lunes, 17 de noviembre de 2014

INSTRUCCIONES PARA BEBER

Como todo el mundo tiene una idea aproximada de lo que se quiere decir con el título que encabeza estas líneas, no nos entretendremos tratando de explicarlo, pues aunque es posible que haya un porcentaje que no lo tenga claro, no sería significativo. Estando de acuerdo en esto, puede, sin embargo, existir gente que dude del significado exacto de lo enunciado, porque una cosa es estrictamente beber, y otra “empinar el codo”, como popularmente se dice.
 En cualquiera de ambos casos, nos atrevemos a afirmar, que lo que debe hacerse en esa tesitura es beber algo en estado líquido, quedando prohibidos los sólidos y los materiales gaseosos. Y esto de ninguna de las maneras puede considerarse una discriminación, sino debido a la estructura de de la garganta y el aparato digestivo, pero sobre todo, a los diferentes estados de la materia sobre la superficie del planeta y su utilidad para los seres que lo habitan. Otro aspecto que cabe aquí considerar, antes de meternos en la cuestión a fondo, es que una vez que se decide beber, debe comprarse de antemano la viscosidad del líquido (que no llegue a la de la silicona, por decir algo evidente), y que no es venenoso, por lo que se desaconsejan la lejía, el amoniaco, y en general, los líquidos desatascadores y matarratas. Y el sidol.
Dicho esto a modo de advertencia previa, podemos seguir adelante con la seguridad de no haber inducido a error a los lectores que creyesen que podían beber cualquier tipo de líquido, con independencia de su composición. Y no es así, por lo que se ruega encarecidamente que tampoco beban ácido sulfúrico.
Para empezar vaya por delante que para beber usted debe tener boca, algo que puede comprobar de varias maneras, como por ejemplo, llevándose una mano hacia la zona de la cara donde suele estar ubicada, y empujando varios dedos hacia adentro. Si logra penetrar, está claro: sí la tiene, aunque para ello haya tenido que apartar los dientes (el cómo, no nos atañe). Otra forma posible es mirarse al espejo, separar los labios, y comprobar que existe un agujero. Si es así, no le dé más vueltas: se trata de eso. Otra manera posible, sería verificar si sabe hacer lo que  en el diccionario de la Real Academia de la Lengua (y otros) define como “tragar”. Para ello debe realizar una serie de movimientos (parecidos al peristaltismo intestinal) al fondo de esa estructura que acabamos de mencionar, y comprobar que “sucede algo” en la parte delantera del cuello. Bien, pues a eso se llama tragar, acción fundamental para poder beber y para cualquier otro tipo de deglución. En los varones tal cosa resulta más sencilla al estar dotados de una nuez prominente, y resultar más visible el fenómeno. En cualquier caso, si quiere ahorrar tiempo y movimientos innecesarios, pruebe, por ejemplo, a decir “veintisiete”, si lo logra, no lo dude: usted tiene boca. Incluso si solo acierta a decir “mu”, como al parecer suele ser su costumbre. Si a pesar de todo, no quiere soportar las mínimas molestias de cualquiera de las acciones mencionadas más arriba, trate de recordar si esta mañana ha desayunado. En caso afirmativo: boca confirmada. En otro caso, no se alarme y proceda según lo indicado, teniendo en mente que en el peor de ellos podría ser hidratado por sonda. Y para terminar este apartado, le recordamos que la boca tiene labios, dientes, lengua, cielo de paladar y úvula, pero no se demore observándolos, porque a poco que lo haga podría morir de sed.
De todas maneras, como ya se apuntó más arriba, puede no tratarse de beber strictu sensu, sino de su necesidad imperiosa de darse una alegría a base de alcoholes en cualquiera de sus formas, ya sean por maduración o destilado. En ese caso sepa que verdaderamente “beber” se emplea como una metáfora de su significado primordial, aquel que se refiere al hecho de introducir agua en nuestro organismo para seguir vivos. Para evitar confusiones, en determinados países de América latina, cuando se trata de esta modalidad, se opta por el verbo “tomar”. De todas maneras, trate de no confundir el puro agua de manantial (o de grifo) con la ginebra, el resultado en caso de una ingesta masiva y precipitada de una botella de esta, le puede llevar a Urgencias con diagnóstico incierto. Fíjese en la etiqueta, suele figurar bien claro. En caso de beber agua del grifo no hay problema, porque no es habitual que el Canal suministre líquidos aguardentosos por esa vía. Sepa, en cualquier caso, que en las canalizaciones al efecto, viven (y, al parecer, disfrutan) millones de bacterias que puede resultarle perjudiciales si no está habituado. Se desaconseja vivamente beber directamente del grifo, porque en sus proximidades las susodichas parecen estar más alteradas y ser más peligrosas (y lo mismo podría decirse de las cantimploras poco utilizadas).
También pueden ingerirse otros tipos de líquidos beneficiosos para el organismo, siempre que sean tomados en cantidades discretas, a saber: refrescos de distintos sabores, té, infusiones variadas como el poleo y la manzanilla, y el café. Con este sin embargo ha de procurar ser comedido, si quiere irse a la cama sin riesgo de insomnio y la tensión por las nubes. Y lógicamente coca-cola envasada o a granel, en cualquiera de sus modalidades. Si el líquido resulta ser estrictamente blanco, casi con toda seguridad se trata de leche, un extraño producto que se obtiene de las vacas jalando con energía de sus ubres, algo que se ha vuelto habitual en Occidente desde hace centenares de años, convirtiéndose así sus habitantes en los únicos seres vivos que siendo adultos hacen tal cosa. Pregúntele a los leones, si tiene alguna duda. Los japoneses también son reacios a hacerlo a pesar de la presión a la que son sometidos por las industrias lácteas, pero afortunadamente prefieren quedarse son su bebida nacional, el sake. Y ante el peligro en ciernes, parece que el emperador se va a dirigir a la nación para que persevere en la veneración de sus tradiciones nacionales: los samurais y los kamikazes. Pero sobre todo, ese ancestral licor, que tantos héroes ha proporcionado a la nación del sol naciente (y sin el cual es posible que los anteriores no hubieran existido).


INSTRUCCIONES PARA AMAR

El título de este artículo puede parecer una contradicción, o empleando una figura literaria, un oxímoron, puesto que el amor para la mayoría de la gente es algo natural, que ni se aprende ni puede ser enseñado. Pero eso es algo que las líneas que siguen tratarán de demostrar que es falso, o que, teniendo un punto de verdad, no es toda la verdad. Hablar de amor es decir palabras mayores, y sin embargo es algo en lo que casi todo el mundo se cree un experto, y de lo que es capaz de hablar casi sin límites. Sin embargo, en mi opinión, se trata de un sentimiento muy complejo que en general trata de reducirse a algunas emociones que sentimos a lo largo de nuestras vidas. Por ello creo que es fundamental establecer pronto unos criterios para saber que cuando hablamos de amor, estamos hablando de lo mismo. Lo que decía Raymond Carver en el título de su libro (una colección de relatos) “De qué hablamos cuando hablamos de amor”.
En mi opinión se ha tendido a trivializarlo, incluyendo bajo ese concepto toda una gama de emociones que pueden estar muy alejadas de su verdadero sentido (si es que existe). Pero hay que ir poco a poco. Por mi parte, adelantaré que el amor es un sentimiento, es decir un afecto muy elaborado que sale de uno y se deposita en un objeto exterior, sea este cual sea (aunque ¿puede uno amar a un gato? ¿y a un árbol?). Amar implica por lo tanto una relación (es un verbo transitivo), pero una relación compleja, por más que en el lenguaje popular se hable con frecuencia del “amor a primera vista” (que debe ser otra cosa) El amor no es un instinto, y en ese sentido podemos llegar a afirmar que los animales no “aman”, sino que simplemente “necesitan”. Su cerebro es muy elemental y está centrado en la supervivencia. Nuestras mascotas posiblemente nos “adoran”, pero lo hacen porque han creado una dependencia muy fuerte de nosotros, en la que se juegan nada menos que sus vidas. Estoy seguro que aquí mucha gente disentiría de mí. Posiblemente dicho así lo que acabo de expresar es una simplificación, pero no le dé de comer a su perro durante días o trátele a patadas y verá cuanto tiempo tarda en buscarse otro amo (si lo encuentra, y sin que esto se interprete como una aprobación de los malos tratos). Aquí entramos en la famosa dicotomía amor/necesidad que tantas parejas tratan de dilucidar a lo largo de los años: ¿me quieres o me necesitas? Ni que decir tiene que el interrogado espera que le digan que le quieren, porque en otro caso sentirá que el otro no está con él/ella por lo que “es”, sino por lo que le “proporciona”. La necesidad aparece por lo tanto, en este tipo de relación bajo sospecha, cuando sin embargo es, en principio lo más básico.
Un bebé no quiere a su mamá, aunque suene fuerte decirlo; esencialmente, la necesita (de una forma parecida a como las mamás le necesita a él, misterios al parecer de la oxitocina, si no recuerdo mal). En cualquier caso, esta mala prensa de la que goza la necesidad debe tener su origen en la enorme influencia que ha tenido (sobre todo en el mundo occidental) el amor romántico (amor novelesco, etimológicamente), en comparación con el cual, cualquier otro tipo es menos considerado. La cantidad de tinta que se ha vertido, y de imágenes y música que se han creado en base a esa relación tan especial, que se genera cuando uno está bajo la influencia del llamado enamoramiento (esa sensación de felicidad exultante que algunos experimentan, y que Freud definió como un tipo de enfermedad). De todas maneras, creo que la tan denostada necesidad, bajo ese punto de vista, es lo fundamental, incluso más importante que el amor, porque está en la base de la supervivencia, sin la cual ni siquiera este se podría dar. Resumiendo para acabar con esta dicotomía, creo que se puede decir que cada uno de ambos conceptos tiene su campo de aplicación, y que mientras la necesidad es la base, el amor es un complemento magnífico, pero que puede no llegar a acontecer  en la vida de muchas personas.
A lo largo de los años se ha entendido como amor a una serie de emociones diferentes que se experimentan frente al otro, lo que hace difícil que pueda ser definido con precisión. No todos los afectos positivos son amor, y por eso resulta sospechoso lo que con frecuencia se observa en determinadas personas que manifiestan su amor a la humanidad, como si tal cosa fuera posible (tiene gracia lo que dicen algunos artistas en el escenario después de los aplausos “¡os quiero a todos!”). Uno solo puede   querer a seres concretos, no a imágenes colectivas, aunque estas pueden actuar como metáforas de ciertas personas a las que sí amamos. De hecho, el artista en el escenario llevado por la emoción de los aplausos sería mas sincero si dijese “os necesito” (¿puro narcisismo para prolongar una sensación de euforia?) Pero esta aparente confusión tiene una base muy firme arraigada en nuestro interior desde la primera infancia. Como decíamos más arriba, el bebé no quiere a su mamá, pero la necesita “a muerte” en el sentido literal de la expresión; sin ella (o quien haga su papel) moriría, y el apego que crea tal dependencia es tan intenso que más adelante tenderá a confundirse con el de otro tipo de relaciones, esencialmente con la sentimental.
Aunque pueda parecer una exageración, posiblemente sea esa la razón por la que determinadas personas se sientan literalmente morir o lleguen a desesperarse cuando son abandonados por su pareja. La semilla ya estaba sembrada y llega la confusión. A esa dependencia absoluta se la considera en muchas ocasiones como el amor verdadero, algo totalmente equivocado por mucho que se pueda vivir ese proceso como algo desgarrador o insoportable. Aún recuerdo una novela (que luego fue llevada al cine) donde un “amor” de este tipo condujo al enamorado hasta la muerte (Los reyes del mambo cantan canciones de amor).
Parece pues llegado el momento de precisar qué entendemos por amor, y lo primero que en mi opinión cabe decir es que no se trata de un sentimiento específico o exclusivo, sino que con los matices pertinentes puede darse en diferentes tipos de relaciones. El primero de ellos es el dirigido a los hijos, cuya característica principal es la de ser “protector”, algo basado en el instinto directamente relacionado con la supervivencia de la especie. Se da como bien es sabido en todo tipo de animales, y dura un cierto tiempo hasta que aquellos puedan defenderse por sus propios medios. De hecho en determinadas especies los progenitores llegan a expulsar a su prole con una actitud agresiva. En los seres humanos el tiempo de dependencia es mayor y la relación más compleja, lo que hace que el vínculo se prolongue (con los matices que se quiera) durante toda la vida. Otro tipo de amor que se puede considerar en cierta medida relacionado con este es el que se tiene a los padres, que en la vejez recobra ciertos aspectos del mencionado, esencialmente en su cuidado y protección. Los amigos íntimos merecen también ser incorporados en alguna medida a este sentimiento, son personas con las que uno llega a sentir una gran empatía y a las que llegado el caso haría lo posible para ayudarlas. Y antes de entrar en el amor de pareja, al que se ha dado en llamar sentimental, podemos finalmente considerar, a pesar de lo dicho más arriba, el amor “universal”, ese que llegan a sentir algunas personas por los seres humanos en su conjunto, bien porque se han llegado identificar con lo que hay de común en todos ellos, o por un mero ejercicio intelectual que les lleva a sentirse de alguna manera responsables, aunque no tenga ningún vínculo con ellos, y a emprender acciones concretas que están en la mente de todos. En todos estos tipos de relaciones es fundamental la empatía, la identificación con el otro, algo que debe estar codificado en nuestros genes, aunque antes de seguir adelante y estudiar el amor de pareja, se puede añadir que lo dicho no deja de ser una visión idealista, y que desgraciadamente, por unos u otros motivos, las cosas a veces no son tan idílicas como han sido presentadas. Todo el mundo es consciente de ello y conoce numerosos ejemplos en ese sentido.
Y finalmente tenemos al amor sentimental, de pareja o como quiera llamársele. Amor entre adultos, que incluye la relación erótica, que, por otro lado suele ser el origen de buena parte de los mismos. Y si no estrictamente erótica, sí de una atracción que normalmente acaba desembocando en ella. Pero como ya se ha dicho y estudiado en cantidad de libros y artículos (y por otra parte es de conocimiento general), la relación sexual decrece con el paso de los años, y la unión de la pareja tiene que basarse en otro tipo de vínculos que van adquiriendo mayor importancia. Es transcurrido ese tiempo cuando se puede confirmar que tal amor existe. Es entonces cuando el otro se vuelve verdaderamente “otro”, y los miembros de la pareja tendrán que hacer un esfuerzo importante para comprenderse y seguir unidos. Y es aquí donde las “instrucciones” del título de este artículo pueden tener algún sentido, pues se empezará a ver que quien nos acompaña es alguien diferente de nosotros mismos, al que no se le puede exigir que solo sea un reflejo de nuestros deseos o necesidades. Es entonces (dicen que a partir de los siete años de convivencia aproximadamente) cuando van a ser sometidos a una prueba para la que a lo mejor no estaban preparados. Se acabaron entonces los príncipes azules o las bellas durmientes, que no dejaban de ser puros egoísmos mediante los que tratábamos de convertir al otro en el más fantasioso de nuestros sueños juveniles, pura fantasía que suele romperse a pedazos. Y la razón es que, llegado ese momento, este tipo de amor (el amor romántico) para demostrarse auténtico tendrá que aceptar en el otro no solo su diferencia con nosotros, sino su debilidad. Amar a alguien que “todo lo tiene” o a quien admiramos en grado sumo, no tiene nada de poético ni de auténtico, después de todo puede incluso ser puro egoísmo: dame lo que a mí me falta. Por eso, y aquí volvemos a algo que podíamos haber pasado por alto, quien no se ama a sí mismo no puede amar al otro, porque lo que va a intentar es que este complemente lo que percibe en sí mismo como falta. De ahí la desesperación inconsolable de ciertas personas en algunas roturas, cuando el otro en realidad era uno mismo. De ahí posiblemente el contrasentido del maltrato, cuando los maltratadores son capaces de matar “a lo que más querían” (en ocasiones, los hijos incluidos). Quizás como corolario de esto último quepa incluir aquí una reflexión que me he hecho al ponerme a escribir estas líneas: ¿se puede amar a quien realmente no nos ama? (y, en mi opinión, no es tan difícil ser conscientes de ello). Las parejas pueden mantenerse unidas durante toda la vida por muchos motivos (la costumbre, el interés económico, el miedo a la soledad, etc), pero en mi opinión creo que el amor, este amor, tiene que ser recíproco. Estar con alguien que sabemos que nos desprecia, o nos envidia o nos tiene rencor, es desde luego una opción perfectamente humana, pero no creo que pueda ser llamado amor.

Seguro que todavía se podrían decir muchas cosas, pero como soy consciente de lo que acabo de decir, pondré en práctica lo que se ha podido deducir de lo anterior. Voy a dejarlo y a atender a mi señora que me llama para cenar desde el salón. ¡Ja!. Se me había olvidado: el amor sin humor tampoco es posible. Debe tratarse de otra cosa.

sábado, 15 de noviembre de 2014

INSTRUCCIONES PARA AYUDAR

Es posible, aunque quizás no tan probable, que en algunos momentos de su vida sienta la necesidad imperiosa de ayudar, y es importante que trate pronto de definir lo que antes se llamaba (con todas las de la ley), complemento directo. Y para ello es necesario hacerlo a priori de una forma genérica, porque no es lo mismo ayudar a alguien fuera de nosotros que a nosotros mismos. A partir de ese momento lo natural es que sintamos el impulso de echar una mano a alguien en apuros, o a estudiar con detalle lo que nos vendría bien personalmente para llevar una vida plena. Aunque pensándolo más a fondo, puede suceder que ambas cosas coincidan en la medida en que ayudar a los demás suele ser muy gratificante para quien lo hace. Etcétera.
Llegado a este punto, quien quiere ayudar a los demás debe evaluar en qué consiste tal ayuda, pues lo que para él puede suponer un problema, para otros resultar algo asumido o incluso visto de forma positiva. Y no solo eso, sino que debe tenerse en cuenta si la persona a quien se trata de ayudar lo admite, pues como es bien sabido, hay quienes lo consideran vejatorio, al estimar que la ayuda, en determinados casos es una forma muy elaborada de desprecio. Hay quienes probablemente prefieran vivir en alpargatas que ser ofendidos aceptando unos zapatos Sebago, por decir algo; incluso merece la pena valorar de antemano, si en el futuro el benefactor no será objeto por parte del otro de un profundo rencor. Desvaríos de la mente humana, capaz de anteponer con frecuencia el honor o una supuesta dignidad, al puro hecho de reconocer una necesidad y agradecer la ayuda. Esta es la doble cara de la caridad, en ocasiones justamente denostada, no solo porque no enseña al otro nada en concreto para defenderse en la vida (a pescar, como tantas veces se ha dicho), sino que lo señala como alguien que, después de todo, ha fracasado.
Ya sé que decir esto es una simplificación, y que los pobres en las aceras, en las salidas de los supermercados y en los semáforos, no están para estas sutilezas, y agradecen sin dobleces unos céntimos, pero hay que advertirlo para que la posible reacción negativa no nos coja por sorpresa. Esto no debe ser un inconveniente para ciertos momentos en los que la ayuda resulta imprescindible con independencia de toda consideración ética. Si alguien, por ejemplo, pide socorro desde el agua agitando los brazos y al mismo tiempo tiene dificultades para mantener la cabeza por encima de la misma, no debemos abismarnos en profundas reflexiones de orden moral, ni pensar que a esa distancia de la orilla, la persona en cuestión debe hacer pie y ella misma puede resolver su situación. Si sabemos nadar, debemos arrojarnos al agua y tratar de acercarle a la orilla, algo no siempre tan sencillo, pues en ocasiones el accidentado, llevado por los nervios y la angustia, puede propinarnos un puñetazo y a partir de ese momento ser dos las personas en apuros. Afortunadamente, en las piscinas públicas es obligatoria la presencia de socorristas, que saben nadar con cierta soltura, y han recibido un curso de información previo, o son diplomados en salvamento y saben como actuar en esas ocasiones. Además, también es obligatoria la instalación de salvavidas, que puedan ser lanzados al agua en caso de apuro. Morir ahogado debe ser un trago difícil de soportar (e incluso más de uno, valga el chiste). Otra posible solución sería que la persona en cuestión estuviera dotada de branquias o fuera un anfibio, algo en el primer de los casos, imposible, y en el segundo más que dudoso, por más que, al parecer, los seres humanos  salimos del mar hace millones de años, al parecer, en forma de lagartos.
La ayuda que suele ser requerida en más ocasiones es la de tipo afectivo o espiritual. Para ello debemos estar preparados con una mente abierta y el corazón dispuesto a transigir con situaciones de difícil encaje con nuestra personalidad. Ayudar a los iguales suele ser relativamente fácil, pero hacerlo cuando somos requeridos para ello por un individuo que dice sentir un deseo profundo de quitar de en medio a su vecino, o a patear el vientre de una embarazada, puede resultar complicado. Sobre todo si somos nosotros mismos el vecino aludido, o nos encontramos en el sexto mes de gestación. No obstante, excepto en esos casos u otros similares, en lo que lo más adecuado resulta poner de inmediato tierra de por medio, debemos templar nuestro espíritu y aprestarnos a la ayuda solicitada (si tal es el caso), considerando la ventaja que supone saber que nuestras neuronas tienen una plasticidad sorprendente hasta el mismo día de nuestro óbito, y que por lo tanto podremos hacer frente a las situaciones aparentemente más disparatadas.
El yoga a base asanas, el zazen, los estiramientos e incluso los masajes de un profesional cualificado, pueden ayudarnos para acercarnos a quien lo requiera con el espíritu dispuesto para la ayuda, considerando que, como dijo un famoso filósofo, (estrábico para más señas)(1), “nada humano me es ajeno”. No es preciso para ello ser un existencialista, e incluso uno puede abominar de Heidegger, que en opinión de muchos de sus colegas, no sabía lo que decía (2), pero que, sobre todo, era un perfecto hijo de puta (3), dicho esto en un castellano diáfano del que sin duda no renegarían en Valladolid, ni por lo tanto, don Miguel Delibes. Preparados pues de la forma antedicha, debemos escuchar a quien lo requiera con una actitud relajada que facilite la relación, y que haga que el otro se sienta cómodo y pueda confiarnos sus dificultades con la certeza de que no va a ser enjuiciado. Pueden ser momentos difíciles, ante los cuales haríamos bien en dejar de lado nuestros prejuicios, por más que lo que oigamos pueda perturbarnos. En ese sentido sería conveniente eliminar previamente algunas señales de nuestro lenguaje  corporal que pudieran poner al otro sobre aviso de nuestra disensión o malestar. Atentos, pues a los movimientos incontrolados de nuestras extremidades, al empleo excesivo de nuestras manos o nuestra gesticulación, y sobre todo a ciertos tics que nos delatarían sin remedio, como el parpadeo excesivo (incluso guiñando un ojo), el fruncimiento de la boca y el tocarse la nariz reiteradamente sin venir a cuento.
No nos vendría mal haber practicado con anterioridad la llamada “escucha pasiva” (4), algo muy utilizado por lo psicoterapeutas cuando los pacientes se ponen pesados;  es una forma más sofisticada de aquello que el saber popular conoce como “por un oído me entra y por otro me sale”. Claro que no debe pasar ni un momento más sin mencionar una palabra que abre todas las puertas en el mundo de la comunicación afectiva. Se llama “empatía”, esa facultad que nos hacer sentir como propios los sentimientos ajenos, y que le facilita al otro abrirnos su corazón. Y esto no deja de ser interesante, pues otro vocablo muy afín y con las mismas raíces, señala una situación muy diferente, se trata de “patología”, que tiene que ver con las emociones alteradas, y que convenientemente diagnosticado (o no), pueda uno acabar en un psiquiátrico o tomando una ensalada de pastillas para mantenerse en sus cabales.
Y creo que tratándose este artículo de una síntesis de las instrucciones elementales para ayudar a nuestro prójimo, ya es suficiente con lo dicho. Queda para otro día la segunda parte a la que se hizo alusión al empezar, la ayuda a nosotros mismos, hoy tan de moda en tantos libros, dvds, yutubes. Se trata de una industria que, independientemente de su eficacia, hace que con seguridad se sientan mejor sus promotores, al proporcionarles un estatus que para sí quisieran los destinatarios (quien tenga dudas que pregunte a Louise M. Hay, Paulo Coelho, y con matices, a Eduardo y Elsa Punset en España). Si usted no sabe con certeza quien es realmente, le recomiendo a algunos autores que podrían echarle una mano, por ejemplo Sigmund Freud y Carl G. Jung, pero mal empezamos (5). Si tiene la certeza de ser Napoleón o Jesucristo o su autor favorito se llama Ronald Laing(6) (un psiquiatra importantísimo que introdujo una visión totalmente diferente de la enfermedad mental), siento comunicarle que no puedo serle de ninguna ayuda. Un cordial saludo, en cualquier caso.
(1) Se trata de Jean Paul Sartre, uno de los padres de la corriente filosófica llamada existencialismo. Era bizco, que es una forma de estrabismo.
(2) Quien tenga alguna duda que intente leer “Ser y tiempo”, su obra capital.
(3) Heidegger, a pesar de sus elaboradísimas teorías, entre ellas el famoso “dasein”, fue en opinión de muchos colegas un ser humano repugnante que apoyó a Hitler y al nazismo, colaborando de esa manera a un descenso significativo del número de habitantes de este planeta.
(4) La escucha pasiva es conocida en el mundo de la teoría psicoanalítica como la actitud del psicoanalista mediante la cual, el profesional escucha lo que le dice el paciente y se queda solo con lo esencial, de una forma conocida como “atención flotante”.
(5) Carl G. Jung, fue un famoso psiquiatra suizo discípulo de Freud, de quien pronto disintió. No estaba de acuerdo con su maestro en que las enfermedades mentales de sus pacientes empezaban en la alcoba de sus padres. Dos de sus conceptos más conocidos fueron “el alma colectiva” y el “sí mismo”, que es lo que aquí viene al caso.
(6) Ronald Laing fue un importante psiquiatra inglés de los años setenta, conocido como el creador “antipsiquiatría” y especialista en la esquizofrenia (*). Escribió dos libros muy importantes de los que se vendieron miles de ejemplares, “El yo dividido” y “El yo y los otros”. Uno de sus colegas, Joseph Berke ayudó a una de sus pacientes, Mary Barnes, a escribir un libro que causó mucho impacto en su día: “Aquí no tuve que volverme loca”. Trata de la experiencia de esta en una casa de Londres, donde los antipsiquiatras  alojaban a sus pacientes en régimen muy especial. Uno de los entretenimientos más terapéuticos de estos consistía, al parecer, en pintar las paredes o a sí mismos con sus excrementos (sin: mierda).

(*) Un conocido psiquiatra español (y cordobés), Carlos Castilla del Pino se ocupó también de esta dolencia. Publicó en dos tomos una “Introducción a la psiquiatría” con gran repercusión en la profesión (e incluso entre sus pacientes). Era de la opinión que el delirio es un error necesario, y en tal sentido escribió un ensayo con ese nombre. En él afirma que el ser humano, en determinadas circunstancias, se ve obligado a delirar para ser “alguien”. Quizás, haciendo un paralelismo, sea esa la razón última por la que siendo un comunista radical, se permitió una vida muy acomodada con la venta de sus libros y los honorarios de sus pacientes Lo que parece perfectamente lógico.

jueves, 13 de noviembre de 2014

INSTRUCCIONES PARA APEARSE

Como ya quedo dicho en anteriores artículos relacionados con la bipedestación, el requisito indispensable para apearse vuelve a ser el hecho de tener pies.  Aceptando que las cosas son así, y que resultaría un tanto inútil obcecarse con otras interpretaciones, cabe sin embargo añadir algunas matizaciones, de las que nos encargaremos a renglón seguido.
La primera objeción que cabría hacer a la afirmación mencionada al empezar, es que desgraciadamente no todo el mundo tiene pies (y no se trata aquí de hacer un recuento pormenorizado de las desgracias que han dado lugar a ello). No creo, sin embargo, que nadie dude de que un disminuido de tal clase no pueda apearse, ya que, como mucho, se podría puntualizar que en esos casos la expresión no es rigurosamente exacta. Sin duda alguna, un cojo (que en ocasiones solo tiene un pie), un mutilado severo (sin piernas), o una persona que tenga que trasladarse en silla de ruedas, también se apean cuando llegan el tren llega a su estación o el autobús a su parada, por mucho que más que apearse, “se bajen” (lógicamente ayudados). Podría decirse de estas personas que aunque careciendo de ellos, los pies “se les suponen”, de la misma manera que se supone el valor a un militar, algo, por cierto, no siempre demostrado. Pero ese es un asunto del que aquí no se trata.
Esta reflexión que puede parecer banal, nos orienta en el sentido de que con el verbo que nos ocupa, nos referimos más que al hecho real de “poner pie en/a tierra”, al de abandonar un artefacto móvil. Y esa es otra de sus características sorprendentes. No se trata por lo tanto de pasar de un nivel superior a otro más bajo, pues en tal caso lo mismo podría decirse al salir de la cama, o al bajar de una litera o de la copa de un árbol (o de esas horribles banqueta de patas largas, hoy desgraciadamente tan de moda), sino de otra cosa De estos artefactos uno no se apea, sino que solamente se baja, o como mucho, se desciende. La movilidad es por lo tanto un requisito importante para que alguien pueda apearse de algún sitio. Del tren, el coche o el autobús uno se baja, pero, con más propiedad, uno “se apea”. Hasta tal punto esto es así, que cuando no proliferaban los trenes tan veloces de hoy en día, existían pequeñas estaciones a las que se conocía vulgarmente como “apeaderos”. Sin duda esto es así porque se decidió que lo importante en los casos mencionados más arriba, era la posición en origen y no el acto en sí, especialmente si se estaba tumbado. De la cama es evidente que uno se levanta. De la litera o de un árbol se baja. De ninguno de ellos uno se apea.
Visto lo anterior, da la impresión de que apearse o “echar pie a tierra” supone de alguna manera “volver a la realidad”, dando de esta manera a los medios de transportes mencionados una cierta personalidad fantasmagórica (algo no tan descabellado si nos imaginamos viajar en el AVE o un bólido de carretera a 300 kilómetros por hora).
Tal expresión considerada en sentido negativo (no apearse), pueden metafóricamente expresar el hecho de no querer abandonar una opinión o idea, de forma obstinada, sin querer ver la realidad, para otros, sin embargo, evidente. Parece, pues, que apearse es una condición sine qua non para regresar al “mundo verdadero”, y en ese sentido a la tierra como auténtica base de nuestras vidas (lo que, después de todo, tiene bastante de cierto, teniendo en cuenta que no somos peces ni aves. Y menos pájaros, aunque nunca sabe). Ello no es óbice, sin embargo, para que los sedicentes ilustrados y los pedantes, opinen que mucha gente tiene una concepción demasiado “pedestre” (terrenal) de algunos temas.
Pudiera suceder (pero que yo sepa no existen testigos), que existiesen quienes al viajar en los medios de transportes mencionados (a los que se pueden añadir con matices el tractor y el metro), se desprendieran de los pies, y solo los recuperan al abandonarlos. Se debe pensar en ello. Hay que recordar que precisamente en el momento de apearse, uno, por la cuenta que le trae, los mira con cierta delectación, y cobra conciencia de su existencia. Durante el resto del día, qué duda cabe, “están ahí”, pero pasan desapercibidos, razón por la cual deberíamos sentirnos muy satisfechos. El que a otras partes del cuerpo les suceda lo mismo, no supone ningún inconveniente para,  alegrarnos de su presencia en esos cruciales momentos.
La norma básica para apearse, y hablamos ahora en plan operativo, consiste en tantear con un toque mínimo, casi imperceptible, la superficie a la que se desciende, comprobando así su solidez y su textura. Los adolescentes y aquellos que se hallen en plena juventud no lo necesitan, dando la impresión al hacerlo que más que pies tienen ruedas o patines. Se recomienda a los padres dar la mano a los niños impúberes, recordándoles que en ningún caso los bebés deben apearse por si mismos, pues aunque parezca sorprendente, hay padres hoy en día que pretenden cultivar las aptitudes atléticas de la prole desde su más tierna infancia. Los ancianos, sobre todo si llevan bastón (y los accidentados si van con muletas) deben esmerarse y tener mucho cuidado, y las mujeres con zapatos de tacón aún más, sobre todo si son de aguja, pues como norma, que se sepa, no existen narices de repuesto.
Algo que, después de lo que acaba de decirse, también debe tenerse en cuenta es el calzado a utilizar, que debe ser el apropiado para apearse sin sobresaltos. Como ya se dijo, se desaconseja hacerlo con tacones altos, a lo que deben añadirse las plataformas, los mocasines y los que lleven alzas (aunque se sea el mismísimo presidente del gobierno). También se desaconseja usar aquellos que tengan suelas de material, como se decía antiguamente, o de tafilete, por muy distinguidos que parezcan (y, guiño para veteranos: aunque lo recomiende la chica del diecisiete). Se aconseja por tanto llevar zapatos con suela de goma o material adhesivo poco proclive al deslizamiento (¿PVC, poliuretano?) Claro que resulta comprensible que haya quien insista en que asistir a una ceremonia de cierto relieve (bodas incluidas) con chancletas, playeras, tenis o bambas, no deja de ser una chabacanería, impropia de quienes todavía no han pegado fuego a sus chaquetas. Las alpargatas tampoco resultan adecuadas por mucho que hoy comience a valorarse de nuevo el yute y el esparto. Otra cosa sería que la autoridad que presida el acto o, en su caso, los novios den su aquiescencia.
 Como norma se deberá bajar del vehículo implicado en la situación (entre los cuales añadimos aquí la carroza y la diligencia, pero no los velocípedos ni las motocicletas) apoyando en primer lugar la parte inferior del pie adelantado, a la altura de las articulaciones de los dedos a nivel de la falange o bajo el empeine, pues hacerlo con el talón supone una posibilidad elevada de caerse de espaldas, darse un batacazo y romperse la crisma. Independientemente de todo lo anterior, o como complemento, en los transportes colectivos conviene hacerlo con cierta decisión para evitar aglomeraciones en la salida, e incluso la posibilidad de un accidente de cierta seriedad. A pesar de ello, al bajar de los vagones del Metro se debe estar muy atento a no introducir el pie entre el coche y el andén. Podría ser fatal, especialmente en las estaciones en curva. Se comprende de todas maneras que quien se apea pueda estar pendiente de otros menesteres, sobre todo cuando quien lo hace es recibido por alguien importante. Por ejemplo, quien llega procedente de lugares remotos y es esperado por su novia o su familia. Supongamos que se trata de Australia (claro que como pronto veremos, en este caso el asunto puede complicarse al hacerlo en avión, como suele ser habitual). De todas maneras, jamás debe bajarse dando un salto, con los pies juntos o de puntillas.
Si es usted una persona con sombrero (y no digamos nada si es una mujer con pamela) debe procurar que el cambio de alturas del vehículo al andén no se lo vuele, algo que suele suceder cuando el estribo está muy elevado con respecto al suelo, al poco que sople un mínimo de brisa. Los atletas y las personas en buena forma física deberán en cualquier caso apearse con resolución  (incluso con valentía), arriesgándose a la caída, que podrá ser recibida con aplausos a pesar de su aparatosidad. En tales ocasiones es frecuente la presencia de fotógrafos, que inmortalizarán un instante que permanecerá de forma indeleble en sus retinas. Cabe añadir aquí, pues siempre existen seres temerarios, que no debe uno intentar apearse en marcha o en un lugar no indicado para ello, considerando que, después de todo, ya tendrá ocasión de estirar las piernas poco más adelante.
Se recordará que con anterioridad se hizo alusión a la posibilidad de apearse de un barco o un avión, y a lo inapropiado de tal expresión en tales casos. Siendo animales terrestres, parece que la Real Academia y el empleo consuetudinario del lenguaje, han reservado tal expresión para los vehículos que circulan sobre la superficie sólida terrestre, y no para los que vuelan o navegan. Si apearse, como ya se vio, viene a significar volver a utilizar de nuevo los pies, e incluso recobrarlos, podría considerarse que tal hecho es aún más importante en tales casos, dada el escaso empleo que se hace de los mismos estando a bordo, y sin embargo no es así. Estos medios de transporte (a los que aquí añadimos sin que nadie nos fuerce, el catamarán y la canoa en el primer caso, y el helicóptero y el ala delta en el otro), suponen, dado el medio en el que se mueven –el aire y el agua- un caso especial, en el que tal hecho relega los pies a una instancia secundaria. En el caso del avión, sus pasajeros aterrizan (o así lo dicen ellos), cuando quien verdaderamente lo hace es la aeronave; y de los barcos, desembarcan, dejando con tales expresiones diáfanamente claro, lo orgullosos que se sienten de haber sido durante algún tiempo “otra cosa” (un ave o un pez, quizás).
Y para terminar, valga insistir aquí en la importancia de la mirada, pues es ella quien debe calibrar como debe uno apearse sin consecuencias negativas. Siendo como somos seres con los ojos situados en la parte frontal de la cabeza, tenemos la facultad de ver con precisión frente a nosotros, algo que facilitándonos la depredación, pero no estar en la selva o la sabana, podemos utilizar para apearnos como es debido. Las personas con dificultades en la vista, o los que utilizan gafas de sol en cualquier circunstancia, deben esmerarse. En el primer caso, como por otro lado suele suceder, lo recomendable sería la ayuda de alguien, y en el segundo, quitárselas hasta pisar tierra firme en el andén (por poner un ejemplo).

 Podríamos seguir hablando de este tema durante mucho tiempo, pero considero que ya es suficiente y que, en todo caso, volveremos sobre ello otro día. Recordemos, como nota final, que los hidroaviones amerizan, y que si sus tripulantes se bajan, no se puede decir con propiedad que se apeen. Y que, por otro lado, si en 1969 la cápsula espacial de la nave Apolo, descendió sobre nuestro satélite y alunizó, Armstrong y Aldrin al bajarse de ella, sorprendentemente se apearon, pero no alunizaron. Misterios del lenguaje, que ofreciéndonos otro juego impensado, nos permiten decir que, sin embargo, posiblemente  alucinaron.

martes, 11 de noviembre de 2014

INSTRUCCIONES PARA CERRAR LOS OJOS

Antes de empezar, quiero que vaya por delante una advertencia para los no avisados: las instrucciones a las que se refiere el título de esta nota pueden ser redundantes o inútiles, pues los llamados ojos suelen cerrarse por sí mismos sin ninguna ayuda de quien lo pretenda. Todo el mundo tiene la experiencia los días en los que no es asaltado por el insomnio, de que los párpados clausuran el estado de vigilia con una naturalidad que haría trivial el empeño que uno ponga en ello.
Claro que ya aquí cabe hacer otra advertencia para continuar con pleno sentido. Para verificarla y facilitar la conclusión, colóquese frente a un espejo (no hace falta que sea de cuerpo entero), y trate literalmente de “cerrar los ojos”. Comprobará de inmediato su imposibilidad, ya que, en todo caso, podrá cerrar los párpados, pero los ojos permanecerán igual a sí mismos independientemente de su deseo. Como mucho, podrá observar en ellos en ciertas variaciones según la bilis que en ese momento le habite, que le hará mirar de una u otra forma, debido al parecer a la variable concentración de conos y bastoncillos (solo observables por un oftalmólogo). Podrá también mirar hacia arriba, abajo o al bies, según su antojo y su cordura. Las puertas, sin embargo, sí se cierran, al poder ser colocadas ellas mismas en diferentes posiciones, algo que sin embargo no está entre las habilidades de los ojos, incapaces de voltearse, y como mucho dotados de la facultad un tanto inútil que uno tenga de hacerse el bizco mirándose la punta de la nariz. O hablando con propiedad: de hacer (se) el idiota.
A todo esto podría añadírsele otro fenómeno que, dada la velocidad a la que tiene lugar, nos pasa en general inadvertido. Se trata, como todo el mundo sabe, del parpadeo. Esa facultad de gran parte de los animales mediante la cual se humedece la superficie de los ojos al tiempo que, como si se tratara de los limpiaparabrisas de un vehículo en los días de lluvia, niebla o con la atmósfera muy cargada, mantienen limpios los cristales. En cualquier caso, y a modo de excurso, me asalta aquí una duda ¿les sucede lo mismo a los insectos? ¿limpian ellos de la misma manera sus ocelos? Y en caso negativo ¿por qué? No voy a consultar la enciclopedia ni a meterme en google. Quizás son menos coquetos o aseados, y no le importa dejar al albur de las circunstancias tal cometido. Quien sabe. Para una araña, con ocho ojos, tal cosa supondría un verdadero engorro. Pero estaríamos hablando de un artrópodo.
Y volviendo a nuestra especie, se puede afirmar que con dedicación y cierto empeño, sí podemos ser conscientes del parpadeo de nuestro interlocutor (nunca del propio), pero para ello debemos mirarle a los ojos fijamente, lo que al cabo de pocos minutos puede dar lugar a una situación conflictiva. Hacerlo, según los psicólogos conductistas, solo puede significar dos cosas, atracción o desafío, y  tales afectos (en el amplio sentido de la palabra) se dan en contadas ocasiones. Sabiendo esto, que cada cual considere el riesgo que corre si persevera en su indagación, pues en algunas circunstancias, tales situaciones puedan terminar a todo correr en la habitación de unos apartamentos por horas, o en el sentido contrario, en el campo de honor, que tiene menos gracia.
Cerrar los ojos no es pues algo tan simple como podía parecer a primera vista (incluso con los ojos cerrados, valga la paradoja), y si en ocasiones la dificultad se debe a una pura cuestión mecánica, otras ha de considerarse estrictamente como metáforas, sobre las que volveremos más adelante.
Dos afecciones oculares de diferente gravedad pueden corroborar estos hechos en el primero de ambos casos. De entrada debemos considerar la blefaritis, inflamación en general leve del tejido conjuntivo alrededor de los ojos, pero con consecuencias poco agradables, entre las que se cuenta la dificultad de despegar los párpados (sobre todo por la mañana). Y a pesar de que sería lo indicado, no me parece apropiado ponerse aquí a hablar de legañas. En los casos más llevaderos, se trata de aplicar jabón diariamente (a poder ser con ph neutro o champú para bebés). La miastenia gravis, sin embargo, es otra cosa, pues la debilidad muscular no solo afecta a los ojos sino a todo el cuerpo. Quien la sufre, aparte de muchas otras dificultades, se verá con la engorrosa sensación de no poder tener los ojos abiertos porque los párpados se cierran a pesar de la voluntad que ponga en sentido contrario. Para estos enfermos, “cerrar los ojos” tal como se entiende habitualmente puede parecer un sarcasmo, puesto que ellos por sí mismos ya tienden a hacerlo sin ningún miramiento (y sin tener sueño el propietario).
 Para continuar y decir algo que no se quede en un mero juego de palabras o humorístico, digamos que en estas instrucciones deben considerarse algunos factores que faciliten el hecho al que nos referimos, dejando de lado matices o sutilezas verbales. Cerrar los ojos precisa antes de nada, de una voluntad que lo facilite, y tal cosa puede darse en circunstancias de la vida que no solo se refieran al lenguaje figurado (las metáforas mencionadas con anterioridad), algo que, sin embargo, todos hemos empleado alguna vez. “No quiso verlo y cerró los ojos”, es una expresión que pertenece al lenguaje popular. En otras ocasiones se nos recomienda fervientemente lo contrario, “permanecer con los ojos bien abiertos”. Esta facultad, y es obvio que se trata de otra metáfora, se hace una sorprendente realidad en ciertos individuos, capaces de permanecer sin parpadear durante largos períodos de tiempo. Hablamos de los psicópatas, gente poco recomendable, a pesar de que cierta literatura los describa como poseedores de una “mirada penetrante”. Ante casos así, procure poner tierra de por medio lo antes posible. Estos tipos son capaces de pasarle a cuchillo, y punto seguido pedir una cerveza y una ración de gambas en el establecimiento que tengan más a mano sin ningún remordimiento.
Cerrar los ojos, y ya hablamos aquí de un acto que requiere una implicación personal de quien lo haga, exige, como sin duda se dará cuenta si lo intenta, el empleo de un buen número de los músculos de la cara, especialmente la frente y las mejillas. Este hecho hace que sea empleado por algunas personas sabedoras de que tal cosa le da al rostro cierta vis cómica muy divertida, y si no recuerdo mal fue utilizado con frecuencia por la actriz americana Shirley Mclaine en alguna de sus (cuando lo eran) divertidas películas. Surte más efecto si se hace varias veces seguidas y se arruga la nariz al mismo tiempo. También ha sido muy utilizado por algunos payasos. Con otro objetivo, los niños lo emplean a veces en el famoso juego del “veo veo” (*).
Hay personas que en lugar de cerrar los ojos se los tapan con las manos en situaciones azarosas y en algunos juegos de sociedad en los que sin embargo se suele hacer trampa dejando que los dedos adquieran una soltura indebida para ver entre ellos como si se tratara de una rejilla. Para entrever.
Hay, sin embargo, una situación muy específica en la que realmente cerrar los ojos es una misión imposible, por mucho empeño que el supuesto interesado pudiera poner en ello. Se trata de los cadáveres, personas (¿) que sin duda en su inmensa mayoría querrían continuar con ellos abiertos y no perderse nada de lo que sigue aconteciendo a su alrededor, pero a los que desgraciadamente la voluntad les ha abandonado definitivamente. Mala suerte, chico/a, puede que les diga el alma benemérita que se los cierre, queriendo ignorar que tiempo adelante ella misma será la protagonista (pasiva, claro está). Llegados a este punto, el lector comprenderá que no haya mucho más que decir, pues con la situación mencionada se clausuran todas las posibilidades futuras del interesado. Si acaso, a modo de colofón, dedicar un afectuoso recuerdo a los tuertos, y a todos aquellos que por enfermedades o desafortunados acontecimientos quisieron clausurar sus ojos motu proprio mediante algún artificio. Destacar, en este sentido, a la princesa de Éboli y su famoso parche, y a los fotofóbicos, parapetados permanentemente tras unas gafas casi opacas, aptas incluso para contemplar los eclipses de sol.

(*) Esto no es totalmente cierto, pues las manos se suelen poner sobre los ojos ya cerrados, algo que puede parecer redundante, pero que es absolutamente necesario. Pruebe usted a hacerlo con los ojos abiertos y verá lo que pasa. Otro tanto podría decirse de “un, dos tres, al escondite inglés”.

La “gallinita ciega” y la “piñata” son otra cosa, precisan de un paño o una venda.

viernes, 7 de noviembre de 2014

CORAZONADAS

Me costó bastante tiempo decidirme, pero una vez que lo hice supe que ya no habría vuelta atrás. Y no la habría no porque fuera físicamente imposible, sino porque en mi interior tenía el convencimiento de que no me quedaban fuerzas para intentar otra cosa. Soy lo que en plan pedante se llama un intelectual, algo que, sin embargo, asumo con orgullo porque es a lo que me he dedicado toda mi vida. Me refiero a la cultura, la razón, la argumentación, todo lo que nos distingue con claridad de un animal strictu senso, al que nunca se le ha sorprendido leyendo o escribiendo una novela, dicho sea esto con todo mi respeto por los toros de lidia, los artrópodos o las gallinas, por decir algo. Y por los bonobobos, por poner un ejemplo más próximo, según dicen los evolucionistas. De los perros en concreto no hablaré para no herir ciertas sensibilidades muy a flor de piel con estos animales, que siempre me han caído tan bien.
     Trasladarme al desierto de Almería con mi mujer y los cuatro trastos que teníamos no iba a ser fácil. Quiero decir con esto, que vivir en pleno centro de Madrid (en un ático de la calle de Serrano, para ser más exactos) y mudarse a un terreno pedregoso, donde el mero hecho de andar con cierta soltura suponía casi una hazaña, no era en principio nada agradable. Hacía falta una voluntad decidida, pero sobre todo una desesperación notable que lo aconsejara. Y ese era mi caso, y al final lo hice. Ana se alojó en un hotel cerca del puerto de la ciudad, donde por aquella época también lo hacían con frecuencia los actores de los famosos spaghetti westerns, tan de moda entonces; al menos allí podría entretenerse mientras tierra adentro, yo me intentaba sacar adelante mi locura. Había heredado de mi padre una buena cantidad de dinero, una fortuna si debo ser sincero, y no se me ocurrió nada mejor que adquirir unos terrenos y construir un hotel en el desierto de Tabernas, remedando las construcciones de Capadocia, donde había vivido una temporada muchos años atrás rodando una película cuando me dio por el cine.
De hecho, mi intención era construir un complejo hotelero que comprendiera al propio hotel y una zona recreativa, en la que los clientes pudieran disfrutar de varias instalaciones, con el plato fuerte de un paseo de tres horas por las inmediaciones en camello, caballo, pony o burro, a voluntad. La flora y la fauna del lugar no es que fueran especialmente llamativas o únicas, pero sí interesantes, y siempre se podrían mejorar tiempo adelante introduciendo algunas variedades exóticas. Ya se sabe que los turistas convencionales están mucho más dispuestos que los ecologistas para admitir estas extravagancias, y esperaba que por su propio interés, el ayuntamiento de la pedanía más próxima me apoyara. Finalmente, si las cosas iban bien, podría añadir una réplica (a  escala, claro está), de Santa Sofía, La Mezquita Azul y el Gran Bazar de Estambul. Desde luego desde un principio se construiría una zona de recreo adosada al hotel, con piscina, y en la planta baja del mismo una zona comercial, con spa incluido, si la demanda de plazas empezaba a requerirlo. Claro que la idea básica no era construir un resort gigante, pues la oferta, dado el entorno, iba dirigida principalmente a un público con recursos pero con veleidades ambientales y naturistas, al que le preocupara el respeto al entorno y la conservación del medio natural. En cualquier caso, no era descartable tener previsto una modesta flotilla de furgonetas y jeeps para llevar a la playa (a 20 kms) a los voluntarios, que dado el calor asfixiante en la zona en la temporada alta, no serían pocos. Por supuesto que quienes quisieran quedarse tendrían, como ya se ha dicho, una piscina con todas las instalaciones precisas para que no se sintieran de repente en pleno desierto (que era la pura verdad). Para las tardes, después de la cena, sería conveniente contar con algún conjunto de música en directo de cierta calidad, para que los residentes antes de retirarse tuvieran al crepúsculo la impresión de encontrarse en un lugar mágico que no desmereciera de las dunas del Sahara, o de los desiertos de Arizona que hicieron famosos John Ford. Pero sin cactus y con aire acondicionado a mano, claro está. Nunca se debe olvidar que los viajeros, vayan donde vayan, siempre lo hacen acompañados de una buena dosis de sugestión que les facilita imaginar lo que desean por encima de la cruda realidad.
En cualquier caso, el elemento fundamental era el propio hotel, que constaría en principio de cinco edificaciones del tipo de las de Capadocia, como dije más arriba, dos de ellas aprovechando la propia orografía del terreno, y por lo tanto, prácticamente cuevas (que deberían excavarse), y las otras tres construidas sobre el propio terreno, imitando la formas de las de Anatolia, con material rústico como las de adobe castellanas, convenientemente reforzado y enjalbegado. Cada una de ellas constaría a su vez de cinco habitaciones independientes con un espacio común recreativo, con televisión, juegos de azar y una pequeña biblioteca con libros de viaje y aventuras. Nada de filosofía ni autores rusos del diecinueve, que llevaran a los huéspedes a interrogarse por el sentido de su existencia e inducirles a abandonar el lugar de inmediato, o a quedarse dormidos al cabo de poco rato.
Las obras, a pesar del buen ritmo que impuso la empresa constructora, duraron cerca de dos años, durante los cuales yo estuve prácticamente siempre presente, pues lo que no quería bajo ningún concepto era que me hicieran cualquier faena de las que son normales en estos casos. Mi mujer, con los avatares que más adelante detallaré, estuvo casi siempre en Almería aprovechando el sol y buen tiempo habitual en esa costa durante todo el año, aunque cuando las cosas se ponían feas y el Mediterráneo no hacía honor a su fama, se quitaba de en medio una temporada y se iba a Madrid a casa de Teresa, una amiga de toda la vida a la que consideraba verdaderamente como una hermana. Habían estudiado juntas en el Pilar, y era por lo tanto unas verdaderas pijas en el sentido habitual que hoy en día suele darse a ese adjetivo. Gente de buena familia, con recursos (no era el caso de Ana), y que se considera por encima de la media, e incluso “por encima de la media de la media”, valga el juego de palabras. Cuando esto sucedía, yo iba a verla en avión desde Málaga, aunque en algunas ocasiones me quedaba por la zona remoloneando, e intentando buscar algún apaño que me resolviera el vacío del fin de semana, cosa no tan difícil si se tiene en cuenta la población extranjera que se han quedado allí definitivamente (especialmente ingleses y alemanes). En general se trataba de jubilados, pero en ocasiones aparecían grupos de gente joven que venían a desintoxicarse del ambiente lúgubre y plomizo de sus metrópolis por aquella época, y gozar del sol y la luz de nuestra costa, que ellos ingenuamente tendían a confundir con el trópico. Tuve alguna aventura relajante que nunca pasó de ser lo que podría calificarse como el desfogue de un sexagenario en apuros, que por otro lado tenía bien claro que ya habían quedado muy lejos los “días de esplendor en la hierba”, que diría Wordsworth.
Procuraba que la melancolía no me apresara, y el siguiente fin de semana me acercaba a Madrid, donde solía alquilar una habitación de un hotel como es debido (léase el Palace e incluso el Ritz) para que  Ana siguiera considerando que valía la pena estar casada con un vejete que la trataba tan bien. Yo sabía que esto era así y no me hacía demasiadas ilusiones respecto al futuro, pues estaba claro que no faltaba demasiado para que probablemente la pobre, más de veinte años menor que yo, tuviera que empujar una silla de ruedas. La mía, sin ir más lejos.
Todo transcurría normalmente hasta que pasado poco más de un año, ocurrió algo que modificó de alguna manera mis planes. Un día sin previo aviso se presentó por allí Roberto, mi hermano el ácrata, con el que tiempo atrás había tenido una relación muy próxima, pero del que por entonces solo tenía noticias esporádicas. Al igual que yo  había heredado de mi padre una suma respetable, pero al poco tiempo, llevado sin duda por un sentido de la solidaridad que no tenía demasiado que ver conmigo, decidió emplearlo en varias ONGs y organismos de caridad que prácticamente le habían desplumado sin que se diera cuenta. Venía, según me dijo, a colaborar conmigo con lo poco que había podido salvar de la quema, ofreciéndose para ocupar el puesto que yo juzgara adecuado a sus cualidades (de las que yo, sin embargo, no tenía demasiada idea). Como aparte de ser un desastre era un tipo bastante espabilados y de tonto no tenía un pelo a pesar de los antecedentes mencionados, decidí hacer de él una especie de ayudante/controlador, encargado de supervisar las obras al detalle, una vez que le hube puesto al tanto de las mismas.  Tal cosa me dio una libertad inesperada, que me permitió  pasar algunos días en Almería o Madrid con mi mujer, algo que me sentó muy bien, harto como estaba del trabajo en el campo, donde en ocasiones tenía la sensación de haberme convertido en algo así como un capataz distinguido.
Pero los hechos se precipitaron a una velocidad que nunca hubiera supuesto, y si las obras continuaban a buen ritmo, otro tipo de preocupaciones vinieron pronto a ocupar su lugar. Hasta ese momento Ana y yo habíamos mantenido una relación digamos que correcta, motivado cada cual por los estímulos propios de unas personas de nuestra edad y condición, en la que cada cual aportaba, al parecer, lo que el otro necesitaba. Pero aquel viernes en el que me dijo que se iba a Madrid en su coche (un mini no se cuantos), la situación tomó un sesgo inesperado. El sábado dejé a mi hermano en la obra y me acerqué a dar un paseo por la ciudad para recordar viejos tiempos. Había hecho el servicio militar cerca, y decidí visitar la Alcazaba, que al parecer la habían remozado hacía poco tiempo y quería ver qué tal había quedado, pues la recordaba de entonces hecha un pena, casi en ruinas. El hecho es que cuando estaba empezando el recorrido por el adarve de la fortaleza, el corazón me dio un vuelco cuando al mirar hacia abajo creí ver a Ana metiéndose en su coche en compañía de un tipo inconfundible, un actor americano que se alojaba en nuestro hotel, cuya característica más definida era que era más negro que el betún, algo que, y procuro no ser racista, a él debía tenerle sin cuidado, pues le había visto por los salones del hotel pavoneándose (era un tipo enorme y con buena planta que creía recordar de alguna película de las de Sergio Leone). Me pareció que Ana miró un instante hacia donde yo estaba, pero casi de inmediato el mini salió zumbando y no pudo ver nada más con detalle.
La Alcazaba estaba mucho mejor, desde luego, pero en esos momentos yo tenía la cabeza en otro lugar para ser demasiado riguroso, y de hecho enseguida di la visita por terminada y salí para tomarme una ginebra sola en un chiringuito cercano para aturdirme o espabilarme un poco (no tenía claro cual de ambas cosas me vendría mejor). Una Larios nacional, pera ser exactos. La verdad era que no tenía la seguridad de que lo que había visto fuera absolutamente cierto, pero tenía la casi total certeza de que sí. Impresionado como estaba, y sumido en la confusión de haber visto a Ana con otro hombre, estuve reflexionando sobre como actuar en aquellos momentos, y llegué a la conclusión de que no debía precipitarme, pues de resultar las cosas como me habían parecido, ella también debía encontrarse con un buen estrés encima. Lo que más me vejaba, sin embargo, era el hecho de que se tratara de un tipo como aquel, y no de un anciano en ciernes como yo. Por ejemplo, me hubiera molestado mucho menos que se tratara de Woody Allen o de Andy Warhol, por poner los dos primeros ejemplos de gente importante pero entrada en años que se me vinieron a la cabeza. E indudablemente eso significaba algo muy concreto, que no es necesario poner aquí por escrito.
Estuve varias horas dando vueltas sin rumbo fijo por la ciudad y ya bastante tarde me metí a comer a un restaurante en las inmediaciones de La Chanca, el barrio más típico y célebre de Almería. Al terminar, después de una ensalada y un pescado que vendían como gallo (cuyo extraño sabor efectivamente se aproximaba al del pollo), decidí que era el momento de coger al toro por los cuernos, ver lo que pasaba y aceptar la teoría del sálvese quien pueda aplicada a mí mismo. Respiré hondo y la llamé animado por media botella de vino de la casa y dos pacharanes. Ana cogió el teléfono enseguida y la encontré animada y hasta alegre, lo que me sorprendió e hizo pensar de inmediato en que yo andaba mal de la vista, pues en las circunstancias que yo creía haber vivido, qué menos que sentirse culpable y que se le notara. Pero en absoluto. Me dijo que estaba comiendo con Teresa en casa Lucio en la Cava Baja, que les había puesto unos huevos estrellados de infarto, y que teníamos que ir la próxima vez que estuviéramos juntos en Madrid. Como sin embargo seguía con mis dudas le dije que me pasara a su amiga para saludarla, pero me contestó que estaba en el servicio, a lo que yo aun más mosqueado le dije que me pasara al mismísimo Lucio para preparar nuestra próxima comida, a lo que me contestó que precisamente hacía un momento que había pasado para saludarlas y que no era cuestión de  molestarle de nuevo. Y que, en todo caso, ya se encargaba ella. En resumen, que cuando colgué tenía bien claro que de Madrid nada y que de huevos estrellados menos, a no ser que se tratara de una metáfora popular y un tanto barriobajera, impropia de mi mujer. Pude llamar a casa de Teresa para comprobar que no estaba (o que sí), pero me sentí lo suficientemente vejado como para no seguir dándome caña durante más tiempo. Volví al hotel, me metí en la cama y no salí de la habitación hasta el lunes.
 Ana no volvió el domingo por la noche, como era lo habitual. Ni el lunes. Ni el martes. Ni contestaba al móvil, lo que me confirmó que no era necesario que fuera al oculista: lo que había visto el domingo en la alcazaba de Almería era la pura verdad, algo que, además, coincidía con la ausencia del actor en el hotel durante esos días. Quiero decir del puñetero negro. No quise confirmar nada a través de su amiga de Madrid, y verdaderamente no hizo falta, porque el miércoles por la tarde recibí un correo de Ana desde Los Ángeles diciéndome cuanto lo sentía, pero que había sido un amor a primera vista y no había podido controlar sus sentimientos, y que a partir de ese momento viviría en Hollywood con aquel tipo que, aunque no lo creyera, era una buena persona y le había prometido un futuro brillante a su lado como actriz. La muy hija de puta.
Mi situación, pues, había dado un giro de ciento ochenta grados, y a partir de ese momento todo a mi alrededor se volvió irreal. El intelectual que yo me creía, como dije al principio, estaba absolutamente trastornado, y no se le ocurría ningún argumento sólido para contrarrestar la penosa deriva de los acontecimientos. La realidad era que mi mujer me había abandonado y que me encontraba en el desierto de Tabernas en Almería, donde no se me había perdido nada, empeñado en construir un complejo hotelero disparatado (y posiblemente ruinoso) en el que había empleado todo el dinero del que disponía. Y para más inri, en compañía de un individuo, mi hermano, que verdaderamente no debía estar demasiado bien de la cabeza.
 No volví a la obra hasta el viernes diciéndole a Roberto que estaba indispuesto, pero que no viniera a verme porque lo mío, aunque suponía que leve, podía ser contagioso. Mi hermano pareció creerse el camelo a pies juntillas, y no supe nada de él hasta ese día cuando me presenté allí por la mañana. Al verle, el sorprendido fui yo. Roberto prácticamente no abrió la boca  e hizo un gesto con el que supongo que quiso decirme que no había novedad, aunque lo mismo hubiera querido decir cualquier otra cosa (que pretendía echarse a volar, por ejemplo), pues consistió en levantar la vista al cielo y abrir los brazos hasta la altura de los hombros reiteradamente. Tenía mal aspecto, estaba más delgado que una semana antes, y con un color cerúleo que no auguraba nada bueno. Su habitación estaba toda patas arriba, y llena de botellas de whisky vacías por el suelo, lo que mostraba bien a las claras que durante esos días la dirección de las obras había estado en manos de un borracho que, además, o mucho me equivocaba, o empezaba a dar los primeros síntomas de una cirrosis galopante. No le dije nada de lo sucedido, le metí en la cama y avisé al médico, que después de auscultarle brevemente, me dijo que había que trasladarle enseguida al hospital, porque aquel tipo (sic) podía estar en las últimas si no se le trataba enseguida. Lo hice de inmediato y se quedó ingresado en urgencias, de donde salió una semana después para pasar a planta en observación. Cuando se recuperó después de aquel episodio, que al parecer solo se debió a la ingesta masiva de alcohol, pero sin consecuencias para el hígado, me dijo que tenía que hablar conmigo seriamente. Como yo quería dar por finiquitado aquel incidente para poder centrarme en las obras, le dije que desembuchara enseguida si consideraba que realmente se trataba de algo importante.
Lo que sucedió a continuación no tuvo nada que ver con el abandono de Ana (del que por cierto no le dije nada, ni él tampoco pareció sospechar nada al no verla durante todos aquellos días), pero dio lugar a unos hechos que hicieron que, al contrario que con ella, fuera yo le despidiera, dándole de baja como ayudante. En resumidas cuentas, me vino a decir dos cosas, que pueden resumirse de la manera siguiente. Primero: tu hotel es una chapuza, te están robando y los cimientos se están viniendo abajo. Y segundo: parecía mentira que en esos momentos de crisis, personas como yo se dedicaran a montar negocios ruinosos con la cantidad de gente necesitada a la que tan bien les vendría ese dinero. Después de oírle, inquieto sobre todo por lo primero, pensé que era hasta posible que tuviera razón, pero al preguntarle qué argumentos respaldaban sus palabras, me dijo que ninguno, que era una simple corazonada, pero que las corazonadas eran lo verdaderamente importante en la vida.Y quien sabe si en el fondo Roberto estaba en lo cierto, y las corazonadas son más importantes que la razón por muy intelectual que uno se considere.
 En cualquier caso, debo decir que mi proyecto de construir un complejo turístico de cierta importancia en el desierto de Almería llegó a buen fin y tengo un buen número de reservas para el próximo verano. Se alquilaron gran parte de los espacios para la zona comercial, la piscina funciona a la perfección, y ayer mismo llegó la flotilla de microbuses para el trayecto hasta la playa (de momento dos Nissan de 12 plazas cada uno con transportines). La semana que viene llegan los animales para el paseo turístico. De momento solo burros, que me han dicho que son muy resistentes y divertidos (causan cierta hilaridad a la gente) y que en Mijas han sido un éxito desde ya hace muchos años. Todo pues listo para la inauguración el próximo mes de junio, a la que posiblemente venga el Presidente de la Comunidad Andaluza. Sigo en contacto con las autoridades de Estambul, aunque si debo decir la verdad aquí que nadie me oye, a mí los moros siempre me han causado cierta desconfianza.
Desde Estados Unidos a través del correo, esporádicamente me llegan noticias de Ana dándome noticias de su situación y su camino hacia el estrellato. Parece preocupada por mí, como si más que ser mi ex mujer, se tratase de una hija inquieta por el porvenir de su padre, al que no debe ver con demasiados recursos para seguir adelante. Quizás deba decirle que recuerde que Incosol no está demasiado lejos y allí tampoco estaría tan mal. De mi hermano no he vuelto a tener noticias desde el día que lo metí en el tren camino de Madrid.  En ambos casos, tengo sin embargo la corazonada, de que con un poco de mala suerte y empeño por su parte, pueden acabar en situaciones nada envidiables. Para ella preveo a corto plazo que acabe haciendo de correo de la droga entre California y los famosos cárteles mejicanos de Jalisco, y para él, no me cuesta nada imaginarle vendiendo pañuelos por las calles de Goya y Serrano, o de aparcacoches voluntario en el Paseo del pintor Rosales. Al tiempo. Claro que solo se trata de una corazonada.

Nota.-  Adaptación libérrima de la película WINTER SLEEP del director Nuri Bilge Ceylan.


martes, 4 de noviembre de 2014

TOBÍAS

Tobías es un tipo muy raro, y si tiempo atrás se le podía encontrar en cualquier lugar abandonado de la mano de Dios, hoy sucede todo lo contrario. Sería inútil tratar de dar con él en un desierto o un páramo. Ni siquiera en un descampado. Y menos aún en unas tierras baldías, que diría el cursi de T.S, Elliot. De repente adora la presencia  de otros, y lo normal es verde rodeado de amigos o perdido entre la multitud.
   Frecuenta por lo tanto las grandes avenidas abarrotadas de gente, las aglomeraciones y  los fines de semana las grandes superficies y los centros comerciales, donde se le puede observar entre la multitud con cara de arrobo, casi de éxtasis: hasta tal punto llega su querencia por las masas, su adoración por los otros cuerpos, sin importarle que le sean totalmente ajenos. Se une a todo tipo de manifestaciones, donde para él lo de de menos es su significado o lo que se reivindique, si es que se reivindica algo. Le es suficiente la cercanía de los otros y el calor animal de la multitud arrastrándose por el asfalto, donde llega a gritar consignas que verdaderamente le tienen sin cuidado. Se le ha visto en manifestaciones de la extrema derecha y del partido comunista alternativamente el mismo día, y en ambas con el mismo fervor, ignorando sus acompañantes que realmente a Tobías le importa un rábano el honor de la patria, el exceso de emigrantes o el porvenir de la clase obrera.
El asunto es sentirse acompañado, disfrutar de la sensación de formar parte de la masa, ser un solo cuerpo del que se disfruta con la fruición con la que uno puede mirarse al espejo un día en que se esté especialmente bien consigo mismo.En ocasiones, sobre todo en épocas en la que la conflictividad social es elevada, no da abasto para asistir a todo tipo de reuniones y mítines, en las que en algunas ocasiones llega a tomar la palabra y suelta una arenga sin demasiado sentido, que suele dejar sorprendidos a los pocos participantes que le prestasen atención, por lo novedosos de sus términos y su difícil encaje con las circunstancias. Es por lo tanto normal hallarle también en maratones y carreras populares, en las que para él lo de menos es el rendimiento, por lo que ya desde el principio, ayudado sin duda por sus escasas condiciones físicas, se deja caer a las últimas posiciones, donde se arrastra con la satisfacción de haber participado, y aprovecha la situación para disfrutar del hecho de formar parte del nutrido pelotón de cola. Aprovecha también esas situaciones (cuando su aliento se lo permite), para mantener breves conversaciones con sus acompañantes, a los que trata de hacer ver la maravilla que supone participar en deportes colectivos, y su desdén por los excesivamente individualistas, entre los que destaca una desmesurada fobia al tenis, por razones no del todo claras. Su afición por el deporte le hace participar desde la grada en los grandes acontecimientos deportivos, a los que raramente falta, y en los que en algunas ocasiones se le ha visto con las hinchadas más furibundas, concretamente los ultrasur del Madrid y los boixos nois del Barcelona.
En verano frecuenta exclusivamente las playas más concurridas, donde se ubica preferentemente en las cercanías de los grupos familiares más numerosos, disfrutando inmensamente de la proximidad de los bañistas, e incluso del sudor y los efluvios de las cremas solares, que se elevan sobre la muchedumbre como un manto de fácil ubicación pero de dudoso gusto. Siendo soltero, suele comer en restaurantes de segunda,  e incluso en chiringuitos de precio módico, donde disfruta de la presencia masificada de la gente, aunque le resulte complicado abrirse paso hasta la barra, donde suele conformarse con un sándwich vegetal o un bocadillo de embutido o de jamón y queso, acompañados de un vino de la casa. Es uno de los mayores placeres que suele ofrecerse, y raramente se sienta solo en el comedor, por mucho que los camareros (ajenos a su recién adquirida idiosincrasia) insistan en la comodidad que tal situación comporta.

   Tobía sin duda ha cambiado. Ya no es aquel solitario que nos tenía a todos en vilo, y por el que en más de una ocasión, hubo que organizar partidas para rescatarlo de la soledad de los picos más agrestes o de los desiertos más inhóspitos. Todos nos congratulamos ahora acompañándole, como si se tratara del desenlace feliz de una situación que en muchos momentos nos llegó a inquietar. Aunque, si todo hay que decirlo, algunos comienzan a decir sotto voce, que su actitud actual tampoco resulta del todo normal. Veremos que nos depara finalmente el bueno de Tobías. Quien sabe si todavía tiene un as escondido en la manga, y nos sorprende cualquier día con un cambio de rumbo inesperado.