-El cuerpo humano es un sistema dirigido y
coordinado por el cerebro, sin el cual no podría funcionar. Al menos no podría
hacerlo tal y como sabemos, aunque sí podría hacerlo como una secuoya, que no
lo tiene. Siendo pues el cerebro la parte más importante de ese sistema, es
lógico suponer que podría prescindir de las otras y dedicarse en exclusiva a sí
mismo, pero tal cosa no tendría demasiado sentido, pues ha sido construido
precisamente para controlarlas (órganos y subsistemas que dependen de él, uno
de los cuales sería –con algunos matices- la mente). Suponer un cerebro aislado
sin ninguna finalidad sería tan absurdo como imaginar un motor en marcha sin
otras conexiones en el desierto o la tundra, por poner un ejemplo. Pero no solo
eso, pues como se sabe, el cerebro es un órgano sumamente plástico que se
modifica a sí mismo en función de las necesidades que requieran los sistemas
dependientes de él, algo así como si la necesidad de carburante de un vehículo
para subir una pendiente pudiera modificar las características del motor que lo
propulsa, lo que no dejaría de ser algo maravilloso. Un cerebro sin otros
órganos, sería en buena medida un cerebro fosilizado y desde luego inútil. Hasta
ahí lo extraordinario del cerebro: siendo lo principal, no tiene sentido por sí
solo. O lo que es lo mismo, solo la existencia de otros órganos o
subsistemas se lo dan.
- De la misma manera el cuerpo social sobrevive
gracias a diversas herramientas, que a lo largo del tiempo se han decantado en
dos principales, el capital y el trabajo. El capital es una
creación estrictamente humana –un artificio- y viene a ser el equivalente del
valor (habitualmente expresado en dinero) que sus integrantes dan a determinadas
objetos o materiales (el oro, verbigracia), y sirve como moneda de cambio. El
trabajo es la capacidad de los integrantes de dicho cuerpo social para realizar
las funciones necesarias para la supervivencia del grupo. Con el tiempo, el
primero de ambos factores se ha impuesto, y no siendo más que una metáfora de
otra cosa, incluso del trabajo, se ha concretado en un valor, que normalmente se
expresa en forma de dinero. El capital, por lo tanto, se ha convertido en el
corazón del sistema económico, de tal manera que sin él, la posibilidad de
trabajar es mínima, aunque al igual que el cerebro en el punto anterior
respecto a los otros órganos, sin trabajo tendría poco sentido. El problema,
sin embargo, es que en la actualidad en el sistema que se ha creado, solo ese
capital parece ser el creador de
riqueza, mientras el trabajo es algo subsidiario, cuando lo cierto es que sin
él, el primero no es nada. Robinson Crusoe en una isla desierta con un cofre
lleno de monedas de oro o de diamantes salvados del naufragio, podría
tranquilamente morir de inanición (a no ser que fuera capaz de comer tan nobles
materiales) si no fuera capaz de subirse a los árboles para coger nidos, o de
cazar ciertos vertebrados o de pescar en la playa. ¿Cómo se ha llegado pues a
esta situación en una sociedad en la que los menos hábiles (o no) pueden ser
los más afortunados, a poco que tengan un capital del que los verdaderos
expertos (o no) podrían carecer? Esa es la gran paradoja de nuestros días:
aquello (b) que sirvió para facilitar el intercambio, aunque por sí mismo sea
inútil, se ha adueñado del escenario. A pesar de todo, quizás esto no sea tan
extraño en la medida que en nuestras vidas con frecuencia son las metáforas, es
decir lo irreal, quienes toman la delantera y se hacen más importantes que lo
verdadero (algo que sin demasiada imaginación se hace evidente también para
otros conceptos).
(a) Y como en el primer apartado, puede
modificarlo
(b)
Llámese como se quiera: capital del trabajo o capital financiero.
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