lunes, 12 de noviembre de 2018

BROMAS


Yo tengo un problema (yo, siempre yo, qué hartazgo). Resulta que no puedo tomarme nada o casi nada en serio. Y digo en serio en la acepción normal que se da a tal palabro dentro del sistema de comunicación, en el que a cada palabra (ahora sí) se le da un significado y no otro o varios o ninguno. Creo que me explico, aunque sea mal. Me pasa sobre todo con las palabras y expresiones que dicen tener un sentido único, por ejemplo español y católico. Pero también japonés y sintoísta, no vayamos a ser tendenciosos y lleguemos a creer que uno es sólo un crítico acérrimo de lo que nos es más próximo, por un rencor de difícil etiología. Mi punto de vista, o mi enfoque de la vida, y en ella a muchas de las situaciones que debo vivir, no es univoco, sino que se presta a diversas interpretaciones, lo que a muchos les pone de mal talante. Pero qué que queréis que haga, soy así. Yo (once more) con determinadas cosas (palabras, aforismos, aleluyas y otrosíes) por mucho interés que ponga en su dicción quien las pronuncia (o en su escritura si la cosa viene sobre papel o en una pantalla), de repente, casi de inmediato, me da la risa. Y no se crea que tal hecho siempre se salda para mis intereses de forma saludable, que alguna buena hostia ya me he llevado, aunque ya advierto aquí, que yo de manco nada. Es cierto, sin embargo, que solo me defiendo hasta cierto punto pues yo (encore) de pistolas y guía de armas nada de nada, que uno empieza a hacer tiro al blanco con carabina y puede llegar el momento en que ya no se sepa parar y pasa lo que pasa. Que las fuerzas del orden acaban entrando en tu domicilio y te detienen por tenencia ilícita de armas  de fuego, un arsenal que has organizado en la habitación del fondo que  casi dotaría satisfactoriamente a una sección de infantería. Ocho pistolas, dos revólveres, tres subfusiles Z-47 (los populares naranjeros), una ametralladora Alfa, seis granadas de mano de asalto, dos lanzacohetes, dos lanzagranadas (el famoso bazooka de las pelis americanas de posguerra), diez cetmes del 7,62. Y munición de sobra para todos ellos. Y eso solo para la defensa personal, que la calle está muy hija de puta con tantos moracos, negros, maricones y rojos. Y tanta kale borroka. Dos hostias y asunto terminado, eso que quede claro.

A mí, para ser sincero, me gustan las palabras simples, aquellas que por mucho que te pongas o lo intentes, es difícil que te acaben dando la risa. Por ejemplo silla o incluso banqueta. Lugares que uno utiliza, pone el culo y ya está. O también mesa, donde para comer uno puede poner los codos o no, según la educación recibida. O para desayunar, aunque yo en esa tesitura soy más de barra de bar, de pie y listo, con el café, los churros o el cruasán. Pero existen otras palabras que ya resultan más complicadas de definir, pongamos dos hoy muy al uso (¿y cuando no?). Dios y España, por ejemplo. Dios, al parecer, es un tipo muy poderoso, resulta que un día dijo ¡zas! y ahí va todo el universo. Nada de big-bangs, ni fluctuaciones cuánticas, ni relatividad ni física de partículas, qué cojones. Mariconadas científicas. Un buen cura lo explicaría todo mucho mejor y de manera más simple: una palmadita de ese señor y hala. Y España, y quien dice España, dice Francia, Alemania, Bangladesh o USA. O Myanmar, oye. En resumen, esos lugares llenos de gente en las cuatro esquinas del globo donde hablan español, francés, alemán, inglés, hindi, parsi o swajili entre otros idiomas. Y punto. Pues no, ahora resulta que son conceptos muy elaborados, casi inmarcesibles situados en algún sitio extraño sobre nuestras cabezas y –fundamental- en nuestros corazones, solo accesibles mediante determinada emoción que solo los verdaderos patriotas pueden sentir. El antiguo espíritu identitario de la tribu con otro nombre (por cierto, los neandertales ¿eran todos alemanes?). Uno si es negro, maricón  y no digo nada, de Podemos ¿como que español? Un hijo de la gran puta, eso es lo que eres. Vayamos puntualizando, que luego nos liamos.

     Y eso es todo, por eso yo cuando oigo algo tenido por sagrado o solemne me da la risa floja, aunque como soy un cobarde me hago el loco, y si puedo me meto en un zulo, que los propietarios de los conceptos antedichos cuando se encabronan se ponen muy agresivos, y es mejor ponerse a buen resguardo porque, si pueden, no dejan títere con cabeza. Creo que me he explicado, es mejor estar sobre aviso porque enseguida pueden venir a salvarnos de nosotros mismos o a convertirnos. O a ambas cosas. O a pegarnos dos tiros, que es su argumento infalible. A pesar de todo, sigo pensando que es posible hablar de Dios y de España de forma más racional. A ver si nos ponemos a ello.



                                                                                  ¡Chau, bacalau!

LA COSA

Por fin se ha descubierto lo que ningún científico pudo llegar a imaginar hasta ahora. Se trata, según las últimas informaciones que llegan del telescopio de la estación espacial Hubble, de que el universo tiene fin. Es decir, se expande hasta cierto punto. Dónde está situado éste, dada su lejanía, es algo que ni siquiera pude hacerse ni por aproximación, pues en cierta medida, como dicen los científicos en un lenguaje un tanto críptico, se trata más bien de una intuición. Lo que al parecer ya resulta innegable, es que en el fondo del universo existe una especie de muro impenetrable que lo clausura, y en el que se adentran para desaparecer las galaxias que, dada la expansión del universo, se precipitan contra él, y que para abreviar, los profesionales en la materia han decidido dar el nombre de la cosa (*). Decir que es algo sólido, líquido o gaseoso carece de todo sentido, pues los científicos que integran el equipo de investigación aseguran que se trata de otra cosa. E incluso esa palabra es una concesión que hacen a la limitada inteligencia humana. Como es natural, muchos de los expertos en el tema se han preguntado enseguida si tal hecho podría suponer que dicho muro podría ser al mismo tiempo que el fin, el principio, el lugar a partir del cual surge todo lo creado, es decir, una especie de big-bang “sui generis”, sin explosión. Lógicamente, dado lo inusitado del hallazgo, muchos profesionales de determinadas áreas del conocimiento interesadas por el asunto, se han precipitado a dar sus opiniones, y algunos de ellos a sacar sus conclusiones, por muy precipitadas que puedan juzgarse dado lo reciente del descubrimiento. Por ejemplo, algunos cosmólogos han aventurado que en caso de confirmarse, se podría asegurar que el universo entero pudiera ser un universo reciclado, compuesto en su mayor parte de los residuos de otros anteriores que van desapareciendo en el muro donde los empotró la hasta ahora conocida como energía oscura. De alguna forma, algo que también podría considerarse como basura.  Por otro lado, un grupo de teólogos asesores del Colegio Cardenalicio del Vaticano dice estar de enhorabuena, pues tal acontecimiento justificaría la realidad de la creación divina, como ya admitió Pío XII con el big bang, aunque matizan que en este caso sería una creación continua, como algunas de las cintas empleadas en muchas empresas de fabricación de automóviles o cualquier otro objeto de cierta entidad. Muchos intelectuales laicos, sin embargo, son más escépticos en este sentido, pues tal cosa, en su opinión, sería tanto como afirmar que esa cosa sería Dios (principio y fin de todas las cosas, recuérdese el Credo), algo difícilmente imaginable, con independencia de que además su prestigio caería muchos enteros. Equiparar a Dios con una pared no creen que sería algo que favoreciese demasiado el prestigio del que tal ente ha gozado y sigue gozando hasta ahora. En cualquier caso, cierto o falso, el supuesto descubrimiento del Hubble es lo suficientemente importante como para mantenerse atentos. Nosotros por nuestra parte seguiremos informando.
(*) En cualquier caso no confundir con el monstruo de la película de John Carpenter.

sábado, 10 de noviembre de 2018

COLORES



Yo, según sea la época del año, tengo el pelo de colores, varios de ellos de los más importantes de los del espectro electromagnético, eso del arco iris. Y el blanco, que es como no tener ninguno o tener todos, que ahora no me acuerdo. Así como suena. Claro que creo que no hay que ser demasiado avispado para suponer que me lo tiño, y que por lo tanto, no soy un fenómeno de la naturaleza. Ni siquiera el blanco que estilo es el natural, sino que debe ser algo así como el blanco españa, uno de esos tintes repugnantes que me echo sobre la cocorota cuando llegan los solsticios o los equinoccios de las estaciones, que a ellas corresponde el color de mi pelo. Un homenaje personal a tal fenómeno, que solo tiene lugar en los lugares de la Tierra donde éstas se suceden. En el ecuador es otra cosa, como todo el mundo sabe o debería saber si aprobó el bachillerato: estaciones lluviosa y seca. Y punto.
Pero, además, no solo eso, sino que, como ya le sucedió a Rafa, mi padre, difunto hace ya mucho, resulta que con la edad, de calvo nada de nada, sino todo lo contrario: cada vez más pelo. Que a poco que me descuide, se me hace con el cuello, las orejas y toda la cara, que ya me lo tengo que apartar a manotazos delante de los ojos, a punto de invadirme la nariz. Una exageración en un tiempo en que se ha puesto de moda las cabezas mondas y lirondas de los pelones, que a poco que ven que la cosa escasea, se dejan la chola como una bola de billar, los aventados. Ellos sabrán. Es cierto que en mi caso esta exuberancia, dado mi natural enjuto, hace que visto de frente, de perfil o de espaldas, se tenga cada vez más la impresión de hallarse frente a un pincel. Qué digo pincel, una brocha, y de las gordas.
Y todo, como ya dije aunque no lo hice con suficiente hincapié, para homenajear a cada una de las estaciones del año (vuelvo a los colores), y por ende, como alguien ya más informado sabe, a la inclinación de 23,5º del eje de rotación de la Tierra con respecto al del plano de translación de su eclíptica alrededor del Sol, que es lo que origina que tal hecho ocurra. Que si no es por eso, todos los putos  días asados o tiritando. Es decir, hablando de los susodichos colores, ahora mismo, primavera, verde como homenaje a la vegetación, tan desatada realizando la función clorofílica que casi no da abasto. Llegado el verano, azul. Ya se sabe, el cielo despejado de un azul intenso y el mar casi negro de puro añilado: todas esas maravillas de las que disfrutamos, o no tanto, en la playa o la montaña. O una pura horterada, pues toma.  Y llegado el otoño, la amarilla maravilla, valga la cacofonía, del oro en las hojas de los árboles, y en general en todo lo que se eleva de la tierra y tiene raíces, y que ha dado lugar a una materia conocida como botánica.  Y poco después, a la llegada del invierno, el blanco intenso de la nieve. Aquí, por cierto, ya casi no cae, no es como antes, pero soy incapaz de abdicar de las metáforas y es lo que corresponde. Bastaría en este caso con no teñirme, pero lo hago para que el blanco sea más intenso, casi hiriente a la vista, pero muy apropiado como homenaje a la tercera edad a la que pertenezco desde hace tiempo: el anciano que soy. Que la gente diga lo que quiera. Ahí llega el colorines, el semáforo, el van Gogh…. Sí, sí, lo que queráis, pero con dos cojones.

                                                                           Fdo: Avelino Barbarroja Revuelta.