la hace probar, para ver que tal podría quedar a sus clientas, suponiendo, claro está, que él sea un comerciante del ramo, aunque aquí podría darse cabida gustos íntimos que ambos comparten, al disfrutar todavía de la fase erótica de su relación amorosa. En último lugar considero las patologías de cualquier género, sobre todo, como es natural, las que afectan a las extremidades inferiores. Quien sabe si el hombre, por ejemplo, tiene aún secuelas de una poliomielitis mal curada a la que da rienda suelta en su casa, después de haber estado todo el día forzando la postura y disimulando. O en un caso más extremo, si ocultan a alguien, un niño tullido por ejemplo, del que se avergüenzan y al que retienen encerrado (para ver que no sería tan raro solo hace falta leer los periódicos). Claro que, en tal caso, el asunto sería más complicado, los infantes en tales situaciones lloran y se hacen oír, y de todas maneras su taconeo no sería tan nítido y bien acompasado. Me mantendré alerta por si surgen otros indicios que aclaren la situación. No quisiera por nada del mundo, no obstante, que tuviera que intervenir la policía. Los vicios ajenos pueden acabar provocando en uno mismo algunos beneficios secundarios que por nada del mundo quisiera perderme.

sábado, 7 de mayo de 2016

SEMÁFOROS

Son las siete de la tarde menos un minuto.
Son las siete en punto de la tarde.
Etcétera.
Debo salir ya si quiero llegar a tiempo. Me gusta ser puntual, y lo seré si el tráfico no es muy intenso y los semáforos no se empeñen en dejarme como un maleducado: he quedado en recoger a una persona que es muy estricta en este sentido. Antes de subir al coche recuerdo con temor que éste tiene a veces sus antojos, y no me refiero al motor, el sistema de propulsión ni las ruedas: eso siempre lo tengo a punto. No. Se trata de variaciones más sutiles que el automóvil es capaz de improvisar cuando por lo que sea no está listo, o considera que hay razones objetivas para no llevarme donde, en su opinión, no se me ha perdido nada. Se trata de fallos en el depósito de gasolina o en los niveles de aceite, agua o líquido de frenos, que él es capaz de manejar a su antojo, supongo que por vías ordinarias o a través de espiches que desconozco, y que de suceder en esta ocasión, me estropearían la velada.
Logro por fin arrancarlo después de algunos titubeos en la marcha atrás. Debe finalmente haberse convencido, posiblemente por mi empeño con el starter, que me interesaba mucho ir al teatro. Tenemos un tipo de comunicación subliminal mediante la cual llegamos con frecuencia a ponernos de acuerdo, aunque nuestras opiniones sean muy diferentes. Por ejemplo, poco antes de arrancar le dije (sin decirle) que no ir me supondría perderme una función que había estado largo tiempo esperando y, por si fuera poco, que las butacas me habían costado un ojo de la cara. Durante el camino, para demostrar finalmente su voluntad de complacerme, me llevó casi siempre por encima del límite de velocidad en población, e incluso en los semáforos fue temerario, pues se saltó tres en ámbar y dos en rojo, uno en plena Castellana. Recogimos sin dificultades a mi amiga María Antonia y ya en la zona donde está el teatro, por detrás del café Gijón, no tuvo inconveniente en detenerse en pleno paso de cebra y quedarse allí esperándonos. A pesar de ser muy tozudo, es muy fiel aunque tenga opiniones que no siempre comparto, y en esta ocasión se arriesgó a ser multado para que no me perdiera la función de la que tan encomiásticamente me habían hablado. Sabe en buena medida que de su actitud depende mi formación como futuro autor teatral (creo que se lo sugerí alguna vez), de quien indudablemente debe pensar que podría sacar algún beneficio, aunque no puedo adivinar cual.
Ya dentro de la sala, llegamos por los pelos, el público parecía impaciente e incluso un poco histérico, pues a pesar de que no todas las críticas coincidían en la valoración de la obra (las había rematadamente malas también), resultaba evidente que era una de las “que había que ver”, una mezcla, si tal cosa es posible, de Valle Inclán, y Harold Pinter. Y Alfonso paso, decían ¡Válgame el cielo! La función constaba de tres actos de poco más de media hora cada uno, con descansos entre ellos de cinco minutos, durante los cuales no se encenderían las luces y el público debía permanecer en sus butacas, pues tal cosa se hacía para cambiar el decorado detrás del telón, y que –según especificaban los folletos- el público pudiera tomar conciencia de lo que acababa de presenciar. Al levantarse el telón para empezar el primer acto, podía verse el salón de una casa de un bloque de pisos, en el que una señora de mediana edad (ya no cumpliría los cincuenta), tocaba el piano delante de una librería cargada de volúmenes viejos y enciclopedias. En el lado derecho había un aparador descomunal repleto de cubiertos y diferentes tipos de vajillas, y en el izquierdo un tresillo frente a una televisión minúscula. La mujer, tras mirar inquisitivamente al patio de butacas dando la impresión de reprochar algo al público, atacó una serie de piezas que podían ser de Liszt o Chopin (pero que finalmente resultaron ser de Schubert y Rachmaninov, según se hacía constar en el programa) con una mezcla de brío e indolencia, que esporádicamente interrumpía para gritar “¡no lo entiendo, no lo entiendo!”, lo que solía coger a los espectadores desprevenidos y hacía que nos mirásemos con cierta perplejidad. Poco antes de terminar el acto, y tras una de las extemporáneas exclamaciones de la pianista, se oyó un solo de trompeta procedente de las candilejas.
Durante el primer descanso la gente permaneció en silencio solo interrumpido por algunas toses y comentarios en voz baja, de los que en mis proximidades solo pude captar “…pues tú me dirás”, que ya me dio una pista. En el segundo acto, el escenario era prácticamente el mismo, con la variación de que el tresillo y la televisión habían intercambiado su lugar con el aparador. En el lugar de la pianista ahora podía verse a un señor con una trompeta que a los pocos instantes, tras mirar al público en plan desafiante, interpretó una serie de solos con una intención no del todo clara, pero con una potencia, eso sí, que hizo que algunos asistentes del patio de butacas abandonaran la sala con cierta precipitación. Poco antes de terminar, al igual que en el acto anterior y después de que el trompetista volviera a exclamar por última vez “¡pues todo está muy claro!”, se escucharon unas notas de piano en off, algo que hizo que el público rebullera impaciente en sus butacas. En el segundo descanso, los comentarios se hicieron ya más evidentes, y pudieron oírse algunos silbidos acompañados con aplausos y chitones. El tercer acto consistió en una especie de repetición de los dos anteriores, en el que los protagonistas situados en principio a cada lado del escenario interpretaban las mismas piezas y acababan juntándose en el centro, siendo muy celebrada, según pude comprobar mirando a mi alrededor, la maquinaria que hizo posible tal cosa para mover el piano de cola (se oyeron algunos aplausos). Después de caer el telón, durante unos segundos se oyó al piano y a continuación la trompeta, tras lo cual se hizo evidente que la función se había terminado, aunque los protagonistas ni siquiera salieron a saludar, algo que, por la trifulca que se organizó de inmediato, yo interpreté como una medida de prevención. Cuando ya todos nos disponíamos a abandonar el recinto, la misma voz que al principio dio las normas para el desarrollo de la función, concluyó por los altavoces algo que desde luego yo interpreté como una sentencia cargada de moralina auto justificativa: “amigos espectadores: no hay nada irreconciliable cuando la voluntad de entendimiento es firme”. A continuación se encendieron todas las luces y pudo oírse a todo volumen “La consagración de la primavera” de Stravinsky, entrecortada por los pasajes más delirantes y atonales de “Noche transfigurada” de Schönberg. Milagrosamente pude esquivar una butaca y dos banquetas que volaban hacia el escenario.
Al salir del teatro, María Antonia no me dirigió la palabra ni quiso cenar conmigo, y tuve que llevarla a su casa en taxi. Mi coche había desaparecido con alguna de sus famosas extravagancias, entre la que no era la menos probable haber ido al Depósito municipal de vehículos a motor. O haber sido conducido hasta allí, claro está.
Son las diez y media de la noche menos un minuto.
Son las diez y media de la noche en punto.
Etcétera.

TRITONES

Somos un matrimonio ejemplar, o una pareja si se quiere, ya se sabe que hoy en día hay que tener mucho cuidado con las denominaciones que damos a las cosas, no vaya a ser que alguien se sienta discriminado. Pero bueno, en nuestro caso lo cierto es que nos casamos hace ya más de cuarenta años por la iglesia, como entonces era costumbre, y nos ha ido bastante bien así. A los efectos que aquí interesan, como pronto se verá, no hubiera importado que fuéramos gays o lesbianas, pues lo nuestro se trata de características que todo el mundo puede compartir con independencia de su opción sexual. Dije que éramos una pareja ejemplar, ciñéndome al concepto común que tiene mucha gente de quienes no solo se llevan bien, sino que disfrutan juntos de gran parte de sus actividades y aficiones. Para empezar, y este es el quid de lo que sigue, como pronto se verá, somos dos seres especialmente acuáticos, y que nadie se confunda, no somos peces, sino que tenemos una afición que me atrevería a calificar de desmedida por el agua, sin ser Paco un tritón ni yo, que me llamo Laura, una náyade ni una sirena. Nos conocimos en la playa, como no es difícil de imaginar dicho lo anterior, y precisamente dentro del agua, más allá de las olas, que ya se sabe que en la costa asturiana es corriente que rompan con cierta dureza. Posiblemente nos habíamos metido en el agua más allá de lo aconsejable, aunque en aquella época los vigilantes brillaban por su ausencia en aquel tipo de playas, y aquella era poco más que una cala. Sin ni siquiera hablar a pesar de la proximidad, pronto supimos que estábamos hecho el uno para el otro, y si no eso, sí que teníamos unas afinidades que no nos pasaron desapercibidas desde ese mismo momento. Antes de acercarnos, ambos estuvimos gozando de la situación al realizar todo tipo de cabriolas, empezando por la plancha como punto de partida y siguiendo con diversos estilos, sobre todo mariposa y delfín con y sin tirabuzón, por encima del agua. Paco era mejor que yo, debo reconocerlo, pero también estaba más entrenado y era lo lógico. Cuando por fin nos reunimos sobre la arena, casi ni nos dirigimos la palabra, pues se hizo de inmediato evidente que queríamos componer a dúo unas cuantas figuras de las que más tarde se harían famosas con la selección nacional de natación sincronizada. Se puede afirmar que del agua salimos prácticamente novios sin necesidad de más parlamentos, y nos casamos a finales del verano en Ribadesella. Mi familia puso algunos peros al principio, pero desde que se enteraron que Paco era ingeniero naval y tenía un puesto de dirección en la Bazán, se les acabaron todas las objeciones. Nos casamos en una ermita cerca de la costa, y al terminar la ceremonia nos dimos un baño con los trajes de novios puestos (algo aligerados para decir toda la verdad, pues en mi caso con la cola del vestido y el velo no hubiera sido capaz de hacer otra cosa que el muerto). Nos fuimos a vivir a Ferrol, y todos los años visitábamos la ermita de San Andrés de Teixido (ira de morto o quen non foi de vivo) para rememorar el aniversario de nuestra boda. Con los años nuestro renovado chapuzón en tierras gallegas se hizo famoso e incluso llegó a figurar en el folleto turístico de la zona. Yo pronto me quedé embarazada, y ni que decir tiene que Julito vino al mundo mediante un parto dentro del agua, que ambos considerábamos por aquel entonces mucho más sano y adecuado, sin tener que pasar de la humedad y confort de la placenta al secarral de Madrid en pleno agosto, que es donde di a luz por un antojo de la familia política que no vamos a remover aquí. La verdad es que el pequeñín era un bebé maravilloso, en el que Paco y yo pronto vimos las trazas de un futuro campeón de natación, aunque si debo ser totalmente honesta, también tengo que confesar que durante un tiempo me pareció adivinar en el unos rasgos un tanto sorprendentes, pues los ojos, siendo de chinito, como suele ser normal en niños muy pequeños, persistieron en su forma durante un tiempo en el que casi vuelvo a recuperar la fe, y pedirle al Altísimo que por nada del mundo consintiera que acabase convertido en un congrio. Nuestra afición al agua no hizo más que crecer con el paso de los años, y cuando quisimos darnos cuenta Paco y yo ya nos habíamos convertido en hidrofílicos, incapaces de estar mucho tiempo lejos del líquido elemento. Hasta llegamos a preocuparnos cuando al bañar por las tardes a Julito solo lo sacábamos de la bañera cuando el pobre ya tenía la tiritona y estaba todo arrugadito. Afortunadamente nos dimos cuenta a tiempo y nos pusimos en manos de un terapeuta especialista en este tipo de dolencias, lo que de todas maneras no impidió que poco después nos hiciéramos testigos de Jehová: el bautismo por inmersión se nos hizo imprescindible. Nuestras vidas transcurrían sin embargo con la tranquilidad que suele ser habitual en las familias de clase media de provincias, bien es cierto que en nuestro horario cotidiano no podía faltar la visita a la piscina y las duchas y abluciones a granel. Éramos los últimos en abandonar el recinto deportivo municipal, siempre en compañía de nuestro adorado Julito, que a veces se quejaba de que no tenía tiempo para terminar los deberes, algo que su padre o yo misma solucionábamos a toda prisa antes de meternos en la cama. El tiempo transcurrió con la rapidez que todos los viejos le suponen, una vez que han llegado a una edad donde se hace evidente que resulta mucho mas sencillo mirar hacia atrás que hacia adelante, más si cabe en una tierra como esta donde abundan los vendavales y las tormentas debidas a las bajas presiones del Atlántico, que enseguida se nos echan encima. Esto es algo de lo que nunca dejamos de dar gracias a Jehová, pues dada nuestra querencia líquida, siempre hemos podido disfrutar de un clima para nosotros ideal, incluso, como bien saben los turistas en pleno verano. Siempre nos ha tenido sin cuidado las críticas de nuestros vecinos y allegados, incapaces de comprender nuestra afición al mundo de Tales de Mileto (*), y aunque hemos tenido que soportar situaciones bastante tensas y violentas, hemos salido adelante orgullosos de nuestros impermeables, katiuskas y gorros marineros. Uno de nuestros mayores placeres lo han constituido las tardes en las que en compañía de Julito (no tuvimos más descendencia), salíamos a la calle con paraguas y lloviendo a mares, y recordábamos la famosa escena de “Cantando bajo la lluvia” cogidos de la mano. Hasta el mismísimo Gene Kelly se hubiera muerto de envidia si nos hubiera visto. La vida, pues ha sido generosa con nosotros, y nos ha dado lo que más deseábamos. No hemos sido campeones de natación y ni siquiera fuimos convocados por la Federación para los campeonatos de Galicia, pero hemos contado con la cercanía de un mar pródigo en marejadas que nos ha dejado con frecuencia el regalo de sus aguas desatadas en los muelles, pantalanes y espigones de todos los puertos gallegos que hemos visitado cuando la ocasión era propicia. Julito se independizó hace tiempo de nosotros y se casó con una chica de la tierra también muy aficionada a los meteoros acuosos, y en la actualidad vive el La Coruña, de donde dice que le tendrán que sacar con los pies por adelante, a no ser que el índice de pluviosidad de su nuevo destino fuera igual o mayor del que tan felices nos ha hecho hasta ahora.
(*) Famoso matemático y filósofo griego, que además de ser conocido por cualquier alumno de bachillerato por sus celebérrimos teoremas de geometría, afirmaba que el agua es el elemento primordial de todo lo creado.

EL CORONEL ENANO

Del coronel enano lo que más llamaba la atención de inmediato era efectivamente su estatura, algo que como bien se comprenderá no es de extrañar, acostumbrados como estamos a los héroes militares de ciertas películas, en las que suelen ser interpretados por galanes ya otoñales pero de planta gallarda y, desde luego, una alzada por encima de la media. Si, sin embargo, se piensa en ello con cierto rigor, se verá que las razones no se encuentran en la supuesta idoneidad para el cargo de los buenos mozos, sino en que suelen quedar mejor desde el punto de vista estético en los desfiles y rituales del gremio, algo muy frecuente en cualquiera de los tres ejércitos (o los cuatro si hablamos de estados Unidos y contamos con los Marines).
El coronel Gutiérrez, repito, sorprendía rápidamente por una altura que no debía llegar al uno sesenta, algo que alejándole de los enanos por un margen suficiente, sí apuntaba cierta tendencia, a lo que colaboraba sin duda una cabeza gruesa y unas piernas zambas que lo emparentaban. Sin embargo, poco después de entrar en contacto con él, uno se sentía impresionado por un carácter que para nada hacía recordar al de un disminuido, sino, bien al contrario, al de una persona imbuida de una seguridad en si mismo sobresaliente, y una inteligencia y aplomo fuera de lo habitual. Se podría pensar de buenas a primeras que su conducta autosuficiente y un tanto engreída, no era sino una táctica para camuflar un complejo muy arraigado en su interior debido a sus hechuras, pero un trato habitual con él pronto alejaba esa idea de la cabeza. Era un tipo con unas cualidades profesionales destacadas, y además, un hombre culto en áreas que dejarían perplejo a quien quisiera solo verlo como un soldado distinguido pero medio analfabeto.
El hecho fue, en cualquier caso, que siendo yo teniente, quiso el azar que coincidiera con aquel hombre, que pasó de buenas a primeras a ser el coronel de mi regimiento. Yo, encuadrado en una de las compañías del segundo batallón de la unidad, no tenía habitualmente ningún contacto con él, a no ser en los momentos en los que, por circunstancias debidas al servicio, su presencia era lo natural, como, por ejemplo, en determinados ejercicios en el campo, o la instrucción de orden cerrado previa a algún acontecimiento que debíamos preparar con días e incluso semanas de antelación. En ellos, el coronel enano solía hacer su aparición de una manera inesperada, algo que en principio yo atribuí a una de las prerrogativas debidas a su categoría, pero de lo que pronto alguien me desengañó, puntualizando que se debía a su tendencia innata a aparecer cuando menos se le esperaba, tratando de esta manera de sorprender a las unidades en algún renuncio, para meter mano de inmediato a sus mandos.
Era pues, independientemente de sus escasos centímetros, un tipo de armas tomar, con quien había que andarse con pies de plomo, pues tenía un concepto de la autoridad especialmente basado en el criterio de la cantidad de arrestos impuestos por unidad de tiempo. Con estos antecedentes, y siendo yo en esos momentos un estudiante por libre de sociología, me empeñé durante cierto tiempo en realizar un seguimiento de aquel individuo, en cuyas manos estaba mi vida en aquellos momentos, y si no mi vida, ya que los fusilamientos no eran ya en ese momento la norma, sí mi integridad física y psicológica en buena medida. Aprovechaba los momentos libres que tenía para acercarme al bar de Oficiales o las instalaciones del Mando y Estado Mayor, para acercarme a él con discreción, y observar con el mayor detalle posible su comportamiento.
De esta manera pude darme cuenta de ciertos aspectos, que es posible que pasaran inadvertidos para el resto del Regimiento, pero no para mí, que sin que se diera cuenta, pasé a convertirme en una especie de sombra que le acompañaba subrepticiamente a todas partes. Con independencia de la verificación de su escasa estatura y mal café, saqué algunas conclusiones que creo deberían figurar en cualquier ensayo de malos hábitos de la profesión, o en todo caso, de la ineptitud para el desarrollo consecuente del principio de autoridad (que, en su caso, nada tenía que ver con el “imperativo categórico” de Kant). Con tal motivo, a través del conducto reglamentario, acabé solicitando que como teniente más antiguo y de mayor estatura de la unidad, se me encargara de la instrucción y supervisión de la escuadra de gastadores regimental, lo que se me concedió, y me permitió pasar mucho tiempo en las proximidades de tan original personaje. Una de las primeras cosas que pude confirmar, es que llevaba alzas, aunque tratara de disimularlas a base de confundir el color negro de la goma de los tacones con el del mismo color del cuero de los zapatos, con lo que me quedó claro que con aquel hombre tuvieron que hacer la vista gorda en el examen de ingreso en la academia, pues resultaba evidente que no daba la talla mínima.
Mi trabajo de campo, si tal puede llamarse a mi estudio sobre el terreno de Gutiérrez, abarcaba un mínimo de una hora diaria, ya que la escuadra de gastadores se ubicaba en las proximidades de su despacho, del que salía con frecuencia a echar un rapapolvos al primero que se le pusiera a tiro, especialmente al 2º Jefe y jefe del Estado Mayor, en mi opinión porque era una persona con mejor aspecto, alto y nada cabezón. Estuve encargado de la escuadra de gastadores durante seis meses, en los que tuve tiempo a llegar a ciertas conclusiones que expongo a continuación.
En mi opinión, el coronel enano padecía una suerte de neurosis obsesiva, que le hacía actuar siguiendo determinados impulsos irrefrenables, y que eran los siguientes: afán desmedido por la limpieza, fijación por la simetría y amor la redundancia, que paso a detallar más ampliamente. Sobre la limpieza, lo primero que hay que reseñar es su aspecto más que pulcro, pulimentado, como si acabara de salir de un lavavajillas con abrillantador, a lo que colaboraba un uniforme siempre impecable, recién planchado, con el que debía tener muchos miramientos al sentarse y levantarse, e incluso al caminar, doblando poco las rodillas, y dando la impresión de estar envarado o padecer de artrosis. Quizás exagero, pero, por otro lado, nadie podrá desdecirme de la impresión sorprendente que causaba su escaso pelo, teñido en tonos caoba e ineludiblemente cargado de brillantina, que aproximaba su aspecto a la de un personaje de vodevil.
De todas maneras, con ser importante, no era esto (ni siquiera añadiendo el exquisito cuidado que tenía en llevar los zapatos refulgentes y las uñas con manicura), lo más sobresaliente de su obsesión por la limpieza, sino el hecho de no admitir nada que ni remotamente pudiera recordar a un lugar habitado por seres humanos normales y corrientes. Baste, como ejemplo, el hecho de que el cuartel era pintado una y otra vez sin solución de continuidad, pasando del esmalte a la pintura plástica y el enjalbegado según las zonas de que se tratara, y los suelos barridos cada quince minutos mediante los métodos habituales de escoba y fregona. Y bimensualmente tratados con pulidora y abrillantadora los de loseta, y encerados a fondo los de parquet en las zonas nobles, además de una desinfección y desinfectación trimestrales.
Le molestaba hasta límites difícilmente imaginables, que los útiles y enseres de limpieza no fueran asimismo limpiados exhaustivamente. Por ejemplo, la presencia de más de dos colillas en un cenicero, le costó a un oficial de guardia una reprimenda sangrienta, librándose de un arresto disciplinario por un ataque de tos que tuvo a Gutiérrez convulso durante diez minutos, dado el esfuerzo realizado al gritar al oficial lo inadecuado de su conducta. Puede parecer de nuevo una exageración, pero quizás colabore a dar credibilidad a mi relato el hecho de que el día que me presenté ante él para despedirme, y no serían más de diez minutos los que me mantuvo en su despacho, salió tres veces a los aseos para lavarse las manos (lo noté porque cada vez que volvía se las venía sacudiendo: las toallas, incluso propias, debían inquietarle). Otro de los aspectos que aquel periodo en sus proximidades me permitió certificar, fue, como se dijo más arriba, su inusual tendencia a la sobrevaloración de la simetría, algo que se hacía evidente en su exigencia de que fuéramos rapados casi al cero, y que ni un pelo sobresaliera más que otro por debajo de la gorra, ya fuera en el interior del recinto regimental o en el campo. En cierta ocasión, en plena comida de confraternización con otros ejércitos después de una maniobras conjuntas, ordenó al capitán Peláez que fuera a peinarse de inmediato (se trataba de un tipo agitanado con un pelo fosco y rebelde de difícil doma). En la uniformidad también se hacía evidente su querencia por la simetría, exigiendo a todo el mundo un trato parejo a ambas partes del uniforme, hasta el punto de vigilar que nadie llevara las estrellas o los galones en la bocamanga o las hombreras, disparejos. Asimismo se sabía que veía con buenos ojos (no podía exigirlo) que nadie llevara distintivos o condecoraciones en un lado del uniforme, y en ese sentido él mismo daba ejemplo, y excepto en actos estrictamente oficiales, jamás se colocaba las medallas o los pasadores que le correspondían. En este sentido, puede afirmarse su tendencia a ver el mundo como un lugar compuesto exclusivamente por líneas rectas. Posiblemente era de la opinión que las curvas lo complican todo y exigen el empleo de una geometría y trigonometría mucho más complicadas. Aunque poco creíble, redujo a escombros parte de la muralla del cuartel, que albergaba una hornacina ovoidal con una escultura de la patrona del cuerpo, y lo convirtió en una especie de casamata rectangular, donde, siendo muy devoto, mandó construir otra hornacina cúbica con la virgen susodicha. Era un ser euclidiano: quizás solo se trataba de eso.
El último aspecto reseñable en el coronel enano era, como dije con anterioridad, su desmedida afición a la redundancia, de la que daré solo unos ejemplos. Como ya se dijo antes, su obsesión por la limpieza, hizo que poco después de tomar el mando, el acuartelamiento se viera invadido por toda una colección de objetos cuyo fin era tratar que todo permaneciera inmaculado, especialmente a base de papeleras y ceniceros. Algo, después de todo lógico en quien pretendía que aquel lugar permaneciera más limpio que una patena, pero que podía empezar a chocar cuando sobre cada uno de tales cachivaches hacía escribir el objeto de su cometido. Es decir, sobre cada una de las papeleras estaba escrita la palabra “papelera”, y en uno de los lados de cada uno de los innumerables ceniceros había un letrerito con la palabra “cenicero”. En resumen: la forma y ubicación del objeto no le parecía suficiente. También mandó instalar un buen número de escupideras, que solo retiró a instancias del Comandante Médico, al decirle que aunque la tuberculosis y las afecciones pulmonares eran aún frecuentes, tal hecho no haría sino empeorar las cosas. Incluso en un momento determinado ( y esto enlaza con el primer punto tratado aquí), ante la llegada de ciertos fondos imprevistos para la unidad, encargó una remesa de maquinas limpia-calzado, que instaló en varios lugares estratégicos cerca de la zona donde formaba el personal franco de servicio para salir a la calle, pero que inesperadamente aparecieron cierto día por la mañana totalmente destrozados, sin que, sorprendentemente, el coronel Gutiérrez reaccionara en absoluto (las malas lenguas dijeron entonces que la empresa que le vendió los aparatos –y encargada de sustituirlos- pertenecía a su cuñado, algo que haría la situación más comprensible).
El coronel enano era, como creo que ha quedado demostrado, un personaje singular, que si bien era difícil de tratar con indiferencia, introdujo en nuestras vidas una capacidad por la que es posible que algunos tengamos que estarle agradecidos, por ejemplo, la de inventarnos estrategias para desaparecer en los momentos en los que nuestra vida corre peligro o presente determinados riesgos que no merece la pena soportar. De todas maneras, el día que ascendí a capitán y fui destinado a una batería de costa en Lugo (sobre esto escribiré otro día), me recibió, como dije más arriba, en su despacho y estuvo bastante cordial conmigo, independientemente de que su discurso se viera con frecuencia interrumpido por su compulsión a lavarse las manos cada tres minutos, o echar un rapapolvos inmisericorde a su segundo jefe. Durante ese tiempo, para mi perplejidad me dijo que estaba perfectamente al corriente del estudio al que le había sometido, y que quería darme las gracias, pues nunca nadie le había hecho tanto caso ni le había hecho sentirse tan importante, algo que me agradecía con independencia de mis conclusiones, porque estas le tenían absolutamente sin cuidado, “dada la vigencia en nuestros días de Napoleón” (sic). En esos momentos para despedirse me alargó la mano, y pude ver en sus ojos una cierta mirada de complacencia y sorna. Era evidente que el coronel enano pretendía que no le olvidara e intentaba que me llevara un recuerdo diáfano de aquel instante y mi estancia en el regimiento, pues cuando solté su mano era evidente que también la mía estaba chorreando.

jueves, 5 de mayo de 2016

VÍCTIMAS

La víctima sintió que nada era lo que le había parecido hacía apenas unos segundos. Había sido alcanzado por los disparos, y, tirado en el suelo, percibió de repente el mundo de una manera que, en sus circunstancias, no le parecía razonable. Tuvo entonces la certeza de que pronto iba a morir, y no obstante, le embargaba una sensación idílica de paz, como si en ese brevísimo transcurso del tiempo, su mente hubiera sufrido un cambio incomprensible. El frío en el bosque era intenso, y se hallaba tumbado sobre la nieve, pero tales hechos no le afectaban para nada: tenía la sensación de hallarse en un lugar apacible y acogedor. Supuso que los disparos debían haberle alcanzado en algún lugar de la cabeza y afectado a una zona importante del cerebro, desconectando de inmediato su sistema nervioso o algo parecido. Incluso se sentía relajado, como si en esos momentos estuviera disfrutando del verano en una playa cerca de los árboles, entre los que podía ver al sol en lo alto, brillando en el azul del cielo. Sentía correr sobre su frente y deslizarse por sus mejillas un hilo grueso y oscuro de un líquido que le llegaba hasta la boca, y supuso que era su sangre, pero, al probarla, tuvo la sensación de ser una agradable mezcla de vino amontillado, vainilla y miel. Pronto pudo ver cerca de sus ojos el cañón de una pistola apuntándole, y tuvo entonces la certeza de que iba a morir de inmediato; después vio la cara del verdugo detrás de un brazo extendido, y comprendió que le iban a rematar. Tuvo tiempo sin embargo de mirarle a la cara, contraída con una mueca de horror, como si no quisiera ver lo que estaba haciendo. Lamentó no llegar a decirle que no se preocupara: a él le parecía un ángel.
Al verle desaparecer tras la escollera, para tranquilizarme, me aferré a la imagen de mi amigo cuando poco antes paseábamos tranquilamente por el paseo marítimo. Era un tipo encantador cuya compañía siempre me resultaba grata. Hablaba poco, eso es cierto, pero hasta entonces me había escuchado con suma atención, como si verdaderamente estuviera muy interesado en lo que le estaba contando, e incluso reflexionara seriamente sobre ello. No daba para nada daba la impresión, tan habitual en muchas personas, que cuando hablas con ellas se desentienden casi de inmediato de lo oído, y te cuentan lo primero que se les viene a la cabeza.
Por eso me sorprendió cuando, poco antes de llegar al muelle, enmudeció totalmente y empezó a mirar hacia otro lado, como si estuviera buscando algo con cierta urgencia, ajeno totalmente a lo que le estaba contando. Se trataba sin embargo de un asunto grave, pues resultaba que mi hijo pequeño, Juanito, de apenas seis años, había sido intervenido pocos días antes de una apendicitis, y en las últimas horas el postoperatorio se había complicado. Yo me quedé un tanto sorprendido, pues su conducta no era en absoluto la habitual, que como dije más arriba, era la de una persona afectuosa y comunicativa. Por si lo dicho fuera poco, ya cerca del final del muelle aceleró el paso y se distanció claramente de mí, que me vi obligado a levantar la voz para contarle los últimos detalles de la visita del médico aquella mañana. Pero ni por esas. Acabé gritándole la posibilidad de una septicemia, cuando inesperadamente cogió carrerilla y se lanzó al agua desde lo alto, desapareciendo poco después detrás de la escollera con un crawl elegante y fluido.