miércoles, 4 de mayo de 2016

TABIQUES

Sin que me preguntaran (*), tenía la certeza de lo que les preocupaba. Siempre les parecí un niño tímido al que más valía espabilar pronto, si no se quería que con el tiempo llegara a ser un joven raro y un adulto definitivamente desquiciado. Con frecuencia les oía hablar sobre mí desde la habitación de al lado después de comer. Ellos no podían imaginar que pudiera hacerlo porque hablaban intencionadamente en voz baja, pero ya por entonces yo había aprendido una técnica infalible para escuchar las conversaciones a través de los tabiques. Bastaba con poner un vaso con los bordes contra la pared y la oreja bien pegada a la base. No era sencillo y llevaba cierto aprendizaje, pero con el tiempo acabé encontrando un lugar en el tabique donde podía oírles como si hablaran por un altavoz. Normalmente era papá el que solía empezar la conversación, aludiendo a algo que había sucedido durante la comida y de lo que, como no, yo era el desafortunado protagonista. Lo que parecía molestarle más era que hablase poco o que, como mucho, solo comentara algo cuando se me preguntaba directamente, pero el hecho de que jamás tomara la iniciativa le desquiciaba, y a través de la pared podía intuir la cara de mal genio con la que se dirigía a mamá, como si la pobre tuviera la culpa. Ella trataba siempre de echarme una mano, e intentaba hacerle ver que el que yo fuera de pocas palabras no era un síntoma negativo, sino solo una forma de ser. “Es un niño introvertido, eso es todo, Luis”, era su expresión favorita, con la que pretendía calmar a papá, cuyo enfado parecía aumentar según pasaban los minutos, hasta que finalmente daba un puñetazo en la mesa y se levantaba airadamente, momento en el que yo salía por la puerta opuesta, no fuera a ser que me cogiera con las manos en la masa. En algunas ocasiones, para capear el temporal, mamá se ponía de su lado y confirmaba lo que decía mi padre con afirmaciones breves y poco significativas, tipo “sí, claro”, “puede ser”, “eso parece” y otras por el estilo, con las que intentaba desinflarle y que se tranquilizara. Mis otros hermanos no querían saber nada, y normalmente ya se habían ido, aunque era evidente que estaban al corriente y que también ellos me consideraban un bicho raro, pero tenían otras cosas más importantes en las que pensar. En algunas ocasiones, al cruzarse conmigo me daban pescozones, o hacían una mueca significativa burlándose y queriéndome transmitir que no andaba muy bien de la cabeza (bizqueaban, sacaban la lengua y cosas por el estilo), aunque para no tomármelo demasiado a mal, prefería acabar pensando que eran muestras de afecto que no sabían como demostrar de otra manera, a una edad en las que todos deberían andar con las hormonas revueltas. Yo era el pequeño y tenía once años, los otros cuatro, todos varones, andaban entre los catorce y los veinte. La situación con el tiempo se me hizo verdaderamente desagradable, y empecé a urdir estrategias para tranquilizar a todo el mundo, pero sobre todo a mi padre, del que temía que de seguir así, acabaría llevándome a un reformatorio o un colegio para niños retrasados o algo parecido. Pero lo cierto es que no se me ocurría nada, y que, a pesar de todo, yo me sentía bien en aquella familia de seres malhumorados o excesivamente hormonados (excluyo de ambas acepciones a mi madre, naturalmente). Para mí era suficiente escucharles y estar atento a las majaderías que contaban, aunque algunas, todo hay que decirlo, me resultaban muy divertidas. Mi padre era otra cosa, pero también me gustaba oírle contando los acontecimientos de la fábrica donde trabajaba, a los que solía aludir como si se tratara de una tragedia griega, independientemente de que el asunto versara sobre una caída súbita en la tensión eléctrica, que había parado la producción durante media hora, o simplemente de lo difícil que le resultaba hablar con el subdirector por la tremenda halitosis que padecía. Según pasaban los días, sentía que me iba poniendo más nervioso, pues no se me ocurría nada para ser más participativo y que mamá no tuviera que escuchar, día tras día, las diatribas de papá contándole lo preocupado que estaba por mi actitud. Además, de tanto pegar las orejas al culo del vaso, empecé a darme cuenta de que se estaban empezando a poner moradas, lo que pronto iba a levantar sospechas y se acabaría descubriendo mi costumbre, lo que debo confesar que me espantaba, no solo por lo que podían decir de mí, sino porque en algunas ocasiones les oía hablar de otros temas, que sin saber exactamente a qué se referían, si intuía que era algo no apto para menores. Por ejemplo, un día mamá muy irritada le dijo a mi padre “¿qué quieres que te diga, Luis? No me apetece, y ya está”. Finalmente se me ocurrió una idea que en principio me pareció genial, impropia de un crío como yo, que no destacaba en absoluto en su clase de los primeros años del bachillerato. Al menos de esta manera, estaba seguro de llenar el hueco que mi oprobioso silencio durante la comida hacía que mi padre se saliera de sus casillas. Así que un día me decidí a tomar la palabra entre el primer y segundo plato, cuando mi progenitor empezaba a dar síntomas de agitación ante mi mutismo. Ante el asombro de todos, me levanté y dije elevando la voz: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga en antigua, rocín flaco y galgo corredor…”. Y así durante dos minutos durante los cuales todos me miraron con cara de perplejidad, que en mi padre era simplemente de estupor, de tal manera que al terminar mis hermanos me aplaudieron, mi madre me miró con emoción y mi padre se levantó de la mesa temblando y no volvió a aparecer. La verdad es que no supe como interpretar correctamente sus reacciones, y solo cuando el jolgorio de mis hermanos rompió el silencio que se había establecido, supe que algo no encajaba en la situación, lo que a su vez me dejó tan preocupado que me limité a encerrarme en la habitación sin emplear ese día el vaso ni el tabique, después de que mamá me pasara una mano por el pelo y me llamara “cariño”. Quizás el fracaso había consistido en que no había elegido el libro adecuado, aunque es verdad de que no tenía demasiadas opciones, pues en casa tampoco había demasiados. Días después, sin embargo, me atreví a reiniciar mi táctica, y a los postres, después de anunciarlo, les recité algo que había encontrado en un librito casi escondido detrás de los otros y que decía así: “Fabio, las esperanzas cortesanas, prisiones son do el ambicioso muere y donde al más astuto nacen canas. El que no las limare o las rompiere, ni el nombre de varón ha merecido, ni subir al honor que pretendiere…”. No pude terminar, mamá se echó a llorar y papá permanecía demudado en su silla sin pestañear. Mis hermanos esta vez se mantuvieron en silencio, porque cuando uno de ellos intentó reírse, papá le echo una mirada fulminante que le hizo cerrar la boca de inmediato. Permanecimos así un buen rato en el que nadie dijo ni una sola palabra, hasta que papá se dirigió a mí con una cara que me emocionó, porque nunca le había visto llorar, y dijo “Ya, dulce amigo, huyo y me retiro de cuanto simple amé; rompí los lazos. Ven y verás al alto fin que aspiro, antes que el tiempo muera en nuestros brazos”. Todos lloramos durante un buen rato, aunque si debo decir la verdad, yo no entendía nada. 

(*) Frase del libro “Un niño” de Thomas Bernard (Ed. Anagrama)

PERCEBES

Vivo en una isla al norte de Europa cerca de Islandia, que es otra. Conmigo está mi mujer, que al final accedió a acompañarme sabiendo mi pasión por la naturaleza. Es una mujer de ciudad, de hecho es de Nueva York, el paradigma de las mismas, y no creo que haya que preguntar a demasiadas personas para confirmarlo, ni que nadie tenga muchas dudas sobre ello. No fue fácil convencerla, sobre todo teniendo en cuenta que tenemos a un crío de tres años, y tenía mucho miedo de que pudiera coger cualquier cosa, considerando que el primer dispensario médico está en una pequeña población a cuarenta kilómetros de aquí, y que la temperatura media, verano incluido, no sobrepasa los seis grados. Ya se sabe que los niños a esas edades suelen padecer pequeñas indisposiciones que, sin ser graves, afortunadamente enseguida inquietan a sus madres, motivo sin el cual, paradójicamente, es más que posible que muchos de nosotros no estuviéramos hoy aquí. En cualquier caso, lo cierto es que desde que llegamos el niño no ha tenido nada, excepto un día con diarrea y algo la fiebre. Soy biólogo marino, y me dedico a investigar la fauna de esta costa, que me interesa sobremanera, aquí hay una gran cantidad de animalitos que a pesar del clima tan inhóspito, sobreviven por mecanismos que me interesa averiguar, y que junto con el estudio de una variedad de percebe autóctona, es uno de los objetivos principales de mi investigación. Elsa es una mujer de ciudad, como ya dije, acostumbrada a frecuentar a sus amigas, salir algunas tardes a merendar e ir al teatro, y a veces tengo mala conciencia, pues creo que la he forzado a un sacrificio que podía haberse ahorrado: bastaba que yo me hubiera venido aquí por temporadas para conseguir lo mismo. Pero lo hecho, hecho está, y no es cuestión ahora de ponerse a dar vueltas al asunto. Por otro lado, este tipo de climas forja un carácter apto para enfrentarse a cualquier reto del futuro, que siempre será menor, y quien sabe si Olsen, el niño, dará mucho que hablar tiempo adelante, quizás entonces él y su madre me lo agradecerán. Lo cierto es que para mí este es un lugar maravilloso, principalmente porque me permite trabajar en lo que me gusta, y además no me veo obligado a cumplir las obligaciones que se suponen son normales en un matrimonio joven, como son salir con sus amistades o recibirlas en casa los fines de semana. Soy un hombre de pocas palabras, al que solo interesan los crustáceos, los moluscos y algunos animales afines, por lo que cualquier otro tema me acaba desquiciando. La política me tiene sin cuidado, y desde luego prefiero un régimen con la suficiente autoridad como para que la vida pueda transcurrir en orden y sin violencias que no arreglan nada. Y sobre esto no quiero extenderme porque me intranquilizo y acabo perdiendo los papeles cuando llegamos al marxismo y el pueblo sometido. Mi vida son los animales marinos y los anfibios. Eso es todo. Mencioné más arriba a los percebes, y quiero aquí dar una pequeña información sobre estos animalitos, suficientemente estoicos como para pasar la vida aferrados a las rocas a la espera de que una mar exagerada se los lleve por delante, o que unos mariscadores desaprensivos se acaben descolgando por los farallones, para arrancarlos y llevárselos al mercado donde se pagan a buen precio (sobre todo si los exportan). El hecho que en estos momentos me interesa destacar que la variedad que se da exclusivamente en esta isla y algunas de las próximas, es un crustáceo que ha desarrollado un vello denso y profuso sobre la uña (también llamada “capítulo”), posiblemente como un medio de defenderse de la temperatura del mar, rondado los cero grados, y siempre a punto de congelarse. Estos pelos me obsesionan, pues en mi opinión le bastaría con la cutícula de la uña para sobrevivir, y finalmente no estoy seguro de que en realidad cumplan otra función, como podría ser la protección del pedúnculo (cuerpo). Eso es lo que estoy investigando con más precisión, para lo cual debo en ocasiones arriesgar la vida acercándome para y ver como las olas impactan sobre los bichos, y si los pelos cumplen la función que les supongo. Los escasos habitantes de la isla tienen varias teorías sobre la vida de este animal (que ellos apenas comen). La primera es que los que son arrancados de la roca los días de mar gruesa, caen al fondo marino y son alimento de algunos peces, y otra, que una vez autónomos, se convierten en peces y navegan hacia el sur, mudando los pelos en escamas. Si debo decir la verdad, después de casi un año aquí haciendo todo tipo de experimentos, no he llegado a ninguna conclusión fiable, con lo cual me veo abocado a regresar al mito, y dar alguna credibilidad a las leyendas de los naturales del país, lamentando en este sentido los cinco años de universidad que tuve que estudiar para ser ictiólogo, cuando con un poco de imaginación podría haber llegado a las mismas conclusiones. Solo me tranquiliza, y esto es una confidencia que espero que no llegue más allá de los destinatarios de estas líneas, observar la gruesa trenza de Elsa, que según pasa el tiempo parece haber adquirido el grosor y calidad de algunas protagonistas del cine de Ingmar Bergman. Creo que solo por eso merece la pena seguir aquí. Aunque los percebes autóctonos sigan siendo un misterio, las noches árticas son mucho más llevaderas con una trenza de esa categoría en las inmediaciones.

ALIENÍGENAS

Al parecer, soy un extraterrestre. Yo personalmente no tengo ningún dato, y por lo tanto. me limito a transmitir lo que me ha comunicado mi amigo Lorenzo, al que tengo en gran estima y valoro mucho, porque si algo le caracteriza es ser un hombre cabal, y de palabras, las justas. Quiero con esto decir que si él no tuviera la certeza de lo que afirma, no se hubiera molestado en informarme, porque no le gusta llamar la atención sin sentido. Dice que tiene la convicción de que soy un alienígena por ciertas características psíquicas que solo persona enteradas como él pueden percibir, por lo que ni siquiera merece la pena especificarlas. De todas maneras, una vez al corriente del asunto, y considerándome una persona con la cabeza encima de los hombros, sometí a mi cuerpo a un examen exhaustivo y verdaderamente no encontré nada escandaloso, aunque si debo decir toda la verdad, sometiéndome a un segundo escrutinio más riguroso, observé por primera vez cerca de las ingles unas varices tornasoladas virando al verde que me resultaron sorprendentes, y me inquietaron de inmediato. En cualquier caso, en opinión de Lorenzo después de comentarle el hallazgo, tal cosa no debería preocuparme, pues tiene la certeza de que mucha gente es extraterrestre, aunque lo ignore y carezca de varices, lobanillos o marcas de nacimiento. Como es una persona con la que me veo al menos un par de veces por semana, debió darse cuenta de que su confesión me había afectado más de lo que a él le parecía razonable, porque ayer mismo trató de tranquilizarme asegurándome que era posible “que la mayor parte del género humano” fuera alienígena, aunque tanto La Casa Blanca, el Pentágono, la CIA, el FBI y la Santa Sede hubieran optado por el silencio para que no cundiera el pánico. Y no digamos nada de El Kremlin. “Considera-me dijo a continuación en un excurso tranquilizador-que ni siquiera el agua de los mares ni, por supuesto, la que bebemos, es realmente terrestre, sino que proviene de la infinidad de cometas y asteroides que nos han bombardeado durantes millones de años. “Javier-me dijo al despedirnos-desengáñate, somos todos marcianos o algo peor, pero en tal caso, si lo piensas de serio, los verdaderamente extraterrestres serían los de aquí”. Luego se fue sin esperar ningún comentario por mi parte, momento en el que pude observar con toda nitidez en la parte posterior de sus orejas una vetas verdosas, que de inmediato relacioné con las varices de mis ingles, lo que me tranquilizó al saber que al menos por su parte no iba a desatarse una caza de brujas. Quien sabe si incluso podíamos ser parientes cercanos.

CHUMBERAS

La ciudad está poblada por dos tipos de personas: los que salen de casa antes de las siete de la mañana camino del trabajo y las que lo hacen después, bien sea porque el suyo comienza a una hora menos intempestiva o porque no trabajan. Creo que esto todo el mundo lo puede entender, aunque no haya alcanzado una titulación universitaria. No hace falta para ello tener conocimientos avanzados de matemáticas, ni de temas que sean considerados equivalentes en otras áreas. Es posible, sin embargo, que muchos que sí lo hacen, no tengan una idea precisa del principio de incompletitud de Gödel, algo que no me hará que deje de dirigirles la palabra si llego a cruzarme con ellos, y la ocasión se presta a un intercambio verbal de cualquier orden. Claro que, de la misma manera que el hecho de que existan estos dos tipos de individuos, no quiere decir que no se den una gran variedad de otras posibilidades; siguiendo con el tiempo, por ejemplo, los que regresan antes de las seis de la tarde (funcionarios, en general) y los que no lo harán antes de las ocho (altos ejecutivos y el último turno de bomberos, es un decir). Así pues, los habitantes de una ciudad pueden de esta manera considerarse en parejas agrupadas por un criterio de cualquier tipo, temporal y espacial fundamentalmente (como ya consideró Kant en sus juicios  “a priori” y “a posteriori”), aunque, si tenemos en cuenta a Einstein, no deberíamos olvidar la velocidad de traslación (Ejemplos de tiempo: ya mencionados. Ejemplos de espacio: Alcobendas y Denver. Ejemplos de velocidad: un taxista y un piloto de reactores). De todas maneras, estos criterios, siendo diferentes, nunca darán la imagen exacta de una ciudad, que puede quedar mejor definida por una aglomeración de personas que viven en una serie de edificios agrupados por unidades familiares, o de la especie que tenga a bien considerarse. Aunque parezca lamentable, una ciudad no se diferencia básicamente en nada más de un pueblo o de una gran urbe, tipo Nueva York o Sanghai, entre otras. Incluso, rizando el rizo, un tipo solo en el desierto, como es mi caso, podría ser considerado como una aglomeración de sí mismo, sobre todo en la medida que se trate de un individuo con una intensa vida interior. Esto último nos da una pista de lo que suele suceder en las ciudades por el mero hecho de agrupar a una multitud: la posibilidad de relaciones interpersonales y, como consecuencia de ello, la creación de polos industriales o creativos, que lo mismo pueden dar lugar a fábricas y empresas de todo tipo que a casinos y centros culturales, además de cines, restaurantes y bares de copas, si la vida nocturna adquiere cierto relieve. Un hombre solo, sin embargo, por muchas cualidades que tenga, e incluso con la posibilidad de personalidades múltiples, no será capaz de levantar ese entramado multidisciplinar por mucho que se empeñe: no hay que confundir la creatividad en sentido estricto, con el mero hecho de estar como mal de la cabeza. Independientemente de todo lo anterior, puedo asegurar a quien tenga la paciencia de leerme, que mi vida, sin ser el paradigma de nada que merezca la pena reseñarse en ningún sentido, sí está colmada de una serie de acaecimientos que la adornan de valores, difíciles de obtener allí donde uno solo se tiene a sí mismo y a una cantidad indefinida de dunas y chumberas.

EDUCACIONES

El padre Juan tenía la siguiente característica: daba las bofetadas a dos manos. No es algo poco significativo, y para verificarlo, ruego a quien me lea que lo intente. Ponga la palmas de ambas manos donde le plazca, siempre que entre ellas se encuentre colocado cualquier objeto, y a continuación déle de bofetadas con las dos manos, y verá como, aunque sencillo, al cabo del rato sentirá un malestar a la altura de los hombros y antebrazos por la repetición de un movimiento poco natural. Bien, ahora imagine que en lugar de dicho objeto está situada la cara de un niño de ocho años, y tendrá el escenario perfecto para una representación que tuvo lugar allá por los años cincuenta, con una frecuencia que decir cotidiana no sería exagerar demasiado. Bien, pues ese, grosso modo, era el proceder del padre Juan, un ser alto y extremadamente enjuto, que hacía cumplir las normas del colegio mediante la repetición de un ejercicio que, en otro lugar y circunstancias, podría haberse llamado simplemente, aplaudir. Pero no se trataba de eso. Para realizar tan poco recomendable ejercicio, al padre Juan le bastaba que los críos se desmandasen mínimamente o se limitaran a cumplir las aficiones que la edad les facilita, no que desconocieran el origen aristotélico de la escolástica tomista, es un decir. Claro que cabe la posibilidad que tal tipo de bofetadas bilaterales fuera debido a la conciencia del cura de que de hacerlo con una sola, el niño podía salir despedido aparatosamente hacia un lado, lo que la otra impedía: cuestión por lo tanto de simetría y prevención de riesgos. El padre Agustín era más sutil y refinado y su aspecto totalmente diferente. De estatura normal, y apuntando una obesidad en ciernes, era una persona en general alegre y bienhumorada, que mantenía con los chicos una relación cordial, aunque esporádicamente no podía renunciar a emplear alguno de los métodos correctivos al uso en aquella época, una caña corta de aproximadamente medio metro que, en cualquier caso, mantenía indefectiblemente sobre su mesa para que se tuviera en cuenta que más allá de su aparente bonhomía, estaba dispuesto a aplicar lo que en otro ambiente y con algunos aditivos, podría ser considerado como disciplina inglesa. Algo que, después de todo, si se piensa con cierta amplitud de miras, sería una buena introducción para algunos de aquellos chicos, cuyo futuro pudiera depararles el placer (o como pueda llamarse al hecho de agradecer ser vareado) susodicho, teniendo en cuenta que, según previsiones estadísticas, un 5% de los adultos lo practicará alguna vez en su vida. El padre Agustín no era violento en la utilización de su instrumento, y al golpear sobre la punta de los dedos o la palma de la mano, parecía estar rezando al mismo tiempo algún tipo de jaculatoria para ser absuelto de una acción que, sin ser estrictamente pecado, no le aproximaba desde luego al cielo que seguramente deseaba. Gastaba el pelo al cepillo, y en ese sentido era, sin saberlo, un tímido predecesor del fenómeno punk, que irrumpiría con fuerza en el continente europeo tiempo después con variantes más llamativas. El tercer cura en discordia, dispensador de estos regalos que la infancia de entonces se llevaba sin haberlo solicitado a los Reyes Magos, era el padre Mateo. Un hombre pequeño pero fornido, renegrido y en general malhumorado, que en ocasiones daba la impresión de ser un boxeador frustrado (del peso pluma, eso sí). Era un tipo súper activo que se atropellaba al hablar, como si quisiera decir demasiadas cosas al mismo tiempo, algo que solía acompañar con movimientos corporales espasmódicos y atléticos, que daban la impresión, cómo se dijo poco antes, de ser un púgil fajándose con un rival correoso de difícil afrontamiento. Claro que sus rivales de entonces éramos una panda de chiquillos aún legos en la masturbación, algo que, sin embargo, él debía intuir por propia experiencia, que no tardaría en irrumpir caudalosamente en nuestras vidas, y que se tomaba la libertad de corregir a priori. El método punitivo elegido por el padre Mateo era el más refinado, en cuanto que no a todo el mundo se le ocurriría, pero que proporcionaba un dolor difícilmente soportable. Consistía en coger al niño por las patillas y jalarlas hacia arriba, hasta que el catecúmeno daba unos alaridos incompatibles con la buena educación y el silencio requerido en el interior de un aula, momento en que el oficiante cedía momentáneamente, para insistir a continuación hasta que las lágrimas del chaval hacían evidente que el crimen del Gólgota debió de ser simplemente insoportable. Él sabría lo que hacía, después de todo, no dejaba de ser un representante de la organización que se hizo cargo de la herencia recibida entonces. El padre Mateo era sin duda el más temido, a pesar de su espíritu deportivo y su aparente conexión con los chiquillos, que podían ver en él a una figura a imitar en el futuro cuando los deportistas de elite fueran sus héroes incuestionables. Para finalizar, merece la pena mencionar a otros dos curas que afortunadamente no destacaban por su afición a someter a los chicos a lecciones ejemplarizantes de ese tipo, y en ese sentido merecen un recuerdo si no emocionado, sí agradecido, pues en aquella época tener dispuestas la caña, la regla o la mano, era síntoma de una educación que algunos en el exterior del colegio daban por bien administrada. Se trata del padre Lorenzo, buenísima persona, que trataba a los chicos con afecto y prescindía totalmente de los instrumentos habituales en los calabozos del castillo, aunque yo, que tuve siempre mal café, me obstinara entonces en verle un poco pepona, debido a los coloretes que parecían en sus mejillas, sin duda resultado de un sistema de irrigación periférica deficiente. Y luego estaba el padre Luis Gonzaga (como el santo), que todavía no debía ser cura, pero que les ayudaba, y del que lo único que recuerdo que era un buen jugador de fútbol, pues con la sotana remangada, alardeaba entre los chavales de sus habilidades despachando balonazos a diestro y siniestro. Ese era el colegio de los curas años cincuenta.

DIÓGENES

Todo comenzó de forma que bien pudiera llamarse fortuita, aunque, a decir verdad, con el paso del tiempo nada parece tan casual como se pretendía en un principio. De hecho, por aquella época, yo estaba todavía casado y tenía ya tres hijos, dos niñas gemelas de nueve años y un bebé de apenas unos meses. Lo recuerdo con tanta precisión porque, coincidiendo con la compra semanal que hacía con Raquel en el súper del barrio, me dio por cambiar de pasta dentífrica, pasando de Colgate a Licor del Polo, algo que si entonces consideré insignificante, con el tiempo fue el origen de una nueva forma de vida, poco después de que mi mujer decidiera despedirse de mí e irse a vivir con sus padres en compañía de mis queridísimos hijos. Fue una época difícil teniendo en cuenta, además, que como consecuencia de la depresión que sufrí casi de inmediato, me quedé en el paro, incapaz de reaccionar y buscar trabajo en otra parte. Soy especialista en informática, pero lo cierto es que por entonces había una auténtica avalancha de gente en mis circunstancias, por lo que, a pesar de algunos desganados curriculums que envié por internet, nadie se decidió a contratarme, sin duda porque ellos se hacía evidente que no pasaba por un buen momento. Siendo esto así, el tiempo comenzó a transcurrir para mí de una forma monótona que no sabía como incentivar, fue sin duda entonces cuando empecé a darle a la marihuana y el alcohol, además de irme con frecuencia a hacer la compra, aunque verdaderamente no tuviera ninguna necesidad de ello y volviera con las manos vacías. Fue en un gran supermercado, por el que paseaba al menos durante una hora al día, donde me vino a la cabeza la posibilidad de reorganizar mi casa en función de nuevos criterios, entre los que el estético era el principal. En los muelles y dársenas de tal lugar, se me ocurrió la idea de “amueblarla”de otra manera, a base de llenarla de los sobrantes, cajas, paquetes y envoltorios de todo tipo amontonados por allí, entre los que cierto día destacaba resplandeciente uno de grandes proporciones de Licor del Polo que me deslumbró, y que de inmediato imaginé en la habitación del fondo, osease: mi estudio. Que no se me pregunten razones que justifiquen esta elección, fue algo natural que nada tuvo que ver con la razón, sino con un impulso emocional de la misma naturaleza con la que, en un momento dado, un ateo cree en Dios o el Espíritu santo. Se trataba de una especie de contenedor de cartón piedra con unas medidas aproximadas de 3x4x2 metros, que me fue ofrecido si lo hacía desaparecer de allí en el transcurso de ese mismo día. Así fue, yo mismo lo desmonté e introduje en mi furgoneta, que tenía las medidas justas para transportarlo. A la semana siguiente, después de no poco trabajo, y de echar mano a toda la utillería que tenía en la caja de herramientas, pude por fin dar por terminada la obra, que si alguien podía calificar de chapucera, a mi me parecía una belleza, y en cuyo interior pude meter con notable éxito un par de estanterías repletas de
libros y una mesa con el ordenador, la impresora y otra serie de artilugios electrónicos. Tuve que hacer algunos destrozos, como practicar una abertura que coincidiese con la de la ventana, si no quería trabajar todo el día a oscuras, pero me las arreglé para fabricar una especie de persiana de sube y baja con los restos de un estore que tenía arrumbados en la terraza. En los primeros tiempos después de la obra, mi actividad esencial consistía en entrar y salir de aquel reducto, con la misma ilusión que un crío utiliza una cabaña que ha sido capaz de construir en lo alto de un árbol. Dentro se había creado un ambiente mágico, que durante la noche yo trataba de mantener mediante el empleo de un sistema de luces que había instalado, y que desde diferentes ángulos, creaban una atmósfera muy sugerente, una especie de combinación del realismo mágico de García Márquez con el neorrealismo italiano de Rosellini y adláteres. Claro que esa era mi opinión, y faltaban otras que la corroboraran, pero, en todo caso, ya habría tiempo para las visitas. Era pues el primer lugar de mi casa ocupado por elementos ajenos a ella misma, algo que enseguida me dije que no podía quedarse ahí, sino que debía continuar sin solución de continuidad en otras habitaciones, que, en comparación con esta, me parecieron entonces totalmente anticuadas y demodés, por más que estuvieran puestas con un gusto discreto, a base de casi todos los regalos de boda que logré conservar conmigo una vez que mi mujer y los críos se fueron de casa. A partir de ese momento, ese fue el lugar de casa que más frecuenté, hasta el punto que experimenté un notable ascenso de mi creatividad, dedicándome con inusitado furor a escribir historias y narraciones breves, cuyos protagonistas solían ser unos personajes del subsuelo que habitaban en grutas y cuevas, algo no fortuito, pues esa era mi manera de rendir un sentido homenaje a mi habitación-estudio, a la que, en recuerdo a otra de las industrias punteras de los dentífricos, llamé de inmediato sala “Profidén”. Aunque pueda parecer poco creíble, a partir de la terminación del engendro (licencia peyorativa que bien me puedo permitir), empecé a sentirme mucho mejor, sin duda debido a que pude en ese momento creer en mi creatividad y la posibilidad de salir adelante. Por otro lado, tal hecho me ahorraba la visita al siquiatra, que ya me veía como inaplazable, y no digo nada del psicoanalista, que estoy convencido que llegaría a la conclusión de mi necesidad pretérita de un hogar acogedor, y un simulacro de retención de las heces (fase anal de las tópicas freudianas) como consecuencia de la rabia que tal carencia me había originado a lo largo de la vida. Tuve pronto claro que mi obra debía continuar, y que el resto del piso debía tener también un nuevo aspecto, de acuerdo con otros parámetros más allá del puramente utilitario, que hasta entonces era el que había regido. Concretamente, el pasillo me parecía excesivamente ancho para un piso de dimensiones tan reducidas, por lo que pronto se me hizo evidente que había que estrecharlo para que estuviera en consonancia con el resto, llamando resto, por cierto, a un salón comedor, cocina y aseo diminutos. Sabía que una vez terminados los trabajos, mi habitáculo iba a ser verdaderamente minúsculo, pero no me importaba en absoluto, teniendo en cuenta, por otro lado, que yo siempre había sido agorafóbico, y prefería los espacios reducidos (esa sin duda es la razón por la cual siempre me atrajeron los ascensores). Por otro lado, verme literalmente encajonado entre toda aquella serie de cachivaches que fui amontonando durante meses, hacía que me sintiera más acompañado, e incluso que pasara algunos ratos en el pasillo, que finalmente logré tapizar con cajas de cartón de bolsas de patatas fritas y de puré. La cocina no representó un gran problema, porque en pocos días logré llenarla con unas estanterías metálicas que tiempo atrás había desmontado del estudio, y que me permitían un paso suficientemente holgado hasta el fregadero, la cocina y el frigorífico, aunque abrir este último no resultaba excesivamente cómodo, lo que me hacía ahorrar y que mis comidas se limitaran a lo estrictamente necesario, especialmente a base de sopas de puré de patata, sobrantes de algunas de las cajas mencionadas más arriba. El salón tampoco supuso un problema grave, pues en él almacené el resto de todo lo que había desalojado de otros lugares de la casa, lo que ciertamente hacían del lugar un sitio pintoresco, por el que transitar era lo más parecido a una gymkhana, algo que mi cuerpo, un tanto inactivo por falta de espacio durante aquella época, sin duda habrá agradecido. En cuanto al cuarto de baño debo decir que me resultó algo más complicado, a pesar de lo reducido de sus dimensiones, pues ya se me habían terminado otras posibilidades de relleno, y el supermercado empezaban a verme con gesto dubitativo, por lo que finalmente opté por encajar allí como buenamente pude un baúl que tenía en la terraza, y del que al principio había minusvalorado un volumen, que hacía prácticamente inaccesible el lugar. Me quedaba un mínimo rincón para la ducha y otro para la taza, a las que bien que mal puedo acceder, sin que hasta la fecha se haya producido ningún estropicio de orden sanitario en mi persona, teniendo en cuenta que soy una persona aseada y no puedo ser considerado como un incontinente. Sé que mi actitud ha causado extrañeza a los vecinos, que raramente me ven salir de casa cuando antes era bastante callejero, pero no me importa. Solo me duele, eso es cierto, que el portero se haya ido de la lengua, y les haya contado mis aficiones de los últimos tiempos. No debí abrirle la puerta aquel día que, sin duda picado por la curiosidad, llamó al timbre con una disculpa que ahora no recuerdo, encontrándose inopinadamente no solo con mi cara, sino con un perchero de patas que se le cayó sobre la cabeza. Esa fue sin duda la razón que le llevó a divulgar mis inventos, y a ejercer el comadreo con el resto de vecinos. Me duele oírles gritar extemporáneamente con frecuencia “¡Diógenes, sal de ahí!”, incapaces de aceptar en mí una creatividad de la que carecen, y que me ha conducido a este éxito sin paliativos que ahora es mi vida. Diógenes, mira por donde, alguien de quien puedo sentirme ufano, después de todo, un filósofo capaz de leerle la cartilla al mismísimo Alejandro. Ahí queda eso.

ESPÍRITUS

Lo que podría (*) haber sido aquello, en esos instantes me era totalmente ajeno. Fue solo un segundo durante el duermevela del despertar cuando al abrir los ojos me pareció percibir una figura en la ventana. Porque yo por la noche cuando me acuesto no cierro totalmente la persiana, solo la bajo hasta la mitad: me gusta que entre temprano la claridad del día. Dije que fue un instante, pero quizás me equivoco y ni siquiera se trató de tal cosa sino de uno de esos sueños confusos y deslavazados que enseguida desaparecen, a menos que se los ponga por escrito de inmediato. Yo tenía muchos anotados en varias libretas, y de vez en cuando los echaba un vistazo. Era una forma de viajar al pasado, y no solo porque efectivamente los había tenido tiempo atrás, sino porque quien los soñaba, siendo yo mismo, ahora no era ya el de entonces, y lo soñado, normalmente trataba de personas, situaciones y parajes que nada tenían que ver con mi vida real. Esta vez, sin embargo, me pareció algo diferente, incluso podría decir que más que algo real o que un sueño, había sido una impresión que no formaba parte de ninguno de los dos mundos. Una realidad desprendida de un sueño, o un sueño tan vago y etéreo que no tenía nada que ver con el mundo de los vivos.
Tuve necesidad de contárselo a alguien, y se me ocurrió que nadie mejor que Laura, una vecina de los apartamentos, para tratar de averiguar de qué podría tratarse. Era una mujer de mi edad, muy romántica e imaginativa, pero sobre todo muy fantasiosa, que estaba seguro que iba a escudriñar todos los rincones imaginables de mi espíritu para tratar de hallar una respuesta. Cuando finalmente me decidí a contárselo, no reaccionó con el entusiasmo que yo esperaba al ofrecerle la posibilidad de lucirse echando a volar su fantasía. De hecho, reaccionó de una forma diametralmente opuesta, y me dijo muy seria que tratara de recordar con precisión las circunstancias que rodearon al hecho: la hora, la intensidad de la luz en la ventana, mis sensaciones físicas al levantarme y otros detalles menores. Pero, sobre todo, insistió en que debía tratar de describir con la mayor precisión posible lo que había visto, no valían descripciones someras o aproximadas, debía estrujarme el cerebro para dar con las palabras exactas: de otra manera no podría hacer nada por mí. Me dejó bastante decepcionado, porque, creyendo conocerla, esperaba que enseguida fuera ella la que pusiera a trabajar su imaginación, y no que fuera yo quien tuviera que romperme la cabeza para recordarlo. De todas maneras, ya que esa era la única oportunidad para aclararlo, pasé un buen rato intentando sacar de mi mismo lo más aproximado a una definición de aquella sensación fantasmagórica que había tenido, aunque en varias ocasiones estuve a punto de rendirme y decirle que abandonaba, que, después de todo, no era tan importante.
Finalmente tras varios encuentros en los que lo más que llegué fue a farfullar algunas palabras inconexas o frases sin sentido, insistí en que se trataba de “una sombra, una sombra”, algo con lo que Laura pareció conformarse hasta el día siguiente. La verdad es que aquella mujer me estaba despistando, pues en el fondo yo me hubiera conformado con una explicación imaginativa o fantasiosa de las que acostumbraba, pero seguía confiando en ella, y decidí aceptar el reto que me estaba planteando. Había cambiado, es cierto, pero a lo mejor su nueva forma de abordar los asuntos era la adecuada para ayudarme. Nos volvimos a reunir al día siguiente en mi habitación. Ella, supongo que con cierta ironía, la llamó “el lugar del crimen”, algo que por un instante, a pesar de ser evidentemente una broma hizo que un destello de terror me recorriera el espinazo. Para que no hubiera malentendidos posibles, los dos nos sentamos en las únicas butacas del dormitorio, evitando escrupulosamente la cama. Allí le repetí por enésima vez la manera en que yo había percibido aquella extraña sensación días atrás. Laura estuvo muy escrupulosa con los detalles, y en esta ocasión incluso me hizo señalar con minuciosidad el lugar de la ventana donde creí tener la extraña aparición, y acercándonos a ella me preguntó por su color, forma y movimiento. La verdad que yo estaba empezando a desquiciarme, y casi me arrepentía de haberle preguntado nada. Me hubiera conformado con cualquier tontería esotérica de las suyas, y me estaba sintiendo acosado por algo que a esas alturas comenzaba a inquietarme seriamente. Afortunadamente, después de sacar una libreta y escribir en ella unas notas que no me dejó leer, me dijo que había llegado a la conclusión de que aquello no tenía ninguna importancia. Posiblemente se debió a un cuervo o un murciélago, que a principios de verano eran muy frecuentes en la zona. Aliviado por la finalización del asunto, aproveché la situación y le dije que creía que tenia razón, que me sentía muy satisfecho con su explicación, y que no debíamos darle más vueltas.
“Ha sido algo sin importancia y debes olvidarte de ello” me respondió al abandonar la habitación sin apenas despedirse, con un tono casi imperativo poco tranquilizador. A aquellas horas de la tarde, ya casi de noche, Laura estaba guapísima embutida en unos pantalones y un top rojo escarlata muy ceñido bajo una de capa negra, sujeta a la altura del cuello por una especie de gargantilla de plata. Sus manos extremadamente blancas y su tez casi lívida bajo su pelo azabache, que en otros momentos me hubieran extrañado, me resultaron en esos momentos irresistiblemente atractivas, pero al irse, cuando el vuelo de su capa dibujó una sombra sobre la pared, tuve un escalofrío y la seguridad de que se trataba de ella. 

(*) Expresión de la novela “El aliento” de Thomas Bernard 
(Ed. Anagrama)