Aquella tarde yo me
encontraba solo en mi asiento en el lado derecho del vagón en el sentido de la
marcha. Junto a mí un asiento vacío, y al otro lado del pasillo lo que en
rápido vistazo, me pareció un chico de veintitantos años leyendo unos apuntes o
algo parecido. Me sentía cansado después de todo el día de aquí para allá
resolviendo gestiones en aquella ciudad a tres horas escasas de la mía. Al poco
de arrancar el tren, cerré los ojos y me quedé adormilado en una especie de
duermevela que sin embargo me permitía oír con relativa facilidad lo que se
decía a mi alrededor. El chico que he mencionado no hablaba con nadie y supongo
que seguía leyendo sus apuntes y subrayándolos como pude ver principio. Debía ser un estudiante y más que
estrictamente leyendo, estaba estudiando. A medio camino me incorporé un poco
en mi asiento, abrí los ojos y me di cuenta de que bastante gente había abandonado
el vagón, sin duda en algunas de las paradas intermedias. Pero lo que más me
sorprendió fue que al mirar para el otro lado, pude ver la cara del estudiante
que había abandonado su lectura y me miraba fijamente con sus ojos muy azules
detrás de unas anchas gafas de pasta rojo fosforito. Me sentí incómodo porque
dada su actitud, tuve la impresión de que quería que yo a mi vez le mirase y le
dijera algo. No sé, “buenas tardes”, “¿qué tal?” “ya queda poco” o algo
parecido, pero no se me ocurrió nada, aparte de parecerme una solemne tontería
entablar una conversación a esas alturas del viaje. Volví a cerrar los ojos
esperando llegar así hasta el final, pero lo cierto es que no pude quitarme de
la cabeza la imagen de aquel chico mirándome intensamente poco antes. La verdad
es que tuve que hacer un gran esfuerzo para no espabilarme y dirigirme a él
para preguntarle si quería o necesitaba algo. Pero no lo hice y mantuve los
ojos bien cerrados hasta que por megafonía anunciaron la inminente llegada del
tren a mi destino. En ese momento me levanté y sin mirar al otro lado, me dirigí
hacia la salida, dando así por finalizado mi viaje y digamos que el incidente
con aquel muchacho. Sin embargo, poco antes de llegar a la puerta pude oír con
toda claridad que alguien se dirigía a mí desde atrás y me decía “Adiós señor,
buenas tardes. Hoy no ha podido ser, pero a ver si coincidimos otro día. Bombón”.
Ni que decir tiene que apreté el paso y ni siquiera me detuve en el andén.
sábado, 22 de diciembre de 2018
lunes, 10 de diciembre de 2018
VENANCIO DOS
“¡Viva España… y la
repúblicas bálticas!” solía gritar a voz en cuello Venancio para zaherir a los
verdaderos patriotas, a los que la morcilla añadida al grito victorioso
nacional, sumía en un marasmo del que
solo podían salir liándose a hostias o tiros con todo lo que se moviese. Cómo
es posible que Venancio siga vivo es algo inexplicable, a no ser que quienes le
quieren mal utilicen pistolas de goma o su amor
España deje mucho que desear y le apunten por encima de la cabeza.
Después de utilizar el
inodoro para las funciones que le son propias, Venancio, el pintor, tenía la
inveterada costumbre de evaluar sus excedentes sosteniendo el papel que con el
que se limpiaba, a la altura de los ojos. “No estoy de acuerdo con el ocre de
mis óleos cuando trato de encontrar el verdadero color de los campos de
Castilla en el estío” solía exclamar
entre sollozos, en un rapto de lirismo exagerado, al comprobar el lamentable
marrón de lo que hablando llanamente llamaríamos su mierda. .
Venancio se solía
masturbar desde su más tierna infancia poco después de su Primera Comunión,
cuando descubrió por casualidad que el pito servía para algo más que hacer pis.
Por entonces solía complacerse en el cuarto de baño con el pestillo echado, a
pesar de las protestas de su mamá. Poco más tarde, ya en la adolescencia,
procedió a hacerlo en su cama rodeado de almohadones y apoyándose en el
cabecero, que tenía que aguantar a duras penas el ajetreo consiguiente, con
riesgo de descolgarse en los momentos finales. De mayor, casado con María Isabel, aprovechaba sus ausencias esporádicas
para darse satisfacción en cualquier lugar donde sus espasmos y jadeos no le
delataran. Por inverosímil que parezca, pasados muchos años, ya jubilado y
viudo, siguió dándose caña sin contemplaciones en el sillón de orejas en
el que a lo largo de su vida había leído con atención a los grandes clásicos de
la literatura universal, desde Homero hasta Cervantes. Sin olvidar al marques
de Sade, Henry Miller y Bukowski, cuando estaba solo. No le importaba el
ambiento distinguido del lugar ni los muebles de maderas nobles, herencia de
sus padres, aunque deba reconocerse que en esos momentos, conservando el calambrillo,
puede decirse que de producto final ni gota. Lo que se dice ni gota.
VENANCIO
A Venancio todo le da
igual. Si uno está de acuerdo con él, muy bien. Y si no, pues estupendo. Lo
único que le desquicia es la duda, ni sí ni no, momento en el que una de dos: o
avisa a la policía o llama a los bomberos.
Venancio se pasa el tiempo
discurriendo, que no es lo mismo que pensando, ojo, afirma él con una
contundencia solo equiparable al mero hecho de tirar por la calle de en
medio, y todo resuelto.
Según Venancio, la
situación exige un estudio pormenorizado de los hechos. Sacar a la luz los
detalles en los que podría estar el verdadero “quid” de la cuestión. Dicho esto
con la modestia a la que haya menester o
con la gallardía que se le ponga en los cojones, sin ir más lejos.
Paquita ya no es lo que
era. Y cuando lo dice Venancio no se refiere a su juventud en la que lo más
destacable, dados sus pocos años, era una cultura muy por encima de la media,
sino a sus tetas, hoy muy lejos de aquellas que hacían que lo dicho más
arriba resultara cualquier cosa menos evidente.
José Garcilópez Pumariño
es un hombre de los que ya no quedan. Y no me refiero, como se podría pensar, a
su erudición en cualquier tema al que se pudiera aludir, por original o extraño
que fuera sino, considerando exclusivamente su fecha de nacimiento:
contemporáneo de la generación del 98. A ver si me explico.
Las gallinas no vuelan, es
cierto. Ni las avutardas tampoco. Y las perdices y codornices apenas son
capaces de levantar el vuelo unos metros. Y por eso son cazadas sin piedad en
cuanto se abre la veda. Volar, es cierto, resulta muy estético, pero es
considerado por algunos como algo de mala educación. Y si no que, más allá de
las alas de cera, se lo pregunten a Ícaro, que aún debe arrastrarse por la Hélade
(posiblemente en el Peloponeso).
Venancio se levanta de la
cama muy temprano y de inmediato sale al balcón, ya sea en verano o en pleno
invierno. Es decir, haga frío, calor o viceversa. Llueva a mares, sople un
viento helador o el simún del desierto. Venancio es muy suyo en todos los
aspectos tocantes a su cuerpo del que, dicho sea de paso, apenas le queda una
raspa.
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