miércoles, 7 de agosto de 2019

INSTRUCCIONES PARA AMAR


El título de este artículo puede parecer una contradicción, puesto que el amor para la mayoría de la gente es algo natural, que ni se aprende ni puede ser enseñado. Pero eso es algo que las líneas que siguen tratarán de demostrar que es falso, o que, teniendo un punto de verdad, no es toda la verdad. Hablar de amor es decir palabras mayores, y sin embargo es algo en lo que todo el mundo se cree un experto, y de lo que es capaz de hablar casi sin límites. Sin embargo, en mi opinión, se trata de un sentimiento muy complejo que tendemos a reducir a algunas emociones que sentimos a lo largo de nuestras vidas. Por ello creo que es fundamental establecer pronto unos criterios para saber que cuando hablamos de amor, estemos hablando de lo mismo. Algo parecido a lo que decía Raymond Carver en el título de su libro (una colección de relatos) “De qué hablamos cuando hablamos de amor”.
Creo que se ha tendido a trivializar el amor, incluyendo bajo ese concepto toda una gama de emociones que pueden estar muy alejadas de su verdadero sentido (si es que existe). Pero hay que ir poco a poco. Por mi parte, adelantaré que el amor es un sentimiento, es decir un afecto muy elaborado que sale de uno y se deposita en un objeto exterior, sea este cual sea (aunque ¿puede uno amar a un gato? ¿y a un árbol?). Amar implica por lo tanto una relación (es un verbo transitivo), pero una relación compleja, por más que en el lenguaje popular se hable con frecuencia del “amor a primera vista”, que debe ser otra cosa. El amor no es un instinto, y en ese sentido podemos llegar a afirmar que los animales no “aman”, sino que simplemente “necesitan”. Su cerebro es muy elemental y está centrado en la supervivencia. Nuestras mascotas posiblemente nos “adoran”, pero lo hacen porque han creado una dependencia muy fuerte de nosotros, en la que se juegan nada menos que sus vidas.
Estoy seguro que aquí mucha gente no estaría de acuerdo conmigo pues. posiblemente dicho así lo que acabo de expresar es una simplificación, pero no le dé de comer a su perro durante días o trátele a patadas y verá cuanto tiempo tarda en buscarse otro amo (si lo encuentra, y sin que esto se interprete como una aprobación de los malos tratos). Aquí entramos en la famosa dicotomía amor/necesidad que tantas parejas tratan de dilucidar a lo largo de los años: ¿me quieres o me necesitas? Ni que decir tiene que quien pregunta espera que le digan que le quieren, porque en otro caso sentirá que el otro no está con él/ella por lo que “es”, sino por lo que le “proporciona”. La necesidad aparece por lo tanto, en este tipo de relación bajo sospecha, cuando sin embargo es, en principio, lo más básico.Un bebé no quiere a su mamá, aunque suene fuerte decirlo; esencialmente, la necesita (de una forma parecida a como las mamás le necesita a él, misterios al parecer de la oxitocina, si no recuerdo mal). En cualquier caso, esta mala prensa de la que goza la necesidad debe tener su origen en la enorme influencia que ha tenido el amor romántico (amor novelesco), en comparación con el cual, cualquier otro tipo es menos considerado. La cantidad de tinta que se ha vertido, y de imágenes y música que se han creado en base a esa relación tan especial, que se genera cuando uno está bajo la influencia del llamado enamoramiento (esa sensación de felicidad exultante que algunos experimentan, y que Freud definió como un tipo de enfermedad). De todas maneras, creo que la tan denostada necesidad, bajo ese punto de vista, es algo básico, incluso más importante que el amor, porque está en la base de la supervivencia, sin la cual ni siquiera éste se podría dar. Resumiendo para acabar con esta dicotomía, creo que se puede decir que cada uno de ambos conceptos tiene su campo de aplicación, y que mientras la necesidad es la base, el amor es un complemento magnífico, pero que puede no llegar a acontecer  en la vida de muchas personas.
A lo largo de los años se ha entendido como amor a una serie de emociones diferentes que se experimentan frente al otro, lo que hace difícil que pueda ser definido con precisión. No todos los afectos positivos son amor, y por eso resulta sospechoso lo que con frecuencia se observa en determinadas personas que manifiestan su amor a la humanidad, como si tal cosa fuera posible (tiene gracia lo que dicen algunos artistas en el escenario después de los aplausos “¡os quiero a todos!”). Uno solo puede   querer a seres concretos, no a imágenes colectivas, aunque estas pueden actuar como metáforas de ciertas personas a las que sí amamos. De hecho, el artista en el escenario llevado por la emoción de los aplausos sería mas sincero si dijese “os necesito” (¿puro narcisismo para prolongar una sensación de euforia?) Pero esta aparente confusión tiene una base muy firme arraigada en nuestro interior desde la primera infancia. Como decíamos más arriba, el bebé no quiere a su mamá, pero la necesita “a muerte” en el sentido literal de la expresión; sin ella (o quien haga su papel) moriría, y el apego que crea tal dependencia es tan intenso que más adelante tenderá a confundirse con el de otro tipo de relaciones, esencialmente con la sentimental.
Aunque pueda parecer una exageración, posiblemente sea esa la razón por la que determinadas personas se sientan literalmente morir o lleguen a desesperarse cuando son abandonados por su pareja. La semilla ya estaba sembrada y llega la confusión. A esa dependencia absoluta se la considera en muchas ocasiones como el amor verdadero, algo totalmente equivocado por mucho que se pueda vivir ese proceso como algo desgarrador o insoportable. Aún recuerdo una novela, que luego fue llevada al cine, en la que un “amor” de este tipo condujo al enamorado hasta la muerte (Los reyes del mambo tocan canciones de amor).
Parece pues llegado el momento de precisar qué entendemos por amor, y lo primero que en mi opinión cabe decir es que no se trata de un sentimiento específico o exclusivo, sino que con los matices pertinentes puede darse en diferentes tipos de relaciones. El primero de ellos es el dirigido a los hijos, cuya característica principal es la de ser “protector”, algo basado en el instinto directamente relacionado con la supervivencia de la especie. Se da como bien es sabido en todo tipo de animales, y dura un cierto tiempo hasta que aquellos puedan sobravivir por sus propios medios. De hecho en determinadas especies los progenitores llegan a expulsar a su prole con una actitud agresiva. En los seres humanos el tiempo de dependencia es mayor y la relación más compleja, lo que hace que el vínculo se prolongue (con los matices que se quiera) durante toda la vida. Otro tipo de amor que se puede considerar en cierta medida relacionado con este es el que se tiene a los padres, que en la vejez recobra ciertos aspectos del mencionado, esencialmente en su cuidado y protección. Los amigos íntimos merecen también ser incorporados en alguna medida a este sentimiento, son personas con las que uno llega a sentir una gran empatía y a las que llegado el caso haría lo posible para ayudarlas. Y antes de entrar en el amor de pareja, al que se ha dado en llamar sentimental, podemos finalmente considerar, a pesar de lo dicho más arriba, el amor “universal”, ese que llegan a sentir algunas personas por los seres humanos en su conjunto, bien porque se han llegado identificar con lo que hay de común en todos ellos, o por un mero ejercicio intelectual que les lleva a sentirse de alguna manera responsables, aunque no tenga ningún vínculo con ellos. Y lo mismo podría decirse del amor por personas concretas a las que apenas conocemos. Formas de hablar, posiblemente. En todos estos tipos de relaciones es fundamental la empatía, la identificación con el otro, algo que debe estar codificado en nuestros genes, aunque antes de seguir adelante y estudiar el amor de pareja, se puede añadir que lo dicho no deja de ser una visión idealista, y que desgraciadamente, por unos u otros motivos, las cosas a veces no son tan idílicas como han sido presentadas. Todo el mundo es consciente de ello y conoce numerosos ejemplos en ese sentido.
Y finalmente tenemos al amor sentimental, de pareja o como quiera llamársele. Amor entre adultos, que incluye la relación erótica, que, por otro lado suele ser el origen de buena parte de los mismos. Y si no estrictamente erótica, sí de una atracción que normalmente acaba desembocando en ella. Pero como ya se ha dicho y estudiado en cantidad de libros y artículos (y por otra parte es de conocimiento general), la relación sexual decrece con el paso de los años, y la unión de la pareja tiene que basarse en otro tipo de vínculos que van adquiriendo mayor importancia. Es transcurrido ese tiempo cuando se puede confirmar que tal amor existe. Es entonces cuando el otro se vuelve verdaderamente “otro”, y los miembros de la pareja tendrán que hacer un esfuerzo importante para comprenderse y seguir unidos. Y es aquí donde las “instrucciones” del título de este artículo pueden tener algún sentido, pues se empezará a ver que quien nos acompaña es alguien diferente de nosotros mismos, al que no se le puede exigir que solo sea un reflejo de nuestros deseos o necesidades. Es entonces (dicen que a partir de los siete años de convivencia aproximadamente) cuando los integrantes de la pareja van a ser sometidos a una prueba para la que a lo mejor no estaban preparados. Se acabaron entonces los príncipes azules o las bellas durmientes, que no dejaban de ser puros egoísmos mediante los que tratábamos de convertir al otro en el más fantasioso de nuestros sueños juveniles, pura fantasía que suele romperse a pedazos. Y la razón es que, llegado ese momento, este tipo de amor (el amor romántico) para demostrarse auténtico tendrá que aceptar en el otro no solo su diferencia con nosotros, sino su debilidad. Amar a alguien que “ lo tiene todo” o a quien admiramos en grado sumo, no tiene nada de poético ni de auténtico, incluso puede ser puro egoísmo: dame lo que a mí me falta. Por eso, y aquí volvemos a algo que podíamos haber pasado por alto, quien no se ama a sí mismo no puede amar al otro, porque lo que va a intentar es que éste complemente lo que percibe en sí mismo como falta. De ahí la desesperación inconsolable de ciertas personas en algunas roturas, cuando el otro en realidad era uno mismo. De ahí posiblemente el contrasentido del maltrato, cuando los maltratadores son capaces de matar “a lo que más querían” (en ocasiones, los hijos incluidos). Quizás como corolario de esto último quepa incluir aquí una reflexión que me he hecho al ponerme a escribir estas líneas: ¿se puede amar a quien realmente no nos ama? (y, en mi opinión, no es tan difícil ser conscientes de ello). Las parejas pueden mantenerse unidas durante toda la vida por muchos motivos (la costumbre, el interés económico, el miedo a la soledad, etc), pero en mi opinión creo que el amor, este amor, tiene que ser recíproco. Estar con alguien que sabemos que nos desprecia, o nos envidia o nos tiene rencor, es desde luego una opción perfectamente humana, pero no creo que pueda ser llamado amor.
Seguro que todavía se podrían decir muchas cosas, pero como soy consciente de lo que acabo de decir, pondré en práctica lo que se ha podido deducir de lo anterior. Voy a dejarlo y a atender a mi mujer que me llama para cenar desde el salón. ¡Ja!. Se me había olvidado: el amor sin humor tampoco es posible. Debe tratarse de otra cosa.

martes, 4 de junio de 2019

SOY ESPAÑOL


Y una vez dicho lo anterior, quiero dejar claro enseguida algo que se puede añadir a tal afirmación: soy español incluso aunque no quiera serlo (que no es el caso, por cierto). El problema que surge de toda definición, es que poco después hay que  explicitarla con cierto detalle, al menos en algunos casos.  Fundamentalmente, soy español porque figuro en el Registro del Ministerio de Interior de España, y porque por mucho que me obstinara en decir otra cosa, como mínimo tendría que demostrarlo, porque ser español, francés o tibetano, al fin y a la postre es una cuestión administrativa. Y si no me cree, haga una prueba, asesine en propia defensa a su suegra, deje que la policía le detenga y punto seguido argumente que quiere ponerse en contacto con el embajador de Croacia porque usted es exclusivamente croata, verá que poco tiempo tardarán en desengañarle.
         El intríngulis de la identidad nacional consiste en que no estriba en una clase de sentimiento sino en una cuestión de hecho, y aquí reside uno de los problemas crónicos que con frecuencia a algunos les resulta tan difícil discernir. La pertenencia a una nación no es una cuestión emocional, no es algo que uno sienta, o al menos no es algo que uno solo sienta. Es posible, aunque poco probable, desde luego, que un nativo de la islas Fidji, manifieste sentirse español por los cuatro costados, pero si no está registrado en el ministerio más arriba mencionado, será inútil por mucha vehemencia que el isleño  ponga en su afirmación. La dificultad surge cuando alguien cree y manifiesta que existe algo por encima de su nacionalidad. Un ente abstracto con el que se identifica y al que se debe, con independencia que de lo que otros compatriotas puedan opinar. Posiblemente esto es debido a que el ser humano tiene la capacidad de inventar realidades fuera de lo evidente o demostrable, una especie de teoría platónica en la que lo real es algo exterior e indemostrable. Y que cada cual ponga los ejemplos que se le ocurran. Es cierto, desde luego, que para tener tal idea se suele partir de unos hechos básicos y absolutamente verificables. Hablando de España, por ejemplo, la pertenencia a un grupo de personas nacidas en determinado territorio y que se expresan en una lengua común, llámesela español o castellano (e incluso euskera, gallego o catalán, con independencia de algunas excepciones, como haber nacido en la embajada española en Botswana, por poner un ejemplo). El problema surge, como se ha dicho, cuando determinados individuos insisten en identificar sus emociones con ese ente abstracto al que hemos aludido por encima de las dos realidades mencionadas en el párrafo anterior, y ser de esa manera los verdaderos españoles. Y lo mismo sucede con el resto de los países, se llamen Francia, China, Rusia o Estados Unidos, además de otros cientos.

Porque vamos a ver, si resultara que soy un individuo nacido en Calatayud, en 1949, empadronado en Madrid en la calle tal y con DNI tal otro ¿seré español o tiene toda la pinta de que soy filipino, pongo por caso? Imaginemos que niego el hecho de ser español con todas mis fuerzas (ya no tan evidentes) de mis setenta años ¿tendré razón o llegará usted a pensar que no estoy del todo bien de la azotea? Supongamos además que frente a la evidencia de que soy español me ponga como me ponga ¿qué pasará si afirmo no gustarme la bandera o el himno nacional con 175 años de antigüedad la primera y poco más de un siglo el segundo? ¿Dejaría de ser español? Yo creo que en absoluto, y que tales argumentos no me servirían de nada ante un juez si los esgrimo en defensa de cualquier tropelía que pudiera haber cometido. Podré quizás ser autor de una falta o de una sanción por estar ambos recogidos en la Constitución española. Pero nada más. Bueno sí, es muy posible que aquellos que piensan o sienten que tales símbolos son lo mismo que España, digan que lo que verdaderamente soy es un auténtico hijoputa. Algo que yo no aceptaría y de cuyas consecuencias prefiero no hablar aquí. Resulta que un símbolo es una representación de algo, pero no es ese algo en sí mismo, de la misma manera que puedo asegurar que una fotografía de mi padre, no es mi verdadero padre en absoluto. Pobre papá. Ya sé que estas digamos sutilezas  pueden ser interpretadas por algunos como auténticas boutades o hablando en castellano, salidas de pata de banco. Considérese sin embargo que durante la República la bandera fue sustituida por otra, y que el general Franco modificó el escudo nacional sustituyéndolo por el águila                (peyorativamente conocida por el pajarraco o el pollo). Y lo mismo pasó con el himno nacional que pasó de ser la Marcha Real (o de Granaderos) al himno de Riego con la república, sin que España cambiara en absoluto en ninguno de ambos casos o ¿Dejó España de ser España y los españoles, españoles?
      Resulta evidente, no obstante, que mucha gente confunde el símbolo con la realidad y lo hace a mi parecer porque siente que tal símbolo representa algo más, un sentimiento muy profundo que identifican con determinados valores y hechos que, oh casualidad, son en los que ellos creen.

EL SOFÁ


Algunas tardes se me hacen terriblemente largas, agotadoras, aunque este adjetivo no parezca ser el más adecuado para definir el hecho de no tener nada que hacer. Y quien dice nada que hacer, podría añadir nada que pensar. Estoy allí arrellenada en el sofá de toda la vida viendo la televisión, con la impresión nítida de estar perdiendo el tiempo, de estar realizando una actividad sin ningún sentido, con independencia de lo que esté viendo. Lo mismo me resultan las telenovelas (casi todas tratan de familias acomodadas de nuestra posguerra), que algunos debates sobre temas políticos o sociales que ni me van ni me vienen. Y no digo nada de los documentales de todo tipo de bichos, sobre todo de los de la sabana y la selva, pero también de otros muy raros y simplemente repulsivos. Todos me parecen majaderías que nada tienen que ver conmigo, que suelo solucionar apagando el aparato para descabezar un sueño, porque la tarde, como ya he dicho, se me hace interminable.
           Estoy allí como podría estar en cualquier sitio, en la cama (en donde en muchas ocasiones acabo echándome) o en Katmandú en compañía  de todos esos perturbados haciendo idioteces metiéndose en el agua del río (y me tiene sin cuidado que sea un río muy famoso) o en las escaleras de acceso quemando a sus parientes recién fallecidos. Qué asco y que falta de higiene. Y si digo esto es porque es lo primero que se me viene a la cabeza, no porque me interese en absoluto. A mis las incineraciones siempre me parecieron una salvajada. Mejor morirse en un incendio y listo. Así que siempre acabo apagando la televisión y me digo “pues aquí estamos”, y lo digo empleando el plural cuando lo adecuado sería decir “pues aquí estoy”, pero en mis pensamientos siempre suelo emplear el plural mayestático. Eso me viene sin duda por mi admiración hacia su Santidad el Papa, en mi opinión el único ser que merece la pena en este desastre de planeta, sobre todo cuando habla ex-catedra en cuestiones relacionadas con la fe. Y que conste que para mí siempre habla así, pues lo que él dice va a misa, y que se me perdone la vulgaridad (y casi la redundancia). Cada vez que abre la boca suelta una joya, aunque se trate de lo que para un indocumentado pueda parecer algo banal. Por ejemplo, si un día dice “sor Margarita hay que ir preparado el altar para la misa”, pues a mí me parece maravilloso.  Puede parecer algo sin importancia, pero qué sería de la misa sin el altar instalado como Dios manda, por ejemplo, con los candelabros colocados de mala manera. O las velas desmochadas o el misal puesto del revés ¡Y no digo nada con el mantel sobre el altar lleno de lamparones! Por eso cada frase que pronuncia Su Santidad tiene un sentido fundamental, básico, sin el que el mundo no sería mundo ni nada que se le parezca.
          Pues bien, como dije, suelo apagar la televisión sobre media tarde, y allí me quedo como una alelada pensando en cualquier cosa que se me pase por la cabeza. O mejor, si debo ser sincera, sin pensar nada en absoluto. Es una experiencia  relajante, aunque a veces amenazadora, pues en algunas ocasiones me ha sucedido tener ganas de levantarme y hacer cualquier tontería para romper  la monotonía. Por ejemplo, ayer sin ir más lejos, tenía unas ganas tremendas de salir al balcón y echar un discurso dirigido a los vecinos en el que quedase claro que son unos maleducados por no saludarme cuando me ven al bajar las escaleras o en el supermercado. En ocasiones es que ni me miran. Pero en fin, peor para ellos, raros que son. Otras veces, y eso sí lo hago a diario, es ponerme a andar por el pasillo a varias velocidades.  Al principio despacito para calentar, pero enseguida a todo meter de aquí para allá (hay que tener en cuenta que vivo en una casa grande y el pasillo no baja de los quince metros). A todo esto hay que añadir que andando o no por el pasillo, mantengo frecuentes charlas con mi marido Julián, el difunto Julián quiero decir, al que normalmente pongo de chupa de domine y así me tomo el desquite que no me atreví con él en vida. Cabrón, tirano, desgraciado que hiciste de mi vida un infierno con tu puñetera manía de fumar a todas horas, pero sobre todo por hurgarte la nariz viniera o no a cuento, que así se te acabó poniendo como una patata. Qué falta de educación con una señora tan distinguida como yo.
     Si debo ser sincera, sin embargo, la mayoría de las veces me quedo sentada en el sofá supongo que con cara de pocos amigos, y allí estoy hasta que anochece, a veces recordando algunos episodios de mi vida y otras literalmente con la mente en blanco, como si mi cabeza se hubiera convertido en un corcho incapaz de tener la menor idea. En algunas ocasiones, sin embargo, me viene a las mientes, mi hermana pequeña Elvira con la que conviví la mayor parte de mi vida, y aquí debo dar las gracias a Julián, que me permitió acogerla y en eso debo confesar que se portó como un caballero. Vivió con nosotros hasta que harta de todo, según me decía frecuentemente, se tiró por la ventana la pobre y se fue para el otro barrio ¿Pero harta de qué? le pregunté yo en cierta ocasión, y más me hubiera valido no hacerlo dada su contestación: “harta del cosmos y de ti, mira por dónde”. Pobrecilla, no tenía nada en la cabeza y se pasaba el día haciendo punto y zurciendo nuestras cosas. Por lo menos debió hacer cincuenta jerseycitos  “para el niño que iba a venir”, decía, y con ello se refería al bebé que siempre quiso tener y que nunca tuvo. ¡A ver cómo! si jamás conoció varón. Como no fuera a aquel sinvergüenza que durante unos años la sacaba a la cafetería de abajo, y que según en su día me contó, le había propuesto visitar una pensión cercana “para intimar” (en sus propias palabras).
    Otras veces, por raro que parezca a quien me lea, lo que hago es quedarme muy quieta mirando a la pared, cansada de recordar o imaginar tonterías, y trato de concentrarme en ella. Es toda una experiencia, y que quede claro que lo es para mí, que soy una persona muy capaz de ello. Otros podrían volverse tarumbas, estoy de acuerdo, concentrados en el gotelé como si se tratase de una visión maravillosa, que por extraño que parezca, es lo que acaba siendo para mí. Donde ellos podrían ver un simple amontonamiento anodino de relieves más o menos irregulares (vistos de cerca se darían cuenta de que siguen ciertos patrones) yo me invento mundos extraordinarios, sin duda solo al alcance de los que tienen una imaginación fecunda como la mía. Ya sé que esto puede parecer contradictorio con lo dicho más arriba, pero yo lo hago con suma facilidad. Y qué no se me pregunte cómo. Suceden ambas cosas. Original que debo ser. Y lo mismo me sucede con el techo de mi habitación sobre la cama, ayudada además por los reflejos de la lámpara de araña que compramos el difunto Julián y yo al poco de casarnos. A Elvira no le gustaba y solía decirnos que el día que se nos cayera encima nos íbamos enterar de la tontería, y solía acompañar sus palabras con un gesto muy significativo mirando a la cama, la muy pilla.
La cama. Porque esa es otra. En esta casa como en muchas había una cama, la nuestra, la de matrimonio y otra, la de mi hermana Elvira, la de huéspedes podríamos decir, aunque la huésped en este caso llevara cuarenta años alojándose en ella. Como es natural la cama principal era la nuestra, no solo porque era el doble de tamaño, ni porque nosotros fuéramos dos, sino porque siendo Julián tan corpulento, otra cosa hubiera sido un estropicio (estropicio para mi, naturalmente). Pero hablábamos de nuestra cama, a la que mi hermana Elvira señalaba con cierta sorna refiriéndose a la araña sobre nuestras cabezas. Si a estas alturas de la vida debiera definir esa cama, precisamente esa, ahora me atrevería a decir que, sobre todo, fue una cama totalmente inútil. Una cama donde no sucedió nada relevante, y decir eso ya es decir prácticamente todo, como creo que fácilmente se entiende. Allí pasamos horas y horas y horas, noches y noches, una eternidad, mi difunto esposo y yo. Juntos, sí, pero cada cual sumergido en su mundo. Como dos embarcaciones fondeadas en el mismo rio y nada más.  Las dos perfectamente capaces de mantenerse a flote e incluso con todo el aparejo listo para salir a navegar, pero a la postre, incapaces. Varadas inútilmente en la orilla. Y dicho esto me callo porque no creo que haya que ser más explícita. Julián allí tumbado como un rinoceronte malhumorado, leyendo la prensa deportiva a manotazos y fumando como una chimenea, hasta que de repente se daba media vuelta y decía invariablemente hasta mañana, mi amor. Mi amor, decía el muy cabrón, que luego me enteré que durante años algunas tardes entre semana se entendía con aquella desgraciada de Leganés. Fue desde allí donde un día me avisaron que podría ver a Julián Sánchez Regalado en el tanatorio. No hizo falta que se cayera la lámpara, el hecho sucedió casi de la misma manera pero en otro lugar y en otra cama. El corazón tiene sus antojos y para dejar de latir no necesita que se le caiga encima nada. Basta con un exceso de entusiasmo aunque no sea en el lugar adecuado ni con la persona adecuada, mira por dónde. El muy hijo de puta.