Para mí, qué
querés que te diga, solo existís vos y tu culo. Sí, podés añadirle si te gusta,
la trompita, esos labios carnosos que tenés y que desde el primer día que los
vi me hicieron suponer otras delicias, pero dejáme de momento concentrarme en
ese lugar que al verlo por primera vez, supe que no me haría falta otra cosa. Aunque
te dieras la vuelta y fueras una bruja o un dragón, yo aquello lo quería solo
para mí. Suponer mis manos masajeando aquella hermosura, y pensar en la
felicidad suprema fue todo uno. Claro que de mi
familia de panaderos me llega la afición por las harinas, pero no
importa, y estoy seguro que siendo un agente de seguros, fontanero o corredor
de bolsa, al ver lo que vos tenés, hubiera tirado mi carrera al carajo, y con
seguridad me hubiera dedicado a la
felicidad de tu popa. Y a mi propia felicidad, pues no puedo imaginar otro
lugar ni otro instrumento que me pudieran proporcionar tanta alegría y hacer
surgir tanto deseo. En ocasiones pienso que llegaste a mi vida en el momento
justo, cuando una despedida me tenía malherido, pero creéme, al verte y
calibrarte olvidé de inmediato ese dolor pasado, como si vos hubieras llegado
en el momento justo para sacarme de la cabeza a la otra, la que decidió que
aquél boludo estaba mejor armado o, andá vos a saber, que en ese sentido nunca
tuve dificultades, y mi natural modestia se equipara con el porcentaje
habitual. Vos me entendés. Sé que te puede herir verte considerada como un
objeto, pero te equivocás si lo pensás así, que afortunadamente cuando te diste
la vuelta y te vi por primera vez, supe que eras vos la que me estaba
destinada, pues ni rubia ni trigueña, totalmente morocha, y esa cara tan linda
que enseguida me sugirió otras excursiones, sabiendo que quien era así no podía
sino guardar secretos deliciosos para el hombre que la ama. Y ahora que ya me
conocés y puedo ser sincero, te diré que de tus ojos negros y tu boca enseguida
imaginé unos pechos firmes coronados de
unas areolas oscuras y grandes, en las que los pezones se ofrecían a mi boca como a la de un
lactante, sediento de vos misma. Que lo
pienso y me acuerdo de aquél día, y aun me entran escalofríos de placer, pues
raramente se ve uno enfrentado, de repente, a quien le sugiere tanto como vos a
mí aquel día. Luego es cierto, que los días pasaron y una vez establecida la
relación y consumada la pasión con un desenfreno diario, las cosas vuelven a su
curso habitual y se aminoran, y unos labios por muy sugerentes y ofrecidos que
sean, acaban siendo unos labios, y un pelo como el tuyo, negro azabache, por
más que siga valorándose su densidad y textura, acaba siendo un pelo no más, y
tus ojos oscuros de turca, que aúnan la
ternura y el fuego, serán siempre lindos, pero ojos al fin y al cabo. Y tus
piernas largas y bien torneadas, tus caderas como asas de ánforas griegas y tu cintura mínima. Y tus
oscuros pezones como ojos escrutadores cuya simple visión me provocaban una
especie de delirio, del que difícilmente podía regresar con el agua que,
riéndote, me arrojabas delicadamente a la cara para que los soltara. Todo ello,
apasionante, palidecía ante tu culo, que
me suscitaba solo con verlo, la sensación de sumergirme en un mar inacabable o en
un campo de algodón al sol de la mañana antes de que el de mediodía lo sofoque.
Atraparlo con las manos bien abiertas y acariciarlo lentamente con aceites
perfumados como si se tratara de una masa de harina, que solo espera la
levadura para fermentar y hacerse pan. Y no te digo abrirlo como a una fruta
madura, y encontrar allí, que sé yo, el Amazonas, el Paraná, el Orinoco, las
fuentes del Nilo, la perdición de los hombres, que solo buscan el regreso y
encuentran en esos humedales la puerta de acceso al paraíso. No te preocupés mi
amor, y pensés que algo ha variado. No me hagas gestos de tristeza porque
imagines que no te amo, bien al contrario, aunque debo reconocer que empecé al
revés de lo habitual, es decir por el culo, ahora es tu rostro el que no se me va de la cabeza.
domingo, 26 de junio de 2016
AGUJEROS
Que hayamos
decidido pasar cada cual las vacaciones por nuestra cuenta no quiere decir que
algo haya cambiado entre nosotros, María Luisa. Recuerda que siempre dijimos
que entre los novios, o las parejas, como a ti te gusta decir, siempre es conveniente
que corra un poco de aire, lo que finalmente colabora a que se sientan más
unidas. Me dices en tu último correo que te parezco demasiado taciturno, y que
a tu edad cuando ya se percibe el crepúsculo (perdona la cursilada, de mi
cosecha), son preferibles las personas optimistas que ven el futuro con
esperanza. Y siempre te dije que estabas en lo cierto, recuerda. Aunque luego
añadiera que siempre se han dado casos de quienes al saltar, antes de llegar al
suelo daban vivas a la vida y al porvenir, ignorando la resistencia del suelo a
ser penetrados por los cuerpos sólidos en caída libre en función de la altura.
Me dices también
que te parece increíble que siga llamando a mi perrita María Luisa, y aquí
tengo que recordarte una vez más que la conocí a ella antes que a ti, y que
haberla cambiado de nombre entonces no
hubiera sido demasiado ético. María Luisa, los animales son dignos de respeto,
y si yo le hubiera cambiado su nombre de la noche a la mañana, el nuevo le
hubiera resultado incomprensible después de tanto tiempo, y no me hubiera hecho
ningún caso, con grave riesgo de su propia vida en determinadas ocasiones (es
propensa a atravesar los pasos de peatones con el semáforo en rojo si yo no le advierto
antes. De los pasos de cebra ni te quiero contar). Lo que ya me parece por tu
parte verdaderamente cruel es que me digas que la mayor prueba de mi amor por
ti sería que la sacrificara y me la comiera en pepitoria, como si se tratase de
una gallina o un pollo. Ya sé que hace tiempo un japonés en París descuartizó a
su pareja, y se la comió después como testimonio de la veneración que la
profesaba, queriendo incorporarla a su sistema digestivo, pero ese no es mi
caso, teniendo en cuenta, además, que las cosas no se detienen en ese punto,
como sin lugar a duda sabes.
Por otro lado,
en tu correo me reprochas mi interés por los agujeros, y que me pase buena
parte del día leyendo ensayos sobre el tema, como si en la vida no existieran
otros más interesantes y menos morbosos. Creo, sin embargo, María Luisa, que
además de pecar de reduccionista, no te has detenido con la suficiente atención
en el significado de esa palabra, que como todas, no se detiene en sí misma,
sino que apunta a un objeto tan común en nuestra vida cotidiana. Y cuando digo
objeto, me gustaría que pensases que no solo es eso, sino también un concepto
que abarca otras realidades, algo mucho mayor que el que pudiera sugerir, por
ejemplo, la palabra “alcantarilla”, que no deja de ser un agujero muy largo.
Piensa en la caverna de Platón, por decir solo algo.
María Luisa,
cariño (y te hablo a ti y no a la perrita), tú sabes como yo, aunque nos duela,
que nuestros cuerpos, es decir nuestro organismo, está esencialmente compuesto
por agujeros. Agujeros que nos facilitan la vida y sin los cuales ni siquiera
nos habríamos conocido ¿lo imaginas? Piensa en ello libremente y sin escrúpulos,
que después de todo derivan de un falso concepto de la pureza, algo que no se
da en absoluto en el mundo que habitamos. Y tampoco en la fontanería. Por otro
lado, la pureza es un concepto que, sin indagar demasiado, tiene, en el sentido
que habitualmente se le atribuye en occidente, una connotación cristiana que ha
hecho de ella casi su paradigma, como si fuera el desideratum de la virtud.
Los agujeros, es
cierto, casi siempre remiten a “abajo”, posiblemente porque solo en la pura
tierra se da la posibilidad de su existencia. No se da tal posibilidad en los
espacios siderales, con independencia de los agujeros negros, pero eso, como ya
sabes se trata de otro cosa, y aquí te remito a la cosmología, la relatividad
general y Stephen Hawking, si quieres hacerte una idea aproximada. Sí, ya sé
que de los agujeros salen las alimañas que pueblan los bosques, y los tan denigrados
detritus, que, sin embargo, nos permiten seguir comiendo al día siguiente sin
demasiadas complicaciones.
Preferirías, me
dices, que me interesase por los cielos, ese lugar sobre nuestras cabezas del
que un día descendió el maná sobre el pueblo elegido, o del que se descolgaron
las llamas de la sabiduría sobre la cabeza de los apóstoles en Pentecostés, o
la paloma de la paz con su ramita de olivo en el pico, simbolizando la paz y el
final del diluvio. O en el que buscamos inspiración levantando la cabeza cuando
los problemas nos abruman. Pero ignoras un tanto cándidamente, que de él
proceden también la tormenta y el rayo que origina el fuego devorador que asola
las cosechas. Y el pedrisco.
Busca en mí
aspectos que nos acerquen y no te empeñes en encontrar los que nos distancian. De
ser así, cada día serán mayores las vacaciones que tengamos que tomarnos cada
cual por su lado, y el agujero entre nosotros, por hablar de lo mismo, se
tornará una sima insondable que ninguno seremos capaces de saltar sin correr un
peligro que se me antoja excesivo.
DISCURSOS
La ceremonia
tuvo lugar en el llamado patio de armas, lugar en el que desde tiempos remotos
se celebraban los actos estrictamente castrenses como los desfiles, y otros de
significado relevante. Como de costumbre, el jefe del establecimiento, una vez
finalizaron los actos habituales, tomó la palabra para cerrar el acto. Vestía
como el uniforme reglamentario de gala, que sorprendentemente para los no
acostumbrados daba la sensación de ser una mezcla de los de un general con
mando en plaza, un obispo en activo, y un campesino cogido al azar (detalle
solo perceptible en el uso de boina en lugar de gorra, y alpargatas). El hombre
se había situado sobre un estrado en una tribuna, en la que asistían al acto
los dignatarios de otros países y las altas autoridades nacionales. Además de su atuendo, sorprendió que de
entrada, y una vez situado en el sitio, tardara todavía unos minutos en
dirigirse a la concurrencia, como si con tal actitud quisiera provocar la
atención de sus oyentes, o tuviera alguna dificultad de cualquier índole para
abrir la boca. Finalmente, tras una pequeña carraspera, cuando la inquietud empezaba
a apoderarse de los presentes, el Comisionado (que también se llamaba así a
esta autoridad) hizo un vago gesto sobre su cabeza con la mano que blandía su
bastón de mando, como si de esa manera quisiera apartar de sí mismo alguna idea
contradictoria, y empezó a hablar. Dijo en principio tras saludar a la
audiencia, entre la que por cierto para nada nombró a las señoras, que el
hombre era un animal ridículo, que siempre lo había sido, y que en su opinión,
aún lo era más en aquellos momentos con la invención de la telegrafía sin
hilos, los ordenadores y los teléfonos móviles. Comprendía, dijo, que tuvieran
que celebrarse actos como el que les había reunido en aquellos momentos, pero
no porque verdaderamente estuvieran cargados de un sentido preciso, sino porque
con hechos como aquel la humanidad trataba que su existencia no fuera un
absurdo, evitando de tal manera la guerra permanente y los suicidios en masa.
Tales palabras,
que otros años eran escuchadas con indolencia que su trivialidad habitual,
generaron entre los asistentes un malestar evidente, que pronto se hizo patente
en un murmullo creciente a medida que el jefe del establecimiento avanzaba en
su perorata, teniendo sobre todo en cuenta de que no hablaba en su propio
nombre sino en representación del Presidente de la República, y que, por lo
tanto, sus palabras estaban cargadas con un significado más allá de la inanidad
de los discursos oficiales, sino que contaban con la aquiescencia de la máxima
autoridad del país, presente en el lugar más destacado de la tribuna de
autoridades.
A medida que el
discurso avanzaba haciéndose paulatinamente más enrevesado y prácticamente
ininteligible, el Comisionado comenzó a introducir una gesticulación exagerada,
que pronto se transformó en aspavientos, lo que como es natural hizo que lo de
menos fueran las palabras que pronunciaba, sino la singularidad de sus movimientos.
Estos parecían apoyar lo que manifestaba
no en cuanto a la literalidad de lo expresado, sino en el énfasis que ponía en
determinadas expresiones, que a los asistentes les resultaban imposibles de
descifrar. Detrás de la tribuna empezó a percibirse cierto movimiento de las
gorras blancas de los servicios médicos, sin duda a requerimiento de la
superior autoridad y posiblemente del Arzobispo de la archidiócesis, temiendo
que el orador pasara a mayores y confesara su ateísmo militante (del que
presumía en petit comité al poco de tomar la segunda copa) y su anarquismo
militante.
Para un
observador imparcial la reacción oficial iba a llegar demasiado tarde, dada la
actitud del individuo, que pronto se desprendió de la chaqueta y camisa del
uniforme y comenzó a golpearse el pecho con ambos puños. Era evidente que el
Comisionado había perdido los papeles, o en todo caso había adoptado la actitud
de un gorila macho ante un peligro o en época de celo, algo a lo que daba mayor
verosimilitud la amplia mata de vello oscuro y enrevesado que cubría su torso
por completo. Los Servicios Sanitarios, desafortunadamente para los espíritus
más cultivados y las señoras pusilánimes o de misa diaria, llegaron demasiado
tarde, y a pesar del revuelo que se originó en el estrado, aún se pudo ver al
Comisionado abriéndose la bragueta del pantalón del uniforme de gala, sacando
sus genitales y exhibiéndolos ante el respetable muy ufano al parecer de los
mismos.
La copa de vino
español que se dio a continuación a pesar del lamentable espectáculo, fue como
es natural mucho más interesante y movida que en años anteriores, y en ella se
llegó a comentar que aquel tipo debía estar efectivamente sufriendo un proceso
de metamorfosis acelerado de hombre a gorila, y no solo por su actitud y el
vello profuso en todo su cuerpo, sino por la pequeñez de su aparato
reproductor, más propio, por raro que parezca, de un espalda plateada que de un
varón adulto de origen caucasiano.
INGRESOS
He ingresado de
nuevo en el sanatorio. Esta vez ha sido de forma voluntaria. Les he dicho que
me mareo y se me va la cabeza, que es lo que suelo decir cuando siento que
empiezo a ponerme de mal genio. Y cuando digo “mal genio”, quiero decir, como
bien saben ellos, que en cualquier momento puedo perder los papeles y empezar a
hacer todo tipo de barbaridades. Barbaridades para los demás quiero decir, porque
a mí nunca me he causado el menor rasguño, aunque dice el doctor que no hay que
descartarlo en un futuro más o menos inmediato. Soy una persona rara pero no
tonta, y aprovecho la mínima oportunidad para enterarme de los que dicen a mis
espaldas. Realmente a lo mío se le pueden llamar ataques. No es algo que yo
pueda prever de antemano.
De todos modos, en el asilo o la residencia esta
donde siempre me traen no se está mal. Me
dan bastantes pastillas, pero la mayoría de las veces las tiro por el retrete o
hago que me las tomo pero las escondo en la boca y me deshago de ellas en
cuanto puedo. Lo que más me gusta de todo es el jardín. Hay muchos bancos donde
puedo sentarme a reflexionar y muchos caminos por los que paseo hasta agotarme.
Y muchos árboles, sobre todo abetos y eucaliptos, algo que agradezco y
aborrezco al mismo tiempo, pues dando sombra y cumpliendo las funciones que se
suponen a dos miembros distinguidos del
reino vegetal, me hiere profundamente que ambos sean de importación. Unos del
norte de Europa y los otros ni más ni menos de Australia, aquí al lado. Cómo si
en a península ibérica no tuviéramos una población arbórea autóctona. Chopos,
álamos, pinos, encinas y todo lo que usted quiera. Me desquicia porque creo que
la reforestación a la que fue sometido nuestro suelo se debe a intereses
monetarios vergonzosos. Cuando caigo en la cuenta estoy a punto de que me dé un
repente y plantarme en dirección para que se enteren. Puestos a ello, podían
haberse traído también algún koala que se alimenta de las hojas del eucalipto,
si no me confundo. O algún canguro. Después de todo, sus maneras no diferirían
demasiado de las nuestras, pues aquí quien más quien menos andamos de una forma
un tanto original. Y cuando digo original quiero decir lamentable, que quede
claro.
Claro que a
nuestros años tampoco se nos puede exigir demasiado, pues ya llevamos muchos
kilómetros en las piernas. Y al escribir esto me doy cuenta de cómo nuestro
lenguaje es debitario de nuestras aficiones. Yo siempre fui muy aficionado al ciclismo y
sin querer, ciertas expresiones acuñadas en él, se cuelan en mi forma de
escribir. Sea como sea, no estaría mal que nos permitieran desplazarnos en
bicicleta, al menos a aquellos que como yo aún estamos medianamente en forma.
Tendría su gracia una caterva de viejos trastornados con problemas de
deambulación, y aquí y allá otros tantos en sus bicicletas tratando de
sortearles. Además le daría mucha vida al ambiente un tanto melancólico del
jardín.
Pero no debo
engañarme con historias inverosímiles que a mí en el fondo ni me van ni me
vienen. Además no todo los internados son mayores. Hay gente de mediana edad,
gente joven, e incluso niños, algo que no llego a explicarme porque se trata de
personas con diferentes tipos de afecciones, que no creo que sea conveniente
que convivan en el mismo espacio con ellos. Entre los niños abundan los tristes,
unas personitas que a mí me enternecen porque dan siempre la impresión de estar
muy abatidos. Las enfermeras se empeñan todo el rato en que se muevan y se
rían, y no les dejan en paz proponiéndoles juegos que ellos parecen ignorar, o
enseñándoles continuamente unos juguetes extrañísimos que al parecer son el último
avance para el tipo de terapia que necesitan, aunque ellos no parecen estar de
acuerdo y no les hacen ningún caso o los tiran cuando se los dan. Los jóvenes
son en general todo lo contrario, y están permanentemente en un estado de
euforia, para el que les tienen que aplicar unas terapias radicales
consistentes en neurolépticos y charlas con los psicólogos de la institución y
el cura, que como es habitual les regaña y amenaza con todo tipo de males
futuros si no reaccionan como es debido y dejan de masturbarse. A los mayores,
normalmente nos dejan en paz y nos dan como casos perdidos con los que no
merece la pena intentar nada. Simplemente nos amontonan en unas salas enormes y
nos ponen la televisión. De todas maneras, existe un cuerpo de vigilantes que
cuando las cosas se ponen feas en cualquiera de los sentidos, intervienen con
los métodos previsibles en este tipo de profesionales. En su mayoría son ex
guardas jurados y vigilantes de discoteca reciclados, con lo que, en mi opinión
todo está suficientemente claro.
Algo que siempre
me llamó la atención, teniendo en cuenta que ingreso aquí un mínimo de dos
veces al año (y ya van más de diez), es que nunca he visto a una sola persona
de color, y mujeres raramente, por lo que no sé si son objeto de discriminación
o simplemente están menos locos que los hombres blancos.
En cualquier
caso a mí no me importa demasiado porque tengo la certeza que en unos días
vendrán a recogerme. El médico me suele llamar el día anterior y me dice que se
ha apreciado una notable mejoría en mi comportamiento, y que no tiene sentido
seguir allí más tiempo. Y que cuando esté
en casa no olvide de tomarme las medicinas que tanto provecho me han hecho, a
lo que suelo responder que no me las he
tomado, y que por lo tanto mi mejoría debe obedecer a otras causas. Él
invariablemente me dice que puede ser, se levanta, sonríe y me da la mano como
despedida. Sé que la razón verdadera es
que mi familia me echa de menos y me reclama. No pueden vivir sin mí.
.
LA OVEJA-LOBO (un cuento para Maya y Marcos)
Una oveja fue
abandonada muy temprano por sus padres entre una camada de jóvenes lobos. Era
de pelaje oscuro, así que pasó desapercibida entre los cachorros, aprendiendo
de ellos su destreza y valentía, incluso su ferocidad. La camada de pequeños
cachorros, acostumbrada a su presencia, no se cercioró de su diferencia
radical. ¡Ni ella misma en principio pudo darse cuenta!
Un buen día, ya
casi convertida en una auténtica oveja mayor, se sintió indispuesta. No estaba
realmente enferma, porque por más que la auscultaban y la dieran toda clase de
remedios no mejoraba. Decidió, por lo tanto, tomar el asunto en propia mano con
las pocas fuerzas que le quedaban, y caviló si su mal no tendría otro origen
que el puramente físico. Con alguna dificultad se encaramó frente al espejo, se
miró de frente y de costado, luego la cara muy de cerca, la nariz, los ojos, la
boca y los dientes “¡Qué raro -pensó- me parece que soy bastante diferente de
mis hermanos”. Intentó después, aprovechando que los otros habían salido de
caza, aullar como desde pequeñita le habían enseñado, y para su estupefacción
le salió un aullido extrañísimo, blando, pastoso. Algo que le hacía recordar
más a un ¡beeeeee! que a un ¡auuuuu! Se quedó aterrada ¿qué le pasaba? Era una
auténtica metamorfosis. De pronto, temblándole todo el cuerpo, se dio cuenta
mirándose aún más de cerca en el espejo, que sus ojos, su nariz, sus patas y su
pelo, pero sobre todo su boca y sus dientes tenían realmente muy poco que ver
con los de su familia.
Era extraña,
distinta; descubrió despavorida que era más débil… pero sobre todo ¡Oh, Dios!
¿cómo no se habían dado ellos cuenta? …¡era una oveja! Una oveja ¡cielo santo!
Justo lo que comerían los demás cuando regresaran de la caza, como tantas
veces. Pero ellos, hoy se iban a dar cuenta, descubrirían el secreto de su
enfermedad: su distinta naturaleza y su miedo. Desde pequeña se esforzó en
imitarles ¡y lo hizo tan bien que les engañó! Había sido un lobo-oveja astuto,
sagaz, arrogante, fuerte, ágil, valiente, y hasta sanguinario… pero ahora no
podría continuar siéndolo. Había llegado el momento que su alma escondida de
animal pacífico, bondadoso y débil había emergido por encima de todo su
aprendizaje.
“A toda prisa,
antes de que regresen –pensó para sí misma- debo huir de aquí, debo buscar a mi
gente, mi rebaño, mis ovejas…” Sacó fuerzas de flaqueza ante el temor de ser
definitivamente descubierta, y salió de la guarida por la entrada falsa ¡tanto
temía ser sorprendida por los lobos al regresar de la caza! ¡Y quizás con su presa preferida, una oveja
suave y blandita entre sus fauces! ¡Qué horror! El miedo le dio alas. Conocía
más allá de las colinas del sur algunos rebaños bien resguardados del lobo muy
en sus rediles, en donde los lobos no podían penetrar, pues, además, temían al
hombre como a la peste. Así que pronto estuvo en las inmediaciones de sus
hermanas ¡Hermanas! pensó para sí indignada ¡Yo hermana de esas desgraciadas
inútiles! Blandas, fofas, sin brío ni la fuerza que tanto admiraba en los lobos
¡Con esa mirada lánguida, estúpida, ese balido lamentable y su lanita en
bucles!
¡Béeeee!
¡Béeeee! El rebaño, aunque mantenía una actitud de cierto recelo y se movía
intranquilo, parecía dar la bienvenida a la recién llegada. Faltarían unos
metros para unirse a él, y sintió que una furia intensa le subía a la cabeza.
Su sangre de lobo despreciaba aquellos balidos miserables y vulgares ¡os vais a
enterar de quien soy yo! ¡Yo, un lobo curtido en mil batallas! Y para demostrarlo,
infló los pulmones y soltó un ruido extrañísimo, una especie de ¡béeauuuubée! Las
ovejas, incluida ella misma, se quedaron perplejas. Algunas, despavoridas, se
refugiaron rápidamente, otras, inquietas, dudaban en darle la bienvenida o
salir huyendo. Solo tres o cuatro, sin duda las más viejas y experimentadas,
permanecieron inmutables, y continuaron triscando los brotes que más les
gustaban tranquilamente. ¡Qué vejación! ¡Ya ni si quiera aullaba! Y de nuevo lo
intentó aún con más fuerza, pero no había solución. Su ¡béeauuuubée! dejaba
impávidas a las tres o cuatro mencionadas.
Se acercó a ellas
resuelta a ser respetada ¡Respetado! ¡Un lobo es un lobo! se dijo para sus
adentros ¡se van a enterar! Intentó todo tipo de amenazas, pero no dio
resultado en absoluto, hasta que al final se cansó y pensó en volver con los
lobos. ¡Si hasta ahora no la habían descubierto por qué iban a darse cuenta
ahora! Se puso en camino, pero al poco rato empezó de nuevo a sentirse enferma,
las patas le temblaban terriblemente y casi no podía tenerse en pie ¡qué
agotamiento! Se hallaba a mitad de camino ¿qué hacer? Decidió detenerse y pasar
la noche en un roquedal rodeado de matas que le servían de refugio y eran un
buen camuflaje.
Y allí
permaneció días y días, semanas, meses…En algunas ocasiones se acercaban hasta
allí los lobos, y ella en un esfuerzo supremo, lograba aullar dignamente y
mostraba tal agilidad y destreza que estos no sospecharon nada. Eso sí, se
enteró que algunos la llamaban “el lobo raro”, porque se había ido a vivir solo
abandonando la manada, que era lo natural y más conveniente para estar bien
alimentado. Incluso en alguna ocasión alguna de aquellas ovejas intrépidas que
no se amedrentaron cuando las visitó, se acercaron a su refugio y pudo darse
cuenta que no la temían en absoluto, lo que hería su orgullo de raza. ¡De raza,
de raza de raza!..¡Oh, Dios! ¿Qué raza? pensó. ¡Qué disparate! También se
enteró que entre las ovejas, que cada vez la visitaban con más frecuencia, la
llamaban “la oveja tonta” por no irse a vivir con ellas en la seguridad de sus
pastos bajo la protección del pastor.
El tiempo
pasaba, y ahora al problema de su identidad se añadía el de su soledad. Le
aterraba relacionarse con los lobos y despreciaba hacerlo con las ovejas. ¿Qué
hacer?
Continuará.
Escrito por el abuelo Carlos en 1981
LA OVEJA - LOBO final
Lo cierto es que el lobo raro o la oveja
tonta, como queráis llamarlo, permaneció mucho tiempo en su refugio, esperando
decidirse en uno u otro sentido. Sin
embargo, la verdad es que no le resultó sencillo, pues si unas veces se sentía
como un auténtico lobo, en otras su
corazón de oveja reprimida se manifestaba claramente, y deseaba incorporarse de
inmediato al rebaño. Sucedió, sin embargo, que un día se presentó el pastor, que
estuvo un buen rato allí intentándose comunicarse con ella. Le acompañaban una
de las ovejas que no la temían, y un perro al que había visto en ocasiones
guardar al rebaño. Un San Bernardo. Finalmente, el pastor, a pesar de la
resistencia que ella mantuvo durante un rato, logró echarle una soga al cuello
y llevársela con él, pues según parecía deducir de los gritos que daba, pretendía
que le ayudara.
Aunque al
principio no le pareció entender nada, pronto tuvo claro que el pastor quería
aprovecharse de sus dos naturalezas, que finalmente no parecían ser
incompatibles para lo que él pretendía. Como lobo, ejercería las funciones de
perro guardián, y como oveja actuaría en cada momento tratando de comprender las
reacciones del rebaño sin ser excesivamente agresivo, al comprender las
motivaciones de sus hermanas para actuar a su manera. El perro que era
inteligente y bastante entrado en años no puso ninguna objeción ni se mostró
celoso, por lo que a partir de aquel momento los dos colaboraron en el cuidado
del rebaño. En algunos momentos cuando veía a la manada de antiguos compañeros
merodear por la zona para ver si alguna de las ovejas se despistaba, dejaba
actuar al San Bernardo que a pesar de su edad tenía las suficientes malas
pulgas como para mantenerlos alejados. Así fue como la oveja abandonada logró
conciliar sus dos naturalezas tan opuestas, y logró el respeto de ovejas y
lobos, que por raro que pueda parecer en secreto llegaron a envidiarla.
DESCAMPADOS
Me encontraba
solo en un descampado de las afueras de una población, a la que hacía un rato
había llegado en un tren procedente de la meseta. Parecía el lugar idóneo para
encontrar lo que buscaba, y el único, pero grave, problema que tenía en esos
precisos instantes, era que no me acordaba de qué se trataba. Sin duda de algo
muy importante para mí, pues de otra manera no me hubiese molestado en viajar.
Como por más que lo intenté no fui capaz de ello, acabé sentándome en el suelo
con un cuaderno en el que iba apuntando los posibles objetivos de mi búsqueda.
Cuando estaba en
plena faena, pasaron cerca de mí dos señoritas que a primera vista parecían
azafatas de aviación por el uniforme que llevaban, que incluía un gorrito azul
con unas alas zurcidas en su parte delantera. Sentí la tentación de preguntarles
si a ellas se les ocurría alguna idea que pudiera ayudarme, pero como no me
hicieron el menor caso y no quise hacer el ridículo, no me atreví y seguí
trabajando. Lo hice de forma metódica y por orden alfabético. Cuando llegué a
la O, no dudé en escribir “oro” en primer lugar, pues aunque lo cierto es que
hoy en día ese metal está bastante devaluado para lo que fue en otra época,
tampoco era cuestión de ponerse exquisito. Pensemos en la fiebre del oro
americana: cuanto sacrificio y cuantas vidas. Pero no debía tratarse de eso,
porque además no tenía ningún utensilio que pudiera servirme de ayuda, que
sería lo lógico en tal caso. Qué menos que una piocha. Al comenzar la P, de
inmediato escribí “perla”, pero me di cuenta que buscarlas allí sería totalmente
absurdo porque no estábamos en el fondo del mar, y lógicamente no hay ostras en
otro sitio. Ostras vivas, quiero decir, impensables en aquel lugar aunque en su
día pudiera haber formado parte de la Atlántida.
Descansé un buen rato tratando de recobrar el
resuello. Estaba nervioso y muy agitado, y traté de relajarme contemplando el
horizonte, una línea un tanto difusa con elevaciones, crestas y depresiones,
sin duda debido a turbulencias atmosféricas en la lejanía. O quien sabe si a
las ondas gravitacionales llegadas del cosmos, algo que al parecer estaba muy
de moda, y cuya presencia, sin embargo, acababa de ser desmentida después de
confirmarse su hallazgo tan solo unos días antes. No importaba. Quizás se trataba
de mi vista. Finalicé la libreta sin resultados prácticos. No se trataba de
ninguno de los elementos de la tabla periódica de Mendeleiev (que siempre llevo
conmigo), ni de cualquier otro compuesto líquido, sólido o gaseoso. Ni por
tanto del petróleo, mineral fósil acumulado por los restos del krill en los
fondos marinos a través de los eones, cuya presencia subterránea en aquel lugar
sería perfectamente inútil para mí en aquellos momentos, no siendo yo en
absoluto espeleólogo ni nada que se le parezca.
La solución debía estar por lo tanto por
encima del suelo, y me puse a cavilar de qué podría tratarse aparte del oxígeno
que, afortunadamente no escaseaba a pesar de la elevada temperatura. Cuando
estaba en esas, vi acercarse a buen paso a un tipo que braceaba ostensiblemente
y miraba en todas direcciones como si algo le inquietara o si, como yo, no
tuviera demasiada idea de donde estaba. Pensé que se iba a dirigir a mí pues
casi me arrolla, pero pasó a mi lado a
toda velocidad sin ni siquiera mirarme, por lo que empecé a pensar que solo
cabían dos soluciones. O bien aquellas personas eran cortas de vista, o mi
presencia era tan insignificante que me hacía prácticamente transparente. Por
cierto, aquel tipo también iba vestido con el uniforme de una compañía aérea,
por lo que llegué a plantearme si no se trataría de un avión siniestrado en aquel
páramo. Algo que descarté de inmediato porque sin lugar a dudas ya habría oído
pasar a los bomberos, que no se distinguen por su discreción, y visto la típica
columna de humo elevándose hacia el cielo. Y, sin duda, a los helicópteros de
emergencias.
La presencia de
estas personas, la interpreté poco después como una metáfora de que lo que
buscaba debía efectivamente de encontrarse en el aire, lo que me dio nuevas
energía para seguir intentando descifrar aquel misterio. Quizás la
despreocupación de los visitantes hacia mi persona era debida a que me veían
como a un rival, alguien a quien no se debía dar ningún dato, tratando de pasar
lo más desapercibidos posible. Quien sabe si éramos los concursantes de un
programa de televisión con una misión específica que cumplir, y cada cual debía
apañárselas por sus propios medio. Claro que en tal caso también era casualidad
que los concursantes fueran todos de una compañía de aviación, aunque con la
crisis y las reducciones de plantilla cualquier cosa era posible.Lo absurdo de
mi situación me hizo pensar si el objetivo de mi búsqueda podría ser de otro
tipo. Era posible que mi pretensión, en esos momentos olvidada, fuese
convertirme en un anacoreta, y mi visita a aquel páramo una oportunidad única
que no debía desaprovechar. O simplemente, ante el vacío de mi existencia, un
impulso súbito me había empujado a buscar mi vena poética en un paraje tan
desolado. Todo era en aquellos momentos posible.
Desgraciadamente
cuando me hallaba cavilando sobre estas extrañas posibilidades, vi a lo lejos a
los tres aviadores acercándose a la carrera, dando voces y haciendo aspavientos,
indudablemente agitados y nerviosos. A unos pocos metros de mí se detuvieron, y
cuando me dirigí a ellos para saber qué pasaba, el hombre se adelantó unos
pasos señalándome, y gritó en dirección a las chicas, “sin duda se trata de
este”, para de inmediato sacar una pistola del bolsillo y apuntarme con ella.
¿Tienes algo que
alegar? me preguntó. Ante esta nueva
vuelta de tuerca de mi situación, no supe qué responderle, y lo único que en
aquellos momentos se me ocurrió fue pensar que verdaderamente era una lástima
que una situación, que hasta esos momentos tenía todas las apariencias de un
vodevil surrealista, fuera de inmediato a convertirse en una tragedia de la
cual yo era la víctima, aunque posiblemente ese era el único sentido de mi
presencia allí.
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