viernes, 7 de noviembre de 2014

CORAZONADAS

Me costó bastante tiempo decidirme, pero una vez que lo hice supe que ya no habría vuelta atrás. Y no la habría no porque fuera físicamente imposible, sino porque en mi interior tenía el convencimiento de que no me quedaban fuerzas para intentar otra cosa. Soy lo que en plan pedante se llama un intelectual, algo que, sin embargo, asumo con orgullo porque es a lo que me he dedicado toda mi vida. Me refiero a la cultura, la razón, la argumentación, todo lo que nos distingue con claridad de un animal strictu senso, al que nunca se le ha sorprendido leyendo o escribiendo una novela, dicho sea esto con todo mi respeto por los toros de lidia, los artrópodos o las gallinas, por decir algo. Y por los bonobobos, por poner un ejemplo más próximo, según dicen los evolucionistas. De los perros en concreto no hablaré para no herir ciertas sensibilidades muy a flor de piel con estos animales, que siempre me han caído tan bien.
     Trasladarme al desierto de Almería con mi mujer y los cuatro trastos que teníamos no iba a ser fácil. Quiero decir con esto, que vivir en pleno centro de Madrid (en un ático de la calle de Serrano, para ser más exactos) y mudarse a un terreno pedregoso, donde el mero hecho de andar con cierta soltura suponía casi una hazaña, no era en principio nada agradable. Hacía falta una voluntad decidida, pero sobre todo una desesperación notable que lo aconsejara. Y ese era mi caso, y al final lo hice. Ana se alojó en un hotel cerca del puerto de la ciudad, donde por aquella época también lo hacían con frecuencia los actores de los famosos spaghetti westerns, tan de moda entonces; al menos allí podría entretenerse mientras tierra adentro, yo me intentaba sacar adelante mi locura. Había heredado de mi padre una buena cantidad de dinero, una fortuna si debo ser sincero, y no se me ocurrió nada mejor que adquirir unos terrenos y construir un hotel en el desierto de Tabernas, remedando las construcciones de Capadocia, donde había vivido una temporada muchos años atrás rodando una película cuando me dio por el cine.
De hecho, mi intención era construir un complejo hotelero que comprendiera al propio hotel y una zona recreativa, en la que los clientes pudieran disfrutar de varias instalaciones, con el plato fuerte de un paseo de tres horas por las inmediaciones en camello, caballo, pony o burro, a voluntad. La flora y la fauna del lugar no es que fueran especialmente llamativas o únicas, pero sí interesantes, y siempre se podrían mejorar tiempo adelante introduciendo algunas variedades exóticas. Ya se sabe que los turistas convencionales están mucho más dispuestos que los ecologistas para admitir estas extravagancias, y esperaba que por su propio interés, el ayuntamiento de la pedanía más próxima me apoyara. Finalmente, si las cosas iban bien, podría añadir una réplica (a  escala, claro está), de Santa Sofía, La Mezquita Azul y el Gran Bazar de Estambul. Desde luego desde un principio se construiría una zona de recreo adosada al hotel, con piscina, y en la planta baja del mismo una zona comercial, con spa incluido, si la demanda de plazas empezaba a requerirlo. Claro que la idea básica no era construir un resort gigante, pues la oferta, dado el entorno, iba dirigida principalmente a un público con recursos pero con veleidades ambientales y naturistas, al que le preocupara el respeto al entorno y la conservación del medio natural. En cualquier caso, no era descartable tener previsto una modesta flotilla de furgonetas y jeeps para llevar a la playa (a 20 kms) a los voluntarios, que dado el calor asfixiante en la zona en la temporada alta, no serían pocos. Por supuesto que quienes quisieran quedarse tendrían, como ya se ha dicho, una piscina con todas las instalaciones precisas para que no se sintieran de repente en pleno desierto (que era la pura verdad). Para las tardes, después de la cena, sería conveniente contar con algún conjunto de música en directo de cierta calidad, para que los residentes antes de retirarse tuvieran al crepúsculo la impresión de encontrarse en un lugar mágico que no desmereciera de las dunas del Sahara, o de los desiertos de Arizona que hicieron famosos John Ford. Pero sin cactus y con aire acondicionado a mano, claro está. Nunca se debe olvidar que los viajeros, vayan donde vayan, siempre lo hacen acompañados de una buena dosis de sugestión que les facilita imaginar lo que desean por encima de la cruda realidad.
En cualquier caso, el elemento fundamental era el propio hotel, que constaría en principio de cinco edificaciones del tipo de las de Capadocia, como dije más arriba, dos de ellas aprovechando la propia orografía del terreno, y por lo tanto, prácticamente cuevas (que deberían excavarse), y las otras tres construidas sobre el propio terreno, imitando la formas de las de Anatolia, con material rústico como las de adobe castellanas, convenientemente reforzado y enjalbegado. Cada una de ellas constaría a su vez de cinco habitaciones independientes con un espacio común recreativo, con televisión, juegos de azar y una pequeña biblioteca con libros de viaje y aventuras. Nada de filosofía ni autores rusos del diecinueve, que llevaran a los huéspedes a interrogarse por el sentido de su existencia e inducirles a abandonar el lugar de inmediato, o a quedarse dormidos al cabo de poco rato.
Las obras, a pesar del buen ritmo que impuso la empresa constructora, duraron cerca de dos años, durante los cuales yo estuve prácticamente siempre presente, pues lo que no quería bajo ningún concepto era que me hicieran cualquier faena de las que son normales en estos casos. Mi mujer, con los avatares que más adelante detallaré, estuvo casi siempre en Almería aprovechando el sol y buen tiempo habitual en esa costa durante todo el año, aunque cuando las cosas se ponían feas y el Mediterráneo no hacía honor a su fama, se quitaba de en medio una temporada y se iba a Madrid a casa de Teresa, una amiga de toda la vida a la que consideraba verdaderamente como una hermana. Habían estudiado juntas en el Pilar, y era por lo tanto unas verdaderas pijas en el sentido habitual que hoy en día suele darse a ese adjetivo. Gente de buena familia, con recursos (no era el caso de Ana), y que se considera por encima de la media, e incluso “por encima de la media de la media”, valga el juego de palabras. Cuando esto sucedía, yo iba a verla en avión desde Málaga, aunque en algunas ocasiones me quedaba por la zona remoloneando, e intentando buscar algún apaño que me resolviera el vacío del fin de semana, cosa no tan difícil si se tiene en cuenta la población extranjera que se han quedado allí definitivamente (especialmente ingleses y alemanes). En general se trataba de jubilados, pero en ocasiones aparecían grupos de gente joven que venían a desintoxicarse del ambiente lúgubre y plomizo de sus metrópolis por aquella época, y gozar del sol y la luz de nuestra costa, que ellos ingenuamente tendían a confundir con el trópico. Tuve alguna aventura relajante que nunca pasó de ser lo que podría calificarse como el desfogue de un sexagenario en apuros, que por otro lado tenía bien claro que ya habían quedado muy lejos los “días de esplendor en la hierba”, que diría Wordsworth.
Procuraba que la melancolía no me apresara, y el siguiente fin de semana me acercaba a Madrid, donde solía alquilar una habitación de un hotel como es debido (léase el Palace e incluso el Ritz) para que  Ana siguiera considerando que valía la pena estar casada con un vejete que la trataba tan bien. Yo sabía que esto era así y no me hacía demasiadas ilusiones respecto al futuro, pues estaba claro que no faltaba demasiado para que probablemente la pobre, más de veinte años menor que yo, tuviera que empujar una silla de ruedas. La mía, sin ir más lejos.
Todo transcurría normalmente hasta que pasado poco más de un año, ocurrió algo que modificó de alguna manera mis planes. Un día sin previo aviso se presentó por allí Roberto, mi hermano el ácrata, con el que tiempo atrás había tenido una relación muy próxima, pero del que por entonces solo tenía noticias esporádicas. Al igual que yo  había heredado de mi padre una suma respetable, pero al poco tiempo, llevado sin duda por un sentido de la solidaridad que no tenía demasiado que ver conmigo, decidió emplearlo en varias ONGs y organismos de caridad que prácticamente le habían desplumado sin que se diera cuenta. Venía, según me dijo, a colaborar conmigo con lo poco que había podido salvar de la quema, ofreciéndose para ocupar el puesto que yo juzgara adecuado a sus cualidades (de las que yo, sin embargo, no tenía demasiada idea). Como aparte de ser un desastre era un tipo bastante espabilados y de tonto no tenía un pelo a pesar de los antecedentes mencionados, decidí hacer de él una especie de ayudante/controlador, encargado de supervisar las obras al detalle, una vez que le hube puesto al tanto de las mismas.  Tal cosa me dio una libertad inesperada, que me permitió  pasar algunos días en Almería o Madrid con mi mujer, algo que me sentó muy bien, harto como estaba del trabajo en el campo, donde en ocasiones tenía la sensación de haberme convertido en algo así como un capataz distinguido.
Pero los hechos se precipitaron a una velocidad que nunca hubiera supuesto, y si las obras continuaban a buen ritmo, otro tipo de preocupaciones vinieron pronto a ocupar su lugar. Hasta ese momento Ana y yo habíamos mantenido una relación digamos que correcta, motivado cada cual por los estímulos propios de unas personas de nuestra edad y condición, en la que cada cual aportaba, al parecer, lo que el otro necesitaba. Pero aquel viernes en el que me dijo que se iba a Madrid en su coche (un mini no se cuantos), la situación tomó un sesgo inesperado. El sábado dejé a mi hermano en la obra y me acerqué a dar un paseo por la ciudad para recordar viejos tiempos. Había hecho el servicio militar cerca, y decidí visitar la Alcazaba, que al parecer la habían remozado hacía poco tiempo y quería ver qué tal había quedado, pues la recordaba de entonces hecha un pena, casi en ruinas. El hecho es que cuando estaba empezando el recorrido por el adarve de la fortaleza, el corazón me dio un vuelco cuando al mirar hacia abajo creí ver a Ana metiéndose en su coche en compañía de un tipo inconfundible, un actor americano que se alojaba en nuestro hotel, cuya característica más definida era que era más negro que el betún, algo que, y procuro no ser racista, a él debía tenerle sin cuidado, pues le había visto por los salones del hotel pavoneándose (era un tipo enorme y con buena planta que creía recordar de alguna película de las de Sergio Leone). Me pareció que Ana miró un instante hacia donde yo estaba, pero casi de inmediato el mini salió zumbando y no pudo ver nada más con detalle.
La Alcazaba estaba mucho mejor, desde luego, pero en esos momentos yo tenía la cabeza en otro lugar para ser demasiado riguroso, y de hecho enseguida di la visita por terminada y salí para tomarme una ginebra sola en un chiringuito cercano para aturdirme o espabilarme un poco (no tenía claro cual de ambas cosas me vendría mejor). Una Larios nacional, pera ser exactos. La verdad era que no tenía la seguridad de que lo que había visto fuera absolutamente cierto, pero tenía la casi total certeza de que sí. Impresionado como estaba, y sumido en la confusión de haber visto a Ana con otro hombre, estuve reflexionando sobre como actuar en aquellos momentos, y llegué a la conclusión de que no debía precipitarme, pues de resultar las cosas como me habían parecido, ella también debía encontrarse con un buen estrés encima. Lo que más me vejaba, sin embargo, era el hecho de que se tratara de un tipo como aquel, y no de un anciano en ciernes como yo. Por ejemplo, me hubiera molestado mucho menos que se tratara de Woody Allen o de Andy Warhol, por poner los dos primeros ejemplos de gente importante pero entrada en años que se me vinieron a la cabeza. E indudablemente eso significaba algo muy concreto, que no es necesario poner aquí por escrito.
Estuve varias horas dando vueltas sin rumbo fijo por la ciudad y ya bastante tarde me metí a comer a un restaurante en las inmediaciones de La Chanca, el barrio más típico y célebre de Almería. Al terminar, después de una ensalada y un pescado que vendían como gallo (cuyo extraño sabor efectivamente se aproximaba al del pollo), decidí que era el momento de coger al toro por los cuernos, ver lo que pasaba y aceptar la teoría del sálvese quien pueda aplicada a mí mismo. Respiré hondo y la llamé animado por media botella de vino de la casa y dos pacharanes. Ana cogió el teléfono enseguida y la encontré animada y hasta alegre, lo que me sorprendió e hizo pensar de inmediato en que yo andaba mal de la vista, pues en las circunstancias que yo creía haber vivido, qué menos que sentirse culpable y que se le notara. Pero en absoluto. Me dijo que estaba comiendo con Teresa en casa Lucio en la Cava Baja, que les había puesto unos huevos estrellados de infarto, y que teníamos que ir la próxima vez que estuviéramos juntos en Madrid. Como sin embargo seguía con mis dudas le dije que me pasara a su amiga para saludarla, pero me contestó que estaba en el servicio, a lo que yo aun más mosqueado le dije que me pasara al mismísimo Lucio para preparar nuestra próxima comida, a lo que me contestó que precisamente hacía un momento que había pasado para saludarlas y que no era cuestión de  molestarle de nuevo. Y que, en todo caso, ya se encargaba ella. En resumen, que cuando colgué tenía bien claro que de Madrid nada y que de huevos estrellados menos, a no ser que se tratara de una metáfora popular y un tanto barriobajera, impropia de mi mujer. Pude llamar a casa de Teresa para comprobar que no estaba (o que sí), pero me sentí lo suficientemente vejado como para no seguir dándome caña durante más tiempo. Volví al hotel, me metí en la cama y no salí de la habitación hasta el lunes.
 Ana no volvió el domingo por la noche, como era lo habitual. Ni el lunes. Ni el martes. Ni contestaba al móvil, lo que me confirmó que no era necesario que fuera al oculista: lo que había visto el domingo en la alcazaba de Almería era la pura verdad, algo que, además, coincidía con la ausencia del actor en el hotel durante esos días. Quiero decir del puñetero negro. No quise confirmar nada a través de su amiga de Madrid, y verdaderamente no hizo falta, porque el miércoles por la tarde recibí un correo de Ana desde Los Ángeles diciéndome cuanto lo sentía, pero que había sido un amor a primera vista y no había podido controlar sus sentimientos, y que a partir de ese momento viviría en Hollywood con aquel tipo que, aunque no lo creyera, era una buena persona y le había prometido un futuro brillante a su lado como actriz. La muy hija de puta.
Mi situación, pues, había dado un giro de ciento ochenta grados, y a partir de ese momento todo a mi alrededor se volvió irreal. El intelectual que yo me creía, como dije al principio, estaba absolutamente trastornado, y no se le ocurría ningún argumento sólido para contrarrestar la penosa deriva de los acontecimientos. La realidad era que mi mujer me había abandonado y que me encontraba en el desierto de Tabernas en Almería, donde no se me había perdido nada, empeñado en construir un complejo hotelero disparatado (y posiblemente ruinoso) en el que había empleado todo el dinero del que disponía. Y para más inri, en compañía de un individuo, mi hermano, que verdaderamente no debía estar demasiado bien de la cabeza.
 No volví a la obra hasta el viernes diciéndole a Roberto que estaba indispuesto, pero que no viniera a verme porque lo mío, aunque suponía que leve, podía ser contagioso. Mi hermano pareció creerse el camelo a pies juntillas, y no supe nada de él hasta ese día cuando me presenté allí por la mañana. Al verle, el sorprendido fui yo. Roberto prácticamente no abrió la boca  e hizo un gesto con el que supongo que quiso decirme que no había novedad, aunque lo mismo hubiera querido decir cualquier otra cosa (que pretendía echarse a volar, por ejemplo), pues consistió en levantar la vista al cielo y abrir los brazos hasta la altura de los hombros reiteradamente. Tenía mal aspecto, estaba más delgado que una semana antes, y con un color cerúleo que no auguraba nada bueno. Su habitación estaba toda patas arriba, y llena de botellas de whisky vacías por el suelo, lo que mostraba bien a las claras que durante esos días la dirección de las obras había estado en manos de un borracho que, además, o mucho me equivocaba, o empezaba a dar los primeros síntomas de una cirrosis galopante. No le dije nada de lo sucedido, le metí en la cama y avisé al médico, que después de auscultarle brevemente, me dijo que había que trasladarle enseguida al hospital, porque aquel tipo (sic) podía estar en las últimas si no se le trataba enseguida. Lo hice de inmediato y se quedó ingresado en urgencias, de donde salió una semana después para pasar a planta en observación. Cuando se recuperó después de aquel episodio, que al parecer solo se debió a la ingesta masiva de alcohol, pero sin consecuencias para el hígado, me dijo que tenía que hablar conmigo seriamente. Como yo quería dar por finiquitado aquel incidente para poder centrarme en las obras, le dije que desembuchara enseguida si consideraba que realmente se trataba de algo importante.
Lo que sucedió a continuación no tuvo nada que ver con el abandono de Ana (del que por cierto no le dije nada, ni él tampoco pareció sospechar nada al no verla durante todos aquellos días), pero dio lugar a unos hechos que hicieron que, al contrario que con ella, fuera yo le despidiera, dándole de baja como ayudante. En resumidas cuentas, me vino a decir dos cosas, que pueden resumirse de la manera siguiente. Primero: tu hotel es una chapuza, te están robando y los cimientos se están viniendo abajo. Y segundo: parecía mentira que en esos momentos de crisis, personas como yo se dedicaran a montar negocios ruinosos con la cantidad de gente necesitada a la que tan bien les vendría ese dinero. Después de oírle, inquieto sobre todo por lo primero, pensé que era hasta posible que tuviera razón, pero al preguntarle qué argumentos respaldaban sus palabras, me dijo que ninguno, que era una simple corazonada, pero que las corazonadas eran lo verdaderamente importante en la vida.Y quien sabe si en el fondo Roberto estaba en lo cierto, y las corazonadas son más importantes que la razón por muy intelectual que uno se considere.
 En cualquier caso, debo decir que mi proyecto de construir un complejo turístico de cierta importancia en el desierto de Almería llegó a buen fin y tengo un buen número de reservas para el próximo verano. Se alquilaron gran parte de los espacios para la zona comercial, la piscina funciona a la perfección, y ayer mismo llegó la flotilla de microbuses para el trayecto hasta la playa (de momento dos Nissan de 12 plazas cada uno con transportines). La semana que viene llegan los animales para el paseo turístico. De momento solo burros, que me han dicho que son muy resistentes y divertidos (causan cierta hilaridad a la gente) y que en Mijas han sido un éxito desde ya hace muchos años. Todo pues listo para la inauguración el próximo mes de junio, a la que posiblemente venga el Presidente de la Comunidad Andaluza. Sigo en contacto con las autoridades de Estambul, aunque si debo decir la verdad aquí que nadie me oye, a mí los moros siempre me han causado cierta desconfianza.
Desde Estados Unidos a través del correo, esporádicamente me llegan noticias de Ana dándome noticias de su situación y su camino hacia el estrellato. Parece preocupada por mí, como si más que ser mi ex mujer, se tratase de una hija inquieta por el porvenir de su padre, al que no debe ver con demasiados recursos para seguir adelante. Quizás deba decirle que recuerde que Incosol no está demasiado lejos y allí tampoco estaría tan mal. De mi hermano no he vuelto a tener noticias desde el día que lo metí en el tren camino de Madrid.  En ambos casos, tengo sin embargo la corazonada, de que con un poco de mala suerte y empeño por su parte, pueden acabar en situaciones nada envidiables. Para ella preveo a corto plazo que acabe haciendo de correo de la droga entre California y los famosos cárteles mejicanos de Jalisco, y para él, no me cuesta nada imaginarle vendiendo pañuelos por las calles de Goya y Serrano, o de aparcacoches voluntario en el Paseo del pintor Rosales. Al tiempo. Claro que solo se trata de una corazonada.

Nota.-  Adaptación libérrima de la película WINTER SLEEP del director Nuri Bilge Ceylan.


martes, 4 de noviembre de 2014

TOBÍAS

Tobías es un tipo muy raro, y si tiempo atrás se le podía encontrar en cualquier lugar abandonado de la mano de Dios, hoy sucede todo lo contrario. Sería inútil tratar de dar con él en un desierto o un páramo. Ni siquiera en un descampado. Y menos aún en unas tierras baldías, que diría el cursi de T.S, Elliot. De repente adora la presencia  de otros, y lo normal es verde rodeado de amigos o perdido entre la multitud.
   Frecuenta por lo tanto las grandes avenidas abarrotadas de gente, las aglomeraciones y  los fines de semana las grandes superficies y los centros comerciales, donde se le puede observar entre la multitud con cara de arrobo, casi de éxtasis: hasta tal punto llega su querencia por las masas, su adoración por los otros cuerpos, sin importarle que le sean totalmente ajenos. Se une a todo tipo de manifestaciones, donde para él lo de de menos es su significado o lo que se reivindique, si es que se reivindica algo. Le es suficiente la cercanía de los otros y el calor animal de la multitud arrastrándose por el asfalto, donde llega a gritar consignas que verdaderamente le tienen sin cuidado. Se le ha visto en manifestaciones de la extrema derecha y del partido comunista alternativamente el mismo día, y en ambas con el mismo fervor, ignorando sus acompañantes que realmente a Tobías le importa un rábano el honor de la patria, el exceso de emigrantes o el porvenir de la clase obrera.
El asunto es sentirse acompañado, disfrutar de la sensación de formar parte de la masa, ser un solo cuerpo del que se disfruta con la fruición con la que uno puede mirarse al espejo un día en que se esté especialmente bien consigo mismo.En ocasiones, sobre todo en épocas en la que la conflictividad social es elevada, no da abasto para asistir a todo tipo de reuniones y mítines, en las que en algunas ocasiones llega a tomar la palabra y suelta una arenga sin demasiado sentido, que suele dejar sorprendidos a los pocos participantes que le prestasen atención, por lo novedosos de sus términos y su difícil encaje con las circunstancias. Es por lo tanto normal hallarle también en maratones y carreras populares, en las que para él lo de menos es el rendimiento, por lo que ya desde el principio, ayudado sin duda por sus escasas condiciones físicas, se deja caer a las últimas posiciones, donde se arrastra con la satisfacción de haber participado, y aprovecha la situación para disfrutar del hecho de formar parte del nutrido pelotón de cola. Aprovecha también esas situaciones (cuando su aliento se lo permite), para mantener breves conversaciones con sus acompañantes, a los que trata de hacer ver la maravilla que supone participar en deportes colectivos, y su desdén por los excesivamente individualistas, entre los que destaca una desmesurada fobia al tenis, por razones no del todo claras. Su afición por el deporte le hace participar desde la grada en los grandes acontecimientos deportivos, a los que raramente falta, y en los que en algunas ocasiones se le ha visto con las hinchadas más furibundas, concretamente los ultrasur del Madrid y los boixos nois del Barcelona.
En verano frecuenta exclusivamente las playas más concurridas, donde se ubica preferentemente en las cercanías de los grupos familiares más numerosos, disfrutando inmensamente de la proximidad de los bañistas, e incluso del sudor y los efluvios de las cremas solares, que se elevan sobre la muchedumbre como un manto de fácil ubicación pero de dudoso gusto. Siendo soltero, suele comer en restaurantes de segunda,  e incluso en chiringuitos de precio módico, donde disfruta de la presencia masificada de la gente, aunque le resulte complicado abrirse paso hasta la barra, donde suele conformarse con un sándwich vegetal o un bocadillo de embutido o de jamón y queso, acompañados de un vino de la casa. Es uno de los mayores placeres que suele ofrecerse, y raramente se sienta solo en el comedor, por mucho que los camareros (ajenos a su recién adquirida idiosincrasia) insistan en la comodidad que tal situación comporta.

   Tobía sin duda ha cambiado. Ya no es aquel solitario que nos tenía a todos en vilo, y por el que en más de una ocasión, hubo que organizar partidas para rescatarlo de la soledad de los picos más agrestes o de los desiertos más inhóspitos. Todos nos congratulamos ahora acompañándole, como si se tratara del desenlace feliz de una situación que en muchos momentos nos llegó a inquietar. Aunque, si todo hay que decirlo, algunos comienzan a decir sotto voce, que su actitud actual tampoco resulta del todo normal. Veremos que nos depara finalmente el bueno de Tobías. Quien sabe si todavía tiene un as escondido en la manga, y nos sorprende cualquier día con un cambio de rumbo inesperado.

jueves, 30 de octubre de 2014

DESCAMPADOS

Me encontraba solo en un descampado de las afueras de una población, a la que hacía un rato había llegado en un tren procedente de la meseta. Parecía el lugar idóneo para encontrar lo que buscaba, y el único (pero grave) problema que tenía en esos precisos instantes, era que no me acordaba de qué se trataba. Sin duda de algo muy importante para mí, pues de otra manera no me hubiese molestado en viajar. Como por más que lo intenté no fui capaz de ello, acabé sentándome en el suelo con un cuaderno en el que iba apuntando los posibles objetivos de mi búsqueda.
Cuando estaba en plena faena, pasaron cerca de mí dos señoritas que a primera vista parecían azafatas de aviación por el uniforme que llevaban, que incluían un gorrito azul con unas alas zurcidas en su parte delantera. Sentí la tentación de preguntarles si a ellas se les ocurría alguna idea que pudiera ayudarme, pero como no me hicieron el menor caso y no quise hacer el ridículo, no me atreví y seguí trabajando. Lo hice de forma metódica y por orden alfabético. Cuando llegué a la O, no dudé en escribir “oro” en primer lugar, pues aunque lo cierto es que hoy en día ese metal está bastante devaluado para lo que fue en otra época, tampoco era cuestión de ponerse exquisito. Pensemos en la fiebre del oro americana: cuanto sacrificio y cuantas vidas. Pero no debía tratarse de eso, porque además no tenía ningún utensilio que pudiera servirme de ayuda, que sería lo lógico en tal caso. Qué menos que una piocha. Al comenzar la P, de inmediato escribí “perla”, pero me di cuenta que buscarlas allí sería totalmente absurdo porque no estábamos en el fondo del mar, y lógicamente no hay ostras en otro sitio. Ostras vivas, quiero decir, impensables en aquel lugar aunque en su día pudiera haber formado parte de la Atlántida.
 Descansé un buen rato tratando de recobrar el resuello. Estaba nervioso y muy agitado, y traté de relajarme contemplando el horizonte, una línea un tanto difusa con elevaciones, crestas y depresiones, sin duda debido a turbulencias atmosféricas en la lejanía. O quien sabe si a las ondas gravitacionales llegadas del cosmos, algo que al parecer estaba muy de moda, y cuya presencia, sin embargo, acababa de ser desmentida después de confirmarse su hallazgo tan solo unos días antes. No importaba. Quizás se trataba de mi vista. Finalicé la libreta sin resultados prácticos. No se trataba de ninguno de los elementos de la tabla periódica de Mendeleiev (que siempre llevo conmigo), ni de cualquier otro compuesto líquido, sólido o gaseoso. Ni por tanto del petróleo, mineral fósil acumulado por los restos del krill en los fondos marinos a través de los eones, cuya presencia subterránea en aquel lugar sería perfectamente inútil para mí en aquellos momentos, no siendo yo en absoluto espeleólogo ni nada que se le parezca.
  La solución debía estar por lo tanto por encima del suelo, y me puse a cavilar de qué podría tratarse aparte del oxígeno que, afortunadamente no escaseaba a pesar de la elevada temperatura. Cuando estaba en esas, vi acercarse a buen paso a un tipo que braceaba ostensiblemente y miraba en todas direcciones como si algo le inquietara o si, como yo, no tuviera demasiada idea de donde estaba. Pensé que se iba a dirigir a mí pues casi me  arrolla, pero pasó a mi lado a toda velocidad sin ni siquiera mirarme, por lo que empecé a pensar que solo cabían dos soluciones. O bien aquellas personas eran cortas de vista, o mi presencia era tan insignificante que me hacía prácticamente transparente. Por cierto, aquel tipo también iba vestido con el uniforme de una compañía aérea, por lo que llegué a plantearme si no se trataría de un avión siniestrado en aquel páramo. Algo que descarté de inmediato porque sin lugar a dudas ya habría oído pasar a los bomberos, que no se distinguen por su discreción, y visto la típica columna de humo elevándose hacia el cielo. Y, sin duda, a los helicópteros de emergencias.
La presencia de estas personas, la interpreté poco después como una metáfora de que lo que buscaba debía efectivamente de encontrarse en el aire, lo que me dio nuevas energía para seguir intentando descifrar aquel misterio. Quizás la despreocupación de los visitantes hacia mi persona era debida a que me veían como a un rival, alguien a quien no se debía dar ningún dato, tratando de pasar lo más desapercibidos posible. Quien sabe si éramos los concursantes de un programa de televisión con una misión específica que cumplir, y cada cual debía apañárselas por sus propios medio. Claro que en tal caso también era casualidad que los concursantes fueran todos de una compañía de aviación, aunque con la crisis y las reducciones de plantilla cualquier cosa era posible.
     Lo absurdo de mi situación me hizo pensar si el objetivo de mi búsqueda podría ser de otro tipo. Era posible que mi pretensión, en esos momentos olvidada, fuese convertirme en un anacoreta, y mi visita a aquel páramo una oportunidad única que no debía desaprovechar. O simplemente, ante el vacío de mi existencia, un impulso súbito me había empujado a buscar mi vena poética en un paraje tan desolado. Todo era en aquellos momentos posible.
Desgraciadamente cuando me hallaba cavilando sobre estas extrañas posibilidades, vi a lo lejos a los tres aviadores acercándose a la carrera, dando voces y haciendo aspavientos, indudablemente agitados y nerviosos. A unos pocos metros de mí se detuvieron, y cuando me dirigí a ellos para saber qué pasaba, el hombre se adelantó unos pasos señalándome, y gritó en dirección a las chicas, “sin duda se trata de este”, para de inmediato sacar una pistola del bolsillo y apuntarme con ella.

¿Tienes algo que alegar? me preguntó.  Ante esta nueva vuelta de tuerca de mi situación, no supe qué responderle, y lo único que en aquellos momentos se me ocurrió fue pensar que verdaderamente era una lástima que una situación, que hasta esos momentos tenía todas las apariencias de un vodevil surrealista, fuera de inmediato a convertirse en una tragedia de la cual yo era la víctima.

VIDA AFECTIVA DE P

La vida erótico/afectiva de P empezó muy temprano, hacia los ocho años, poco antes de su Primera Comunión. Fue así: su mamá se estaba acicalando en el cuarto de baño familiar, y pudo ver por el espejo como a sus espaldas, P procedía en la bañera a determinados tocamientos, algo que siendo una mujer de recias convicciones religiosas, quiso reprimir de inmediato, advirtiendo al catecúmeno que tal hecho podía dañar gravemente su corazón. No sucedió así, pues P incluso llegó a ser un buen atleta, aunque en algunas ocasiones, tiempo adelante, llegó a sentir una opresión inquietante en el pecho, que indefectiblemente le hacía recordar su madre, se supone que por razones nada banales. En resumen, su primera relación, como suele ser habitual, fue consigo mismo.
La segunda tuvo lugar en los primeros años del bachillerato con una de las hermanas gemelas de su clase, se llamaba G, pero podía llamarse también Y, porque eran idénticas. Se decantó por G porque Y cojeaba ligeramente, algo que si en un principio la descartó, al poco tiempo le llegó a estimular sobremanera, pero ya estaba cogida por un compañero de pupitre, digamos CH. Con él se acercaba a verlas algunas tardes, y las gemelas, asomadas a la ventana de un cuarto piso, les tiraban trocitos de galletas como si fueran palomas (las galletas y ellos mismos). Casi simultáneamente a esta pretendida relación a dos bandas, tuvo un affaire absolutamente inocente con I, una niña de su clase, cuya característica principal, además de hablar ruso y llevar gafas, era el hecho de tener unas tetas fuera de lo común para su edad. Algo que de lo que sin embargo él no pudo cerciorarse, pero de lo que daba fe el hermano de la chica, que la veía en el baño y no tenía ningún inconveniente en hacerlo público.
Poco antes de terminar el bachillerato conoció a A una chica muy mona y recatada, con la que hacía manitas en el cine a los quince años. Una vez se hicieron una foto debajo de una palmera que P conservó mucho tiempo. Lo acabaron dejando porque ella se ponía muy exigente, y además le empezaron a salir unas espinillas poco atractivas. Al poco tiempo conoció a R, la chica más guapa del pueblo según el sentir popular. Ella lo sabía y era objeto de miradas más que lascivas por buena parte de la población. La historia lamentablemente se truncó cuando ella le dijo que no le gustaban los chicos con paraguas, precisamente el día en que cayendo una auténtica tromba de agua se le ocurrió ir a buscarla armado con tal artilugio. En un lugar donde el mencionado meteoro era lo habitual un día sí y el otro también, P eligió sobrevivir y la abandonó. Fue una lástima porque aquella mujer estaba por entonces más que neumática. Las cosas como son. Ella conoció varón poco tiempo después, pero nunca tuvo descendencia, lo que con tales antecedentes parecería lo adecuado por razones obvias. Incluida la familia numerosa.
En cualquier caso R no lo hubiera tenido fácil, porque por aquella época P conoció a otra chica, (digamos que V), en la playa que le subyugó. Tenía un encanto especial. Era tímida, tierna y amante de Juan Sebastián Bach, la poesía simbolista y los escritores románticos. Era diferente, y P la frecuentó, hasta que el clima y la congregación de moscas alrededor de los cuartos traseros de las vacas expuestos en el mercado del pueblo, hicieron que ambos enfermaron de una rara afección ansioso/compulsivo/fóbica, que les tuvo en jaque algún tiempo. V acabó dejándole alegando que su presencia le producía claustrofobia.
Cuando se terminó esta relación P ya peinaba canas, y amedrentado quizás por lo imprevisto de las mismas y su experiencia hasta ese momento, durante más de un año vivió una vida recoleta, centrado en sí mismo y las habilidades aprendidas en la bañera, mencionadas más arriba.
Después se lanzó al mundo, frecuentando todo tipo de ambientes que favorecieran el establecimiento de relaciones. Algunas noches, antes de retirarse a su domicilio un tanto abatido  por sus magros resultados, se acercaba a algunos bares de copas, en uno de los cuales conoció a S, una chica de buenas hechuras y bastante especial. Realmente no era un bar de copas normal, sino una especie de club donde las chicas hacían top less, bailaban sobre una tarima medio en cueros, y finalmente se introducían en una especie de plataforma rotatoria rodeada de cabinas, en las que exponían sus partes más íntimas al voyeur que introdujera unas monedas en el aparato correspondiente. Es decir, el famoso peep-show. Frecuentó a esta mujer durante varios años, incluso cuando ella cambió de trabajo y ejerció de enfermera, modelo y propietaria de un local de ultramarinos y de un bar. Tenía una habilidad increíble para transformarse en lo que fuera. Pero el tiempo, la distancia y sus desacuerdos en la idea de la misión del ser humano en el universo, hizo que lo dejaran. Aunque quizás sería más apropiado decir que fue ella quien le dejó, aduciendo estar locamente enamorada de un empresario inglés de export-import (al que, por cierto, conoció, también en el peep-show).
Afectado por la situación, se dedicó a partir de ese momento a fomentar amistades que estuvieran más en la línea que podría ser denominada como tradicional. Bares de copas con chicas modosas, cines, teatros o espectáculos donde podía coincidir con gentes amantes de la cultura (o similares) y las buenas costumbres, e incluso algunos establecimientos educativos, en uno de los cuales conoció a G, una mujer amante de Oriente y los viajes de larga distancia, y con fobia a curas, militares y a Su Excelencia el Generalísimo Franco y su régimen. Era una mujer interesante y librepensadora, a la que sin embargo sus arrebatos viajeros a tierras lejanas, le añadían cierto misticismo, que podrían emparentarla vagamente con una congregación religiosa sui generis, en la que desde luego estuvieran permitidas las relaciones sentimentales y el hábito no supusiera un inconveniente para determinadas actividades.
Estas relaciones fueron en algunas ocasiones salpimentadas con otras ocasionales, entre las que haciendo una labor de zapa, podrían mencionarse tres internacionales. La primera, con una joven eslava empleada en un puticlub, con una tendencia a la ingesta inmoderada de bebidas aguardentosas. La segunda, una europea con un amor desmedido por el Madrid de los Austrias y el galanteo urbi et orbe. Y la tercera, una nativa del Cono Sur, con la sorprendente tendencia a mantener conversaciones íntimas con los miembros de cualquier entidad de cierta relevancia (se recuerda aquí la polisemia de la palabra miembros, aunque quizás no era necesario).

Esta fue pues la vida erótico/sentimental de P, de la que se halla medianamente satisfecho teniendo en cuenta que siendo un perfeccionista, no descarta que en todas ellas hubiera sido capaz de alcanzar unas cotas de excelencia superiores en cualquiera de ambos sentidos. Algo a lo que, sin embargo, tiene que resignarse teniendo en cuenta que los viajes en el tiempo son algo de momento irrealizable. Y lo mismo puede decirse de los agujeros de gusano. 

sábado, 11 de octubre de 2014

ORTOPEDIAS

Tengo que cambiar. Hablo demasiado deprisa. Todo el mundo me lo dice: les cuesta entenderme. Bueno, exagero, me refiero especialmente a las personas que me interesan. Mi familia y mis amigos. Lo que me sucede puede parecer una trivialidad, pero es algo que me duele en lo más profundo, pues es a ellos precisamente a quienes tendría que transmitirles cosas importantes y no soy capaz de hacerlo, porque al final me atropello y solo me entienden a medias. O en absoluto. Ya sé que como creen conocerme lo suficiente, tal hecho no les importa demasiado, pero lo cierto es que se equivocan y se pierden lo fundamental, lo que se queda adentro. En cualquier caso esta situación me humilla, porque me gustaría tener una dicción clara y una voz armoniosa y bien timbrada, como Paco Rabal o Manuel Dicenta, por decir algo, y suponiendo que yo fuese un hombre, que de eso, nada. Lawrence Olivier era inglés y no viene al caso. De mujeres, ahora no caigo. Y con Nuria Espert tengo problemas.
     Me dicen que no me preocupe, que todos tenemos nuestras características que nos distinguen y hacen singulares. Pero no, yo no estoy dispuesta a llegar a vieja con todo lo que ello supone, y tener poco más que un pitido como voz. Me niego, y voy a empezar algún tipo de terapia que me ayude. De entrada, al verme en el espejo se me hace evidente que tengo una boca pequeña, de hecho, tanto, que si frunzo los labios o los aprieto, simplemente desaparece. Y luego, abriéndola totalmente, está también claro que su espacio interior es muy reducido, de hecho el paladar no está muy lejos de la lengua. Aunque si lo pienso quizás todo eso no tiene ninguna importancia con lo que nos ocupa, que es la velocidad desaforada a la que hablo. De todas maneras, creo que para empezar voy a intentar agrandarme la boca, y no hablo como algunos podrían suponer de ponerme silicona en los labios ni nada parecido. No es una cuestión de apariencia ni coquetería. Sería además ridículo e inútil. Ayer he visitado una tienda de productos ortopédicos, y me he fijado en un aparato que utilizan los dentistas y los otorrinos cuando deben acceder al interior de la boca, y que la mantiene abierta mientras trabajan. Creo que me podría venir bien usarla media hora antes de acostarme, aunque no sé como responderían mis mandíbulas abiertas durante todo ese tiempo. Puede que pasados unos meses haya logrado aumentar su apertura, y permita de esa manera que mi flujo verbal salga con más facilidad y me permita articular las palabras con mayor soltura. Por probar no pierdo nada, aunque tenga que esconderme durante ese rato en el cuarto de baño. Ya encontraré el método. O quizás sea mejor por las mañanas, que estoy sola.
       Después de unos meses, si el invento no da resultado, siempre podría acudir al foniatra o al logopeda, para que me enseñen a manejar como es debido todos los componentes del aparato fonador, incluida la respiración. La respiración, como todo el mundo sabe, es una algo fundamental en el proceso que intento mejorar. En ese sentido, quizás tampoco sea mala idea practicar algo de yoga. Concretamente el pranayama. Aprender a respirar despacio por la nariz desde el plexo solar, llevando a mi espíritu la tranquilidad que me falta. Por otro lado, la posición del zazen es muy cómoda, y puede ayudarme a mejorar mi postura y aliviar así los dolores de espalda tan frecuentes en mí en ciertas épocas del año.
      Aunque, si de verdad lo pienso, quizás todo lo anterior sea una tontería, y lo que me sucede es más un asunto mental que otra cosa. Verdaderamente, quiero decir demasiadas cosas al mismo tiempo, y me atropello, y acorto las palabras y las frases y se origina un batiburrillo incomprensible. Solo es eso. Debo calmarme y tratar de decir pocas cosas a la vez, pues lo que pasa es que antes de hablar ya pienso que el otro tiene prisa y no está dispuesto a oírme. Ensayar frases cortas tipo “Buenos día, chicos” “Hola, Pedro”, cosas así de simples, y respirar despacio para añadir a continuación lo que haya lugar sin precipitaciones. Yo quedaré mejor, estaré más relajada, y los demás me escucharán con más atención y no se pondrán nerviosos, que es lo que les sucede cuando les lanzo mi perorata imparable.

     Creo que cara al futuro debo tomarme este aprendizaje como un reto, algo que hará que mejore sustancialmente mis relaciones. Al fin los demás podrán saber cuantas cosas guardo en mi interior, que desconocen. Palabras, ideas, conceptos, pensamientos profundos. Cuanta filosofía, en resumidas cuentas, que les dejará con la boca abierta. Me hace mucha ilusión, y sé que con un poco de suerte seré finalmente la triunfadora que siempre quise ser. Claro que no se me escapa que debo tener mucho cuidado y no caer en el otro extremo, hablar tan despacio, que más que salirme de la boca, dé la impresión de que la voz se me descuelga. Debo de estar atenta, pues en tal caso, tengo el convencimiento que no tardarán en tomarme por boba o por lela. Que vienen a ser lo mismo. Y hasta ahí podíamos llegar después del empeño que he puesto en todo esto.

martes, 7 de octubre de 2014

RELIGIONES

He fundado una religión que consiste en mirar a las nubes y viajar a Budapest al menos una vez en la vida. Nada más. No se tiene que practicar ningún otro rito ni cumplir unos mandamientos, aunque estará bien visto tener en cuenta algunas recomendaciones, entre las que destaca la improcedencia del asesinato de inocentes. Quien observe estas dos cosas tan sencillas será recompensado con un estado de beatitud semi permanente durante su vida física, pues no se garantiza en absoluto que exista otra a partir de la muerte. De hecho, esa creencia será considerada como un error que no colaborará en absoluto al relajamiento mencionado más arriba.
La guerra, y esta es una de las piedras angulares de la religión recién creada, solo podrá declararse en caso de fuerza mayor. Por ejemplo, una hambruna inmerecida o una invasión sin razones objetivas. El pecado será abolido al considerarse que la naturaleza humana es dual, y en ocasiones se ve inclinada al mal sin que podamos remediarlo, lo que no quiere decir que determinados actos sean castigados severamente, como la violación sin resistencia previa, y la masturbación compulsiva, caso de ser verificadas. Sin embargo, no se trata del zoroastrismo.
Hombres y mujeres podrán yacer juntos sin necesidad de ningún vínculo oficial, civil o religioso, pero deberán pasear todos los atardeceres cogidos de la mano, contemplando las nubes, como ya quedó dicho. No será necesario de tal manera viajar a Budapest. En caso de que la nubosidad sea escasa en función de una humedad relativa muy baja, los interesados podrán mirar el cielo azul durante unos instantes y será suficiente. Los colores elementales es lo que tienen.
Es esta que acabo de crear una religión para ateos, pues la fe en Dios no es en absoluto necesaria, aunque se admite la libertad de cada cual para creer en en lo que más le acomode. En cualquier caso, no podrá el converso creer en entes abstractos o de propia creación, por lo que admitiéndose la fantasía, esta debe acogerse a determinados límites que no la alejen en exceso de lo que propiamente podría denominarse, por ejemplo, como “silla”.
Se recomienda encarecidamente el estudio de las neurociencias, la física de partículas, la teoría de la relatividad especial y general, y cualquier materia que señalando algo como procedente no lo exija como imprescindible. En este sentido, se recomienda la astronomía, la cosmología y las ciencias afines, sin descartar  cuanto pueda derivarse de los conceptos de “emergencia” y de  “estructuras disipativas”. El universo, en el mundo que imagina la nueva creencia, procede de una explosión (o similar) que lo originó, sin por ello negar la existencia de universos paralelos u holográficos, como viene demostrándose en los últimos tiempos (lo que incluye la teoría de cuerdas, la teoría M y la quintaesencia). Se acepta la procedencia de toda la materia y energía (de acuerdo con la famosa fórmula de Einstein E=mc2) como resultado de las fluctuaciones cuánticas. Los creyentes (o los catecúmenos) podrán denominar a tal hecho como les plazca, con independencia de que llamarlo Dios pueda parecer absurdo.

En cualquier caso, el resumen final de la nueva religión podría acogerse a la aleatoriedad de cualquier fenómeno humano. Lo que viene a ser lo mismo que decir: sálvese quien pueda.

lunes, 29 de septiembre de 2014

MARCAS

A ese hombre le pasa algo. No me cabe ninguna duda. Sucedió que un día, hace ya cierto tiempo, cuando estábamos charlando en el zaguán de la vivienda, percibí en su rostro ciertas irregularidades que no había observado hasta entonces. Somos vecinos, y  prácticamente nos vemos todos los días, por lo que, querámoslo o no, ambos estamos perfectamente al corriente de nuestro aspecto y estado de ánimo habitual, detalles que no viene al caso especificar aquí, pero que todo el mundo comprende. Su rostro denotaba unos cambios que aunque me resultaba difícil precisar, existían sin lugar a dudas. Y no me importa que otros a quienes hice partícipes del hecho poco después, me dijeran que ellos no habían notado nada especial, y en este sentido debo recalcar que siempre me he distinguido por ser una persona muy detallista, amante de los matices y las cosas pequeñas, lo que me avala para apreciar cualquier alteración por mínima que sea. En su caso, se trataba de unas marcas apenas perceptibles que le surcaban la cara en varias direcciones, y que hacían que sus facciones variasen en función del lugar desde donde fueran vistas. Podrían parecerse a las que en algunas ocasiones llevaban los aborígenes de ciertos lugares remotos, y ¿por qué no? algunos distinguidos guerreros indios de los que todos tenemos noticias a través de las películas de la gran pantalla, donde Gary Cooper y John Wayne solían hacer de las suyas con sioux y comanches. Tal característica, que al parecer solo yo aprecio, hace que a partir de entonces, el rostro de este hombre haya cobrado para mí una existencia obsesiva, como si a través de un proceso determinado se hubiera desprendido del cuerpo y transitara de un lugar para otro como un tótem errante.
Se lo dije la primera vez que tuve esa impresión, y posiblemente al día siguiente, pero su indiferencia hizo que no insistiera, y dejase que en adelante sucediera lo que tuviese que suceder. Yo voy a abandonarle a su suerte, y que sea él mismo quien resuelva su problema, a pesar de que últimamente me sonría con cierta cordialidad, como si sintiera hacia mí una empatía hasta ahora desconocida, quizás porque está al corriente de mi interés desmedido por su cara, y es su forma de agradecérmelo.
La gente no es discreta, y seguramente le ha contado con regocijo lo que ellos piensan que son manías mías. Pero se equivocan. Que ellos no sean capaces de percibir determinadas variaciones que a mí me resultan evidentes, no quiere decir que lo que digo no sea cierto. Es verdad que darse cuenta de ello exige unas cualidades que no todo el mundo posee, y no me refiero en este caso a las exclusivamente visuales. Como de todos es sabido, los sentidos se complementan, y donde flojea uno, otro toma el relevo y lo compensa. Digo esto porque a nadie se le escapa que soy corto de vista y padezco de astigmatismo, y que, por lo tanto, necesito usar lentes continuamente si no quiero que el mundo se convierte en poco más que un lugar borroso del que solo el tacto podría darme noticia fidedigna.

Después de todo, que piensen lo que quieran. Yo, por mi parte, estoy dispuesto a asumir el papel irrisorio que quieren adjudicarme al verme con mis enormes gafas (de culo de botella, para más datos), suponiendo que mi deficiencia visual me impide evaluar con rigor lo que veo. Se engañan, y desconocen el mero hecho de que la virtud se hace notable precisamente cuando flaquean los sentidos. Nuestro amigo tiene unas marcas en su rostro que no le auguran nada bueno, que conste aquí tal cosa por escrito, y que no se me diga más tarde que no lo advertí a tiempo. Son marcas, señales, cicatrices mínimas que otros tomarán por las arrugas que el tiempo va zurciendo en nuestra piel lenta pero insidiosamente. Ese tipo hace tiempo que dejó de ser joven y ya es un adulto con todas las de la ley, pero tales estigmas en su cara, por muy insignificante que parezcan (o que puedan ser tomadas por otra cosa), son, como dije, señales que le auguran un  porvenir nada halagüeño. Si al menos nosotros estamos preparados para la metamorfosis que se avecina, el mal será menor, al no ser acompañado por los desastres que traen aparejados tales fenómenos. Verse por las mañanas y saludarse con la cordialidad con la que suelen tratarse los vecinos, está muy bien, cuando se reconocen. Pero este hombre el día menos pensado será otra cosa, y no todo el mundo está preparado para encontrarse a las siete de la mañana en la puerta de su casa con un mutante, sea el golem, un cyborg o simplemente un alienígena.