domingo, 26 de junio de 2016

PARAISOS



Para mí, qué querés que te diga, solo existís vos y tu culo. Sí, podés añadirle si te gusta, la trompita, esos labios carnosos que tenés y que desde el primer día que los vi me hicieron suponer otras delicias, pero dejáme de momento concentrarme en ese lugar que al verlo por primera vez, supe que no me haría falta otra cosa. Aunque te dieras la vuelta y fueras una bruja o un dragón, yo aquello lo quería solo para mí. Suponer mis manos masajeando aquella hermosura, y pensar en la felicidad suprema fue todo uno. Claro que de mi  familia de panaderos me llega la afición por las harinas, pero no importa, y estoy seguro que siendo un agente de seguros, fontanero o corredor de bolsa, al ver lo que vos tenés, hubiera tirado mi carrera al carajo, y con seguridad me hubiera dedicado  a la felicidad de tu popa. Y a mi propia felicidad, pues no puedo imaginar otro lugar ni otro instrumento que me pudieran proporcionar tanta alegría y hacer surgir tanto deseo. En ocasiones pienso que llegaste a mi vida en el momento justo, cuando una despedida me tenía malherido, pero creéme, al verte y calibrarte olvidé de inmediato ese dolor pasado, como si vos hubieras llegado en el momento justo para sacarme de la cabeza a la otra, la que decidió que aquél boludo estaba mejor armado o, andá vos a saber, que en ese sentido nunca tuve dificultades, y mi natural modestia se equipara con el porcentaje habitual. Vos me entendés. Sé que te puede herir verte considerada como un objeto, pero te equivocás si lo pensás así, que afortunadamente cuando te diste la vuelta y te vi por primera vez, supe que eras vos la que me estaba destinada, pues ni rubia ni trigueña, totalmente morocha, y esa cara tan linda que enseguida me sugirió otras excursiones, sabiendo que quien era así no podía sino guardar secretos deliciosos para el hombre que la ama. Y ahora que ya me conocés y puedo ser sincero, te diré que de tus ojos negros y tu boca enseguida imaginé  unos pechos firmes coronados de unas areolas oscuras y grandes, en las que los pezones  se ofrecían a mi boca como a la de un lactante, sediento de vos misma.  Que lo pienso y me acuerdo de aquél día, y aun me entran escalofríos de placer, pues raramente se ve uno enfrentado, de repente, a quien le sugiere tanto como vos a mí aquel día. Luego es cierto, que los días pasaron y una vez establecida la relación y consumada la pasión con un desenfreno diario, las cosas vuelven a su curso habitual y se aminoran, y unos labios por muy sugerentes y ofrecidos que sean, acaban siendo unos labios, y un pelo como el tuyo, negro azabache, por más que siga valorándose su densidad y textura, acaba siendo un pelo no más, y tus ojos oscuros de turca,  que aúnan la ternura y el fuego, serán siempre lindos, pero ojos al fin y al cabo. Y tus piernas largas y bien torneadas, tus caderas como asas  de ánforas griegas y tu cintura mínima. Y tus oscuros pezones como ojos escrutadores cuya simple visión me provocaban una especie de delirio, del que difícilmente podía regresar con el agua que, riéndote, me arrojabas delicadamente a la cara para que los soltara. Todo ello, apasionante, palidecía ante tu culo,  que me suscitaba solo con verlo, la sensación de sumergirme en un mar inacabable o en un campo de algodón al sol de la mañana antes de que el de mediodía lo sofoque. Atraparlo con las manos bien abiertas y acariciarlo lentamente con aceites perfumados como si se tratara de una masa de harina, que solo espera la levadura para fermentar y hacerse pan. Y no te digo abrirlo como a una fruta madura, y encontrar allí, que sé yo, el Amazonas, el Paraná, el Orinoco, las fuentes del Nilo, la perdición de los hombres, que solo buscan el regreso y encuentran en esos humedales la puerta de acceso al paraíso. No te preocupés mi amor, y pensés que algo ha variado. No me hagas gestos de tristeza porque imagines que no te amo, bien al contrario, aunque debo reconocer que empecé al revés de lo habitual, es decir por el culo, ahora es  tu rostro el que no se me va de la cabeza.

AGUJEROS



Que hayamos decidido pasar cada cual las vacaciones por nuestra cuenta no quiere decir que algo haya cambiado entre nosotros, María Luisa. Recuerda que siempre dijimos que entre los novios, o las parejas, como a ti te gusta decir, siempre es conveniente que corra un poco de aire, lo que finalmente colabora a que se sientan más unidas. Me dices en tu último correo que te parezco demasiado taciturno, y que a tu edad cuando ya se percibe el crepúsculo (perdona la cursilada, de mi cosecha), son preferibles las personas optimistas que ven el futuro con esperanza. Y siempre te dije que estabas en lo cierto, recuerda. Aunque luego añadiera que siempre se han dado casos de quienes al saltar, antes de llegar al suelo daban vivas a la vida y al porvenir, ignorando la resistencia del suelo a ser penetrados por los cuerpos sólidos en caída libre en función de la altura.
Me dices también que te parece increíble que siga llamando a mi perrita María Luisa, y aquí tengo que recordarte una vez más que la conocí a ella antes que a ti, y que haberla  cambiado de nombre entonces no hubiera sido demasiado ético. María Luisa, los animales son dignos de respeto, y si yo le hubiera cambiado su nombre de la noche a la mañana, el nuevo le hubiera resultado incomprensible después de tanto tiempo, y no me hubiera hecho ningún caso, con grave riesgo de su propia vida en determinadas ocasiones (es propensa a atravesar los pasos de peatones  con el semáforo en rojo si yo no le advierto antes. De los pasos de cebra ni te quiero contar). Lo que ya me parece por tu parte verdaderamente cruel es que me digas que la mayor prueba de mi amor por ti sería que la sacrificara y me la comiera en pepitoria, como si se tratase de una gallina o un pollo. Ya sé que hace tiempo un japonés en París descuartizó a su pareja, y se la comió después como testimonio de la veneración que la profesaba, queriendo incorporarla a su sistema digestivo, pero ese no es mi caso, teniendo en cuenta, además, que las cosas no se detienen en ese punto, como sin lugar a duda sabes.
Por otro lado, en tu correo me reprochas mi interés por los agujeros, y que me pase buena parte del día leyendo ensayos sobre el tema, como si en la vida no existieran otros más interesantes y menos morbosos. Creo, sin embargo, María Luisa, que además de pecar de reduccionista, no te has detenido con la suficiente atención en el significado de esa palabra, que como todas, no se detiene en sí misma, sino que apunta a un objeto tan común en nuestra vida cotidiana. Y cuando digo objeto, me gustaría que pensases que no solo es eso, sino también un concepto que abarca otras realidades, algo mucho mayor que el que pudiera sugerir, por ejemplo, la palabra “alcantarilla”, que no deja de ser un agujero muy largo. Piensa en la caverna de Platón, por decir solo algo.
María Luisa, cariño (y te hablo a ti y no a la perrita), tú sabes como yo, aunque nos duela, que nuestros cuerpos, es decir nuestro organismo, está esencialmente compuesto por agujeros. Agujeros que nos facilitan la vida y sin los cuales ni siquiera nos habríamos conocido ¿lo imaginas? Piensa en ello libremente y sin escrúpulos, que después de todo derivan de un falso concepto de la pureza, algo que no se da en absoluto en el mundo que habitamos. Y tampoco en la fontanería. Por otro lado, la pureza es un concepto que, sin indagar demasiado, tiene, en el sentido que habitualmente se le atribuye en occidente, una connotación cristiana que ha hecho de ella casi su paradigma, como si fuera el desideratum de la virtud.
Los agujeros, es cierto, casi siempre remiten a “abajo”, posiblemente porque solo en la pura tierra se da la posibilidad de su existencia. No se da tal posibilidad en los espacios siderales, con independencia de los agujeros negros, pero eso, como ya sabes se trata de otro cosa, y aquí te remito a la cosmología, la relatividad general y Stephen Hawking, si quieres hacerte una idea aproximada. Sí, ya sé que de los agujeros salen las alimañas que pueblan los bosques, y los tan denigrados detritus, que, sin embargo, nos permiten seguir comiendo al día siguiente sin demasiadas complicaciones.
Preferirías, me dices, que me interesase por los cielos, ese lugar sobre nuestras cabezas del que un día descendió el maná sobre el pueblo elegido, o del que se descolgaron las llamas de la sabiduría sobre la cabeza de los apóstoles en Pentecostés, o la paloma de la paz con su ramita de olivo en el pico, simbolizando la paz y el final del diluvio. O en el que buscamos inspiración levantando la cabeza cuando los problemas nos abruman. Pero ignoras un tanto cándidamente, que de él proceden también la tormenta y el rayo que origina el fuego devorador que asola las cosechas. Y el pedrisco.
Busca en mí aspectos que nos acerquen y no te empeñes en encontrar los que nos distancian. De ser así, cada día serán mayores las vacaciones que tengamos que tomarnos cada cual por su lado, y el agujero entre nosotros, por hablar de lo mismo, se tornará una sima insondable que ninguno seremos capaces de saltar sin correr un peligro que se me antoja excesivo.

DISCURSOS



La ceremonia tuvo lugar en el llamado patio de armas, lugar en el que desde tiempos remotos se celebraban los actos estrictamente castrenses como los desfiles, y otros de significado relevante. Como de costumbre, el jefe del establecimiento, una vez finalizaron los actos habituales, tomó la palabra para cerrar el acto. Vestía como el uniforme reglamentario de gala, que sorprendentemente para los no acostumbrados daba la sensación de ser una mezcla de los de un general con mando en plaza, un obispo en activo, y un campesino cogido al azar (detalle solo perceptible en el uso de boina en lugar de gorra, y alpargatas). El hombre se había situado sobre un estrado en una tribuna, en la que asistían al acto los dignatarios de otros países y las altas autoridades nacionales.  Además de su atuendo, sorprendió que de entrada, y una vez situado en el sitio, tardara todavía unos minutos en dirigirse a la concurrencia, como si con tal actitud quisiera provocar la atención de sus oyentes, o tuviera alguna dificultad de cualquier índole para abrir la boca. Finalmente, tras una pequeña carraspera, cuando la inquietud empezaba a apoderarse de los presentes, el Comisionado (que también se llamaba así a esta autoridad) hizo un vago gesto sobre su cabeza con la mano que blandía su bastón de mando, como si de esa manera quisiera apartar de sí mismo alguna idea contradictoria, y empezó a hablar. Dijo en principio tras saludar a la audiencia, entre la que por cierto para nada nombró a las señoras, que el hombre era un animal ridículo, que siempre lo había sido, y que en su opinión, aún lo era más en aquellos momentos con la invención de la telegrafía sin hilos, los ordenadores y los teléfonos móviles. Comprendía, dijo, que tuvieran que celebrarse actos como el que les había reunido en aquellos momentos, pero no porque verdaderamente estuvieran cargados de un sentido preciso, sino porque con hechos como aquel la humanidad trataba que su existencia no fuera un absurdo, evitando de tal manera la guerra permanente y los suicidios en masa.
Tales palabras, que otros años eran escuchadas con indolencia que su trivialidad habitual, generaron entre los asistentes un malestar evidente, que pronto se hizo patente en un murmullo creciente a medida que el jefe del establecimiento avanzaba en su perorata, teniendo sobre todo en cuenta de que no hablaba en su propio nombre sino en representación del Presidente de la República, y que, por lo tanto, sus palabras estaban cargadas con un significado más allá de la inanidad de los discursos oficiales, sino que contaban con la aquiescencia de la máxima autoridad del país, presente en el lugar más destacado de la tribuna de autoridades.
A medida que el discurso avanzaba haciéndose paulatinamente más enrevesado y prácticamente ininteligible, el Comisionado comenzó a introducir una gesticulación exagerada, que pronto se transformó en aspavientos, lo que como es natural hizo que lo de menos fueran las palabras que pronunciaba, sino la singularidad de sus movimientos. Estos parecían apoyar  lo que manifestaba no en cuanto a la literalidad de lo expresado, sino en el énfasis que ponía en determinadas expresiones, que a los asistentes les resultaban imposibles de descifrar. Detrás de la tribuna empezó a percibirse cierto movimiento de las gorras blancas de los servicios médicos, sin duda a requerimiento de la superior autoridad y posiblemente del Arzobispo de la archidiócesis, temiendo que el orador pasara a mayores y confesara su ateísmo militante (del que presumía en petit comité al poco de tomar la segunda copa) y su anarquismo militante.
Para un observador imparcial la reacción oficial iba a llegar demasiado tarde, dada la actitud del individuo, que pronto se desprendió de la chaqueta y camisa del uniforme y comenzó a golpearse el pecho con ambos puños. Era evidente que el Comisionado había perdido los papeles, o en todo caso había adoptado la actitud de un gorila macho ante un peligro o en época de celo, algo a lo que daba mayor verosimilitud la amplia mata de vello oscuro y enrevesado que cubría su torso por completo. Los Servicios Sanitarios, desafortunadamente para los espíritus más cultivados y las señoras pusilánimes o de misa diaria, llegaron demasiado tarde, y a pesar del revuelo que se originó en el estrado, aún se pudo ver al Comisionado abriéndose la bragueta del pantalón del uniforme de gala, sacando sus genitales y exhibiéndolos ante el respetable muy ufano al parecer de los mismos.
La copa de vino español que se dio a continuación a pesar del lamentable espectáculo, fue como es natural mucho más interesante y movida que en años anteriores, y en ella se llegó a comentar que aquel tipo debía estar efectivamente sufriendo un proceso de metamorfosis acelerado de hombre a gorila, y no solo por su actitud y el vello profuso en todo su cuerpo, sino por la pequeñez de su aparato reproductor, más propio, por raro que parezca, de un espalda plateada que de un varón adulto de origen caucasiano.

INGRESOS



He ingresado de nuevo en el sanatorio. Esta vez ha sido de forma voluntaria. Les he dicho que me mareo y se me va la cabeza, que es lo que suelo decir cuando siento que empiezo a ponerme de mal genio. Y cuando digo “mal genio”, quiero decir, como bien saben ellos, que en cualquier momento puedo perder los papeles y empezar a hacer todo tipo de barbaridades. Barbaridades para los demás quiero decir, porque a mí nunca me he causado el menor rasguño, aunque dice el doctor que no hay que descartarlo en un futuro más o menos inmediato. Soy una persona rara pero no tonta, y aprovecho la mínima oportunidad para enterarme de los que dicen a mis espaldas. Realmente a lo mío se le pueden llamar ataques. No es algo que yo pueda prever de antemano.
De todos  modos, en el asilo o la residencia esta donde  siempre me traen no se está mal. Me dan bastantes pastillas, pero la mayoría de las veces las tiro por el retrete o hago que me las tomo pero las escondo en la boca y me deshago de ellas en cuanto puedo. Lo que más me gusta de todo es el jardín. Hay muchos bancos donde puedo sentarme a reflexionar y muchos caminos por los que paseo hasta agotarme. Y muchos árboles, sobre todo abetos y eucaliptos, algo que agradezco y aborrezco al mismo tiempo, pues dando sombra y cumpliendo las funciones que se suponen a dos miembros distinguidos  del reino vegetal, me hiere profundamente que ambos sean de importación. Unos del norte de Europa y los otros ni más ni menos de Australia, aquí al lado. Cómo si en a península ibérica no tuviéramos una población arbórea autóctona. Chopos, álamos, pinos, encinas y todo lo que usted quiera. Me desquicia porque creo que la reforestación a la que fue sometido nuestro suelo se debe a intereses monetarios vergonzosos. Cuando caigo en la cuenta estoy a punto de que me dé un repente y plantarme en dirección para que se enteren. Puestos a ello, podían haberse traído también algún koala que se alimenta de las hojas del eucalipto, si no me confundo. O algún canguro. Después de todo, sus maneras no diferirían demasiado de las nuestras, pues aquí quien más quien menos andamos de una forma un tanto original. Y cuando digo original quiero decir lamentable, que quede claro.
Claro que a nuestros años tampoco se nos puede exigir demasiado, pues ya llevamos muchos kilómetros en las piernas. Y al escribir esto me doy cuenta de cómo nuestro lenguaje es debitario de nuestras aficiones.  Yo siempre fui muy aficionado al ciclismo y sin querer, ciertas expresiones acuñadas en él, se cuelan en mi forma de escribir. Sea como sea, no estaría mal que nos permitieran desplazarnos en bicicleta, al menos a aquellos que como yo aún estamos medianamente en forma. Tendría su gracia una caterva de viejos trastornados con problemas de deambulación, y aquí y allá otros tantos en sus bicicletas tratando de sortearles. Además le daría mucha vida al ambiente un tanto melancólico del jardín.
Pero no debo engañarme con historias inverosímiles que a mí en el fondo ni me van ni me vienen. Además no todo los internados son mayores. Hay gente de mediana edad, gente joven, e incluso niños, algo que no llego a explicarme porque se trata de personas con diferentes tipos de afecciones, que no creo que sea conveniente que convivan en el mismo espacio con ellos. Entre los niños abundan los tristes, unas personitas que a mí me enternecen porque dan siempre la impresión de estar muy abatidos. Las enfermeras se empeñan todo el rato en que se muevan y se rían, y no les dejan en paz proponiéndoles juegos que ellos parecen ignorar, o enseñándoles continuamente unos juguetes extrañísimos que al parecer son el último avance para el tipo de terapia que necesitan, aunque ellos no parecen estar de acuerdo y no les hacen ningún caso o los tiran cuando se los dan. Los jóvenes son en general todo lo contrario, y están permanentemente en un estado de euforia, para el que les tienen que aplicar unas terapias radicales consistentes en neurolépticos y charlas con los psicólogos de la institución y el cura, que como es habitual les regaña y amenaza con todo tipo de males futuros si no reaccionan como es debido y dejan de masturbarse. A los mayores, normalmente nos dejan en paz y nos dan como casos perdidos con los que no merece la pena intentar nada. Simplemente nos amontonan en unas salas enormes y nos ponen la televisión. De todas maneras, existe un cuerpo de vigilantes que cuando las cosas se ponen feas en cualquiera de los sentidos, intervienen con los métodos previsibles en este tipo de profesionales. En su mayoría son ex guardas jurados y vigilantes de discoteca reciclados, con lo que, en mi opinión todo está suficientemente claro.
Algo que siempre me llamó la atención, teniendo en cuenta que ingreso aquí un mínimo de dos veces al año (y ya van más de diez), es que nunca he visto a una sola persona de color, y mujeres raramente, por lo que no sé si son objeto de discriminación o simplemente están menos locos que los hombres blancos.
En cualquier caso a mí no me importa demasiado porque tengo la certeza que en unos días vendrán a recogerme. El médico me suele llamar el día anterior y me dice que se ha apreciado una notable mejoría en mi comportamiento, y que no tiene sentido seguir allí  más tiempo. Y que cuando esté en casa no olvide de tomarme las medicinas que tanto provecho me han hecho, a lo que suelo responder que no me las  he tomado, y que por lo tanto mi mejoría debe obedecer a otras causas. Él invariablemente me dice que puede ser, se levanta, sonríe y me da la mano como despedida. Sé que la razón  verdadera es que mi familia me echa de menos y me reclama. No pueden vivir sin mí.
  
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LA OVEJA-LOBO (un cuento para Maya y Marcos)



Una oveja fue abandonada muy temprano por sus padres entre una camada de jóvenes lobos. Era de pelaje oscuro, así que pasó desapercibida entre los cachorros, aprendiendo de ellos su destreza y valentía, incluso su ferocidad. La camada de pequeños cachorros, acostumbrada a su presencia, no se cercioró de su diferencia radical. ¡Ni ella misma en principio pudo darse cuenta!
Un buen día, ya casi convertida en una auténtica oveja mayor, se sintió indispuesta. No estaba realmente enferma, porque por más que la auscultaban y la dieran toda clase de remedios no mejoraba. Decidió, por lo tanto, tomar el asunto en propia mano con las pocas fuerzas que le quedaban, y caviló si su mal no tendría otro origen que el puramente físico. Con alguna dificultad se encaramó frente al espejo, se miró de frente y de costado, luego la cara muy de cerca, la nariz, los ojos, la boca y los dientes “¡Qué raro -pensó- me parece que soy bastante diferente de mis hermanos”. Intentó después, aprovechando que los otros habían salido de caza, aullar como desde pequeñita le habían enseñado, y para su estupefacción le salió un aullido extrañísimo, blando, pastoso. Algo que le hacía recordar más a un ¡beeeeee! que a un ¡auuuuu! Se quedó aterrada ¿qué le pasaba? Era una auténtica metamorfosis. De pronto, temblándole todo el cuerpo, se dio cuenta mirándose aún más de cerca en el espejo, que sus ojos, su nariz, sus patas y su pelo, pero sobre todo su boca y sus dientes tenían realmente muy poco que ver con los de su familia.
Era extraña, distinta; descubrió despavorida que era más débil… pero sobre todo ¡Oh, Dios! ¿cómo no se habían dado ellos cuenta? …¡era una oveja! Una oveja ¡cielo santo! Justo lo que comerían los demás cuando regresaran de la caza, como tantas veces. Pero ellos, hoy se iban a dar cuenta, descubrirían el secreto de su enfermedad: su distinta naturaleza y su miedo. Desde pequeña se esforzó en imitarles ¡y lo hizo tan bien que les engañó! Había sido un lobo-oveja astuto, sagaz, arrogante, fuerte, ágil, valiente, y hasta sanguinario… pero ahora no podría continuar siéndolo. Había llegado el momento que su alma escondida de animal pacífico, bondadoso y débil había emergido por encima de todo su aprendizaje.
“A toda prisa, antes de que regresen –pensó para sí misma- debo huir de aquí, debo buscar a mi gente, mi rebaño, mis ovejas…” Sacó fuerzas de flaqueza ante el temor de ser definitivamente descubierta, y salió de la guarida por la entrada falsa ¡tanto temía ser sorprendida por los lobos al regresar de la caza!  ¡Y quizás con su presa preferida, una oveja suave y blandita entre sus fauces! ¡Qué horror! El miedo le dio alas. Conocía más allá de las colinas del sur algunos rebaños bien resguardados del lobo muy en sus rediles, en donde los lobos no podían penetrar, pues, además, temían al hombre como a la peste. Así que pronto estuvo en las inmediaciones de sus hermanas ¡Hermanas! pensó para sí indignada ¡Yo hermana de esas desgraciadas inútiles! Blandas, fofas, sin brío ni la fuerza que tanto admiraba en los lobos ¡Con esa mirada lánguida, estúpida, ese balido lamentable y su lanita en bucles!
¡Béeeee! ¡Béeeee! El rebaño, aunque mantenía una actitud de cierto recelo y se movía intranquilo, parecía dar la bienvenida a la recién llegada. Faltarían unos metros para unirse a él, y sintió que una furia intensa le subía a la cabeza. Su sangre de lobo despreciaba aquellos balidos miserables y vulgares ¡os vais a enterar de quien soy yo! ¡Yo, un lobo curtido en mil batallas! Y para demostrarlo, infló los pulmones y soltó un ruido extrañísimo, una especie de ¡béeauuuubée! Las ovejas, incluida ella misma, se quedaron perplejas. Algunas, despavoridas, se refugiaron rápidamente, otras, inquietas, dudaban en darle la bienvenida o salir huyendo. Solo tres o cuatro, sin duda las más viejas y experimentadas, permanecieron inmutables, y continuaron triscando los brotes que más les gustaban tranquilamente. ¡Qué vejación! ¡Ya ni si quiera aullaba! Y de nuevo lo intentó aún con más fuerza, pero no había solución. Su ¡béeauuuubée! dejaba impávidas a las tres o cuatro mencionadas.
Se acercó a ellas resuelta a ser respetada ¡Respetado! ¡Un lobo es un lobo! se dijo para sus adentros ¡se van a enterar! Intentó todo tipo de amenazas, pero no dio resultado en absoluto, hasta que al final se cansó y pensó en volver con los lobos. ¡Si hasta ahora no la habían descubierto por qué iban a darse cuenta ahora! Se puso en camino, pero al poco rato empezó de nuevo a sentirse enferma, las patas le temblaban terriblemente y casi no podía tenerse en pie ¡qué agotamiento! Se hallaba a mitad de camino ¿qué hacer? Decidió detenerse y pasar la noche en un roquedal rodeado de matas que le servían de refugio y eran un buen camuflaje.
Y allí permaneció días y días, semanas, meses…En algunas ocasiones se acercaban hasta allí los lobos, y ella en un esfuerzo supremo, lograba aullar dignamente y mostraba tal agilidad y destreza que estos no sospecharon nada. Eso sí, se enteró que algunos la llamaban “el lobo raro”, porque se había ido a vivir solo abandonando la manada, que era lo natural y más conveniente para estar bien alimentado. Incluso en alguna ocasión alguna de aquellas ovejas intrépidas que no se amedrentaron cuando las visitó, se acercaron a su refugio y pudo darse cuenta que no la temían en absoluto, lo que hería su orgullo de raza. ¡De raza, de raza de raza!..¡Oh, Dios! ¿Qué raza? pensó. ¡Qué disparate! También se enteró que entre las ovejas, que cada vez la visitaban con más frecuencia, la llamaban “la oveja tonta” por no irse a vivir con ellas en la seguridad de sus pastos bajo la protección del pastor.
El tiempo pasaba, y ahora al problema de su identidad se añadía el de su soledad. Le aterraba relacionarse con los lobos y despreciaba hacerlo con las ovejas. ¿Qué hacer?

Continuará. Escrito por el abuelo Carlos en 1981

LA OVEJA - LOBO final



 Lo cierto es que el lobo raro o la oveja tonta, como queráis llamarlo, permaneció mucho tiempo en su refugio, esperando decidirse  en uno u otro sentido. Sin embargo, la verdad es que no le resultó sencillo, pues si unas veces se sentía como un auténtico lobo, en  otras su corazón de oveja reprimida se manifestaba claramente, y deseaba incorporarse de inmediato al rebaño. Sucedió, sin embargo, que un día se presentó el pastor, que estuvo un buen rato allí intentándose comunicarse con ella. Le acompañaban una de las ovejas que no la temían, y un perro al que había visto en ocasiones guardar al rebaño. Un San Bernardo. Finalmente, el pastor, a pesar de la resistencia que ella mantuvo durante un rato, logró echarle una soga al cuello y llevársela con él, pues según parecía deducir de los gritos que daba, pretendía que le ayudara.
Aunque al principio no le pareció entender nada, pronto tuvo claro que el pastor quería aprovecharse de sus dos naturalezas, que finalmente no parecían ser incompatibles para lo que él pretendía. Como lobo, ejercería las funciones de perro guardián, y como oveja actuaría en cada momento tratando de comprender las reacciones del rebaño sin ser excesivamente agresivo, al comprender las motivaciones de sus hermanas para actuar a su manera. El perro que era inteligente y bastante entrado en años no puso ninguna objeción ni se mostró celoso, por lo que a partir de aquel momento los dos colaboraron en el cuidado del rebaño. En algunos momentos cuando veía a la manada de antiguos compañeros merodear por la zona para ver si alguna de las ovejas se despistaba, dejaba actuar al San Bernardo que a pesar de su edad tenía las suficientes malas pulgas como para mantenerlos alejados. Así fue como la oveja abandonada logró conciliar sus dos naturalezas tan opuestas, y logró el respeto de ovejas y lobos, que por raro que pueda parecer en secreto llegaron a envidiarla.

DESCAMPADOS



Me encontraba solo en un descampado de las afueras de una población, a la que hacía un rato había llegado en un tren procedente de la meseta. Parecía el lugar idóneo para encontrar lo que buscaba, y el único, pero grave, problema que tenía en esos precisos instantes, era que no me acordaba de qué se trataba. Sin duda de algo muy importante para mí, pues de otra manera no me hubiese molestado en viajar. Como por más que lo intenté no fui capaz de ello, acabé sentándome en el suelo con un cuaderno en el que iba apuntando los posibles objetivos de mi búsqueda.
Cuando estaba en plena faena, pasaron cerca de mí dos señoritas que a primera vista parecían azafatas de aviación por el uniforme que llevaban, que incluía un gorrito azul con unas alas zurcidas en su parte delantera. Sentí la tentación de preguntarles si a ellas se les ocurría alguna idea que pudiera ayudarme, pero como no me hicieron el menor caso y no quise hacer el ridículo, no me atreví y seguí trabajando. Lo hice de forma metódica y por orden alfabético. Cuando llegué a la O, no dudé en escribir “oro” en primer lugar, pues aunque lo cierto es que hoy en día ese metal está bastante devaluado para lo que fue en otra época, tampoco era cuestión de ponerse exquisito. Pensemos en la fiebre del oro americana: cuanto sacrificio y cuantas vidas. Pero no debía tratarse de eso, porque además no tenía ningún utensilio que pudiera servirme de ayuda, que sería lo lógico en tal caso. Qué menos que una piocha. Al comenzar la P, de inmediato escribí “perla”, pero me di cuenta que buscarlas allí sería totalmente absurdo porque no estábamos en el fondo del mar, y lógicamente no hay ostras en otro sitio. Ostras vivas, quiero decir, impensables en aquel lugar aunque en su día pudiera haber formado parte de la Atlántida.
 Descansé un buen rato tratando de recobrar el resuello. Estaba nervioso y muy agitado, y traté de relajarme contemplando el horizonte, una línea un tanto difusa con elevaciones, crestas y depresiones, sin duda debido a turbulencias atmosféricas en la lejanía. O quien sabe si a las ondas gravitacionales llegadas del cosmos, algo que al parecer estaba muy de moda, y cuya presencia, sin embargo, acababa de ser desmentida después de confirmarse su hallazgo tan solo unos días antes. No importaba. Quizás se trataba de mi vista. Finalicé la libreta sin resultados prácticos. No se trataba de ninguno de los elementos de la tabla periódica de Mendeleiev (que siempre llevo conmigo), ni de cualquier otro compuesto líquido, sólido o gaseoso. Ni por tanto del petróleo, mineral fósil acumulado por los restos del krill en los fondos marinos a través de los eones, cuya presencia subterránea en aquel lugar sería perfectamente inútil para mí en aquellos momentos, no siendo yo en absoluto espeleólogo ni nada que se le parezca.
  La solución debía estar por lo tanto por encima del suelo, y me puse a cavilar de qué podría tratarse aparte del oxígeno que, afortunadamente no escaseaba a pesar de la elevada temperatura. Cuando estaba en esas, vi acercarse a buen paso a un tipo que braceaba ostensiblemente y miraba en todas direcciones como si algo le inquietara o si, como yo, no tuviera demasiada idea de donde estaba. Pensé que se iba a dirigir a mí pues casi me  arrolla, pero pasó a mi lado a toda velocidad sin ni siquiera mirarme, por lo que empecé a pensar que solo cabían dos soluciones. O bien aquellas personas eran cortas de vista, o mi presencia era tan insignificante que me hacía prácticamente transparente. Por cierto, aquel tipo también iba vestido con el uniforme de una compañía aérea, por lo que llegué a plantearme si no se trataría de un avión siniestrado en aquel páramo. Algo que descarté de inmediato porque sin lugar a dudas ya habría oído pasar a los bomberos, que no se distinguen por su discreción, y visto la típica columna de humo elevándose hacia el cielo. Y, sin duda, a los helicópteros de emergencias.
La presencia de estas personas, la interpreté poco después como una metáfora de que lo que buscaba debía efectivamente de encontrarse en el aire, lo que me dio nuevas energía para seguir intentando descifrar aquel misterio. Quizás la despreocupación de los visitantes hacia mi persona era debida a que me veían como a un rival, alguien a quien no se debía dar ningún dato, tratando de pasar lo más desapercibidos posible. Quien sabe si éramos los concursantes de un programa de televisión con una misión específica que cumplir, y cada cual debía apañárselas por sus propios medio. Claro que en tal caso también era casualidad que los concursantes fueran todos de una compañía de aviación, aunque con la crisis y las reducciones de plantilla cualquier cosa era posible.Lo absurdo de mi situación me hizo pensar si el objetivo de mi búsqueda podría ser de otro tipo. Era posible que mi pretensión, en esos momentos olvidada, fuese convertirme en un anacoreta, y mi visita a aquel páramo una oportunidad única que no debía desaprovechar. O simplemente, ante el vacío de mi existencia, un impulso súbito me había empujado a buscar mi vena poética en un paraje tan desolado. Todo era en aquellos momentos posible.
Desgraciadamente cuando me hallaba cavilando sobre estas extrañas posibilidades, vi a lo lejos a los tres aviadores acercándose a la carrera, dando voces y haciendo aspavientos, indudablemente agitados y nerviosos. A unos pocos metros de mí se detuvieron, y cuando me dirigí a ellos para saber qué pasaba, el hombre se adelantó unos pasos señalándome, y gritó en dirección a las chicas, “sin duda se trata de este”, para de inmediato sacar una pistola del bolsillo y apuntarme con ella.
¿Tienes algo que alegar? me preguntó.  Ante esta nueva vuelta de tuerca de mi situación, no supe qué responderle, y lo único que en aquellos momentos se me ocurrió fue pensar que verdaderamente era una lástima que una situación, que hasta esos momentos tenía todas las apariencias de un vodevil surrealista, fuera de inmediato a convertirse en una tragedia de la cual yo era la víctima, aunque posiblemente ese era el único sentido de mi presencia allí.