lunes, 22 de octubre de 2018

RISAS

Nadie sabe a ciencia cierta cuando Jesusín se empezó a reír. El hecho es que cuando ingresó en el psiquiátrico varios años después no dejaba de hacerlo, y la verdad es que oyéndole, uno tenía la sensación de que no era una risa estereotipada ni meramente compulsiva, una especie de tic, sino una risa bien fundamentada. En resumidas cuentas, daba la impresión de que verdaderamente se estaba riendo de algo. Desgraciadamente no lo recuerdan ni sus más allegados. En cualquier caso, tal hecho se vio pronto acompañado por otro no menos llamativo, el movimiento que Jesusín imprimía a su cuerpo en pleno ataque de risa, viniera o no a cuento. Este movimiento estaba compuesto por otros dos que se superponían, el primero una especie de bamboleo rotatorio de las caderas, y el segundo un cimbreo lateral, que recordaban a poco de que se estuviera atento, a los que efectúan los ciclistas cuando están llegando a la meta al sprint. Lógicamente en el caso de este hombre tal movimiento era más sosegado, a pesar de lo cual en alguna ocasión tuve la impresión de que se trataba de uno de los  esforzados de la ruta, que al tiempo de estar a punto de cruzar la línea de llegada, se desternillaba de la  risa que le producía su victoria.
                 Con el tiempo, sin embargo, todo hay que decirlo, Jesusín se fue calmando y sus movimientos se hicieron menos evidentes, apenas un contoneo lateral, acompañado, eso sí, de una incipiente agitación multidireccional de brazos, cuya finalidad podía ser un intento inconsciente de calmarse. Desgraciadamente la relativa tranquilidad que parecía ir adquiriendo en el transcurso de los días, pronto se vio truncada por la irrupción de una incesante verborrea sobre lo primero que se le venía a la cabeza (o al menos eso es lo que parecía al principio dada su ininteligibilidad). El resultado final después de prestar mucha atención a sus palabras, fue que se reía de lo que él mismo decía, lo que al parecer le hacía muchísima gracia. El paroxismo de sus actuaciones se alcanzaba en los momentos en los que las tres características señaladas se daban al mismo tiempo: la risa, el sprint y la verborrea. Y fue en una de estas crisis cuando el doctor, avisado por sus familiares, decidió que era preciso ponerle una camisa de fuerza e internarlo.
               Hace ya varios años que Jesusín vive en el Psiquiátrico Provincial al cuidado de las hermanas Picoletas, que le tratan con el cuidado y mimo que este tipo de personas requiere, aunque tal cosa no quiere decir que en determinadas ocasiones no se le aplique la conocida popularmente como terapia de la manguera (o duchas de agua fría en su defecto) para hacerle volver a sus cabales. Además empiezan a ser populares entre el resto de los pacientes (y los familiares que les visitan los fines de semana), las actuaciones teatrales de Jesusín. Las monjas se han dado cuenta que sacándole en el teatrillo que se monta al efecto en la sala de visitas para amenizar las tardes de los sábados, sus movimientos espasmódicos y su incansable verborrea causan en los espectadores tal regocijo que poco más tarde acuden a la cena y se van a dormir mucho más relajados

domingo, 21 de octubre de 2018

GATOS


Hay momentos en la vida de Agustín Ramírez Zarrabeitia muy importantes, extraordinariamente importantes. Tan importantes, concluiríamos, que toda evaluación se quedaría corta, pues le hace sentir un hombre por encima de toda medida. Él cree que no hay nada en la naturaleza ni remotamente parecido, teniendo en cuenta que para él el hecho de ser hombre es la cosa más sublime que podía haberle sucedido. Y nos referimos como es natural a su especie de homo sapiens, hasta el punto de ser partidario del llamado principio antrópico, aquel que afirma (aunque las pruebas no sean en absoluto determinantes) que el universo desde su creación, ha evolucionado con el único propósito de que acabe surgiendo el ser humano. La teoría de la evolución de Darwin le tiene sin cuidado, aunque es de la opinión que si para llegar a ser hombre o mujer tuvimos que pasar por el mono, no tiene ningún inconveniente en aceptarlo. Como tampoco lo tendría, por cierto, si para ello hubiera evolucionado a partir de un cuadrúpedo de la sabana africana, eso que quede claro (algo sugerido por algunos científicos de la república de Guanabudú, a partir de la cebra)
             Pero volviendo a la afirmación con la que se iniciaron estas líneas, en las que se afirmaba la extraordinaria importancia de algunos momentos de su vida, Agustín insiste en que estos se dan principalmente cuando se relaciona con otros seres vivos, sean o no de su  propia especie. Suele poner el ejemplo de sus nietos, a los que cuando ve, parece entrar en una especie de éxtasis desorbitado (¿hay algún éxtasis que no lo sea?) hasta el punto de ser invadido casi de inmediato por una catatonia paralizante de tanta felicidad, y debe ser sentado en un sillón con almohadones para que pueda gozar intensamente mientras los chiquillos juegan a su alrededor a sus anchas, y alguno exclama “al abuelo ya le ha dado otra de las suyas”. Siendo este el caso más paradigmático, sin embargo no es el único, pues con una especie nada parecida a la humana, hablamos de los felinos llamados gatos, le sucede aproximadamente lo mismo, ya que adorándolos, tiene que prescindir de ellos, pues cada vez que se ha llevado uno a casa, ambos han tenido que ser rescatados a punto de morir por deshidratación, a pesar de que Agustín parecía seguir gozando del trance en su sillón de orejas.
                      Queda claro a estas alturas que el arrobo de nuestro personaje no es algo de lo que solo él está al corriente, sino que también lo están sus familiares próximos y algunos allegados, que jamás le dejan solo más allá de veinticuatro horas, no fuera a ser que por cualquier motivo, hubiera entrado en trance con las desagradables consecuencias mencionadas.

LUGARES


-Hay lugares a los que se llega, y una vez allí más vale permanecer y ver lo  pueden dar de sí. Considerar que no se ha recorrido una distancia en vano y no volver de inmediato sobre nuestros pasos, como si una vez alcanzado el objetivo, éste se hubiera vuelto insignificante. Estimar, si acaso, que no es tal ubicación la que no merece una atención mínima, sino nuestra capacidad perceptiva la que no se adecúa a lo que posiblemente pueda ser considerado valioso. Normalmente no se siguen rutas en vano para alcanzar puntos sobre la geografía que desdeñamos de inmediato. Y si tal sucede, no desestimar que el error pueda estar de nuestro lado, y no en la pretendida inanidad de lo alcanzado. Aunque tal caso pueda darse, a pesar de todo el empeño que se haya puesto en el camino, pues nuestra sola voluntad no es  a veces suficiente para investir de valor  a  un yermo o un erial, por mucho que hubiera sido nuestro empeño y convicción de que era allí, y no en otro lugar, donde se encontraba nuestro  Eldorado. Conviene, si tal fuera el caso, y tras un análisis todo lo detallado que merezca la situación,  deshacer el camino que tanto nos costó recorrer, Puede que en ello nos vaya la vida si lo encontrado se vuelve contra nosotros con un furor inexplicable, y mal haríamos si en ese momento, quisiéramos desentrañar tal sinsentido en vez de huir. Cierto es que será frecuente que hallando baldío en un primer momento el objeto de nuestros afanes, debamos esperar un cierto tiempo hasta que su valor se manifieste con la intensidad que esperábamos, para, si esto no llega a suceder, tomar vías alternativas, desvíos, rutas que quizás se nos presenten  inopinadamente. Ascensiones o descensos a lugares que, no por ignorados o remotos, dejen de asombrarnos, una vez abiertos a lo inesperado. Quién sabe incluso si, llegado el caso, solo se trata de continuar otro trecho, pues lo que imaginábamos en tal lugar, resultó ser un error de cálculo que solo unos pasos más volverán a darle el significado que creímos perdido para siempre. Es cierto, sin embargo, que en algunas ocasiones deberemos valorar aquilatadamente si merece la pena iniciar el camino buscando lugares que solo existen en una mente excesivamente necesitada de utopías. Tener en cuenta que, con frecuencia, ponerse  en camino al albur de lo que este quiera depararnos, es un dislate que no ha de llevarnos más que a un agotamiento sin sentido. Más valdrá en muchas ocasiones considerar que no se trata de encontrar lugares ignotos, y tenidos por valiosos: es frecuente que nuestros anhelos no se hallen demasiado lejos de donde nos encontramos, incluso sin dar un solo paso. Con frecuencia el horizonte más valioso es aquel que, al verlo, no tratamos de alcanzarlo desordenadamente, como si solo el hecho  de correr hacia él tuviera sentido. El horizonte anhelado con frecuencia solo se alcanza si valoramos suficientemente el sentido de nuestra mirada.

martes, 2 de octubre de 2018

VIRIATO


La colcha es lo que tiene. Te alberga y casi te tapa, pero la noche también tiene sus antojos y como quien dice peculiaridades, y te encontrará a las tres de la mañana al descubierto, desnudo y sin sábanas.

Y qué decir de ese sentimiento de soledad en el silencio mortuorio de la madrugada, cuando los gallos ni siquiera son gallos, y nada se puede esperar de ellos hasta que el sol despunte, si tal es su voluntad.

Porque seamos serios, las ventanas a las cuatro de la mañana son solo un espejismo del betún, pongo por caso, y nada añaden a la inutilidad de la mirada cuando el paisaje  todavía está ahí inútilmente.

Los recuerdos se agolpan en esos momentos en tu mente, pero no de una forma ordenada ni metódica, sino como un alud desimplicado de todo contenido, aunque lleno de unas fosforescencias impropias de la nieve de cualquier procedencia.

Es ese sin embargo el momento preciso en el que se allega a mis entendederas la completa historia de España, Viriato y don Pelayo incluidos. Nación de naciones, dicen algunos, ubre en todo caso nutricia de la que todos mamamos por más que reneguemos del amargo sabor de la leche cortada.

Recuerdas entonces a tus compañeros de clase en el instituto donde, por cierto, pasaste de los pantalones cortos a los largos para tapar las incipientes vergüenzas de unos pelos que te acompañaran toda la vida como al orangután que siempre fuiste.

Pongamos punto final a esta diatriba, discusión o como quieras llamar a este desacuerdo. Las cosas son como son o no son absolutamente nada. Tú a tu lugar y yo al mío. Y ambos a ninguna parte. Qué carajo.